Partí de la base incorrecta. Pobrecita apiadada de mí, usé mi veleta de experiencias para no volver a caer en un paraíso fallido del Pacífico. Y antes de estar rodeada de camisas hawaianas, asumí que volver a pisar un archipiélago del oceáno más terrorífico supondría la misma experiencia traumática que la anterior… (aquí, rebozándome de nuevo cual calamar a la romana en mi trauma filipino):
No he escrito mi carta de despedida a Australia porque no llego a tener claro si ha sido un completo adiós (je, je…), no obstante mi realidad es que antes del fin del mes de febrero debíamos marcharnos. Y eso hicimos. Nos dimos a la vida rural en Nueva Zelanda unos 90 días (sobre la que te conté en el último capítulo:
De rebaños, helechos y letrinas
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March 21, 2025
Amanezco en un motel. Entra luz por la ventana. Deben ser más de las siete. Hace un par de días que confirmé la triada que daría título a este escrito. Vivieron a mí mientras Julián me torturaba con un podcast de los suyos. Se proclama copiloto profesional pero no puede evitar jugar con los botones del aire acondicionado cada diez minutos y siempre acab…
Bienvenido a una micro-conversación interna:
- Vale, bien, ¿después qué? ¿Deshacemos el camino y volvemos a Europa?
- Ufff, es que sigue siendo invierno por aquellas tierras… además, ya llevamos un año pululando y estamos en el reverendo culo del mundo. ¿No ves como más factible cruzar el Pacífico y volver por Norte América?
- Pues ahora que lo dices… A ver qué se cuenta Skyscanner… Mira, volar a Hawai desde Auckland está “regalado” y tampoco se tarda mucho…
- Hmmmm…
Si has prestado atención, ese recurso tan escaso en los tiempos que corren, habrás entendido el por qué del título. Salimos el 23 y llegamos el 22. Lo cual desencadenó una serie de decisiones para todos los gustos:
Necesitamos hotel para el sábado dos veces: una en Auckland y otra en Honolulu. No gracias, “dormimos” en el aeropuerto.
Fiji resultó ser el archipiélago que yo estaba temiendo. La asunción era correcta, la víctima no. Pero que no cunda el pánico. Solo fue una escala con control de seguridad de pacotilla donde trabajaban seis personas en una cinta y siete en una caja del duty free. Ah, también aprendí que “BULA!” es el saludo de la isla, tanto para decir hola como adiós. Lo cual solo añadió mucha confusión a mi propia cápsula del tiempo porque me sonó a "hola” las diez veces que me dio tiempo a escucharlo.
El domingo 23 de febrero duró 48h porque cruzamos la línea imaginaria sobre el Pacífico que dicta los días y el tiempo. Mi archienemigo.
Y así, prácticamente 24h antes, llegamos a Honolulu.
No sé dónde te pilla este post al leerlo. A mí en San José (California), después de un café y un cuenco de mis preciadas gachitas y con Hawaii a más de un mes en mis espaldas. Este señor, Dennis Kamakahi, al que escucho por primera vez, ha conseguido trasladarme al mecer de las palmeras en Waikiki, al romper de las olas y a los colores del atardecer, cuando ya no pica el sol. Además, Dennis me devuelve a las palabras. Si puedes, dale al play, y continúa leyendo.
Efectivamente, Hawaii está a tomar vientos. Tener Mallorca a una hora de la península en avión es una suerte. Apuesto mis salchichas a que más de un Günter nos envidia por ello. Si un californiano necesita al menos cinco horas para llegar a Hawaii, y con gusto incorporan la parafernalia hula-hula, hibiscos y ukelele, ¿debe ser por algo?
“Is this like Miami?” Le pregunta Susan a Ralph mientras caminan por la orilla de Waikiki y yo participo pasiva de su conversación…
“Oh, no, this is way better than Miami Beach, Susan!” Le tranquiliza Ralph, que sabe reconocer bien una buena playa.
Hablando con conocimiento de causa, no puedo estar más de acuerdo con él. Siendo yo más de secano que el trigo, Waikiki me invitó a bañarme… al fin y al cabo eran mis primeras vacaciones después de haberme ganado la simpatía y respeto de aquella cabra en Paraparaumu. Una vez dio comienzo de nuevo mi domingo, hice lo propio: comí poké (aunque me supo a más bien nada por aquellos dolorosos 20$ que costó), me empapé de consumismo (aunque no piqué con la muñequita solar que se parece a Moana) y me contagié del sonido del ukelele. Qué idílico. Y eso que, para mi desgracia, sigue sin darme el presupuesto para poder vivir mi propia The White Lotus experience…
Gracias a eso de haber viajado en el tiempo y a que nos da poca pereza pernoctar en un avión, me fui de O’ahu pensando en volver. En pleno marzo, tuve cuatro días con sabor a verano de la infancia. De esos en los que todo huele a sal y bikini nuevo. Un viaje olfativo al que le puso fin Los Ángeles poco después, devolviéndome a la fría realidad hostil de la ciudad. Dennis sigue acariciando el ukelele desde que me secuestró la inspiración hawaiana, dejo mis impresiones californianas para la siguiente ocasión. Le daré cita antes de que haya cambiado de continente. Porque, queridos ojos lectores, con Europa se avecina el colorín colorado.
Acabo de entender sin querer mi ausencia escritora: me quedan muy pocas páginas para terminar mi nuevo libro favorito. Qué cobardía tan egoísta la mía. Ralentizar el final, por miedo a que todo esto no haya existido…
He vuelto, aloha 🌺

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