De ahí la sabia frase: «No vemos las cosas como son. Vemos las cosas como somos». La ciencia respalda que la percepción está teñida por quien la percibe; eso es sólido.
Ningún hecho llega a nosotros en crudo. Entre lo que realmente ocurre y lo que sentimos hay siempre un paso intermedio, casi invisible: la interpretación que hacemos de ese hecho.
Dos personas pierden el mismo empleo; una lo vive como una catástrofe que confirma que no vale nada, y la otra como un empujón incómodo hacia algo mejor. El acontecimiento es idéntico. Lo que difiere es la perspectiva. Y esa perspectiva es una de las herramientas de regulación emocional mejor estudiadas en psicología.
En la literatura científica se la conoce como reevaluación o reinterpretación. La perspectiva puede modificar incluso la respuesta de tu sistema nervioso.
Te cuento que el psicólogo James Gross, cuyo modelo del proceso de la emoción es hoy una referencia central, la define como reformular la interpretación de una situación para cambiar su impacto emocional.
La clave está en diferenciar entre la evaluación, que es el juicio automático e instantáneo que la mente hace de un evento y que enciende la emoción, y la reevaluación, que es la segunda mirada o versión que haces, de forma deliberada, para revisar ese juicio. La primera te ocurre; la segunda es una habilidad que se practica.
No consiste en fingir que una situación mala es buena. Consiste en reconocer que casi todas las situaciones admiten varias lecturas y que la primera que haces, la automática, la que surge bajo estrés, rara vez es la más exacta. Reevaluar es darte y tomarte el permiso de buscar una interpretación más justa y más útil de los mismos hechos.
La reevaluación es tan efectiva porque actúa temprano, sobre el significado del evento, antes de que la emoción te absorba. Los estudios de laboratorio muestran que, cuando las personas aprenden a reevaluar, logran reducir la intensidad de las emociones negativas sin aumentar la activación fisiológica que sí provoca reprimir lo que estás sintiendo. Por eso, reevaluar no tiene nada que ver con evadir.
Las personas que usan la reevaluación con frecuencia tienden a experimentar y expresar más emociones positivas y menos negativas, y reportan menos síntomas depresivos que quienes la usan poco. Un metaanálisis que reunió decenas de muestras concluyó que la reevaluación funciona como una estrategia protectora frente al estrés y la adversidad, y que refuerza la resiliencia personal.
Psychology Today la resume como una herramienta con un doble efecto positivo, porque, a la vez, disminuye emociones negativas, como la tristeza y la ansiedad, y aumenta emociones positivas ligadas al bienestar. Incluso las personas con depresión, cuando se les guía a reevaluar en el momento, son capaces de regular sus emociones tan bien como quienes no la padecen. La habilidad está disponible; solo hay que entrenarla para el día a día.
Imagina a un estudiante que reprueba un examen. La primera interpretación podría ser: “Mis errores demuestran que no sirvo para esto”. Es una interpretación que genera vergüenza, desánimo y ganas de abandonar. La reevaluación no niega que se haya reprobado el examen, pero propone una lectura distinta de los mismos hechos: “Los errores me muestran exactamente qué temas no domino todavía”. El resultado emocional cambia por completo: en lugar de autocrítica y desánimo, aparece una guía práctica de qué estudiar. El hecho es el mismo. La perspectiva, y, por lo tanto, la emoción y la conducta que siguen, no.
Lo mismo aplica si te corren de tu trabajo o no te sale un negocio, que es leído como una oportunidad de crecimiento en vez de como un fracaso; o a los nervios antes de hablar en público, reinterpretados como la energía que prepara al cuerpo para la conferencia y no como una señal de que algo va mal. El poder de la perspectiva es mágico.
¿Cómo practicarla?
La reevaluación tiene un proceso sencillo: primero, atrapar la interpretación automática: ¿qué me estoy diciendo exactamente sobre esto? Segundo, examinarla: ¿qué evidencia real la sostiene y cuál la contradice? ¿Estoy catastrofizando? Tercero, generar alternativas: ¿de qué otras maneras razonables podría leer esta misma situación? Cuarto, elegir la interpretación que mejor se ajusta a los hechos y que, además, resulta más útil para actuar. No se trata de la más agradable, sino de la más exacta y funcional.
Ahora, es bueno aclararte que la reevaluación no sirve para maquillar situaciones que de verdad requieren acción: si algo está mal y puede cambiarse, cambiarlo es mejor que solo reinterpretarlo. Y, como toda habilidad, hace falta practicarla de forma repetida, en situaciones reales, para que se vuelva un reflejo disponible cuando más se necesita.
Gracias por leerme,
Valeria Lozano
Sin posts

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.