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también me pasa · Aug 3, 2026

Y que sea lo que Dios quiera

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Laura López · también me pasa

Vivir en un pueblo nunca ha estado en mi lista de cosas a las que aspirar cuando tenga ya capacidad considerable para llevarlas a cabo. El pueblo era sinónimo de; poco que hacer, misma gente a la que ver y ningún estímulo que mantuviera mi inspiración a flote. Ir al pueblo sonaba más bien a plan represivo que no a la opción apetecible para el fin de semana. Aunque pensándolo mejor, yo nunca he tenido pueblo y todas estas anotaciones pueden ser resultado de vivirlo desde lejos. Como quien señala desde la comodidad de su sillón, como el que dice que el mundo se va a pique sin añadir ninguna otra aportación.

Probablemente mi época más crítica ya esté empezando a suavizarse. A veces no puedo remediar esa vena totalitarista y me veo siendo la adolescente que creía que ya había encontrado la verdad absoluta. En otras, sencillamente me veo a mí tirada boca arriba en un sofá cama marrón que empezó siendo un tanto incómodo y ahora se ha convertido en un agradable rincón.

¿Y qué partes de mí soy yo? Imagino que el pequeño e insignificante resultado de la suma o de la operación que sea necesaria entre todas esas facetas. A veces le tengo que quitar un poco de ego a la ecuación, en otras tengo que abarrotarla de autoconfianza. Depende del día, depende de lo que haya que afrontar, y, sobre todo, depende de la etapa.

No creo que vivir en un pueblo haya sido nunca mi elección, pero ahora puedo entender todas esas cosas por las que, quienes vivimos en ellos, no nos planteamos tener que dejar de hacerlo.

Otra cosa que me gusta hacer desde hace ya un tiempo es catalogar los fascículos de mi vida tal y como si fuera una más de las idearias de la Biblia. No he leído aún la Biblia, entiendo todo este movimiento vanguardista de volver a ella, prestarle atención y, probablemente, hacer un análisis lo más objetivo posible. Entiendo que eso haya favorecido a que muchas personas reconceptualicen sus opiniones sobre esta obra. Aun así, en mi lista de cosas que hacer al menos una vez en la vida, -junto con esa otra en la que apunto lo que podría estar haciendo en vez de meterme en esa cantidad de aplicaciones monstruosas a, poco a poco, matar mis neuronas,- no he encontrado un hueco para ello.

La cuestión es que, inspirada por la Iglesia, yo también tengo mis protocolos sagrados.

El primero diría que es practicar algo en muestra de entrega y de agradecimiento. Hacerlo de manera continuada, constante, rutinaria y en mi caso, siendo parte de mi actividad diaria. Yo he escogido el Yoga. Dentro de que es una práctica personal y muy individualista, a mí me permite conectar lo de dentro con todo lo de fuera de una forma que se siente muy honesta. Es mi pequeña aportación diaria a la humanidad. Cada mañana voy, religiosamente, al mismo sitio y sino, a cualquier otro en el que sepa que me puedo sentir cómoda por las aproximadamente siguientes 2 horas. Un lugar en el que sé que mi atención no va a tener que lidiar con demasiados estímulos. Desenrollo la esterilla, miro hacia el horizonte y, tras unos primeros instantes de intimidad conmigo y con mi cantidad de pensamientos, empiezo a accionar. Los mismos pasos, los mismos ritmos, las mismas formas, el mismo fondo y, sin embargo, cada vez que lo hago puedo sentir, experimentar e intencionar algo totalmente distinto. Encontrar la variedad en lo permanente parece poético, pero hace que te sientas todopoderosa, quizás aquí otro claro ejemplo de cómo en la vida hay cosas que está bien mantenerlas de manera religiosa.

Lo segundo que estoy haciendo es escribir mucho de ello, como si todo esto en algún momento muy futuro vaya a resultar de valor y de gran interés para quienes vengan por delante. Como si no fuera a haber suficientes pruebas visuales, mucho más dopamínicas que la de leer decenas de cuadernos iguales escritos con el mismo bolígrafo, en el mismo color y casi que con la misma cantidad de líneas por página. Como si tuviera demasiada fe en que algo que estoy viviendo de manera tan fugaz pudiera de cualquier modo quedar retratado para siempre. Escribo porque es una forma de fotografiar lo que sucede en el tiempo y es perceptible, y lo que en paralelo sucede en mi mente y, lamentablemente para mí, es más bien invisible.

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Me dijo que seguía pensando que mi cabeza era bastante compleja y que eso era lo que le inquietaba y a la vez le atraía a querer conocerla. Le pedí, casi que le rogué, que si en algún momento sentía que daba con cualquier tipo de descubrimiento al respecto, que me lo compartiera. Porque ni yo sé muchas veces qué es lo que se cuece ahí dentro. Así que, lo tercero que también tenemos en común yo y la religión es que a mí también se me suele escapar alguna plegaria o ruego. Aún no sé bien si él ha alcanzado la posición de santo en mi vida, pero sin duda, si logra adivinar algo de mí que yo aún no haya descubierto, como poco, tendré que solicitar la petición para que su figura pueda reemplazar a la de alguno de los arcángeles.

Amar por encima de todas las cosas es algo que creo que también comparto. Yo amo, sin importar a quién, sin importar de qué manera y en ocasiones sin importar si es ya demasiado precipitado. Porque, ¿cuándo se supone que amar es correcto? La temporalidad en esta ecuación me perturba, suena un poco a la antítesis de lo que en algún momento alguien nos contó que era su propia definición. Amar, según la RAE, consiste en: tener un afecto profundo, un gran apego o una fuerte devoción hacia una persona, animal o cosa.

He intentado buscar en esa definición el momento en el que ese acto tiene sentido que suceda, el tiempo en el que es correcto y coherente dejar que ese sentimiento te atraviese o algún indicativo que explique cuándo está bien empezar a considerar que ya estás queriendo. Por ahora, sigo sin encontrarlo, no sé si puedo decir lo mismo de si sigo sin experimentarlo.

Me pregunto por qué nadie habló del pecado de amar antes de tiempo y por qué se escandalizaban tanto cuando uno tan solo hacía lo necesario para satisfacer sus necesidades como humano. ¿Acaso no es más imprudente sentirlo que sencillamente pasar por ello sin ningún anclaje interno? En el sentimiento hay una intimidad inmensa, una ausencia de control, una libertad que aterra y el absoluto desconocimiento de todo lo que hay tras el silencio. En la experimentación, lo que sucede es lo que ves, ni más ni menos. Imagino que podemos compararlo con poner los cuernos de manera tangible, con un intercambio de fluidos momentáneo y el no tan socialmente bien visto “poner los cuernos” con un; no hago nada en el plano terrenal, pero mis emociones, pensamientos y sentimientos hacia otra persona son peor que una infidelidad de manual.

¿Es más hiriente lo que el otro es capaz de ver de nosotras con nuestros sentidos que la cantidad de intimidad que nuestro silencio puede llegar a callar? No lo creo. Por eso a veces también me pregunto si es necesario materializar comunicativamente algo que a la vista está que ya lleva tiempo pasando. Yo quiero antes de poder con mis palabras expresarlo. Quiero cuando sé qué café te vas a pedir, quiero cuando dejo que mi mano se encuentre con la tuya en cualquier momento de la noche en la que me dé la ilusa sensación de que haya estado perdida. Quiero cuando te miro mientras hablo y necesito inmediatamente dejar de hablar de lo que estaba diciendo. Quiero cuando pienso en cuántas veces antes he querido y siento que esta tiene una manera notable e inexplicablemente distinta. Quiero cuando no te lo cuento. Pero imagino que, cuando más quiero, es cuando aun sabiendo que vas a leer todo esto, más valiente me siento para seguir haciéndolo.

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Read the original on lauralopezram.substack.com

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