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también me pasa · Jun 22, 2026

Echar de menos, ¿qué es eso?

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Laura López · también me pasa

Me pasa algo que en alguna ocasión ya he comentado por aquí y es que cuando menos recurro a la escritura, es cuando más dejo que las cosas que siento se me hagan bola. Hace poco, mientras daba el paseo matutino con mi amiga, escuché algo que se quedó ya pineado en mi laboratorio de pensamientos en bucle que no llevan a nada; “no pensaba que fueras a ser tan mental como lo eres”.

Escuché eso y lo quise interpretar como el gran insulto que te marca y hace de punto de inflexión, dando pie a una nueva etapa. Escogí tomármelo personal como los insultos hirientes se toman cuando te duelen porque sabes que es verdad. Y dejé que fuera así porque a veces es necesario que el golpe de lo mundano te escueza para recordarte que hay acciones sobre las que siguen siendo necesarias las consecuencias. Este raciocinio puede ser más propio de la época de la Revolución Industrial, pero echando un ojo al transcurso de la historia de la humanidad, hay ciertas costumbres del pasado que, sin haberlas saboreado en este ciclo kármico en el que estoy ahora, echo en falta por una extraña razón.

Vivir sin que un dispositivo nos dé la falsa seguridad de estar comunicados porque la necesidad no existe, eso lo echo en falta. Ahora, algo que valoro por encima de todo y con lo que ya no creo que elija por voluntad vivir, es el poder seguir siendo una humana funcional sin tener que usar un aparato o necesitar vivir conectada a él. Echaba mucho de menos no contar con nada externo a mí para sentirme una persona funcional y capaz por sus propios medios. Que mi mano espere el contacto de un rectángulo de aluminio forjado y cristal, me empezaba a dar algo de miedo. Acabo de volver a casa después de salir con un café en vaso a visitar a mi amiga y vecina sin avisarla de que iba. Suena tristemente arriesgado y a la vez, por suerte, mi sistema ya empieza a no considerarlo extraordinario sino que, como “lo que debería ser”.

Vestir basándome en escoger lo que ese día me haga sentir bien. Sin anteponer él; “lo que al otro, según sus estándares/percepción de las tendencias/issues varios adquiridos por la expectativa de lo que deberíamos llevar (porque es lo que -una vez aplicado- da a entender que eres alguien que demuestra que sabe y que está en la onda)”, le parezca esperable de ti. Llevo con mis 3 pares de havaianas medio año, a menudo me sobran dos, sigo mirándome los pies muchas veces y pensando que me quedan fenomenal y que son el mejor zapato ever. Mono, delicado, práctico, suben la montaña del atardecer cuando me apetece ir a verlo, se mojan y se secan, me da igual pisar lo que sea con ellas y se mantienen siempre como siempre. En este último capítulo en el que me estoy desarrollando, ando valorando más que nunca la naturaleza permanente, constante e inmutable de según qué. Este puede que sea mi momento más reivindicativo conmigo misma, pero hay cosas que me niego a que mínimamente cambien de forma. Me niego, ya demasiado hemos usado la justificación del libre albedrío como para seguir haciéndolo, incluso con lo que ha venido a este plano terrestre para ser siempre de una manera y no dejar de serlo. Imagino que nadie ha considerado que el Sol lleva desde siempre brillando y ya no es necesario.

He echado mucho de menos no necesitar un espejo para validar algo que nada con lo físico tiene que ver. Nos miramos constantemente esperando que nuestra cabeza perciba la belleza, lo socialmente reconocido y admirado bajo el prisma de lo estético. Que nuestro pelo luzca de una forma, que las facciones de nuestra cara se asemejen a las que actualmente cualquiera podría considerar de persona de valor, tan solo porque las tiene, o que lo que resulta de lo que percibimos encaje en lo que nuestro subconsciente considera como de éxito ajeno. Suena igual de enfermizo como lo que es. ¿En qué momento se nos ha olvidado encontrar en esa mirada la seguridad?, ¿y la confianza?, ¿y el amor que probablemente sea todo lo que necesitemos sentir de vuelta al ver el reflejo de nuestra totalidad tan pura, tan humana y tan, con lo que es, incuestionablemente sublime? Me miro al espejo 2 veces por semana detenidamente para quitarme los pelos de la barbilla, maldigo tener pelos en la barbilla. Acto seguido llevo la mirada a mis ojos y me quedo embobada, perdiéndome en su forma, su color, sus rasgos, su profundidad, su absoluta perfección y magia. Me doy cuenta de que son el instrumento que me permite todo, gracias a ellos, y a poder deducir eso, puedo también agradecerles que no me limiten a solo lo que se posa frente a ellos como lo único real.

He echado de menos conversar con la verdad. ¿Y la verdad de quién? Pues por supuesto, la verdad indiscutiblemente personal e individualizada que puedo tener yo y que tienen las personas que me rodean. La verdad de mis amigas es tan diferentemente complementaria a la mía, que lo único que sé con certeza es que estoy comprometida a que, incluso siendo distinto lo que sale de nuestra boca y en ocasiones de nuestra cabeza, asumo que mi primera intención siempre sea percibirla también como una verdad que en paralelo convive armoniosa y contradictoriamente con la mía. Y sí, eso me da una sensación enorme de paz. Imagino que tendrá que ver con aceptar incondicionalmente al otro. Por encima y a pesar de todo. A pesar de que sus gestos sean de diferentes a los tuyos, que sus pretensiones se presenten distintas a las que tendrían las tuyas, o que simplemente, a pesar de estar hasta las narices de escuchar según qué sandeces. Hay algo que prevalece y es la suma de todo lo que esas personas al final del día, de la semana, del mes o del año acaban aportando.

Respetar, idolatrar y darle espacio a la naturaleza de quienes elijo que residan en la mía es lo único a lo que querré estar siempre entregada.

Todas esas cosas son viejas conocidas, las he echado de menos durante un tiempo, el necesario para cuestionarme qué había en mi contexto que me estuviera impidiendo tanto que esas sensaciones se satisfacieran.

No diré que he tenido que cambiar de continente e irme a una isla entre islas para poder, por primera vez, saber de qué estoy hablando, pero sí.

Tampoco diré que he tenido que rodearme de dos personas igual peligrosamente curiosas y excitadas por la vida como yo.

No diré que soltar cualquier compromiso laborar y dejar espacio para lo que de verdad me apetezca hacer y contribuir a la sociedad está siendo ahora mismo mi manera de mantenerme despierta.

Ni que hacía poco dije que la próxima relación de amor la declararía en Hacienda, pero puede que no sea necesario teniendo en cuenta que no llega al mínimo reconocido por los que aún piensan que el amor, pesa.

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Read the original on lauralopezram.substack.com

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