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también me pasa · Jun 15, 2026

La próxima relación amorosa que tenga la declaro en Hacienda

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Laura López · también me pasa

Con el tiempo, hay cosas que comienzan a perder el nivel de percepción de la dificultad. Se nos hace más accesible conseguir según qué retos, atravesar las pequeñas, pero determinantes pruebas del día a día, y las decisiones pasan a dejarse llevar por el automático que tenemos todas instaurado. Puede que esto sea resultado de haber normalizado la vida.

Como si llegase un punto en el que todo en lo que esto consiste comenzara a sonar más familiar que extraño.

Para ello, a veces hace falta recién cumplir veintiocho años, pero en otros casos, ni una interacción completa en el único plano secuencia es suficiente como para lograrlo.

El olor a café de las 10:30h, los paseos por la mañana, la playlist de “suavemente”, que mis pies pierdan las chanclas y huir de según qué miradas, se han vuelto parte de eso a lo que ya me he acostumbrado. No pasa nada si me falta, pero si es así, sé que algo pasa.

Me gusta ir destapando qué es lo que mi subconsciente considera ya como lo esperado. Hay algo romántico en el dar por hecho lo que elegimos que nos conforme, que nos adorne el escenario, que sea lo que cualquiera podría usar para describirnos a algún extraño. Sin embargo, por mucho que nos acabemos identificando con una manera de danzar, de repente llega otro bailarín al plano y nos olvidamos de articular cualquier paso.

Una vez conocí a alguien especial, sentí que la manera en la que nos encontramos no había forma de que fuera casual. Todo parecía habernos estado esperando.

Recuerdo que en ese momento mis sentidos tenían otros intereses muy diferentes al que hizo que me abriera a una experiencia así de nuevo. A todas nos ilusiona hablar de amor y de romance, pero en el fondo estamos acojonadas de que de nos vuelva a acechar. Porque en efecto, por muchos años que llevemos siendo partícipes de esta impredecible experiencia, nadie nunca nos puede anticipar a lo que va a resultar como la siguiente historia memorable. Cada relación es un mundo, pero cada circunstancia que nos rodea, eso es todo un universo. Y ahí es donde la magia pasa, solo ahí; cuando de miles de millones de estrellas, hay dos, solo dos, para las que el brillo de todas las demás pierde su fuerza.

Otra de las veces en la que conocí a alguien especial, recuerdo que lo hice sin darme cuenta de que lo estaba haciendo. Los dos estábamos donde teníamos que estar y una serie de acontecimientos fueron los que nos ubicaron en lo común que hizo que nuestra historia se fraguara. Fue inocente, divertida, desinhibida y, sobre todo, diría que de alto valor por cómo los dos decidimos volcar nuestra naturalidad. Pero lo que más aprendí de abrirme a esa historia, fue a que la mejor moneda de cambio para vivir algo que te vaya a marcar es hacerlo desde tu intimidad.

Uno de los ingredientes clave que hace que conocer a alguien, de la forma que sea, resulte significante, es la predisposición que los dos tienen de regalar su intimidad. Dejarla descubierta y desprotegida frente a la otra persona y que ese sea el mayor gesto de entrega.

El amor, la compatibilidad y la química son elementos esenciales en hacer que las conexiones se mantengan reales, pero cuando dos personas se miran a los ojos entendiendo todo lo que para la mente no encuentra explicación; ahí es donde no existe teoría sobre el enamoramiento que valga.

Nada me parece más imperioso que la intimidad entre dos personas en la que no existe naturalmente espacio para nada más.

Unos ojos que se pierden al ritmo de una persecución intencionada,

un gesto que recorre un camino inciertamente continuado,

la forma en la que tu cabeza entre sus pensamientos hace espacio para dárselo a esa persona que habita en ella sin que nadie más que tú se dé cuenta.

Sin duda diría que por mucho tiempo residiendo en esta Tierra no será nunca el suficiente para acostumbrarme a lo que se siente cuando esa sensación de nuevo llega. Ya no me da miedo enamorarme; la intimidad salvajemente animal que puede surgirme con alguien, es mi nueva amenaza.

Antes me parecían retadoras cosas como; coincidir en espacio-tiempo, gustos, percepción de la realidad, aspiraciones, etc. Ahora, lo que de verdad me parece de alta complejidad es que la otra persona entienda que no hay nada que se pueda hacer cuando su cuerpo se deja vulnerable ante la novedad de una inesperada presencia.

Hay personas para las que la intimidad aún sigue siendo insignificante y ver cómo para mí es un elemento que justifica cualquier respuesta y que para el otro es sencillamente algo que queda por debajo de una circunstancia no resuelta, me da pena.

El trabajo de no tomármelo a personal ya lo he hecho, pero una nunca creo que se vaya a acostumbrar a que sus ojos vean la realidad con el suficiente valor como para que el otro decida ante ello no hacer nada. ¿Será la impasividad frente a algo tan mágico lo que realmente me toca por dentro? Puede. En cualquier caso, coincidir con alguien que aprecia y honra de la misma forma la sutileza de sentirse inesperadamente abrumado porque su intimidad y la de alguien estén incontrolablemente danzando, es lo jodidamente complicado.

Y para eso he llegado a la conclusión de que no hacen falta los años de experiencia, ni las personas especiales de las que poder rellenar páginas que se sienten al final del día como si nada.

Hace falta ser valiente y libre, y ese trabajo es el verdadero reto y motivo por el que probablemente todos estemos aquí. A amar ya nos han enseñado, pero a saber qué hacer cuando la ingobernable intimidad entre dos está sucediendo, nadie ha sido capaz de prepararnos.

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Read the original on lauralopezram.substack.com

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