La primera vez que vi a alguien con depresión fue a mi madre, cuando nuestro padre nos abandonó.
Yo estaba muy asustado: «¿Quién cuidará de nosotros ahora?», pensaba todo el tiempo.
Luego, un consejo del psicólogo al que fue mi madre me dio más miedo aún.
Le dijo…
«Primero tú, segundo tú, tercero tú y, si sobra tiempo, los demás».
Mi madre lo aplicó como un mantra, al pie de la letra, y empezó a salir con amigas, al karaoke, a cenar y a visitar algún lugar turístico los fines de semana.
Pero, aunque contraintuitivo, fueron precisamente esos balones de oxígeno con los que mi madre se priorizaba los que le permitieron sacar adelante a mi hermano y a mí, cuidar de sus dos padres ancianos y sostener dos trabajos.
No era egoísmo: era sanar el autoabandono al que se había sometido durante años, a cambio de la traición de su ex y la ingratitud de todos (me incluyo).
Pero nosotros, desde fuera, lo vimos como egoísmo.
Solo con el tiempo nos dimos cuenta de la verdad: mi madre despertó espiritualmente tras su noche oscura del alma, su depresión.
Y no le quedó más remedio que renacer en alguien distinto, en alguien que no se deja para el final, sino para el principio; alguien que se paga primero con tiempo, amor y atención para luego poder ser generoso con el resto.
Alguien a quien no le importaba lo que «los no despiertos» pensaran de ella.
Mi madre descubrió que, como dice Pema Chödrön,

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