(Publicado en el Diari Ara el 20/06/26)
En el año 1964, China descubrió tres armas con las que hacer temblar al mundo. En el desierto de Lop Nor, en Xinjiang, el gobierno chino detonó con éxito por primera vez una bomba atómica. En las imprentas de Pekín, el Partido publicó la primera edición del libro rojo de Mao. Un arma nuclear y un arma ideológica. Aquel año, sin embargo, los geólogos chinos también descubrieron el arma económica más potente que China tiene en la actualidad. Bajo las rocas áridas del desierto de Mongolia Interior se escondía el mayor depósito de tierras raras del mundo.
“Oriente Medio tiene petróleo; China tiene tierras raras”, dijo años después el dirigente chino Deng Xiaoping. La frase fue premonitoria. Las tierras raras son un material imprescindible para fabricar desde automóviles hasta dispositivos electrónicos, material militar y equipamiento médico, centros de datos y robots industriales. Y China tiene un control casi total de ellas: el 91% de las tierras raras refinadas salen de la superpotencia asiática. Dos grandes empresas estatales chinas controlan casi toda la producción. La gran mayoría de la maquinaria para procesar tierras raras se fabrica en China. El Partido Comunista se ha encargado de mantener un fuerte control sobre este sector.
China ha conseguido este casi monopolio de las tierras raras, en parte, por la suerte de su geografía (tiene el 36% de las reservas mundiales). Pero la clave para construir este dominio han sido las políticas del gobierno chino. En los años ochenta y noventa, China empezó a desplazar a los Estados Unidos como mayor productor de tierras raras gracias a sus políticas medioambientales y laborales más laxas, y al apoyo del gobierno al sector. Atrajo a grandes empresas internacionales para absorber su conocimiento técnico. Poco a poco, pasó de simplemente extraer minerales a fabricar el 94% de los imanes permanentes superpotentes, el componente más valioso que se fabrica con tierras raras. Ahora domina industrias como la de los vehículos eléctricos o la de las renovables.
Pero las tierras raras no solo proveen poder económico, sino también geopolítico. El año pasado, en plena guerra comercial con los Estados Unidos, China impuso controles de exportación de estos materiales y consiguió hacer recular a Trump en su ofensiva económica. La Agencia Internacional de la Energía ha calculado que, con su control sobre las tierras raras, China tiene la capacidad de poner en riesgo 6,5 billones de dólares de la economía mundial, el equivalente al 10% del PIB de los países afectados. Los mercados más expuestos son los Estados Unidos y la Unión Europea; el sector más en riesgo, el gran motor de Europa: el automóvil.
Que China haya utilizado las tierras raras como arma geopolítica le otorga una herramienta de presión a corto plazo. Pero la UE y otros países están intentando diversificarse de Pekín. El reciclaje de tierras raras o las innovaciones alternativas pueden ayudar a reducir dependencias. Sin embargo, la transición será larga. Durante estos años, China utilizará su dominio del sector tanto para defenderse de coerciones externas como para presionar para imponer sus intereses.
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