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Mientras me encuentro · Jul 4, 2025

Capítulo 4

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Is González · Mientras me encuentro

Uno cree que la guerra comienza con estrépito y fuego, con el retumbar de tambores y el choque de espadas. Pero no.

Las guerras verdaderas empiezan calladas. Guerras que se ganan con miradas, con palmaditas en la espalda, y que se pierden por una sola sonrisa.

En la empresa, la guerra había empezado desde las semanas de capacitación.

Esas primeras semanas fueron un infierno.

Nos metieron a un cuartito sin ventanas, donde una señora llamada Claudia nos dio la “inducción”. Así le llamaron a esas semanas eternas donde no hacíamos más que leer procedimientos, subrayar hojas sin sentido y escuchar una voz monótona.

—Aquí nadie viene a hacerse amigo de nadie —nos dijo Claudia el primer día.

—¿Y si tengo una duda sobre este procedimiento? —pregunté.

—Pues lo lees otra vez. A ver si así lo entiendes.

Un encanto, Claudia.

Desde el primer momento, la china se dedicó a hacer preguntas. No porque quisiera aprender, no. Sino porque quería que notaran que ya sabía. Levantaba la mano antes de que Claudia terminara de hablar, cuestionaba detalles mínimos de los procedimientos y soltaba tecnicismos.

Yo me obligué a participar. No porque me molestara el protagonismo de Nadia… bueno, sí, un poco. Pero también, en el fondo, entendía su jugada.

Empecé a preguntar, opinar y marcar correcciones sutiles. Jugaba el mismo juego, pero con un estilo distinto: más observadora, no tan evidente, no tan invasiva.

—Oye, Claudia —dije con voz firme, pero sin sonar sabihonda—, en la parte donde menciona que el registro se conserva por cinco años, ¿eso aplica desde la fecha del muestreo o desde que se emite el informe final?

Claudia levantó la vista de su carpeta, me observó unos segundos y respondió:

—Buena pregunta, Mara. Aplica desde el informe final, es lo que se considera como documento de cierre. Recuérdalo, ¿vale?

—Entonces —interrumpió Nadia enseguida—, ¿eso también aplica para los informes de reprocesos o esos tienen un criterio aparte?

Claudia volvió a asentir.

—También aplica, pero en esos casos suele anexarse un complemento con notas internas. Lo revisaremos más adelante.

Era una guerra sin balas.

El arma: las ganas de destacar.

Y Anne... Anne observaba.

Ella no preguntaba. No interrumpía.

Me pareció que quiso decir algo, pero luego bajó la mirada a su libreta. No dijo nada. Solo subrayó algo con su pluma.

Después de varios días así, Claudia soltó la noticia:

—La próxima semana se les va a asignar un departamento.

Ahí comenzaba el verdadero juego.

Había dos departamentos principales en la empresa: el de almacén, dirigido por Fernando, y el de preparación, a cargo de Rodrigo.

Cuando terminaron las semanas de inducción, Claudia nos reunió a todas en la sala de juntas. Su tono era igual de seco que el primer día, pero esta vez traía un sobre manila en las manos y una hoja impresa.

Yo tenía la espalda tensa, los hombros apretados. Sentía que hasta los dedos me pesaban. Quizá era el calor. Quizá el miedo.

—Ya les mencioné —dijo sin preámbulo— que cada una será asignada a un departamento diferente. Aquí no hay favoritismos ni recomendaciones. Nos guiamos por las habilidades observadas y por las necesidades del área. Así que no quiero quejas. No están en la universidad. Aquí se acatan las decisiones.

Se hizo un silencio denso. Claudia hojeó su lista.

—Nadia —dijo, y la china se enderezó—. Vas al almacén. Con Fernando.

Ella asintió con esa sonrisita torcidita que se le hacía cuando estaba satisfecha con ella misma.

Claudia siguió leyendo.

—Anne —dijo, y mi compañera levantó la cabeza.

—Tú vas a… —y ahí se detuvo, buscó con el dedo entre la hoja y dijo algo que no alcancé a oír, porque yo ya no estaba escuchando. Estaba calculando. Nadia ya estaba en almacén. Anne ya tenía su lugar. Quedaba solo una vacante. Y un nombre.

El mío.

Se me helaron los dedos.

—Mara —dijo finalmente Claudia—, contigo quiero hablar aparte. Ven.

El corazón me dio un vuelco. No lo esperaba. Me paré como pude. Sentía las piernas como si fueran de agua, pero caminé hasta ella.

Salimos al pasillo. Yo trataba de mantener la compostura, pero podía oír mi propio pulso.

—¿Todo bien? —me preguntó ella sin mirarme.

—Sí —dije. No era verdad.

—Te vas al área de preparación. Hay movimiento, hay exigencia, y necesitamos a alguien con carácter. —Hizo una pausa larga—. Tu jefe inmediato será Rodrigo.

Me limité a asentir.

Solo con oír su nombre, ya me estaba moviendo el corazón de sitio.

Rodrigo.

Mi jefe iba a ser Rodrigo. El de la sonrisa floja que me desordenaba el pensamiento.

No dije nada. No podía decir nada porque, si abría la boca, capaz y se me salía todo.

Solo regresé a mi lugar, tomé mi libreta y me preparé para lo inevitable: estar cerca de él todos los días.

Y disimularlo.

Como si no me pasara nada.

Capítulo 4: Primeros días, primeras guerras.

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