Hay un pájaro posado en la rama de mi árbol.
¿Acaso no estamos todos llenos de estas dudas existenciales, de preguntas sin respuestas aparentes, de cuestionamientos, de curiosidad? No importa cuánto nos esforcemos en ocultarlo. En hacer chistes de todo, en hablar del chisme más reciente de la farándula, del clima, de los memes.
Ya se ha ido. El pájaro.
¿Por qué estos planteos no tienen lugar en lo colectivo? ¿Por qué mantenemos en secreto estas voces nuestras, críticas e insaciables?
He notado que me gusta registrar la belleza, registrar el mundo a través de mis sentidos. No solo en fotografías o videos, sino también en palabras.
He abandonado este diario más tiempo del que me hubiese gustado. A veces, cuando la vida se complica, me da miedo lo que pueda liberarse por aquí. Así que lo mantengo en silencio. Quizá por esa misma razón silenciamos nuestras crisis existenciales ante lo colectivo.
Ha vuelto. No sé qué busca. Me mira, o al menos eso creo. ¿Qué piensa? ¿Quiere comida? ¿Evalúa si es un buen lugar para hacer un nido? Me distrae. Tengo unas ganas tremendas de buscar mi celular y tomar una foto para que me crean, pero me contengo. Tendrá que bastar este relato. Al final, ¿qué importa si me creen?
Ha sido un año de caos. Entendiendo caos como una total falta de orden y organización; en un sentido general, de confusión y desorden.
Ahora hay dos. Nunca antes vi posarse pajaritos en este árbol. Quizá ellos siempre han estado ahí. Quizá estaba ausente mi atención. Quizá, en el agite cotidiano, nunca alcancé a verlos. Espero que no venga otro. Están muy cerca del balcón.
Volviendo a mi año en caos, no implica algo negativo en sí mismo. Solo desordenado. Lo que ocurre es que a mí el desorden me desordena la mente. La incertidumbre me da un poco de pánico. Y, aun así, lo único que nos ofrece la vida es incertidumbre. Qué ironía, ¿no? La única certeza con la que llegamos y nos vamos de este mundo es la muerte. En ese sentido: lo cierto es la muerte, lo incierto es la vida. Y, aun así, me resisto a la incertidumbre, armo miles de planes para anticiparme y prepararme. Y los cambio sin pudor ni bien algo falla. Porque en mis planes nunca ha habido lugar para el fallo. Y eso es justamente lo que hace que fallen.
Me hubiese gustado presumir de este descubrimiento, pero en realidad me lo hizo ver mi psicóloga.
—Laurita, ¿otra vez con un nuevo plan?
—Pero este sí va a funcionar —respondo con un optimismo fingido, para disimular la frustración que me genera su pregunta.
Y en eso se invirtieron unas cuantas —muchas— sesiones. Ahora ya lo comprendo. Siempre sentí que ella no quería que funcionara mi nuevo método para ordenar mi vida, pero ahora comprendo que solo quería hacerme ver que no había que cambiar el plan cuando algo fallara. Había que incluir el fallo en él. Porque la dura verdad es que siempre algo falla. Y así siempre será.
Hay algo del fallo que, ahora, me parece absolutamente hermoso. Y es que implica necesariamente tener el valor de hacer algo, de decirle en voz alta al mundo —pero sobre todo a tu voz más crítica—: “QUIERO ALGO”. De tomar el riesgo. De estar dispuesto a intentarlo a pesar de tener muchas chances de no lograrlo. De tener agallas.
Porque en la quietud, en lo estático, en lo oculto, poco falla… pero porque poco pasa. Y, sin embargo, nos perdemos de mucho en ese estado. Nos perdemos la vida.
Este año he tomado las peores decisiones financieras de mi vida. Planifiqué un viaje de la forma más desordenada posible. Decir “planifiqué” suena a un abuso de la palabra. Tengo decisiones importantes que tomar que solo evado, porque no tengo ni remota idea de qué hacer. Tengo veintinueve años y aún no tengo un ingreso fijo. Y probablemente nunca lo tendré.
Me expuse a nuevas situaciones, experiencias y personas. Viajé sola para “reencontrarme” y solo me di cuenta de que mi conexión conmigo no pasa por ahí. Que ya yo me procuro suficiente soledad, que viajo conmigo sola hace mucho, sin siquiera salir de casa. Y así, diversas cosas.
Pero me di cuenta de que, si cosas han salido mal este año, es justamente porque me estoy permitiendo experimentar, salir al mundo, soltar el plan. Y que, si ha habido error, es porque hay intento. Y si hay intento, hay valentía.
Se han ido los pájaros.
Pero pronto viene la primavera.

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