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también me pasa · Jun 29, 2026

Estar enferma y ser insorprendible

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Laura López · también me pasa

No me considero mala enferma. Puede que la enfermedad me visite como mucho una o dos veces al año. Nada dramático ni demasiado exagerado, quizás algún que otro día o dos de parálisis, cansancio más notable del que ya acostumbro y desgana. Probablemente no he sido mala enferma porque en mi casa, digamos que no estaba demasiado permitido estarlo o, que había pocos tratos de favor en el caso de que fuera así. Durante una etapa fantaseaba con estar mala y quedarme sin ir al colegio, pero cuando empecé a darme cuenta de que eso suponía todo un conflicto familiar en base a; quién se queda con la niña, qué hacemos con la niña, y ahora qué come la niña y etc, preferí mantenerme sana como un roble y continuar con la vida.

Eso sí, había momentos en los que hacía lo que fuera para que alguien me considerara lo suficientemente perjudicada como para que me llevaran a casa. Esos eran los días de puré de patata o de espagueti carbonara en el comedor del colegio. Recuerdo mirar el menú de lo que había y cómo, al ver esos dos platos, acto seguido, me iba con mi amiga Marta al patio y nos auto-torcíamos la muñeca la una a la otra para ir a la doctora a que viera que la teníamos inflamada y llamara a nuestros padres para que nos recogieran y nos llevaran casa. La última vez que conté esto en voz alta, las caras fueron más bien de susto que de risa, no voy a ser yo la que diga que en ese momento estaba medianamente cuerda. En algún momento también fingí muchísimo que tenía anginas hasta que dejé de hacerlo un día en el que no me pasaba nada. La broma coló y, al cabo de unas horas, me dio un dolor de garganta considerable, empecé a beber de mi propia medicina, nunca mejor dicho. Me asusté, fue ahí donde probablemente vi mis primeras skills como bruja adivina.

Esta semana me hubiera encantado tener el poder de hacer lo contrario, estar mala y falsear no estarlo. Tuve fiebre, algo de tos y ahora unos mocos que me provocan el ahogamiento en los tres primeros saludos al Sol de la práctica. Qué mal estar mal. Empiezo a creer que cuanto más mayor te haces, peor enferma eres. Solo quería estar en casa con mis bragas XL y una camiseta que me recuerda a la Laura de 9 años en verano abrazando una almohada enorme.

El primer día ya estuvo el equipo de rescate en casa. Ara insistió muchas más veces de las protocolariamente cordiales en venir y traerme café y medicinas. Sheila apareció también para hacerme caricias mientras yo me mantuve en horizontal viendo cómo llegaban. Pasamos unas horas en la salita donde está el sofá, un pequeño escritorio sobre una alfombra y donde la luz es perfecta, teniendo en cuenta que me gusta que todo tenga un toque de ambiente más bien tirando a cueva. Pasamos unas horas hablando de la vida mientras una estaba sentada en la silla y la otra haciéndome caricias en las piernas. Yo seguía en horizontal observándolas y sintiéndome la persona con más suerte de esa pequeña sala.

Por muchos motivos; el primero, por tenerlas a ellas, el segundo, porque ellas estén tan llenas de amor que su manera de ser en el mundo sea parecida a la de una máquina de bondad que va soltando drops sin hacer distinción ninguna y, el tercer y gran motivo, porque cuando era pequeña nunca estuve del todo equivocada. Estar enferma y quedarte en casa es un regalo de los dioses cuando casa significa la escena que esta semana tuve que vivir por culpa y gracias a una pequeña bajada de defensas que me recordó que mi verdadero hogar no tiene nada que ver con cuatro paredes decoradas.

También me he dado cuenta de que cuando me siento más débil, no tengo la necesidad de contárselo a nadie o de buscar que nadie lo sepa. Papá y mamá ni se han enterado, total, ¿para qué? si no es nada grave, y el resto de personas lo supieron porque no hay forma de que pueda ocultar estar sin ganas por la vida en una llamada de teléfono. En esos momentos, también me he dado cuenta de que me gusta demasiado cuidar. No hace falta que nada pase para tener un detalle, para hacerle sentir a la persona que quieres que te acuerdas de ella incluso en los momentos más corrientes. Me gusta tener detalles. Detalles de cualquier tipo, creo que se me dan mejor esos que involucran gastarme dinero porque me facilito mucho las cosas y me limito menos. Me gusta también saber qué cosas les pueden gustar a esas personas y pueden ser potenciales detalles para cualquier momento; unas flores rojas o cualquier innovación de comida sana para mamá, la revista de Apartamento para Bárbara, skincare, bolsas y pantalones con estampado que quizás yo no me pondría y unas chuches para Connie, cualquier incienso, vela y anillos de plata con forma para Martu. A Marcelo, que sé que me estás leyendo, te regalaría volver a Palma y que podamos tener de nuevo nuestras conversaciones a la cara.

La última vez que me sorprendieron fue hace poco, y fácil no es. Menos aún si me conoces de poco tiempo. Imagino que eso lo hizo aún más sorprendente. No creo que sea sencillo que algo me asombre porque ni yo misma sabría anticipar qué es lo que me puede hacer ilusión, es complicado acertar, pero imagino que se debe sentir como haber alcanzado el nirvana para quien lo haga. O al menos, así me siento cuando alguien hace que eso pase.

Lo hizo con palabras. Palabras escritas en una libreta. Siempre digo que es lo más valioso que puedo compartir con alguien y alguien dio en la tecla de retornármelo de la misma manera, sin saberlo. Palabras sobre una línea con una letra demasiado real y desinhibida. Aún no he aprendido sobre grafología (el arte de interpretar la tipografía de las personas), pero diría que le resultó totalmente indiferente lo que fuera a pensar de eso que estaba escrito y de lo que yo pensara de su caligrafía. También diría que de por sí se atreve, aunque le cueste hacerlo y se olvide de que está en su naturaleza, y además de tener coraje tiene la sensibilidad como para hacer que todo lo que dejó caer sobre esas primeras hojas me pareciera inesperadamente sorprendente.

Me quedé pensando en si eso es parte de su personalidad o si más bien es algo que le inspira a sacar, conociendo un poco cuál es la mía. Imagino que esa duda es un buen punto de partida para continuar las páginas de un nuevo cuaderno en el que una pequeña parte de la historia, aparentemente, alguien ya decidió escribirla.

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Read the original on lauralopezram.substack.com

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