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le pop est immortel · Jul 26, 2026

El legado como acto de uso

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Yolanda Aranda · le pop est immortel

Los legados no son tan difíciles de defender como de preservar. Cuando pienso en «defender», me imagino a alguien plantado delante de algo, impidiendo que lo toquen. Cuando pienso en «preservar», pienso en toda esa labor de documentación y hasta en el ejercicio de acondicionar una pieza para que no acumule polvo en un archivo y, lo que es peor, caiga en el olvido.

Hace unos meses tuve la oportunidad de adentrarme en el archivo del Museu del Disseny de Barcelona y hablar con algunas de las conservadoras. Ellas abogaban por el término «preservación» porque, según explicaban, con tantas piezas y tan pocos recursos, la única forma de que se cuidaran era darles visibilidad. Si una pieza entraba en el catálogo y podía utilizarse para exposiciones, tesis, estudios diversos, esa pieza se ponía en movimiento. Y ese movimiento implicaba, casi siempre, una mejor conservación.

Darle visibilidad a una pieza, recuperarla, fotografiarla y moverla de exposición en exposición es lo que la mantiene viva, lo que hace que más gente la descubra y le interese a alguien. Si hablamos de mobiliario, a veces incluso es la forma de reeditarlo, de ponerlo de nuevo en circulación. Y ahí el legado deja de ser un objeto guardado para convertirse, otra vez, en algo que importa y tiene valor.

Foto del ‘Arxiu del Museu del Disseny’ de arteymemoria.com

Erguirse ante la propia historia

El año pasado, por estas fechas, tuve que hacer varias visitas a la tienda de Loewe en el Paseo de Gracia. Un espacio ubicado en los bajos de la Casa Lleó Morera, uno de los tres edificios de grandes arquitectos modernistas que conforman la llamada Manzana de la Discordia, junto a la Casa Batlló y la Casa Amatller. Ya de por sí, la suma de los apellidos obliga a erguir bien la espalda, cuando estás plantada delante de tanta historia junta. Dentro, diría que el rincón donde se expone la escultura de macramé de Aurèlia Muñoz, tras una pared de cerámica de Cumellas, debería ser un espacio de peregrinación. Si hablamos de mobiliario, allí conviven dos reediciones de Cassina de las butacas Utrecht de Rietveld y una butaca de roble del inglés William Birch de principios de siglo. Piezas sin duda maravillosas, pero que me dejaron algo fría al pensar que la marca había olvidado, entre esas cuatro paredes, su propio legado.

Me especialicé en diseño de espacios comerciales, así que colarme en las tiendas y ver los detallitos es algo que disfruto aunque ya no me dedique a ello. La verdad es que, al entrar en aquella tienda, conociendo la historia de la marca y toda la labor que realiza para poner en valor los oficios, con su Craft Prize y sus colaboraciones con artesanos de todo el mundo, esperaba más. ¿Por qué tener dos butacas que podrías encontrar en cualquier showroom de mobiliario de diseño y no un par de los diseños que simbolizan tu legado?

Llamadme antigua, pero es que luego ves una foto de la entrada de la tienda Loewe del Hilton de la Castellana, con su logotipo en letra ligada y la butaca de Feduchi asomando, o de alguna de las tiendas que Javier Carvajal diseñó para la marca, y los ojos te hacen chiribitas. ¿Será que la nostalgia de quienes amamos la historia nos vuelve quisquillosos?

Interior de la tienda Loewe de Passeig de Gràcia

El legado

Empiezo por los Feduchi porque, cronológicamente, van primero. Luis M. Feduchi fue el patriarca de una saga que marcó la arquitectura, el diseño de interiores y el diseño industrial español durante generaciones, con el mobiliario del Edificio Carrión que proyectó junto a Vicente Eced (después bautizado como el Edificio Capitol) en la Gran Vía madrileña como una de sus obras más completas de los años treinta. La guerra frenó esa trayectoria, y la retomó en los cincuenta acompañado por su hijo Javier, que venía de otra generación y miraba hacia el norte de Europa. Padre e hijo trabajaron juntos en el Hotel Castellana Hilton (hoy, el InterContinental Madrid), el primer Hilton de la Europa continental, inaugurado a mediados de esa década.

Elizabeth Taylor en la terraza del Castellano Hilton. Foto de Gerardo Contreras / Archivo Regional de la Comunidad de Madrid

Javier, entonces todavía estudiante, colaboró con su padre en todo el interiorismo y el mobiliario del edificio, y esa colaboración marcaría el arranque de su propia carrera: a finales de esa misma década ya era director artístico de Rolaco, y de esos años son piezas propias suyas como la serie VR o la silla ARÑ, con las que fue metiendo, poco a poco, ese gusto escandinavo que tanto le atraía. Más adelante, también firmaría los interiores de grandes almacenes como Galerías Preciados.

Ojo al diseño de esta vitrina diseñada por Javier Feduchi para una de las tiendas de moda del Hotel Castellana Hilton 🧡 Fotografía perteneciente al archivo del COAM

Los Feduchi (Luis, padre, y Javier, hijo) diseñaron desde la estructura hasta los pomos de las puertas del edificio, que, además del hotel, albergaba, entre otras cosas, una peluquería para señoras, una zona de restauración y dos tiendas de ropa. Una de ellas fue la de Loewe, para la que los Feduchi también diseñaron el mobiliario, incluida una butaca de estilo nórdico que, en las fotos antiguas de la tienda, es lo primero que te atrapa la mirada.

Fotografía perteneciente al archivo del COAM

Es una pieza preciosa, una reinterpretación de un sillón orejero tapizado, con una estructura de brazos y patas livianas de nogal, sobre elementos cónicos de metal que le otorgan toda la personalidad y evocan el diseño escandinavo de mediados de siglo. Y no fue lo único que diseñaron: también lo hicieron con varios aparadores de vidrio cuya caja flotaba sobre unas patas finas y ligeramente curvas que me recuerdan a las siluetas de Carlo Mollino. Es una pena que de estas piezas apenas quede memoria más allá de alguna foto documentada en los archivos del COAM.

Fotografía perteneciente al archivo del COAM

La silla como manifiesto

Con Carvajal, la historia es distinta y, por suerte, hay más piezas documentadas. Todo empezó en la Trienal de Milán de 1957, donde el arquitecto coincidió con Enrique Loewe Knappe, ya tercera generación al frente de la casa. De ahí salió el encargo de renovar, de arriba abajo, la imagen de las tiendas de Loewe. Entre 1959 y 1966 construyó trece locales para la firma, once en España y dos en Londres, además de la sede central de Barcelona, con oficinas y talleres en la calle València con Viladomat (demolida, entre otras cosas, por la falta de protección patrimonial institucional que padecía la arquitectura en ese momento), y los centros de producción en serie, entre ellos la fábrica Tauro en Madrid.

Fotografía del fondo fotográfico de Francesc Català-Roca / Archivo Nacional de Catalunya

La tienda de la calle Serrano en Madrid, inaugurada en 1959, es la que mejor resume la filosofía que Carvajal aplicó en Loewe. Carvajal construyó un espacio casi escultórico, con una planta que algunos han relacionado con la Alhambra y una sección que recuerda a la biblioteca de Viipuri de Alvar Aalto. El nogal fue el material protagonista, una madera que el propio Carvajal describía como muy española, combinado con ladrillo visto pintado de blanco y mármol negro pulido.

Detalle del interior de la tienda donde se aprecia el ladrillo visto pintado y el mobiliario de nogal

Para el mobiliario, diseñó las butacas Loewe. Unas butacas bajas, tapizadas, con estructura de patas de madera de nogal vistas, sobre las que reposa la estructura tapizada. Pensadas específicamente para esas tiendas. Lo curioso es que, según el coleccionista e historiador Pedro Reula, Carvajal también llevó ese diseño de butacas a un terreno muy distinto: las viviendas sociales que proyectó en el barrio madrileño de El Salvador.

Fotografía perteneciente al archivo del COAM

De la tienda de Serrano también salió la pieza más icónica de la marca, una que ha pasado a la historia del diseño: la Silla Loewe, en nogal macizo, con asiento de cinchas de cuero, ambos diseños producidos por Biosca, la editora madrileña con la que Carvajal colaboraba.

En la silla se nota claramente el eco de la Round Chair de Hans Wegner de 1949, aunque Carvajal la vistiera de nogal y le diese un toque más espartano con el asiento cinchado en vez de trenzado. Ambas piezas eran la traducción física de lo que la marca quería ser en aquel momento, y, de hecho, el propio Carvajal recurrió a estas mismas piezas, en distintos tapizados, en varias de las tiendas que fue construyendo para la firma en los años siguientes, como la de Bilbao de 1960, donde repitió esa combinación de ladrillo y materiales cálidos que ya había ensayado en Serrano.

Fotografía perteneciente al archivo de Loewe

Conviene matizarlo: a Loewe no se le puede acusar de no preservar su legado. La propia marca le ha rendido homenaje a Carvajal más de una vez. En 2014, cuando Jonathan Anderson inició su etapa como director creativo, presentó «Pabellón Español, Feria Mundial de Nueva York 1964/65», dedicado a la figura del arquitecto, y las sillas siguen presentes en algunos espacios de la firma. Pero como obsesa del mobiliario que soy, y sabiendo que esos tesoros duermen en su propio archivo, me pregunto por qué no ponerlos más en valor, si al fin y al cabo forman parte de su propia historia.

Fotografía de la instalación «Pabellón Español, Feria Mundial de Nueva York 1964/65» con la silla Loewe en varios acabados de piel

El diseño nacional quizás no tenga tanta solera como el de otros países, pero el que tenemos es interesante y digno. También muy desconocido. Y eso que yo soy la primera que, a la mínima, cruza el charco o se va al norte para escoger los temas de este Substack, cuando aquí también había figuras haciendo piezas notables, y tengo ganas de hacerles un huequito entre estas historias.

Fotografía perteneciente al archivo de Loewe

Los custodios del olvido

Si bien, por motivos históricos obvios, mucho material no se ha preservado, por suerte no todo el mundo lo ha olvidado. Un ejemplo es Pedro Feduchi, nieto e hijo de los anteriormente mencionados, que lleva años documentando y divulgando el trabajo de su propia familia y de muchos otros arquitectos y diseñadores, y que, junto a Pedro Reula, otro gran documentalista, al frente de Studiolire, ha comisariado exposiciones dedicadas a rescatar ese mueble español de mediados de siglo que casi nadie conoce.

Vuelvo al inicio de este artículo. Preservar el diseño es sacarlo a la luz, mostrarlo, divulgarlo y dejar que alguien nuevo se enamore de él. Gracias a todos los que rescatan, documentan, conservan y restauran, y a los que divulgan, para que nada de esto quede en el olvido.

Nos leemos pronto

Read the original on lepopestimmortel.substack.com

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