Mi madre siempre cuenta que el 19 de mayo de 1993 hizo un frío que pelaba. Con minutos de vida, como para recordarlo. Al menos ese no. Otros 19 de mayo ha hecho calor y me animaba a celebrarlo en el jardín con la barbacoa y el jazmín en apogeo. Otros llovía a cántaros y me resignaba a soplar velas con sudadera enguatada. Climatología al margen, los 19 de mayo siempre vienen sin agenda - impredecibles. Y el del 2025 me pilló un lunes en Brooklyn, en plena primavera, sin planes ni intenciones…
El día anterior, intentando no morir arrollados en un Trader Joes, Julián insistió en que necesitaba una NY Cheesecake para desayunar. Dividimos fuerzas para salir con vida de aquel supermercado abarrotado. Con la cheesecake y los ingredientes para ejecutar el menú que había solicitado.
Paseo con Cash. Mi nuevo amigo cuadrúpedo. Es de aquí. Por como opone resistencia en cada esquina, parece intentar hacernos entender cuáles son las calles por las que prefiere pasear. La mayoría de veces pierde, pero otras le hacemos creer que gana y al final, cuando desembocamos en las casas de brownstone más escondidas y bien cuidadas, salimos ganando los tres. Es mejor hacer caso a los autóctonos.
Salimos a tomar café. Bajamos andando toda la Rogers Avenue hasta llegar a Hamlet Coffee Company. Cuando hablo de buen café no solo me refiero al refrigerio (porque con cubitos es como más se pide por aquí)… sino al ritual que lo acompaña. Somos los únicos en el local que han dejado el Macbook Air en casa. ¿Pero qué les pasa? No pueden dejar de trabajar ni un momento… ni de pensar en atraer clientes para luego no pararse a pensar en cómo retenerlos. Café en vaso de plástico decepcionante en mano, echamos a andar y dejar que el sol siga calentando mi trigésima segunda vuelta al mismo.
Me pongo al día con Sarini, que me felicita en videollamada y se emociona al darse cuenta de que queda menos para vernos. Su padre me encarga averiguar cuánto cuesta medio litro de cerveza en Alemania. Seguro que menos que el reverendo helado por el que me soplaron casi 9€. Mientras tanto, mi chef particular, hace que la casa huela a boloñesa.
Hablo con mamá y papá. Son casi las 21:00 en Madrid y la luz radia hasta aquí.
Empieza a desencadenarse el misterio. Julián parece entrenar su capacidad para guardar secretos sin mostrar debilidad a mis preguntas inquisitivas. Mi intuición me decía que había preparado la subida a algún /ROFTOP/, como le gusta decir a mi señora madre, pero cuán equivocada estaba. Nada tenía que ver con subir, sino con descender a los resquicios de la picaresca propiciada por la ley seca en EEUU.
Para los despistados: lo que ves en la foto de la cabina telefónica es el acceso a un speakeasy, un “susurrame un poquito por favor, que si no, nos pillan” de la época en la que los bebercios no estaban permitidos. Se accedía por lugares que poco se parecían a una puerta convencional. Lo que más ilusión me hizo de este fue llamar por teléfono y encontrar el interruptor de la luz del baño después de tres cocktails y veinte vasos de agua.
Inciso para engullir unos tacos y darle sustento al mezcal que llevo dentro. Aquí, discreta, disimulando que mis lentillas están caducadas y que la comida mexicana es la mejor del país…
Esprintamos al segundo “susúrrame un poquito anda”. No tienen cabina :( Accedemos por una nevera. Acerté mejor con la elección del cocktail, será que el formato del menú me inspiró a pedir algo sofisticado y atemporal. Quien hubiera pillado aquellos años 20…
Nos dió tiempo a disfrutar de tres canciones en directo. Nuestra camarera tuvo el detalle de no cobrarnos el show; al fin y al cabo le avisé de que teníamos que irnos. Debió sonar importante, pero poco sospechaba esta mujer que mi cita urgente era con Cash en el sofá y la Cenicienta de fondo. La verdad es que el momento princesa con vestido de brilli-brilli que no se lía a palos con la escoba me es bastante prescindible. Pero ver a Lucifer hacerle la vida imposible me da la vida. 32 años tengo.
No supe pedir deseo antes de soplar. Así en retrospectiva y entre tú y yo, me retuvo el miedo de que no se cumpliera. Qué pena eso de dejar lo que uno más quiere al porvenir. Qué bonito eso de envejecer. Y que los 19 de mayo me sirvan de recordatorio: que los deseos son eso, algo que uno sueña, que con mucho y poco esmero planea y finalmente… vive.

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