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también me pasa · Jul 27, 2026

Que besara mal era mi última esperanza

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Laura López · también me pasa

Dos cafés al día está más que bien. Yo también me pregunto cuándo empezó a considerarse un evento eso de ir a tomar café. Eso de compartir en un espacio y momento concretos en torno a una taza con sabor medianamente amargo y con, con suerte, alguna pequeña forma sobre la superficie que te recuerda que, pese a que estés ya teniendo una mañana torcida, hay alguien que sin mucho cuestionamiento te ha esbozado un pequeño corazón sin importarle tu actitud de mierda.

Este año, por mi cumpleaños, soplé velas por la noche y por la mañana me tomé un café con la cifra de los años que ya llevo acumulados. Por supuesto, fue lo que más me hizo ilusión del día, eso directamente relacionado al pensar que hubo quienes se tomaron un momento para decidir que precisamente ese “pequeño” gesto sería algo que me ilusionara. Imagino que no pensaron que en algún momento escribiría de esto, por eso prefiero tomar buenas acciones o acciones aparentemente majas, nunca sabes si habrá alguien intentando hacer algo similar al arte con todo eso.

Me pregunto si hay más piezas reconocidamente exitosas y emblemáticas en el mundo fruto del sufrimiento, o si bien es la bondad lo que hace que nos volvamos imparablemente creativas. El Guernica, las reivindicaciones encubiertas de Banksy y todo lo que dejó grabado Sylvia Path lo mantendremos al margen, pero honestamente, creo que hay algo en convertir la crudeza en algo más allá que supera a cualquier acto de por sí bonito y bello por su mera naturaleza. No me malinterpretéis, justo las obras relacionadas con la propia naturaleza; sus formas, sus ritmos, esos colores tan vívidos, sus especies, su variedad… son las que pueden competir con todas aquellas otras creaciones resultado de una depresión casi que ilimitada, una situación de supervivencia o cualquier catástrofe con la que nadie contaba. No creo que mi caso sea el mejor ejemplo, pero es curioso ver cómo cuando estoy verdaderamente inspirada a escribir es cuando más ahogada me siento.

Digamos que una sensación muy diferente a la de este momento.

Me pregunto si también está en mi mano cambiar el motivo de inspiración, si yo también puedo tener algo de peso en esa decisión y hacer que, aunque sea un tema aún para mí inexplorado, también valga la pena dejar enmarcado por aquí otra forma de ver el amor.

Se me hace mucho más sencillo escribir cuando lo que prima es el dolor, puede que una parte de mí siga siendo demasiado barroca como para sencillamente hacer una pequeña oda a lo bonito de los momentos que, por suerte, vivo en mayor medida. Aquellos que a veces y en contra de mi voluntad tengo que asumir que están siendo parte de la realidad.

No sé si a vosotras también os ha pasado alguna vez, pero recuerdo que cuando era pequeña a menudo me despertaba y una envolvente sensación de sentirme bien me rodeaba hasta que me daba cuenta de eso y activaba alguna alerta. En concreto, la de “yo juraría que había algo pasando en mi vida por lo que estaba preocupada” y, en efecto, no tenía que indagar demasiado en pensamientos hasta que lo encontraba. De repente, desaparecía esa suave capa.

Lo podemos catalogar como auto-boicot emocional. Esto fue durante mucho tiempo algo con lo que estuve demasiado familiarizada. Y por supuesto, también parece estar dejando sus pequeños estragos a día de hoy. Sin ir más lejos, ayer tuve un pequeño y divertido momento de autoreivindicación conmigo misma. Me agobié, digamos que hay algunas pequeñas cosas del día a día con las que me está costando lidiar, eso, sumado a que no siento que esté en mi momento más inspiracional y que, de base, tengo una ligera presión que me machaca con el; “tienes lo que siempre has querido y estás donde quieres estar”, digamos que es la combinación perfecta para saborear, aunque sea solo un poco, el maravilloso agotamiento mental.

La cuestión es que, mi manera de afrontar esos pequeños momentos de ira es, desapareciendo. Hace un tiempo desaparecía y comía en exceso para, con más razón, tardar bastante en volver a aparecer y justificar mi ausencia. Ahora, por suerte y, después de demasiado sufrimiento, desaparecer sigue siendo el mecanismo de respuesta, pero esta vez lo es ligado a dormir. Digamos que está habiendo un delicado progreso. Al menos ahora descanso, en exceso, pero descanso. Con el tiempo me he dado cuenta de que nadie está exento de necesitar regularse mediante algún estímulo o mecanismo externo. Y está bien, demasiado hemos demonizado cualquier pequeño gesto que se aleje de lo que directamente relacionamos con el autocuidado. Tener un día girado y no tener ganas de salir a la calle; tener un día girado y querer desaparecer un rato; tener un día girado y que te alivie acudir a tu helado favorito, eso, también resuelve. Más o menos inteligentemente, pero con las capacidades con las que sea que contamos. Sin exigirnos más, sin pretender ser perfectas también en la manera en la que gestionamos nuestras carencias.

Ayer, la compasión que de algún modo todo este entendimiento me empieza a despertar, me llevó a alejarme y querer desaparecer, pero a hacerlo de manera temporal. Durante unas horas me dejé ser invisible y durante unas cuantas más me acosté para poder dejar de pensar. Al rato, empecé de nuevo.

Salí a la calle, me senté a charlar con alguien, volví a contemplar el ritmo con el que suceden las rutinas, me dejé ser una más en esta película de la que a veces me creo únicamente la guionista y de la que tanto formo parte.

Me volví a vestir a las 21h de la noche, pese a que no estuviera en mis planes. Me acerqué a él como se acercan sin consentimiento previo los imanes, y de algún modo, dejar que me viera y saber que era vista, me devolvió a mí, me trajo de vuelta. Sigo descubriendo lo que me gusta de él y aunque ya haya sido capaz de identificar con claridad bastantes cualidades, sin duda esta última que he añadido es hasta el momento la más importante. No hace falta que haga nada para que me sienta regulada y segura a partes iguales. Incluso cuando ni soy capaz de experimentar ese sentimiento conmigo misma y solo puedo cerrar los ojos para que desaparezca un poco la vorágine. Estar cerca de él, hace que me sienta conmigo menos distante.

Acariciarle y dejar que mi mano actúe con el mismo mimo que sutileza, a mí también me masajea. Escucharle con atención mientras dice todas las cosas que el cansancio hace que quiera compartir con su vulnerabilidad, me hace sentir menos prescindible. Que mi cabeza, cuando crea que en este momento prima la desilusión, le vuelva a poner a él sobre la mesa, imagino que será una forma bonita de recordarme que; las batallas puede que vayan a ser inevitables, pero si algo puedo hacer por mí es elegir de quien, para atravesarlas, elijo rodearme.

Y por ahora, esa es la última de las razones por las que dejarle un hueco en mi vida me compensa. Nadie trajo tanta paz a toda esta guerra.

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Read the original on lauralopezram.substack.com

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