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Javier Borràs Arumí · Jul 21, 2026

mi viaje tecnológico a Shanghai

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Javier Borràs Arumí · Javier Borràs Arumí

Hace unas semanas hice un viaje de trabajo durante una semana a Shanghai, Suzhou y Hangzhou.

Publiqué esta breve crónica de mis experiencias tecnológicas el 12/07/26 en el Diari Ara:

Un coche de color blanco se acercó a mí, bajo la lluvia veraniega de Shanghái. Mientras sostenía el paraguas con una mano, con la otra saqué el teléfono. “Desbloquea la puerta del taxi”, me decía una notificación. Pulsé aceptar y entré en el vehículo. Frente a mí tenía una pantalla en la que un muñeco de dibujos animados me indicaba los pasos a seguir: confirma tu identidad, ponte el cinturón. El taxi arrancó suavemente. Bajo la intensa lluvia, el vehículo tomaba curvas y adelantaba con tranquilidad a otros coches. Miré hacia la parte delantera. El asiento del conductor estaba vacío. Pero el volante giraba como si lo manejara el más hábil de los conductores. Me había subido a uno de los taxis autónomos que la empresa Pony.ai tenía desplegados en Shanghái.

Unos días antes, de camino a mi hotel, un taxista (humano) me explicaba que la mayoría de los nuevos vehículos en Shanghái ya son eléctricos y me hablaba maravillas de la inteligencia artificial. Los aparcamientos se estaban automatizando y eran más rápidos; podía preguntarle cualquier cosa a Doubao, la IA de Douyin (propietaria de TikTok), prácticamente desconocida en Occidente y la más utilizada en China. En los días siguientes hablé con una decena más de chinos y, en general, la visión que tenían de la inteligencia artificial era optimista. En China, me decían, cuando surge una novedad tecnológica, todo el mundo se lanza a probarla sin darle demasiadas vueltas. Para muchos chinos, los avances tecnológicos están ligados al enorme desarrollo que ha experimentado el país. El hecho de que todo el mundo pueda tener una nevera y una televisión, subirse a un tren de alta velocidad o recibir pedidos online mediante drones, forma parte de una misma narrativa tecnooptimista.

Unos días después, tenía delante de mí un robot con forma de perro que daba saltitos y otro humanoide que bailaba al estilo de Michael Jackson. Detrás de ellos, un vídeo mostraba un combate de boxeo entre dos robots de la empresa Unitree. Todo tenía un punto cómico. Pero la misma tecnología que permite a un robot bailar breakdance también le puede permitir realizar tareas industriales precisas, complejas y peligrosas. El objetivo es combinar estos robots con la IA para crear una “inteligencia encarnada”, en la que el robot pueda aprender de su entorno físico. Un par de días más tarde me enseñaban un dron capaz de esquivar obstáculos mientras grababa a un influencer montado en bicicleta. Pensé en cómo muchos de esos robots aéreos terminaban en los campos de batalla de Ucrania.

Todas estas escenas ultrafuturistas no son representativas de la mayor parte de China. Gran parte del tejido productivo del país sigue estando poco digitalizado. La adopción de tecnologías en la nube es baja. Las empresas se quejan de que no tienen suficientes chips debido a las sanciones estadounidenses. Todo el mundo reconoce que ha habido un gran desarrollo, pero también que todavía queda mucho por hacer. En parte, el tecnofuturismo chino es un reflejo de la actual economía dual del país: un potente sector tecnológico que tira del carro y el resto de la economía, que ahora crece más lentamente y registra más desempleo que hace unos años.

Volví a mirar por la ventanilla del taxi: en cada farola, un cartel rojo pedía celebrar “con fervor” los 105 años del Partido Comunista.

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Read the original on javierborras.substack.com

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