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En los cielos de otoño e invierno, cuando levantamos la vista hacia la constelación de Andrómeda, lo habitual es que la mirada se desvíe hacia la gran galaxia M31, esa nube inmensa que ocupa casi todo el campo de unos prismáticos.
Pero no muy lejos de allí, escondida entre las estrellas Iota y Iomicron Andromedae, se encuentra un objeto mucho más modesto en tamaño, aunque con un atractivo propio. Se trata de NGC 7662, conocida popularmente como la bola de nieve azul.
A diferencia de M31, que asombra por su grandeza, esta nebulosa planetaria se presenta al ocular como una pequeña esfera compacta, brillante, casi confundida con una estrella.
Y es precisamente ese carácter estelar engañoso el que da sentido al término planetaria.
Objetos que en los telescopios de William Herschel recordaban el aspecto de un planeta desenfocado.
Lo curioso de NGC 7662 es que, pese a su reducido tamaño aparente, es uno de los ejemplares más luminosos de su clase.
Su brillo superficial hace que destaque incluso desde cielos afectados por contaminación lumínica.
Y es por eso que se ha ganado un lugar privilegiado en las listas de observadores visuales de todo el mundo, pese a su pequeñez.
El apodo de bola de nieve azul lo debemos a Leland Copeland, que en 1960 la escribió en Sky & Telescope como una bola de nieve de color azul claro flotando en el espacio.
Desde entonces el nombre se ha quedado y es una más de las ocasiones en las que el apelativo popular describe con bastante fidelidad lo que el ojo puede llegar a ver.
En este episodio viajaremos hasta esta nebulosa planetaria para descubrir qué es, qué sabemos de ella y sobre todo cómo se muestra al ocular en telescopios de distintos tamaños.
Porque si hay algo que convierte a NGC 7662 en un destino astronómico especial es esa combinación entre lo científico, lo histórico y lo estrictamente visual.
Un objeto pequeño pero cargado de matices para quien se detiene a observarlo con paciencia.
Lo que vemos como una diminuta esfera azulada es en realidad una nebulosa planetaria, los restos de una estrella similar al Sol en su última etapa de su vida.
Cuando agotó su combustible nuclear la estrella expulsó sus capas externas al espacio creando una envoltura de gas en expansión.
En el centro quedó el núcleo desnudo, extremadamente caliente, que emite radiación ultravioleta capaz de excitar los átomos de esa envoltura.
Ese proceso es lo que hace brillar la nebulosa.
En el caso del objeto que estamos tratando, el protagonista central es una enana azul con la temperatura superficial estimada de unos 75.000 K, una de las más calientes conocidas entre las estrellas centrales de planetarias.
Su brillo hace que el oxígeno doblemente ionizado emita en longitudes de onda muy concretas en torno a los 5.007 y 4.959 angstroms.
Esta emisión es la responsable del característico color azul-verdoso que sale sin problemas en fotografía y que algunos observadores describen con intensidad mientras que otros lo perciben a duras penas, entre los que me encuentro.
Todo esto depende de la sensibilidad cromática de cada uno.
La estructura de esta nebulosa es compleja.
Fotografías y observaciones visuales con grandes telescopios muestran al menos dos envolturas concéntricas, un anillo interno brillante de aspecto ovalado y un halo más débil que lo rodea.
En noches de muy buena transparencia parece que puede incluso intuirse un halo aún más externo, de bajo brillo superficial que multiplica por varias veces el tamaño aparente del anillo principal.
En conjunto, 7662 es un buen ejemplo de cómo las nebulosas planetarias, aunque pequeñas y aparentemente simples, esconden capas de historia estelar.
Cada envoltura de gas corresponde a un momento distinto en la evolución de la estrella progenitora.
Pulsos de viento estelar, fases de gigante roja y episodios de expulsión de material.
Lo que vemos hoy es la instantánea de ese proceso, congelado en la escala de tiempo.

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