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Malafama News · Aug 23, 2026

Ejercicios Espirituales Estoicos

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Alberto García (Malafama1981) · Malafama News

(Photo by Joe Green on Unsplash)

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Jack Kornfield es psicólogo, escritor y maestro estadounidense del movimiento vipassana del budismo Theravada.

Pero su vida fue de todo menos fácil. Se crió con un padre brillante pero abusivo, paranoico y violento (con problemas de salud mental y episodios de ira intensos, al cual tenía que apaciguar para que no se pusiera violento con la familia.

Tras graduarse en Dartmouth College (una universidad de la Ivy League) se fue a Tailandia, pues sintió que en la educación formal solo había aprendido la mitad de lo necesario para la vida.

Nadie le había enseñado bondad, humildad ni paciencia, y quería adquirir esas habilidades blandas tan necesarias para la vida.

En Tailandia (primero como voluntario del Peace Corps en equipos de medicina tropical en el valle del Mekong y luego como monje) fue a parar a un monasterio del bosque (bajo el maestro Ajahn Chah), donde recibía un tipo de enseñanza muy ascética y con horarios muy estrictos.

Meditaba cada día y luego se iba por los senderos haciendo resonar bien los pasos para espantar a las serpientes; tras una larga caminata llegaba al pueblo cercano, donde mendigaba comida en unos cuencos, y luego regresaba a su campamento.

Allí no encontró de inmediato la paz y la paciencia que buscaba, y se sentía más enfadado todo el rato de lo que había estado en su Estados Unidos natal.

Se lo comentó a su maestro, y este le dijo algo así: «Métete en tu choza, ahora que el calor es insoportable y está mal ventilada, y envuélvete con una manta y con todos tus ropajes, para enfadarte aún más, y luego pasa tiempo con tu enfado».

Tiempo después, Jack pilló malaria, y su maestro pasó a verle y le dijo: «¿A que querrías estar ahora mismo en tu casa con tu madre?». «Sí», respondió Jack. «¿Cómo lo sabes?». «Porque es normal pillar malaria en esta zona del bosque, y a todos nos ha pasado lo mismo».

Afortunadamente se recuperó.

Luego regresó a Estados Unidos y dedicó su vida, entre otras cosas, a enseñar meditación y a trabajar con diversos grupos (incluyendo jóvenes procedentes de pandillas en talleres).

Al hacerse mayor, empezaron los temblores; algunos médicos le dijeron que se trataba de un trastorno degenerativo grave (diagnóstico erróneo que apuntaba a algo potencialmente mortal a corto plazo y acompañado de pérdida de memoria/demencia).

A él esto no le molestó del todo al principio: estaba conforme con lo logrado en su vida y no temía especialmente a la muerte.

Afortunadamente, equivocaron el diagnóstico, pero la posibilidad de demencia sí le asustó. Jack llamó entonces a su gran amigo, el también maestro espiritual y exprofesor de Harvard Richard Alpert, mejor conocido como Ram Dass.

Ram había tenido un ictus que le había dejado con importantes limitaciones físicas, y Jack pensó que este le podría dar algún buen consejo.

Ram le dijo algo en la línea de: «Yo también suspendí ese examen. He hecho cosas muy difíciles a lo largo de mi vida, como la fundación (Seva Foundation) en la que recaudamos dinero para cirujanos oculares para devolver la visión a aquellos que no pueden permitirse una operación, o recorrer el mundo enseñando espiritualidad, pero nada tan duro como tener que ser ayudado en vez de ser el que ayuda, nada tan duro como tener que ver impotentemente cómo te tienen que ayudar a levantarte de la cama e incluso a limpiarte el culo».

La moraleja de esta historia es que ni los más avanzados espiritualmente están libres de sus emociones, miedos y angustias.

El mismo Jack reconoce que a veces tiene un carácter fuerte e impaciente, y estamos hablando de uno de los maestros de meditación vipassana más reputados del mundo.

Pues la vida es eso: un problema tras otro hasta que mueres. Y normalmente, a medida que avanza la vida, los problemas que vas enfrentando son mucho mayores.

Pero su ventaja es que han dedicado una vida entera a lidiar con esas emociones y con esa adversidad.

Lo cual es una bendición, pues, como decía Séneca: «No hay nadie menos afortunado que el ser humano a quien la adversidad olvida, pues no tiene oportunidad de ponerse a prueba».

Y sé que eso no es consuelo para tu dolor. Pero quizá deberías hacer caso a lo que dijo otro gran maestro espiritual, Thich Nhat Hanh, e invitar a tus enfados y emociones limitantes a tomar el té; a encerrarte contigo mismo en la cabaña de Jack con la manta puesta, a ver qué tienen que contarte tus emociones limitantes.

Si lo haces, esa adversidad te transformará, te purificará, pero sobre todo dejará de someterte. Pues el único poder del miedo es tu ignorancia. Léelo otra vez.

No se puede temer lo que se conoce. Por tanto, cuanto antes aceptes tus emociones negativas y tus miedos, antes las conocerás y antes se alejarán.

Invítalas a tomar el té. Hazlo poco a poco; no esperes a que te dé un ictus o te diagnostiquen una enfermedad terminal.

Empieza con el enfado típico que se produce en un atasco, o cuando no hay tu comida favorita, o cuando se te estropea internet.

Pero haz el trabajo: siéntate frente a esa emoción. Para tu vida, siéntate en tu cojín de meditación y practica mindfulness sobre dicha emoción.

Y luego aplica el amor fati (ama tu destino) estoico y dale a esa emoción las gracias por cumplir su función.

Por alertarte de que algo va mal, por avisarte, porque en el fondo esas emociones son un mecanismo de supervivencia que, aunque muchas veces obsoleto (pues no vivimos en cuevas ni nos persiguen leones), sigue existiendo dentro de nosotros y cumple su función.

Si lo haces, aunque te parezca una chorrada, tus emociones negativas y tus miedos menguarán, y tus ataques de ansiedad también. Pues ya habrán cumplido su misión: alertarte de un peligro.

Yo, por ejemplo, lo uso mucho cuando me quedo atrapado en el ascensor o en el tren (cosa que pasa mucho en Madrid), pues tengo claustrofobia: le doy las gracias a mi ansiedad por avisarme de que estoy atrapado y en peligro; se lo repito una y otra vez como un mantra: «Gracias, ansiedad, por avisarme de que estamos en peligro; gracias por cuidar de mí. Te aprecio». Y misteriosamente me calmo y puedo empezar a respirar con normalidad en vez de colapsar, hasta que el ascensor funciona de nuevo o el tren se pone en marcha.

Cuando, en vez de evitar una emoción, le das la bienvenida a tu vida, dejas de reprimirla; pero si encima la escuchas (la sientes) y le agradeces su función en tu vida (amor fati), esta deja de ser tan intensa y se hace tolerable.

No pasa a la primera y tendrás que entrenar. Pero funciona.

Y recuerda: nadie está libre de esas emociones, ni los maestros espirituales más avanzados del mundo, así que deja de frustrarte por no llegar a un estado de iluminación constante en donde todo sean arcoíris y pajarillos cantando, pues las pruebas no cesan mientras vives, y no existe tal lugar.

Prepara tu bebida preferida (té, café, infusión, lo que más te guste) con calma y atención.

Siéntate en un lugar tranquilo, solo, con la taza en las manos.

Elige una emoción negativa de la semana (enfado, ansiedad, frustración, miedo…).

Di en voz alta o mentalmente: «Hola, [nombre de la emoción]. Te invito a tomar el té/café conmigo. Siéntate aquí, no te voy a echar».

Mientras bebes despacio, siente la emoción en el cuerpo. Observa su temperatura, su peso, dónde se aloja… sin pelearte con ella. Simplemente comparte el momento con ella, como si fuera un invitado.

A mitad de la bebida, agradece su función: «Gracias por avisarme de que algo importa / de que hay peligro / de que necesito cuidarme. Cumples tu trabajo. Te aprecio».

Termina de beber en silencio. Cuando acabes, despídete amablemente: «Puedes quedarte o irte cuando quieras. La puerta está abierta».

Hazlo una vez a la semana.

No busques resultados mágicos a la primera. Como enseñan Thich Nhat Hanh, Jack Kornfield y el amor fati estoico: al dejar de huir y sentarte a la mesa con ellas, las emociones pierden poder y se vuelven tolerables.

Un abrazo virtual,

Alberto García (Malafama1981)

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Read the original on malafama1981.substack.com

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