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también me pasa · Jul 13, 2026

¿Cuenta como profesión ser bruja?

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Laura López · también me pasa

No me escondo. Una de las mayores fortalezas que siento que el paso de los años nos brinda a todos es la, de cada vez más, indiferencia ante lo que nos sale natural pensar y hacer. Como si acumular tiempo en esta experiencia nos diera a cambio un pequeño saco con una dosis extra de seguridad y de confianza, o mejor dicho, de “medaigualismo”.

Estaba ayer paseando por las calles de una nueva ciudad, la recorrí por primera vez, de arriba a abajo literalmente y para sorpresa de nadie que me conozca y esté leyendo esto; en havaianas. Queda totalmente comprobado que son todoterreno, he hecho tantas cosas con ellas, que creo que hasta sería una de las 3 cosas que me llevaría a una isla desierta solo por todo lo que ya hemos compartido. La cuestión es que esta nueva ciudad no entraba en mis planes, pero de repente una tiene que mover su avatar del mapa para solucionar cosas de persona adulta. Me di cuenta de lo mucho que echo de menos pasear como si no hubiera un mañana y todas las baldosas tuvieran que ser pisadas. Me gustan las avenidas, me gustan más los callejones que parecen el inicio del próximo evento canónico. Me gusta mirar por fuera, me quedo anonadada con según qué fachadas, los marcos de menos de 5cm de las puertas y ventanas en diferentes maderas me parecen toda una obra maestra. En definitiva, todo lo que luce delicada y desinteresadamente bonito, me apasiona. A veces tengo esa sensación extraña y envolvente cuando me quedo contemplando algo que casi no puedo ni resolver cómo ha llegado hasta ahí y lo primero que viene a mi cabeza es que; “it was meant to be”.

Esta frase casualmente no aparece solo cuando me quedo contemplando lo que no entiendo, últimamente asalta mi constante monólogo interno. La cantidad de historias que pasan porque tenían que pasarnos, no somos capaces ni de enumerarlas.

El finde pasado quisimos hacer algo distinto y decidimos irnos de expedición. Visitamos el interior de la isla, fuimos reservando en el coche donde pasaríamos esa misma noche y dejamos que cada uno hiciera su aporte musical por turnos durante el trayecto. Nos costó 3 horas y en todas ellas agradecí que a los hombres les guste tanto conducir. Entiendo que se activará en ellos algo directamente relacionado con su testosterona y eso, en según qué pocos y regulados contextos, está estupendo.

La verdad es que somos el grupo soñado de los juegos de mesa random y las preguntas de primera date. Las conversaciones iban desde el que creíamos que era el animal favorito de cada uno (rondamos entre los 28 y 70 años) hasta lo que costaba una hectárea en la zona que visitamos. El equilibrio perfecto entre ser adulto y niño a tiempo parcial cada uno y sin ningún conflicto interno. De hecho, diría que cuando la cosa empieza a ponerse seria es un gusto que alguien decida dejar escapar de su cuerpo cualquier emisión de gas para desviar y, por lo tanto, cerrar la conversación y su tono de dependiente de anticuario.

Imagino que el tiempo también te da eso; la necesidad de volver atrás para rescatar lo que nos deja asumir tanta responsabilidad con la mayor cantidad de canallesco posible. Pensaba que ser adulta sería demasiado hasta que descubrí que es sencillamente el arte de seguir actuando como la Laura que cada sábado iba a su tía a pedirle 2,5e para comprarse la revista Bravo, en un aparente cuerpo de alguien que podría estar ya teniendo una hipoteca o 7 años de experiencia laboral en la misma empresa. Es curioso ver cómo en muchos momentos de mi vida actué para que eso se diera, imagino que estaba destinado a pasar que un día me levantara abrumada por ver que lo que me rodeaba lo hacia sin aportarme absolutamente nada.

Ara cogió uno de los libros que estaba de decoración en casa, motivada porque fuera en español porque estaba ya cansada de leer en anglosajón, pasea el libro a cualquier lugar y de manera muy recurrente. Al llegar a nuestro destino, descansamos un rato, nos pusimos nuestras sudaderas y aprendí a jugar a Skyjo,- recomendadísimo-, mientras nos preparaban la cena en el hotel que reservó también uno de los chicos. Repito, es maravilloso cuando los hombres quieren honrar lo que sea que en sus cabezas tienen entendido por “ser hombre” porque así pude encargarme de lo que mejor se me da, que es; decidir a qué café vamos a ir sin margen de error. La cuestión es que nos metimos en la cama y, mientras ella leía y a su lado también lo hacía su madre, sucedió una preciosa casualidad: La madre de Ara estaba leyendo un libro y, de repente, en la página en la que estaba aparecía la mención al libro que a pocos centímetros estaba leyendo su hija; voilà, ¡estaba destinado a pasar!, it was obviously meant to happen.

Al día siguiente, a la lista de canciones variopintas, juegos de mesa y preguntas de primera cita, añadimos momentos en los que las casualidades nos dejaron fuera de combate. Ara dijo que tenía una hoja donde iba anotándolas porque no recordar uno de estos momentos tan imperiosos sería parecido a experimentar una gran pérdida. Yo enseguida me puse a pensar en la manera tan mágica en la que he conocido a las personas importantes de mi vida, no sé si por destino o por pura casualidad, tampoco sé si ambas son formas sinónimas de decir que tenía que pasar.

Algo que me parece muy bonito de vivir eventos que parecen salidos de un laboratorio de ingenieros que andan trabajando sin descanso para que esas coincidencias sucedan, es que no te das cuenta de que los estás viviendo hasta que con el tiempo digieres la escena.

Las casualidades me lo han dado todo, y siento que espero a que surjan constantemente porque es mi manera de percibir una realidad que se articula y se mantiene permanentemente operando. Qué aburrido vivir de consecuencias, qué aburrido vivir solo de resultados, qué reducido esperar que las cosas, por defecto, sencillamente sucedan. Lo siento, solo me sirve si al contarlo sé que la cara de la persona de enfrente va a ser de sobresalto y normalmente va acompañada de un “es que esto solo puede pasarte a ti”. A lo que yo suelo responder que hay por ahí suelta tanta magia como para fijarme en lo reducidamente mundano. La vida es divertida de por sí, tan solo necesitamos aprender su lenguaje y dejar de pretender que la experiencia y la edad estén directamente relacionados a la falsa seguridad de, creer que podemos anticiparnos a lo aborrecidamente esperado.

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Read the original on lauralopezram.substack.com

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