La relajación de la tensión en Oriente Medio ha permitido que el petróleo corrija con fuerza y que los tipos largos estadounidenses recuperen algo de oxígeno, pero el verdadero examen llega hoy con dos referencias capaces de mover de nuevo las expectativas: el PCE estadounidense y, sobre todo, los resultados de Nvidia. El mercado necesita comprobar si la desinflación continúa avanzando al mismo tiempo que la inversión en inteligencia artificial mantiene el ritmo necesario para justificar las valoraciones actuales.
La principal novedad llega desde el frente geopolítico. Se cumplen ya seis meses desde el inicio del conflicto y el foco se ha desplazado hacia el estrecho de Ormuz, probablemente el principal punto de riesgo para la economía mundial por su importancia en el transporte de petróleo. El anuncio de que Irán ha retomado conversaciones con Omán para intentar reabrir el estrecho ha provocado una reacción inmediata en los mercados. La posibilidad de establecer un corredor gestionado conjuntamente y libre de minas reduce, al menos temporalmente, el riesgo de una interrupción prolongada del suministro energético.
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El movimiento del petróleo ha sido significativo. El Brent retrocede hacia los 86 dólares por barril, después de haber cotizado en niveles considerablemente superiores durante las últimas semanas. La diferencia no es menor. Un petróleo en 86 dólares sigue siendo elevado desde una perspectiva histórica reciente, pero supone un escenario mucho más manejable para la inflación que un crudo instalado por encima de los 90 o 100 dólares.
Aquí está probablemente la principal lectura macroeconómica de la jornada. La caída del petróleo actúa como un recorte de tipos implícito para la economía, porque reduce la presión sobre los costes energéticos, mejora la renta disponible de los hogares y disminuye los costes de producción de las empresas. No sustituye a una política monetaria expansiva, pero sí facilita el trabajo de los bancos centrales.
La situación, sin embargo, dista mucho de estar resuelta. No existen señales claras de una reactivación de la diplomacia entre Estados Unidos e Irán y continúan las amenazas cruzadas. El mercado también interpreta como una señal positiva que Estados Unidos esté empezando a reenviar personal a sus embajadas en Oriente Medio, aunque todavía es demasiado pronto para hablar de normalización.
La evolución del petróleo será, por tanto, una de las variables que determinarán si este alivio tiene continuidad. Si las negociaciones avanzan y Ormuz vuelve progresivamente a la normalidad, la prima geopolítica podría seguir desapareciendo. Si, por el contrario, las conversaciones fracasan, el mercado volvería rápidamente a descontar riesgo de suministro.
La reacción del mercado de deuda ha sido coherente con este movimiento. La rentabilidad del Treasury a treinta años cae hasta aproximadamente el 4,64%, aliviando parte de la presión que habíamos visto durante las últimas sesiones. La explicación inmediata está en el menor riesgo inflacionista asociado al petróleo.
Pero sería un error interpretar esta caída como una solución al problema estructural de la deuda estadounidense.
El déficit fiscal continúa siendo elevado, el stock de deuda sigue creciendo y las necesidades de financiación del Tesoro son importantes. A ello se añade una cuestión que el mercado empieza a valorar cada vez más: la necesidad de preservar la independencia de la Reserva Federal. Mientras estas cuestiones no se resuelvan, la parte larga de la curva seguirá incorporando una prima fiscal y de inflación superior a la que justificaría únicamente la evolución de los tipos oficiales.
La fotografía actual es, por tanto, interesante: el mercado de bonos respira por la caída del petróleo, pero los problemas estructurales de la deuda estadounidense siguen intactos.
Y en este contexto llega el verdadero protagonista de la sesión: Nvidia.
La publicación de resultados al cierre del mercado estadounidense se ha convertido en el acontecimiento empresarial más importante de la semana. Pero probablemente sería un error centrarse exclusivamente en la cifra de beneficios. Nvidia lleva varios trimestres acostumbrando al mercado a superar expectativas y, por tanto, una simple sorpresa positiva puede no ser suficiente.
Lo que realmente quiere conocer el mercado son las guías.
Los inversores necesitan comprobar si el crecimiento de la demanda de infraestructura para inteligencia artificial continúa siendo suficientemente fuerte como para justificar el volumen de inversión que están realizando las grandes compañías tecnológicas. Después de las dudas surgidas en las últimas semanas sobre las valoraciones, la financiación de los centros de datos y determinadas operaciones que podrían estar generando una percepción de crecimiento circular dentro del ecosistema de IA, el mercado necesita una confirmación de que detrás de las cifras existe demanda final sostenible.
La cuestión ya no es si la inteligencia artificial va a transformar la economía. Eso parece cada vez más evidente. La pregunta es cuánto crecimiento económico y cuánto beneficio empresarial será capaz de generar y, sobre todo, cuánto tiempo tardará en hacerlo.
Esta distinción es fundamental para entender la reciente corrección de las compañías vinculadas a la IA.
Cuando los tipos de interés son bajos y la liquidez abundante, el mercado puede pagar múltiplos elevados por beneficios que llegarán dentro de varios años. Pero cuando el Treasury a treinta años se acerca al 5%, el coste de oportunidad cambia radicalmente. El valor presente de esos beneficios futuros disminuye y, por tanto, la exigencia sobre las compañías aumenta.
Por eso Nvidia tiene hoy una responsabilidad que va mucho más allá de sus accionistas. Sus resultados servirán como referencia para todo el mercado tecnológico.
En el extremo opuesto tenemos a Salesforce. Si Nvidia representa al gran beneficiario de la inversión en IA, Salesforce representa una parte del software que debe demostrar que puede mantener sus ventajas competitivas en un escenario en el que la inteligencia artificial puede reducir barreras de entrada, presionar precios y modificar los modelos tradicionales de software.
Será interesante observar no solo el crecimiento de ingresos, sino también la evolución de márgenes, retención de clientes y capacidad de monetizar las nuevas herramientas de IA. El mercado empieza a diferenciar entre las compañías que venden la infraestructura necesaria para desarrollar la IA y aquellas cuyo modelo de negocio puede verse alterado por ella.
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En paralelo, el PCE estadounidense ofrecerá la segunda gran referencia de la jornada.
El mercado espera que el PCE general se modere una décima, hasta el 3,6% interanual, mientras que el subyacente bajaría hasta el 3,3%. Son cifras todavía considerablemente superiores al objetivo del 2% de la Reserva Federal, pero cualquier señal adicional de desinflación sería bien recibida por los mercados.
El dato adquiere todavía más importancia después de la reciente debilidad de la confianza del consumidor estadounidense, que ha descendido hasta mínimos de siete meses. La economía empieza a mostrar una combinación que la Fed tendrá que vigilar cuidadosamente: por un lado, una inflación todavía elevada; por otro, señales de cierta pérdida de dinamismo en el consumidor.
El escenario ideal para los mercados sería una desaceleración ordenada: menor inflación sin una caída brusca de la actividad. Ese es precisamente el famoso aterrizaje suave que la Reserva Federal lleva intentando conseguir.
Pero el margen de error no es demasiado amplio.
Si el PCE continúa descendiendo, el petróleo se mantiene alrededor de 85-90 dólares y los datos de actividad empiezan a moderarse sin deteriorarse significativamente, la Fed dispondrá de argumentos para avanzar hacia una política monetaria menos restrictiva.
En cambio, si la inflación se mantiene rígida mientras la actividad se desacelera, el escenario sería mucho más incómodo: una especie de estanflación suave que obligaría a la Fed a mantener tipos elevados incluso con una economía perdiendo dinamismo.
En Europa, el foco comienza a desplazarse también hacia el BCE. Según las informaciones conocidas, el Banco Central Europeo estaría preparado para una nueva subida de tipos en septiembre, aunque sin comprometerse necesariamente con nuevas subidas posteriores.
La evolución del petróleo será determinante para esta decisión. La economía europea ha demostrado una resistencia mayor de la esperada, mientras que las presiones de precios pueden tardar todavía en desaparecer completamente. En este contexto, una subida en septiembre parece cada vez más probable si los datos de inflación no ofrecen una mejora suficientemente clara.
Sin embargo, el BCE tendrá que encontrar un equilibrio delicado. Una política monetaria demasiado restrictiva podría terminar deteriorando el crecimiento europeo justo cuando la economía comienza a mostrar signos de recuperación. Y si el petróleo continúa bajando, parte de la presión inflacionista desaparecerá por sí sola, reduciendo la necesidad de endurecer todavía más las condiciones financieras.
Los mercados asiáticos ya han recogido parte de esta mejora en el escenario energético. El MSCI Asia Pacific ex Japan avanza alrededor de un 1%, mientras el Nikkei gana un 0,6%, el KOSPI un 1%, el Hang Seng cerca de un 0,8% y el CSI 300 alrededor de un 1%.
La reacción tiene lógica. Menor petróleo significa menor presión inflacionista y, por tanto, mayor margen para la política monetaria. Además, la expectativa de unos resultados sólidos de Nvidia vuelve a impulsar al sector tecnológico asiático, especialmente a los fabricantes de semiconductores.
Wall Street también cerró la sesión anterior en positivo, apoyado por la recuperación de las tecnológicas y por el descenso simultáneo del petróleo y de las rentabilidades de los bonos. Es precisamente la combinación que más favorece actualmente a la renta variable: menor inflación, menor coste de capital y crecimiento empresarial sólido.
Pero la clave estará en si esta combinación puede mantenerse.
El mercado se encuentra ahora ante una especie de prueba de estrés para la narrativa de la IA y para las expectativas de política monetaria. Si Nvidia confirma unas guías suficientemente fuertes y el PCE muestra moderación, podríamos ver una recuperación significativa de las compañías tecnológicas, especialmente después de la corrección reciente.
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Si, por el contrario, Nvidia decepciona en sus perspectivas o el PCE vuelve a mostrar una inflación más persistente de lo esperado, los tipos largos podrían recuperar presión y el mercado tendría que volver a revisar las valoraciones.
En definitiva, la sesión de hoy concentra buena parte de las preguntas que están definiendo el escenario de inversión actual.
El petróleo nos dice si el shock geopolítico está perdiendo intensidad. El PCE nos dirá cuánto margen tiene la Fed. Los bonos nos muestran cuánto cuesta financiar el crecimiento y Nvidia nos dirá si la inversión en inteligencia artificial sigue teniendo fundamentos suficientes.
La dirección de los mercados dependerá de cómo encajen estas cuatro piezas.
Por ahora, la fotografía ha mejorado: Ormuz ofrece señales de posible normalización, el Brent cae hacia 86 dólares y el Treasury vuelve a relajarse. Pero el verdadero examen comienza esta tarde. Porque en un mercado con valoraciones exigentes, no basta con que Nvidia vuelva a superar las expectativas; necesita convencer al mercado de que el crecimiento que viene será suficientemente grande y duradero como para justificar todo el capital que se está invirtiendo hoy.
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