Uno no se da cuenta del tipo de infierno en el que se mete… hasta que ya se sentó, sacó la libreta, y es demasiado tarde.
Yo llegué con la mejor ilusión. Con ese optimismo ingenuo que uno carga cuando es nuevo. Abrí la puerta del departamento de Preparación creyendo eso. Y la cerré detrás de mí sabiendo que no iba a ser así.
El espacio era amplio, pero abierto. Todo se veía. Todo se escuchaba.
Rodrigo se levantó de su silla apenas me vio entrar. Me saludó con esa sonrisa medicina y me condujo al centro del lugar.
—Bueno —dijo, con voz firme—, ella es Mara. Se va a incorporar al programa de trainees.
Los demás levantaron la mirada, con ese gesto automático que uno hace cuando entra un extraño. Rodrigo señaló con la mano:
—Él es Lucas —dijo—. Ya lo conocías, ¿no? Fue quien te recibió el otro día.
Lucas me saludó con una sonrisa ladeada.
—Ella es Ximena, del área de Calidad.
Ximena no se levantó. Solo saludó con la cabeza.
—Él es Iván —dijo, refiriéndose a quien estaba en el fondo, con audífonos puestos.
—Y ella es Karla —continuó—. Está en sus últimos días, así que te va a ayudar con la transición esta semana.
Karla sí sonrió. Una de esas sonrisas amables.
—Bienvenida, Mara. Ya verás, aquí es… interesante.
Rodrigo asintió, como cerrando el acto.
—Pero bueno, no perdamos el tiempo —dijo.
Luego miró a su alrededor, como buscando algo. Y entonces pasó.
Fue directo al lugar de Ximena y le pidió su silla —una de esas con respaldo alto, ruedas suaves y descansabrazos ajustables—. Llevó el asiento a un lado de su escritorio.
—Siéntate aquí —me dijo. Y “aquí” era justo a su lado. Tan cerca que podía oler su loción y escuchar cómo respiraba.
A mí me pareció lógico. Él me iba a capacitar. Pero a los demás… a los demás no les pareció tan lógico.
A Ximena no le quedó de otra que sentarse en una silla normal. Rígida. Sin ruedas.
Rodrigo se inclinó hacia la pantalla y comenzó a mostrarme el sistema. Me dijo que lo había construido él mismo, desde cero, durante un año entero. Yo lo seguía con la mirada, pero en el fondo no me costaba. Desde niña había estado cerca de las computadoras. Mi hermano estudió Ingeniería en Sistemas y yo crecí viendo códigos, atajos de teclado y bases de datos.
—¿Ese fragmento del código, el que valida la entrada por folio… está en el front o en el back? —pregunté sin pensar.
Rodrigo levantó la vista.
—En el front. ¿Por?
—Porque si lo pasas al back, te ahorras tiempo de carga. Y evitas que un usuario altere el valor desde el navegador.
Se hizo un silencio extraño. Y después sonrió. No como jefe. Como alguien que acaba de encontrar a alguien que habla su mismo idioma.
Memoricé cómo le brillaban los ojos cuando hablaba de algo que amaba. Los dos sonreímos. Fue el momento más íntimo que habíamos tenido.
Hasta que Lucas, con su voz áspera y oportunamente inoportuna, lo arruinó todo:
—Oye, Mara, ¿tú sí sabes usar Excel o vas a estar aquí haciendo el ridículo toda la semana? —dijo sin levantar la mirada.
Sentí que me quemaba la piel, pero antes de que pudiera responder, Rodrigo giró la silla bruscamente y clavó los ojos en Lucas.
—¿En serio, Lucas? ¿Ya te cansaste de hacer el payaso o quieres darle chance a Mara de aprender?
El tono no fue broma. No fue chiste. Sonó seco.
Lucas sonrió, encantado de haber provocado esa reacción.
—Perdón, patrón, perdón. Se me olvidó que dijo que a la nueva no se le toca…
—Lucas... —advirtió Rodrigo.
Pero él siguió, encantado con su propio circo.
—Nada más avísenme si ya es la nueva patroncita… o si estamos en presencia de la futura esposa del patrón, para saber cómo dirigirnos.
Yo solo me congelé.
Las risas se soltaron inmediatamente, primero suaves, luego más evidentes. Pero no de todos.
Ximena no rió. Se quedó mirándome, con los brazos cruzados y el gesto tenso.
—Lucas, no seas cruel. Tus bromas ni dan risa. Ya deja de estar jodiendo —dijo Ximena.
Lucas levantó las manos, pero no sin antes lanzar una última provocación:
—¡Ah, cabrón! ¿Ahora sí te nació el espíritu de sororidad? —dijo mirando a Ximena—. Ahora resulta que eres defensora de las oprimidas. No engañas a nadie, Xime… si hasta la copiadora sabe que le traes ganas al jefe.
—Ya, Lucas. No inventes. Qué feo te pones cuando nadie te pela.
—¿Y tú no? Si ya traes el ego raspado desde que te ganaron el lugar… y no hablo del asiento.
Ximena se acercó a mí. Me fulminó con la mirada, de arriba abajo, sin molestarse en disimular.
—Y tú —dijo, clavándome las palabras—, no te emociones tanto. Rodrigo es amable con todos. No pienses que eres especial solo porque te explica cosas.
Rodrigo se giró hacia ella.
—Ya, Ximena. No empiecen con ese tipo de comentarios. No va.
Ella se encogió de hombros, pero no dijo nada más.
Rodrigo volvió su atención hacia mí.
—Mara, ven, que te voy a enseñar el filtro avanzado. No te preocupes por ellos —dijo con una sonrisa tranquilizadora.
Me senté a su lado, intentando que el corazón no me explotara en el pecho.
—Tú tranquila, Mara. Estás aprendiendo bien. No tienes que demostrarle nada a nadie.
Lucas no dejó pasar el momento. Se reclinó en su silla y soltó:
—Pobre Mara... vino por un trabajo y terminó metida en un triángulo amoroso.
Esta vez se carcajeó solo. Nadie lo acompañó. Rodrigo lo miró serio.
Yo no supe qué decir. No me reí. No lloré. No me moví. Solo me quedé ahí. Bajé la mirada.
No porque me sintiera menos.
Sino porque había entendido algo:
Lucas tenía razón.
©️Te pareces a alguien que amé
Is González - Escritora ✨
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