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Esta semana ha habido muchos eventos interesantes que analizar en el panorama geopolítico y económico. A continuación, listo las noticias más destacadas. Vamos allá:
Andy Burnham se ha convertido en el séptimo primer ministro británico en apenas una década, una cifra que resume mejor que cualquier discurso la profundidad de la crisis política del Reino Unido. Su llegada a Downing Street pretende funcionar como un “cortacircuitos” frente a años de inestabilidad, bajo crecimiento y deterioro de los servicios públicos, aunque por ahora el nuevo gobierno ofrece más intención que detalle. Burnham ha prometido un nuevo modelo económico y un plan a diez años que se presentará en los próximos meses, junto con medidas inmediatas para aliviar la presión sobre los hogares. Su primera prioridad será acabar con el sinhogarismo, a la que seguirán problemas mucho más complejos como la inmigración ilegal, el mal funcionamiento de las utilities, la vivienda pública y el elevado gasto social. El reto será compatibilizar esa agenda con una mayor inversión en defensa sin romper unas reglas fiscales que ya dejan poco margen.
El nombramiento de John Healey como ministro de Finanzas refuerza la voluntad de romper con la etapa de Keir Starmer. Healey había dimitido recientemente por considerar insuficiente el gasto militar, de modo que su promoción envía una señal clara tanto a Washington como a la OTAN. Ed Miliband pasa a Exteriores y Shabana Mahmood se mantiene en Interior, dando continuidad a las reformas migratorias. La reacción del mercado refleja el principal riesgo del nuevo gobierno. La libra cayó y los costes de financiación aumentaron después de que Burnham sugiriera que utilizará toda la flexibilidad disponible dentro del marco fiscal. Así, el marco sigue siendo expansivo, pero la capacidad real para ejecutarlo dependerá de la confianza de los inversores y de la credibilidad presupuestaria. Reino Unido necesita inversión, vivienda, defensa y mejores servicios públicos, pero sigue atrapado en una economía de bajo crecimiento y elevada carga fiscal donde cada nueva promesa compite por el mismo dinero.
En el fondo, Burnham intenta ocupar el espacio que Starmer dejó vacío y contener el avance de Reform UK y Nigel Farage. Su ventaja es que conserva una imagen más cercana a las regiones y puede presentarse como una ruptura con Westminster. Pero el verdadero problema es que el país no necesita otro cambio de liderazgo, sino una mejora visible en productividad, inversión y nivel de vida.
Por ahora, el nuevo primer ministro ha ofrecido esperanza y un cambio de tono. Lo difícil empieza ahora. Después de una década de rotación política, los británicos probablemente ya no juzgarán las promesas, sino la velocidad con la que se traduzcan en resultados.
OpenAI ha reconocido que uno de sus agentes autónomos consiguió escapar de un entorno de pruebas supuestamente aislado, acceder a internet y comprometer parte de la infraestructura de Hugging Face. El incidente ocurrió mientras la compañía evaluaba las capacidades ofensivas de algunos de sus modelos más avanzados, y muestra hasta qué punto la frontera entre una simulación controlada y un ataque real empieza a volverse peligrosamente difusa. Skynet ya está aquí.
Lo relevante no es solo que el agente lograra vulnerar los sistemas de un tercero, sino que lo hiciera de forma autónoma, encadenando decisiones y movimientos laterales para cumplir el objetivo asignado. Durante años, gran parte del debate sobre riesgos de IA se ha movido en terreno teórico. Este episodio introduce una dimensión mucho más concreta: los modelos ya no se limitan a generar código o sugerir vectores de ataque, sino que empiezan a ejecutar operaciones completas con capacidades cercanas a las de actores avanzados.
La respuesta de Hugging Face también resulta especialmente incómoda para la industria estadounidense. La compañía recurrió al modelo chino GLM-5.2 para analizar y contener el ataque, ya que varios modelos americanos se negaban a procesar la información por no poder distinguir con claridad entre una operación defensiva y una ofensiva. Es una paradoja difícil de ignorar. Los guardrails diseñados para reducir el riesgo pueden acabar inutilizando las herramientas precisamente cuando más se necesitan, mientras modelos con menos restricciones ganan terreno en aplicaciones críticas como la ciberseguridad.
El problema de fondo es que las capacidades avanzan más rápido que los mecanismos de contención. OpenAI había desplegado el agente en un entorno altamente aislado y, aun así, este encontró una vía de salida. Si los propios desarrolladores de frontera no son capaces de anticipar todas las rutas que sus modelos pueden explotar, resulta poco realista asumir que empresas convencionales, gobiernos o reguladores estarán mejor preparados. Este incidente no implica que estemos ante una inteligencia fuera de control en el sentido más extremo, pero sí ante un cambio de régimen. La ciberseguridad deja de ser una competición entre atacantes y defensores humanos asistidos por software, y pasa a incorporar agentes capaces de operar de forma persistente, escalar privilegios y adaptarse sobre la marcha. El coste de lanzar ataques complejos se reduce, la velocidad aumenta y la capacidad ofensiva deja de estar reservada a estados o grandes organizaciones.
La industria lleva años insistiendo en que los riesgos pueden gestionarse mediante entornos aislados, permisos limitados y filtros de seguridad. Hugging Face acaba de demostrar que estas barreras no son infalibles. Y cuando el sistema que encuentra la grieta puede probar miles de rutas, aprender de cada intento y actuar sin descanso, la ventaja empieza a inclinarse del lado del atacante. Más que un accidente aislado, estamos probablemente ante una primera señal de lo que viene. La IA no solo transformará la productividad o el software. También abaratará y democratizará capacidades ofensivas que hasta ahora exigían equipos especializados, tiempo y recursos significativos. El debate regulatorio seguirá llegando tarde, como suele ocurrir, pero la realidad técnica ya ha dado un paso por delante.
Estados Unidos ha reconstruido buena parte de su muro arancelario global apenas unos meses después de que el Tribunal Supremo tumbara los llamados aranceles “recíprocos” de Trump. La nueva vía legal elegida ha sido la Sección 301 de la Ley de Comercio de 1974, una herramienta mucho más resistente a impugnaciones judiciales y que permite a la Casa Blanca mantener un suelo arancelario sobre prácticamente todas las importaciones.
Las nuevas tarifas, del 10% y 12.5%, afectan a 60 socios comerciales y cubren el 99.4% de las importaciones estadounidenses, aunque con exenciones relevantes para petróleo, gas, fertilizantes, algunos alimentos, minerales críticos, aeronaves y productos ya gravados bajo la Sección 232, como automóviles, acero, aluminio y cobre. La justificación oficial es que estos países no han aplicado controles suficientes para impedir la entrada de bienes fabricados mediante trabajo forzoso en sus cadenas de suministro, una acusación que prácticamente todos los afectados rechazan. Más allá del argumento de derechos humanos, la lectura económica es bastante clara. La Administración Trump ha encontrado una nueva base legal para reconstruir su política comercial y mantener una tarifa mínima casi universal. De hecho, en muchos casos el impacto inmediato será limitado, ya que los nuevos gravámenes respetan los techos pactados en acuerdos comerciales previos. Para la Unión Europea, Japón, Corea del Sur, Suiza o Reino Unido, la medida supone más visibilidad que deterioro real de sus condiciones actuales.
China vuelve a ser uno de los principales objetivos. Washington pretende elevar progresivamente los aranceles efectivos sobre sus productos hasta el 20% acordado en la tregua comercial de noviembre de 2025, sin superar por ahora ese nivel. A esto se añade otra investigación bajo la propia Sección 301, centrada en el exceso de capacidad industrial, que afecta a 16 socios y podría convertirse en una segunda oleada arancelaria. Por tanto, lo anunciado esta semana no parece el final del proceso, sino el nuevo suelo sobre el que se construirá la siguiente fase.
La reacción del mercado ha sido contenida. Las rentabilidades de los bonos repuntaron ligeramente por el mayor riesgo inflacionario, pero los inversores están mucho más pendientes del conflicto en Oriente Medio. También ayuda que la medida estaba ampliamente anticipada, incluye una extensa lista de exclusiones y, en términos agregados, apenas modifica el statu quo comercial vigente. Ese es precisamente el punto más importante. Los aranceles han dejado de ser una herramienta excepcional para convertirse en una pieza estructural de la política económica estadounidense. Se utilizan para negociar, proteger industrias, forzar inversión doméstica, castigar socios y ahora también para condicionar estándares laborales fuera de sus fronteras. La justificación concreta puede cambiar, pero el objetivo permanece: reconstruir cadenas de suministro alrededor de Estados Unidos y elevar el coste de producir fuera de su esfera económica.
A corto plazo, el impacto será probablemente moderado. A medio plazo, sin embargo, la dirección es inequívoca. Más fragmentación comercial, más costes duplicados, menor eficiencia global y una presión inflacionaria estructuralmente superior a la del mundo anterior a 2020. La globalización no desaparece, pero se reorganiza en bloques.
La guerra con Irán amenaza con abrir un nuevo frente mucho más peligroso para el comercio y la energía global. Los hutíes de Yemen han anunciado un bloqueo naval contra Arabia Saudí en respuesta al cerco impuesto sobre el país, extendiendo el conflicto desde el estrecho de Ormuz hasta Bab el-Mandeb, la puerta de entrada al mar Rojo y una de las arterias marítimas más importantes del mundo.
Tras el cierre efectivo de Ormuz, Arabia Saudí dependía todavía más de sus rutas occidentales para sacar crudo al mercado. Una interrupción completa de Bab el-Mandeb podría dejar bloqueada buena parte de sus exportaciones y retirar otro 7% de la oferta mundial, que se sumaría al 10% de los flujos ya afectados por la guerra en el Golfo. En otras palabras, el conflicto empieza a amenazar simultáneamente los dos grandes cuellos de botella energéticos de la región. De momento, la disrupción no ha sido total, pero varias aseguradoras ya han aumentado sus tarifas para la ruta y se han modificado el recorrido de otras tantas, que ahora supondrá añadir entre 20 y 30 días en su trayecto a Asia.
La coalición liderada por Arabia Saudí ha prometido responder por la fuerza y ya ha desplegado medidas para proteger sus barcos, mientras aumentan las primas de seguro en el mar Rojo. El mercado sigue aferrándose a cualquier señal de negociación, pero la realidad física es cada vez más incómoda: menos rutas disponibles, más riesgo para los buques y una infraestructura energética expuesta a ataques en varios frentes.
La escalada llega además después de varios días especialmente duros para Estados Unidos. Irán ha atacado instalaciones militares norteamericanas en Jordania, Irak, Kuwait y Siria, mientras Washington continúa bombardeando ciudades e infraestructuras iraníes. Trump ha endurecido el mensaje y promete responder de forma desproporcionada por cada soldado estadounidense muerto, lo que reduce todavía más el margen político para una desescalada rápida.
Aun así, la vía diplomática no está completamente cerrada. Teherán habría recibido una propuesta de alto el fuego de diez días y ha pedido a Pakistán que retome su papel de mediador. El problema es que las conversaciones se producen mientras ambos bandos siguen atacándose, lo que convierte cualquier tregua en un equilibrio extremadamente frágil.
En paralelo, la guerra se extiende por toda la región. Israel mantiene fuerzas en Líbano y Gaza, Hezbollah continúa siendo una pieza central del tablero iraní, y el presidente libanés prepara una propuesta para desarmar al grupo a cambio de una retirada israelí. El conflicto ya no puede entenderse como una guerra bilateral entre Irán y Estados Unidos. Es una red de frentes conectados donde cada milicia, estrecho y base militar puede desencadenar una nueva escalada.
Para el mercado energético, la conclusión es sencilla. Hasta ahora, buena parte del impacto podía interpretarse como una disrupción temporal de flujos. Pero si Ormuz y Bab el-Mandeb permanecen comprometidos al mismo tiempo, el problema deja de ser logístico y pasa a ser un shock real de oferta. En un mercado que ya arrastra años de infrainversión, capacidad ociosa dudosa y escaso margen de seguridad, la geopolítica puede ser el catalizador que exponga de golpe toda la fragilidad acumulada.
La rentabilidad de la cartera modelo es de +23.15% YTD vs +12.49% para el S&P500 ( S&P en €) y del +217.5% vs +69.0% para el S&P500 desde inicio (septiembre 2022). A cierre del viernes, la composición es la siguiente:
⚠️ Las rentabilidades pasadas no garantizan resultados futuros. La evolución histórica de la cartera modelo se muestra con fines exclusivamente informativos y educativos, y no constituye una recomendación de inversión ni una oferta de compra o venta de valores. Las rentabilidades mostradas pueden no incluir comisiones, impuestos u otros costes asociados.

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