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TE CUENTO · May 8, 2025

Crónicas californianas

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Irene Navarro · TE CUENTO

Lo reconozco, mi motivación número uno para pasar más de un mes en California era su vecino. Habría sido bonito llevarse impregnado el sabor a lima en la punta de los dedos. No obstante, después de haber soportado el repugnante olor verdoso recientemente legalizado que se cuela hasta por las rendijas del coche, ese vehículo que les promete independencia y seguridad, sigo eligiendo mis piernas como medio de transporte predilecto. Y allí, su libertad tiene una interpretación muy diferente a la mía.

Finales de marzo, ese mes tan poco predecible. El contraste entre el verde de Hawai y tu gris, Los Ángeles, me dejó fría nada más llegar. No tenía prisa por explorarte, menos aún después de haber escuchado una y otra vez sobre tu fama. Nunca tuve interés en la una, ni la otra; la primera por poco cotilla y la segunda por muy cabezona. Te comparto mi primera lección: si caminas pierdes. Las distancias son poco compatibles con alguien que se autoproclama urbanita.

En un interludio de dos trayectos en los que intenté sobrevivir usando el transporte público, procuré darte margen, que las experiencias de aquellos que te conocieron a través de Hollywood no te definieran. Pero lo cierto es que solo te acepté el día consecutivo, cuando las palmeras de Beverly Hills y el limonero del jardín de Julieta me invitaron a mirarte con ojos misericordiosos.

Me lancé a los brazos de Sonoratown, afín a la explosión adictiva que detonan el cilantro, el maíz y la lima en mis papilas gustativas. Devota de sus moles colindantes, procedí a confiar en todo lo sugerido por el muchacho del mostrador, a pesar de que me sometiera a un minuto completo de publicidad innecesaria y despiadada cordialidad. Justo ahora que me había acomodado en el barrio, que ya sabía desactivar la alarma sin entrar en pánico y que había cambiado los pies por ruedas. Derrotados por las distancias, dejamos que las nubes decidieran si el observatorio más famoso del país merecería la pena estando encapotado y… el sol nos dio cita para unos días más tarde.

Disfrazando el enfado por no haber encontrado mi estrella…

Poco esperaba yo toparme con un castillo de la Toscana en medio de la que prometían, sería “la ciudad más bonita de Estados Unidos”. No es nuevo: la belleza la define el ojo de quien la mira1 (esto es probablemente la peor traducción que he hecho en mi vida, yo, traductora de formación, no de profesión - mucho menos por pasión, añado a la confesión, ya que me pongo con los pareados…).

Te ahorro el paseo: no es la ciudad más bonita de Estados Unidos. Es la ciudad más parecida a México de Estados Unidos. Para suerte, o desgracia, no lo sé, de muchos, es lo que te cuento. Basta dar un par de zancadas en dirección contraria al Balboa Park y darse de bruces con el individualismo de su día a día, el materialismo de sus pertenencias y a la inmediatez de su existencia. Premia lo banal, efímero e insustancial. Añado a la lista de “cosas que me importan y no lo sabía” un reverendo cubierto de metal, ahí, justo al lado de una buena acera anchita, decente y limpia. Bueno, ea, ea. Se me pasó el cabreo cuando vi volar a al menos una docena de pelícanos, a tonelada cada bicho bizco.

Me cuesta seguir el ritmo a esta docena de señoras hoy aquí reunidas para que Christelle, que ve el futuro y por lo que alega, encuentra humanos extraviados, intuya el porvenir en nuestras ganas, y nos susurre sobre nuestro porhacer. Me refugio un momento en el baño:

- Estoy empezando a entender el American Dream - le escribo a Julián el 6 de abril por WhatsApp.

Escribe...

(Debe estar intrigado, me digo. Me fui con mi nueva tía Mona a esta fiesta hace un par de horas y es la primera vez que doy señales de haber sobrevivido a la reunión de suburbio dominical). Presentarme como su sobrina sin consultarme, no me ahorró lo de repetir mi nombre unas diez veces antes de rendirme y darles la versión inglesa. La organizadora de la fiesta y dueña del castillo, decidió bautizarme “sexy bitch”. No la corregí.)

Los diez días que pasé en familia política se esfumaron entre mantequilla, puestas de sol y ganchillo.

Anochece en la Toscana

¡¡Hay alguien en la puerta!! Alertaban sus ladridos.

¡¡Desconocidos en casa!! Gritaba por la escalera.

Huelen a… ¡¿mis galletas de salmón?! Se preguntó tan curiosa como asustada.

Las galletitas que nos dejó su dueña no parecían convencerla de que no veníamos a hacerle daño. Le hablé con la voz más tierna de amiga canina que encontré en mi repertorio. Y poco a poco, su postura se mostró menos esquiva. La tripita blanca llena de manchitas en la piel propició un acercamiento cauteloso después. Y con cada caricia, entendió que seríamos compañeras de terraza cuando diera el sol y de paseos largos entre secuoyas toda la semana. A cambio de amor y compañía, Tilly se ocupó de mantener a las ardillas del jardín a raya.

Tilly no fue mi único flechazo esa semana en Oakland. El otro fue Joe, el Trader. Nos habíamos conocido en San Diego, pero no había sido consciente de que podría ofrecerme una semana de comida sana por menos de ochocientos mil reales. Qué ruina de país, señor. En todos los sentidos.

Quieres estrujarla, lo sé. Lo hice por ti. Todavía tengo pelitos suyos en la mochila 🤍

Julián estaba a punto de completar su trigésima vuelta al sol. Hay que hacer de lo ordinario algo extraordinario. Por lo que decidimos adentrarnos en las profundidades de California e ir a admirar árboles. De normal él se lleva las manos a la cabeza con las obras inexplicables del ser humano. Luego llega la madre natura con sus pedruscos y sus cataratas y le hace replantearse las razones por las que quedarse boquiabierto.

Empezamos por Mariposa. El dueño de aquella tienda con un poco de todo nos explicó el origen de su nombre. ¿Obvio? Sí, efectivamente, llegaron cuatro españolitos intrépidos hasta allí, encontraron mariposas y la llamaron… Mariposa. Yo personalmente creo que le pega más “el medio de la nada con un toque de lejano oeste”, pero entiendo que podría hacerse largo y complicado.

La señora que estaba a punto de cerrar el museo nos alentó a entrar y echar un ojo. Al día siguiente cerraba, necesitaba vacaciones, dijo. Un domingo de resurrección al año no hace daño (supongo). No mentía, habríamos podido perdernos ahí dentro horas, pero solo teníamos unos minutos para entender qué hacía Mariposa allí. Ya sabes, cosillas del siglo XIX… oro, minas, la ilusión de tener una vida fructífera… un poco de información contradictoria entre la historia contada en español y la que se cuenta en inglés… Un momento. ¿Acaso las promesas y la propaganda no son las mismas en el siglo XXI? Preguntas retóricas de una asidua a obviar batallas políticas que no le compete librar. Antes de marcharnos, la señora ofreció un brownie. Y elegí comérmelo. No todo en el mundo anglosajón iba a ser nocivo.

Entre paseo y paseo no paramos de alabar las montañas repletas de árboles, pedruscos con nombre de sistema operativo2 y, entre paseo y paseo con ruido de cascadas de fondo, un oso nos obsequió su presencia en la distancia.

Oso(s).

Julián dice que tengo un don para rebautizar animales. Los dueños de la casa en la que pasamos cinco días absolutamente congelados no saben que conviven con Bartok3. Al parecido me remito. Esta rata canina faldera, a la par que murciélago bolchevique, lo intentó, pero no hizo un mejor trabajo que la chimenea o la chaqueta ajena que tomé prestada para no quedarme tiesa en Alcatraz.

San Francisco me pareció una ciudad de contrastes. Puedes elegir navegar sus cuestas en funicular o en coche autónomo. Elegí el chófer del futuro. Tres veces. Por otro lado, sus calles llenas de casas, tan victorianas con guiños arquitectónicos a lo clásico y sus colores pastel, en contrapunto con las tiendas de campaña de aquellos que no disponen de un hogar sea cual fuere la razón por la que se les torció la vida. Créeme, corren más suerte que los que hablan consigo mismos a voces, dejando a su paso una estela de efluvios que esquivar a toda costa. Ahhhh - suspira, la magia de la metrópolis.

Upssss

Sexta y última parada. No me dio pena despedirme de Bartok. Ni del nublo, ni de las cuestas, ni de aquel coche que nos prestaron con el que podría haber pasado por “Barbie Safari” o responsabilizarme del 99% de la contaminación del barrio. San José iba a ser sinónimo de tiempo en familia. Fue tierno escuchar al no tan pequeño Matías usar “huevo” en vez de “luego”. Cuanto más decía “ponido” menos correcto me parecía “puesto”. No le hizo mucha gracia el olor del queso verde (era azul, pero el crío atinó más que un francés con la descripción cromática) pero se partió de la risa al decorarme las gafas con pegatinas de animales. Huevo tuvo el detalle de obsequiarme la de la ardilla.

Caminamos. También bajamos la media de edad del usuario habitual en la redes de autobuses a 85 años. Exactamente la misma edad que sentimos tener al pasear por Stanford. Poco antes, en Palo Alto, Julián fue timado una vez más por la comida calentita autoservicio de Whole Foods. No estoy libre de pecado. Pagué 6€ por un agüita con probióticos el día anterior. Fuimos espectadores de un torneo amistoso de fútbol para humanos de como mucho un metro. Los humanos en la banda, no tan amistosos, entusiasmados con sus patadas esperando haber parido al siguiente Maradona…

Ni en el bosque me deja tranquila… El letrero dice “Estás aquí, despierto y vivo”

A los que se dieron cuenta hace cinco años y a los que todavía no se han enterado… ¿se lo dices tú o se lo digo yo?

Clienta del súper del barrio pregunta que si el oxígeno es gratis. Alguien responde que sí, gracias a Dios…

Europa, te siento pronto.

1

El dicho en inglés reza así: Beauty is in the eye of the beholder

3

Bartok, el murciélago animado aliado de Rasputín…

Read the original on irenenavarro.substack.com

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