Ya ha llegado el otoño.
El amanecer cada vez está más flojo. Se levanta tarde y con pereza. El atardecer, en cambio, cada vez es más puntual.
Es domingo. Estoy hecha un bollo con una sabana vieja que emigró conmigo desde Venezuela. La pobre ya no puede más. Pero aquí sigue, fiel compañera.
Me hice mi primer café del día -negro y sin azúcar- y son casi las ocho de la mañana. Huele a humo. Encendí una vela de canela que combina perfecto con el olor a café. Sigue oliendo a humo. Me molesta.
Todo duerme. La ciudad duerme. El caos duerme.
Ha llegado el otoño. Ha llegado hace ya un mes.
Siempre me gusta escribir en otoño. Pero, no en este.
En este otoño he sentido mucho miedo.
En mi patria no hay otoños, tampoco primaveras. Solo hay periodos de sequía o periodos de lluvia. Calor hay siempre. Quizá por eso me gustan tanto las estaciones. Quizá es porque soy acuario y me gusta siempre el cambio. Quizá es simplemente porque soy capaz de ver belleza en todas las cosas. Incluso hasta en el más duro invierno.
Y así me he sentido este último tiempo.
Varias veces he agarrado el computador intentando describir lo que me pasa por la mente. Y ha quedado, todas esas veces, en blanco. Pero no hoy.
Me han pasado varias cosas este último tiempo. He sentido mucho.
Hay cosas que suceden en la vida que sientes que te cambian para siempre.
He podido desinflar ese burbuja donde vivo. Me he caído. Y me ha dolido. Pero, ha sido necesario. Como esas raspaduras, en la infancia, que te haces en las rodillas al caer de la bicicleta. Seguro nuestros padres ante ese riesgo también sintieron miedo. Pero sabían que la raspaduras valdrían la pena. Que eventualmente aprenderíamos a andar derechos y libres. Y encontraríamos ahí la mismísima felicidad.
He viajado sola por primera vez. Siendo honesta, esperaba sentirme empoderada, independiente y capaz de todo. Para mi sorpresa, me di cuenta que ya me siento así. Así que el viaje no movilizó mucho por ese lado. En cambio, y por desgracia, movilizó mis miedos.
Supongo que de eso se trata una aventura. De lo imprevisto. De lo extraordinario.
Creo que el detonante es que hubo muchas primeras veces:
Estar viajando sola.
Estar en un lugar que no conocía.
Ir a un hostel por primera vez.
Hacer trekking. Hacer trekking sola. Elegir el sendero más largo.
Dormir fuera de casa. Dormir fuera de casa con personas que no conocía. Dormir fuera de casa con personas que estaba conociendo.
Viajar y trabajar. Viajar y trabajar e intentar gastar la menor cantidad de dinero posible.
No poder dormir durante días.
Tener mi estado de alerta activado.
Viajar en medio de un paro de aviones. Pelear con la aerolínea. Perder mi vuelo. Recuperarlo.
Y no me malinterpreten, fue un viaje hermoso. Conocí personas increíbles. Llenas de vulnerabilidad, ternura y sensibilidad. Y no es tan fácil encontrar una de esas por las calles. Una de las mías. Mi clan. Aprendí mucho. Me llené de perspectiva.
Pero, simplemente, en mi interior solo primaba el estado de alerta. Y estar así es incómodo. Estar así y pretender no estarlo es durísimo.
Odio todas las cosas que no puedo comprender. Y siendo honesta, odio todas las cosas que no puedo controlar. ¿Por qué ante tanta preciosura de paisajes, experiencias y personas yo tenía que sentirme así? ¿Por qué? ¿por qué? ¿por qué?
Ya se que soy una persona ansiosa. Y que la incertidumbre no es mi mejor amiga. Que necesito desesperadamente mis ratos de soledad. Que quizá me expuse a muchas cosas nuevas de golpe. Que quizá pude evitar elegir el camino más largo. Y sentir angustia toda la hora que duró el trayecto. Que el estrés me afecta. Me afecta por largo rato. Y que el estrés se expande.
Nunca voy a dejar que mis miedos me impidan encontrar mis momentos de mismísima felicidad. Soy tan miedosa como valiente. Siempre lo he sido.
Quizá solo tengo que ser amable conmigo y aprender a enfrentar un miedo a la vez.
Al final del retiro, todos dijeron cosas hermosas, todos lloraron. Y yo no pude. Días antes me conmoví en el Patagonia Run con los corredores que llegaron a la meta después de correr 160 km en la montaña. No lloré. Pero me conmoví. En la cena de despedida del retiro fue diferente. Sentí todas las cosas, pero mi cuerpo no respondía.
Y no pude llorar hasta ayer.
Cuando le conté a Jesús como horas antes había tenido en mis brazos a una chica convulsionando. Sin saber que hacer para ayudarla. Sin saber que hacer para salvarla. Sintiendo la muerte demasiado cerca. Sintiendo el peor miedo de todos.
Ayer fue mi workshop de creatividad y creación de contenido que organizo junto a Sofi. Y a mitad del evento escuché platos caer, y gritos. Pensé que habían entrado a robar. Pero no. Estaban las chicas sosteniendo a otra que parecía desmayada. No nos conocíamos. No sabíamos nada de la otra. No sabíamos que esta pasando. Ni que hacer.
Por suerte una de las participantes del workshop entendió que estaba sucediendo, e inmediatamente comenzó a darnos instrucciones. «Hay que ponerla de lado», «Hay que esperar que pase».
Todos mis recuerdos son difusos. Se que sentí que yo era responsable de ella. Que todo lo que pasará allí seria mi responsabilidad. Sali corriendo a pedir ayuda. Reclamé por un médico. «Cómo es que no hay un médico aquí», recuerdo que grité.
En un momento de lucidez entendí que tenia que mantener la calma. Que yo era la persona que debía hacerlo. Encontré su celular y estaba bloqueado. En el contacto de emergencia no había nadie. Investigamos si tenia alguna plaquita colgada en los bolsillos que indicara su condición. Pero no habían respuestas. Solo la interminable espera y el indecible miedo.
Hago una pausa para pedirles que agreguen a sus celulares el contacto de emergencia y su ficha médica. No toma más de 2 minutos y todos los celus te dejan hacerlo (Android y iPhone). Nunca sabemos cuando algo pueda pasar.
Hay muchas cosas más que podría contar pero no quiero. Logramos contactar a su novio. Y llegó la ambulancia. Se fue consciente. Aún no he podido comunicarme con ella para ver como sigue.
Sofi y yo tuvimos que seguir. Y esa ha sido una de las cosas más difíciles que me ha tocado hacer. Respiré profundo. Le pregunté a ella como estaba. Me respondió «Creo que no puedo seguir» y yo por dentro solo quise abrazarla y largarme a llorar, ahi mismo frente a todas. Pero no lo hice. Le di una palmada en el hombro y le respondí «si puedes, yo estoy aquí contigo». Un rato después sofi me dijo que gracias a mi pudo seguir. Lo que ella no sabe es que sin ella yo no tampoco hubiese podido.
Pasamos por las mesas para preguntarles a las chicas como estaban, les dijimos que ya estaba todo bajo control y que ella estaba bien ya atendiéndose, para brindarles un poco de tranquilidad. A algunas las abracé, con otras charle sobré sus collage, o la creatividad, o cosas de ese estilo. Y pasados 10 minutos tuvimos que retomar nuestra charla. De las cosas mas difíciles que he hecho en mi vida. Se que fue igual de dificil para Sofi.
Pero pudimos hacerlo. Las chicas no podrían haber sido más nobles. Todas pusieron un granito extra de esfuerzo, y milagrosamente pudimos terminar el workshop de la mejor manera posible. Nos dijeron cosas hermosas. Al final pudimos brindarles la contención necesaria para retomar todo. Ellas salieron llenas de inspiración. En cambio, creo que nosotras salimos un poco rotas, pero también orgullosas de la calidad humana de nuestra comunidad y de nuestra valentía para seguir adelante.
Todo lo que ha pasado me ha hecho pensar en tantas cosas. En todos mis privilegios. Pero también en todo lo que ignoro. La vida es durísima. Y me da mucha tristeza sentir que es muy injusta con algunos. Por no decir con la mayoría.
No quiero dar más por sentado mi salud. El privilegio tan enorme que es estar enamorada y poder compartir mis días con el amor de mi vida. Tener una cama caliente y segura donde dormir. Ser una persona que inspira a otras a apostar en ellas. Tener infinitas capacidades para sortear las vicisitudes y las dificultades. Tener a mi familia sana y segura. Tener familia. Pero sobretodo, ser jodidamente valiente.
De corazón, gracias por estar acá.
Nos leemos el próximo domingo (ojalá).
Cuídense mucho y de verdad, valoren todas las bendiciones que tienen.
Las quiero,
Con amor Lau.

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