Esta pequeña vida, como diría Sheila.
Digamos que está siendo ese momento que probablemente recordaré en un punto como; aquel en el que todo se empezó a engranar.
A veces me gusta echar la vista atrás intentando entender el porqué de todo lo que ahora estoy transitando. ¿Por qué están estas personas en mi vida de manera tan cercana?¿Por qué he acabado en este lugar del mundo?¿Por qué he dejado de poner mi energía en según qué proyectos?¿Por qué ahora mi escenario luce de la manera en la que lo estoy viviendo?¿Por qué lo que antes me importaba ahora ya no me importa nada?…
Para sorpresa de nadie, la única explicación que le doy es la que se recoge en la teoría de las “sincronicidades”. A Jung se le ocurrió poner un poco de cabeza sobre toda esta cantidad de acontecimientos desorbitadamente inexplicables y las recopiló bajo el concepto de sincronías, conocidas popularmente como las “casualidades de la vida”.
Dos sucesos independientes que se cruzan en un lapso de tiempo común, cargados de connotaciones subjetivas que, por alguna razón misteriosa, tienen sentido relacional. Un sentido muy personal, claro.
Qué valiente. Alguien tenía que intentar ponerle una explicación a todo esto e imagino que él no pudo vivir con la incapacidad de no conceptualizar algo tan inmensamente sobrenatural.
Pese a que alguien se haya tomado la molestia, el tiempo infinito y la (muy probable) incomprensión del resto, creo que esta definición se nos sigue quedando un poco pequeña teniendo en cuenta el gran impacto que estas generan.
Imagino también que algo parecido sucede con responder a la pregunta de “¿Y qué es el amor para ti?” ¿Cómo definir algo tan subjetivamente colectivo, tan global y personal, tan experimental y a la vez íntimo?
Si a eso, además, le sumas que puede que lo que una entienda por amor no necesariamente es lo que una acaba aplicando o llevando a cabo con sus actos, pues, imagínate…
Para alguien a quien le acaban de partir el corazón, el amor nada tendrá que ver con lo que te cuente de él esa persona a la que le hayan prometido la eternidad de sus intenciones románticas en forma de piedra preciosa que reposa sobre un dedo ya nunca indiferente a ojos ajenos. Un adorno simbólico, un adorno que hará que quien lo vea pueda pensar que, a esa persona, hay alguien esperándole en casa, hay alguien que por las noches la recoge, hay alguien a cuyos problemas, por muy insignificantes que para el resto sean, también le comen.
Tampoco tendrá este símbolo el mismo significado para quien, entrando por la puerta de un hospital con el ojo morado, apoye sus manos sobre la mesa del mostrador y en una de ellas se pueda ver ese pequeño aro dorado. Esta vez quizás ya no decorando, sino que más bien ahogando una parte de alguien que, desde un tiempo, dejó de ser no solo indiferente para el resto, sino que para una misma.
La cuestión es que el amor tendrá todas las formas posibles que el ser humano sea capaz de otorgarle. He conocido amores más peligrosos que el propio miedo, he conocido amores más salvajes que la misma naturaleza, también he visto aquellos que han dejado de significarlo todo en nombre de este mismo y los que han logrado darle sentido a quienes llevaban toda una vida encontrándose perdidos.
Para mí, el amor ha tenido muchas definiciones. Tantas como la cantidad de experiencias que he necesitado para vivirlo.
Hablé de amor cuando decidí pasar las cuatro estaciones con alguien con quien en ninguna de ellas me sentí conmigo. Hablé de amor cuando por primera vez salí a la calle con los labios rojos y lo primero que me dijo cuando me vio fue que dónde iba así y que, a quién pretendía seducir. Hablé de amor cuando en el colegio me debieron preguntar sobre mis padres, les usé de ejemplo aun sabiendo que lo que había de vuelta a casa eran dos caras incapaces de mirarse. Hablé de amor cuando quise mostrarme como alguien que lo experimentaba, que era capaz de provocárselo, que incluso quería que con su propio ejemplo hubiese otras personas también animándose a vivirlo. Hablé de amor cuando me faltó, cuando lo anhelé, cuando lo soñé desesperadamente, hablé de amor cuando me sacudió y cuando perdí toda la fe en que me volviera a suceder.
Pero sin duda hay un momento en el que me callo
y dejo de hacerlo.
Dejo de hacerlo cuando lo vivo.
Imagino que porque me siento irrespetuosa si no con él.
Con intentar ponerle palabra
a algo que solo puede experimentarse más allá de la lógica,
más allá de cualquiera de las teorías,
por encima de todas las vivencias agridulces
y por debajo de todos los momentos en los que juré que solo tendría amor cuando fuera capaz de yo misma sentirme comprendida.
Puede que, como gesto de respeto, suelto mis bolígrafos, dejo de teclear sobre ello y salgo a la calle a pasar por él. Salgo a que me pise, a dejarme ensuciar, salgo a revolcarme, salgo a tirarme horas despierta mientras sencillamente nos miramos. Salgo a dejar las puertas de casa sin cerrar para que él vaya cuando quiera. Salgo a tener más cepillos de dientes de alguien que de mí en mi baño, a intentar que me parezca gracioso que no use la toalla de los pies y deje todo el suelo terriblemente mojado. Salgo con la misma ropa que entré la noche anterior a seguir con mi día siguiente, salgo a dejar de esperar todo lo que pensé porque, por suerte, ahora vivo en lo increíble de lo inesperado.
Y me asusta si lo pienso,
pero, en cuanto recuerdo que todo esto es tan solo la sincronía de actuar sin meditarlo demasiado, entiendo que el concepto de amor, si algo siempre va a mantener permanente es la intención de dos personas constantemente queriendo inventarlo.
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