Creo que es la primera semana en casi dos años que no mantengo mi pequeña aparición por aquí. Podría comenzar dándole forma a la excusa por la que eso ha sucedido, pero es que la historia real espero que en algún momento me haga gracia releerla y revivirla.
Era miércoles por la noche, llegué a casa después de casi ni pisarla por lo que iba de día. Desde que habito aquí, he tenido una suave sensación que me ha llevado a querer ser más callejera que nunca. Mi madre siempre me decía que yo, con tal de no estar en casa, hacía lo que fuera y razón no le faltaba. Crecí y el cuento cambió. Empecé a sentirme segura en los nuevos hogares en los que vivía y desde ahí me volví más bien un espíritu felino o algo parecido. La cuestión es que llegué aquella tarde a casa y decidí ponerme a cocinar, cosa que no ha sucedido en los últimos cinco meses. Consideremos cocinar a la acción de elaborar una combinación gastronómicamente significante, que requiere una inversión de tiempo determinada. Imagino que hervir doce huevos dos veces por semana y cortar alimentos no está demasiado dentro de esa definición. Tampoco creáis que me partí la cabeza. Corté una calabaza enorme con un cuchillo de dudosa confianza que resultó funcional. Aliñé algunas ensaladas, mariné con vinagres, especias y una salsa de sésamo buenísima unos cuantos pepinos, por supuesto, herví huevos y me cociné unos champiñones para comerlos justo al acabar de preparar todo lo anterior.
Me senté, de fondo se escuchaba el agua hirviendo. Pensé que tardaría mucho más de lo que lo hizo, me levanté dos veces para chequear que no rebosara por todo y que mi impaciencia seguía igual de intacta que como la recordaba. Me senté de nuevo, esta vez con el plato de setas. Echo de menos tener un horno y cocinarlas como me enseñó Isa, puede que hace ya ocho o nueve años. Los lavas, les quitas todo el tallo, los giras y dejas que la parte del sombrero esté en contacto con la bandeja. Los riegas de aceite, sal y cualquier otra especia que te apetezca et voilà. Imagino que ese día me acordé de ella y de esos momentos en la cocina de casa de su madre, cuando por vigesimotercera vez, tuvimos que pasar juntas por alguno de sus dramas amorosos que la dejaban hecha un alma en pena. Pensé en ello y en que echaba de menos dedicarle un día a pasar algo más de tiempo conmigo misma y mis pensamientos nostálgicos en la cocina.
Le escribí mientras se enfriaba mi plato;
-No creo que vaya esta noche, mejor mañana me levanto pronto y te recojo. Hoy estoy ya muerta.
Me llamó, me preguntó si algo pasaba y cuando le dije que nada, que tan solo estaba cansada, añadió que vale, pero que le parecía raro porque me gusta ir a su casa y estar allí aunque esté cansada. Que dijera eso, también gustó y que de cada vez me sorprenda menos viniendo de él, también me gusta.
Por primera vez y desde la primera vez, parece que la única norma non-spoken que hemos establecido es la de hablar sin miedo, la de ser sin miedo, la de sentir -muy a mi pesar- también sin miedo.
Amablemente me sugirió que quizás era mejor que pasara allí la noche y que mañana madrugáramos menos.
Me gusta dormir con él, se siente como una pequeña danza entre nuestras personalidades inconscientes y nuestros impulsos más irracionales. Partimos de un mismo lugar, nuestras frentes se encuentran y desde ahí el viaje comienza. Uno se aleja, el otro lo rescata, uno se asoma, el otro le recibe como si llevara años a la espera de su regreso. Uno se distancia y el otro deja que lo haga, pero suele haber siempre un pequeño seguro; una mano agarrada, un pie permaneciendo en contacto, algo que me recuerda que, puedo ir donde sea, pero sabiendo que volver a casa ahora significa algo muy distinto a cuando solo concebía la felicidad callejeando.
La cuestión es que, por primera vez, también iba a quedarme esa noche en mi casa y hacer justo lo que le había comunicado. Acabé de cenar, recogí las cosas, fui al lavabo y ahí estaba la excusa que necesitaba: la ausencia de mis gafas. Me las dejé en su aparente nuevo sitio el día anterior. Le volví a llamar: -“Tardo 10.”
Sonó la alarma, me sorprende que alguien tenga más capacidad que yo de despertarse como si nada. Él lo hizo, acabó de preparar sus cosas y salimos. Iba a pasar unos días fuera y a mí, si algo me ha enseñado mi padre con su forma principalmente servicial de amar, es a acompañar y a recoger a la gente que te importa al aeropuerto.
Mientras caminaba poniéndome la sudadera y quitándome las legañas hacia el parking, de repente, no estaba. La moto, no estaba.
Diez motos aparcadas, pero faltaba curiosamente la undécima y mía. Me quedé un poco en pausa, como suele sucederme cuando pasa cualquier evento que necesita algo de mi tiempo para encontrar el entendimiento. Acto seguido le pregunté a un hombre que estaba justo enfrente cumpliendo su función de segurata. Se quedó más perplejo que yo y al poco tiempo, desapareció.
Él, que venía detrás, empezó a ver que había algo que no parecía lo usual. Puede que mi cara, o puede que el hecho de que yo no estuviera ya subida y enderezándola para ponernos en marcha, pero claro, la moto no estaba.
Se lo comuniqué por si no se había dado cuenta ya, abrió la boca y puso la cara de sorpresa más parecida al emoji que todos conocemos de WhatsApp que haya visto antes. Nos subimos en la suya, arrancamos y nos fuimos. Pasamos los próximos veinte minutos de la manera más sospechosamente dulce posible, teniendo en cuenta la situación. Diría que, más dulce que agria por varias razones que considero que vale la pena enumerar a continuación:
Eran las seis de la mañana y todas las luces de la naturaleza se estaban poniendo. El cielo oscilaba entre los últimos tonos azul oscuro y los primeros rayos anaranjados. Entre medias, un fondo medianamente rosado, silencioso, suave y aún con el ritmo de quien acaba de despertarse con la frescura de haber pasado una noche reparadora.
Había una opción B, casi que igual de factible que la opción A. Por suerte, estábamos yendo y cumpliendo con el plan. Teníamos otra moto y los dos continuamos con la idea inicial. Nada se vio modificado, ni en ese momento ni durante el resto de días en los que seguí teniendo una moto que, pese a no ser la mía porque alguien se tomó la libertad de adjudicársela, me hizo sentir más arropada y resguardada. Imagino que fue el gesto, el gesto de que no, porque pasara algo con lo que no contaba, me quedaba desprotegida.
Sabía lo que iba a acontecer de regreso y fue justo lo que pasó: volví, me paré en la cafetería de siempre, donde la gente de siempre empezó a volcarse con la situación. Era temprano, así que, después, volví a casa y a los pocos minutos Sheila apareció para juntas, ir a la policía. Pasamos la mañana esquivando las incontables caladas de cigarro de los agentes, intentando descifrar lo que decían de nosotras en Bahasa, elaborando un informe que me hizo sentir de nuevo como cuando tenía 13 años y estaba sentada frente al ordenador prehistórico (no en aquel momento) en la clase de informática de los jueves a las cuatro de la tarde y no menos importante, apaciguando las pequeñas náuseas de mi acompañante que, pese a estar teniendo una mañana horrible, no dejó de darme la mano en ningún momento.
Lo que empezó siendo un robo se convirtió en la manera más agresiva de hacerme sentir querida.
Por supuesto, esta es la parte bonita de la historia que ha ocupado mi vida después de haber pasado una semana amenazada por pagar la totalidad de la moto a un grupo de mafiosos que claramente saben dónde está ubicada y, de vez en cuando, imagino que aplican esa técnica para recaudar los fondos del siguiente vehículo o para sencillamente, gastárselo en batallas de gallos o en vete tú a saber qué.
Todo luce sencillo y agradable cuando desayunar platos instagrameables y vestir con tus atuendos de verano durante todo el año está en tu día a día, pero al igual que este precioso lugar resulta asequible y ligero, es proporcionalmente igual de complicado cuando las cosas se tuercen de un momento para otro dando un giro inesperado. Y está bien, forma parte de su naturaleza, pero imagino que tenía que vivirlo así para pasar esa prueba de fuego que; o hace que te replantees qué sentido tiene estar aquí donde los conflictos se solucionan con un apretón de manos y una foto de ello hecha por la propia policía, o que asumas que esa es su forma y que, dentro de lo que cabe, deja de importar lo demás cuando te das cuenta de que el amor del resto hacia ti es siempre la razón para que una, sea donde sea, va a querer estar.
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