¡Estoy de vuelta! Llevaba un tiempo queriendo sentarme a escribir por aquí, pero, entre una cosa y otra, los textos se me iban quedando a medias en documentos abiertos. Y bueno, escribir este tipo de historias requiere algo que últimamente se me estaba escapando: tiempo.
Pero no me puedo quejar porque parte de estos meses los he ocupado preparando clases de historia del mobiliario en una de las universidades de diseño más conocidas del país y en otros proyectos que pronto verán la luz y me han tenido bastante absorbida. Así que aunque he estado algo más silenciosa por aquí, la verdad es que no he dejado de pensar, leer y acumular historias que quería compartir. Y hoy vuelvo con una que me obsesiona bastante y que espero que os guste.
Empieza la temporada de festivales de todo tipo. Hace nada estábamos viendo a media industria del diseño peregrinar por la Milan Design Week, mientras yo escribo esto, Bad Bunny está llenando estadios a unos pocos kilómetros de aquí y dentro de unas semanas Barcelona volverá a llenarse de ingleses con purpurina en la cara.
Pero hoy os quiero hablar de lo que probablemente fue el festival de diseño más utópico, experimental y desquiciado que ha tenido lugar en este país. El “Woodstock del diseño” tuvo lugar en Ibiza en 1971.
Todo comenzó cuando el ADI-FAD impulsó la acogida en España del VII Congreso del International Council of Societies of Industrial Design (ICSID). La idea inicial era celebrarlo en Barcelona, pero el contexto político no ayudaba demasiado. Franco seguía vivo, el régimen todavía vigilaba cualquier tipo de reunión internacional con cierto componente intelectual o político y juntar a miles de jóvenes diseñadores, arquitectos y estudiantes llegados de todo el mundo, muchos de ellos vinculados a movimientos culturales y políticos bastante progresistas, no parecía lo más cómodo. (Recordemos que Puig Antich sería asesinado apenas tres años después.)
Así que se buscó otro escenario. Uno menos vigilado, más abierto y, sobre todo, más difícil de controlar: Ibiza.
A principios de los setenta, la isla ya se había convertido en uno de los refugios favoritos de hippies europeos y norteamericanos, artistas, músicos y jóvenes huidos de la guerra de Vietnam. Tenía algo de territorio periférico y de laboratorio social. Y quizá, precisamente por eso, encajaba tan bien con el espíritu que el congreso acabaría adoptando.
Algunas actividades más institucionales y académicas se mantuvieron centricas, pero todo aquello que tenía un carácter más experimental, asambleario o performativo terminó trasladándose a Ibiza. Las conferencias principales se celebraban en hoteles del norte de la isla, mientras que, paralelamente, en la cala de Sant Miquel se gestaba algo mucho más interesante.
En aquel momento existía en Barcelona el “Grupo de Diseño Abierto Urquinaona”, formado por arquitectos recién salidos de la carrera que veían el diseño y la arquitectura como algo inseparable de la transformación social. Entre ellos estaban Carlos Ferrater y Fernando Bendito. Eran años en los que gran parte de la juventud creativa española miraba hacia fuera con hambre: hacia las utopías radicales italianas, hacia Archigram, hacia Cedric Price, hacia los happenings o las arquitecturas utópicas que empezaban a aparecer en revistas internacionales. Mientras en España todavía dominaba una cultura visual profundamente rígida y conservadora, ellos querían hablar de colectividad y experimentación.
Aquel colectivo se ofreció como voluntario para colaborar en la organización del congreso, pero la respuesta inicial fue que prácticamente todo ya estaba resuelto. Todo, excepto el alojamiento para los estudiantes.
La solución propuesta por la organización era sencilla: habilitar un terreno para acampar con tiendas de campaña cerca de la cala de Sant Miquel. Pero Ferrater y compañía pensaron que aquello no estaba a la altura de un congreso internacional que aspiraba a reunir a estudiantes y creativos de todo el mundo. Y, sobre todo, entendieron que se les presentaba una oportunidad única: convertir la arquitectura en una herramienta cultural capaz de plantar cara, aunque fuese desde los márgenes, al franquismo.
Así que consiguieron un presupuesto mínimo (10.000 pesetas) y contactaron con José Miguel de Prada Poole, que llevaba tiempo investigando sobre arquitecturas neumáticas e hinchables. Prada Poole era una figura singular dentro de la arquitectura española de su época. Mientras gran parte del país seguía obsesionada con la monumentalidad y la permanencia, él investigaba estructuras blandas, efímeras y ligeras, inspiradas en la tecnología aeroespacial y en las posibilidades del plástico como material para imaginar otras formas de habitar.
La propuesta tenía que cumplir varias condiciones: ser barata, rápida de construir, fácil de desmontar y respetuosa con el entorno natural. Pero también debía funcionar como algo más que un simple alojamiento. No querían levantar un camping improvisado; su idea era crear una experiencia colectiva. Una especie de laboratorio social temporal donde arquitectura, ocio y convivencia sucedieran al mismo tiempo. Así que, con ese briefing, plantearon una propuesta y un manifiesto.
El texto con el que se convocó a estudiantes de todo el mundo hablaba de comunidad, de creatividad espontánea, de vida colectiva y de la experimentación con nuevas formas de convivencia. “La vida como espectáculo total”, decía el manifiesto. “Este es TU congreso.” La inscripción era gratuita y la idea era que cualquiera pudiera participar activamente en la construcción de aquella ciudad efímera. No había una separación clara entre organizadores y asistentes, entre arquitectos y habitantes. Lo importante era la experiencia compartida.
En el fondo, lo que proponían era algo profundamente radical para la España de 1971: una pequeña utopía temporal construida colectivamente.
Miles de invitaciones circularon por universidades y revistas internacionales. Y el resultado superó todas las expectativas: empezaron a llegar respuestas de estudiantes de todas partes del mundo, dispuestos a viajar a Ibiza para construir y vivir en aquella ciudad neumática. Así nació Instant City.
Con el apoyo de la empresa Aiscondel (fundamental para el suministro de materiales y tecnología) empezaron a fabricar los primeros prototipos en una planta de Cerdanyola del Vallès. El sistema constructivo era extremadamente simple: estructuras hinchables de PVC que podían conectarse entre sí mediante cilindros, túneles y esferas, y crecer orgánicamente según las necesidades de la comunidad.
Quince mil metros cuadrados de PVC, un millón de grapas y seis grapadoras. Eso fue suficiente para levantar la Instant City.
Las imágenes siguen pareciendo irreales incluso hoy. Decenas de jóvenes construyendo arquitectura neumática frente al Mediterráneo. Vecinos de la isla observando con desconcierto a hippies internacionales montando estructuras coloridas. Gente viviendo, durmiendo y creando dentro de una especie de organismo inflable gigante.
Y lo más interesante es que la Instant City, además de ser una solución logística, era también una declaración política y cultural. Proponía entender la arquitectura como una herramienta flexible que facilitara nuevas formas de relación humana. El trabajo colectivo se mezclaba con el ocio y la experimentación. El diseño dejaba de ser únicamente una disciplina para convertirse en una manera de vivir.
La vida dentro de la Instant City funcionaba casi como una pequeña comuna improvisada. Los espacios comunes crecían y se transformaban constantemente según las necesidades de quienes los habitaban: aparecían zonas de descanso, lugares para cocinar, pequeños puntos de encuentro y estructuras que servían tanto para dormir como para conversar o improvisar actividades colectivas.
Todo sucedía muy rápido y de manera bastante intuitiva. La ciudad podía expandirse, conectarse o modificarse en cuestión de horas. Las propias limitaciones técnicas acababan generando una estética muy particular: superficies translúcidas, colores saturados por la luz, formas blandas que respiraban y se deformaban ligeramente con el viento o la presión del aire. Parecía un organismo vivo instalado en la cala. Aunque en realidad nunca desapareció del todo.
A lo largo de los años, muchos de los plásticos de aquellas estructuras siguieron apareciendo por los campos de Sant Joan de Labritja. Los campesinos de la zona reutilizaron aquel PVC resistente y translúcido para cubrir cultivos, proteger herramientas o improvisar pequeños invernaderos y cobertizos agrícolas. Lo que había nacido como una utopía neumática vinculada al diseño más experimental terminó teniendo una segunda vida completamente cotidiana y rural. Y hay algo precioso en eso.
Durante esos días también hubo performances, conciertos y acciones artísticas. Antoni Miralda, Dorothée Selz y Jaume Xifra organizaron una cena inaugural convertida en un ceremonial multicolor, con Carles Santos dirigiendo una orquesta. Antoni Muntadas y Gonzalo Mezza presentaron Vacuflex-3, un enorme tubo de plástico de más de 150 metros que el público podía manipular libremente sobre la arena y el agua. Josep Ponsatí construyó esculturas hinchables gigantes que cambiaban constantemente de forma con el viento.
Todo parecía moverse entre el juego y la provocación, entre el happening artístico y el ensayo social. No había una programación completamente cerrada ni una experiencia diseñada al milímetro. Había margen para el error, la improvisación y que las cosas sucedieran de manera inesperada.
Había una confianza bastante ingenua y bonita en la creatividad colectiva. Con la idea de que el diseño también podía servir para generar formas distintas de relacionarse, convivir y pensar el ocio. Quizás por eso la Instant City nos sigue resultando tan fascinante a día de hoy.
Porque da la sensación de que hemos perdido un poco esa capacidad de arriesgar desde lo colectivo. Ahora casi todo parece más controlado, más patrocinado, más cerrado y más pendiente de la imagen final que de lo que realmente pueda lograr durante el proceso. Incluso muchos festivales o eventos culturales que hablan constantemente de comunidad terminan siendo experiencias bastante dirigidas, poco espontáneas y, en el fondo, bastante elitistas.
A día de hoy, la Instant City conecta con algo que muchos echamos profundamente de menos: la sensación de formar parte de algo colectivo. Hacer cosas juntas simplemente porque sí. Compartir tiempo, ideas y espacio con otras personas. Quizá por eso nos reconforta tanto apuntarnos a un club de lectura, a un taller de costura o salir a caminar con amigas. En el fondo, seguimos buscando lugares donde sentirnos parte de algo.
Como diría años más tarde José Miguel de Prada Poole, Instant City fue “la constatación de que la utopía es posible”.
Nos leemos pronto. ¡Cuidaros!

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