Hace 15 años tuve la conversación más importante de mi vida con una completa desconocida, una monja centenaria que, cual ángel caído del cielo, me salvó de mí mismo.
Aquel día fui a recoger a mi madre al trabajo. Ella trabajaba en una exclusiva residencia de ancianos, donde solo admitían ancianos religiosos y algunos familiares: curas, monjas, cardenales, obispos, etc.
Estaba muy enfadado con el mundo y con la vida.
No había tenido un mal mes, pero no había logrado alcanzar todos mis objetivos.
Alicaído y enfadado, se me acercó una anciana de más de cien años, se sentó a mi lado y me preguntó: «¿Eres Alberto, el hijo de Juanita, verdad?».
Le respondí afirmativamente, y me dijo que a mi madre le quedaba un rato, porque estaba con mi abuela (que, tras la muerte de mi abuelo, aceptaron en aquella residencia como favor a mi madre).
Al verme más que triste, rabioso, me dijo: «¿Qué mosca te ha picado, muchacho?».
Le conté que estaba desesperado, que me sentía como en uno de esos sueños en los que tratas de correr con todas tus fuerzas, pero no logras avanzar.
Y ella me aconsejó que me desapegara de los resultados, de mis objetivos.
No me quise burlar de su consejo, pero con ironía respondí: «Sí, ya, como si fuera tan fácil».
Entonces ella se ofreció a lograr que me desapegara en aquel tiempo de espera.
Comenzó hablándome de cada persona que pasaba.
«Mira, esa es Rosa. Rosa era misionera y le encantaba jugar a cualquier deporte con los niños, pero le fastidiaba perder. Tenía mal carácter. Hoy daría todo por poder perder, con tal de jugar al fútbol y no vivir atada a su silla de ruedas».
«¡Ah, esa es Carmen! Carmen odiaba estar en el lavadero porque no le gustaba restregar la ropa a mano; hoy de buena gana lo haría, pero su artrosis no se lo permite: cada vez que trata de agarrar un vaso se le cae al suelo, y hay que darle la comida, pues no puede sostener los cubiertos».
«Esa de ahí es Ana. Ana pintaba de maravilla y se dedicaba a restaurar los cuadros de las iglesias, pero a ella le hubiera gustado mucho más pintar los suyos. Hoy estoy seguro de que lo haría encantada con tal de ver los colores de nuevo: es ciega».
«Mira, por ahí vienen tu madre y tu abuela. Me dijo tu madre que tu abuela detestaba hacer las sumas, restas, divisiones y multiplicaciones que le ponía tu abuelo para que entrenara la cabeza. Estoy seguro de que hoy daría cualquier cosa por hacerlas, pues eso significaría que su mente funcionaría y así podría recordar tu nombre, Alberto. Pero el Alzheimer no le deja, y pronto se olvidará de quién eres».
Tras lo cual, la monja terminó dándome el consejo más importante de mi vida:

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