Trump ha endurecido su posición frente a Irán al reclamar compensaciones económicas por víctimas y daños derivados de conflictos, ataques y protestas de las últimas décadas. Teherán, por su parte, mantiene sus propias condiciones: compensaciones, levantamiento de sanciones y garantías frente a nuevas amenazas militares antes de permitir una reapertura completa del estrecho de Ormuz.
El resultado es que las posibilidades de un acuerdo rápido se reducen y el petróleo reacciona inmediatamente. El Brent se sitúa ya en 87,62 dólares por barril, después de registrar una subida cercana al 5%. Y aquí está probablemente la variable que más preocupa a los mercados en este momento.
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Ormuz no es simplemente otro punto geográfico del mapa. Antes del conflicto, por este estrecho circulaba aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado mundial. Por tanto, cualquier interrupción prolongada puede convertirse rápidamente en un problema para toda la economía mundial. No hace falta que desaparezca físicamente el petróleo para que los precios suban: basta con que el mercado perciba que una parte relevante de la oferta futura puede quedar comprometida. Y eso es exactamente lo que está sucediendo.
La posible negociación entre Irán y Omán para establecer nuevas rutas marítimas ofrece una puerta de salida, pero todavía quedan cuestiones técnicas y políticas por resolver. Mientras esa puerta no se abra de forma efectiva, el mercado seguirá incorporando una prima de riesgo al crudo.
Este movimiento del Brent llega en un momento especialmente delicado porque la inflación vuelve a estar en el centro de todas las conversaciones.
La semana pasada, el mercado recibió un dato de empleo estadounidense mucho más débil de lo esperado. Estados Unidos perdió 23.000 empleos en julio frente a los 80.000 que anticipaba el consenso, una cifra que reforzó las expectativas de una posible relajación monetaria de la Reserva Federal.
Pero ahora aparece una variable que puede complicar esa historia: el petróleo.
La lógica es sencilla. Un mercado laboral que se enfría debería facilitar una política monetaria menos restrictiva. Pero si simultáneamente la energía sube con fuerza, la inflación puede dejar de comportarse como espera la Fed.
Y aquí aparece el escenario que menos gusta a los bancos centrales: crecimiento enfriándose mientras la inflación vuelve a repuntar.
No estamos necesariamente ante ese escenario todavía, pero el mercado empieza a descontar que el camino hacia una bajada de tipos en septiembre puede ser algo más complicado de lo que parecía hace unos días.
Por eso el dato de inflación estadounidense de mañana miércoles adquiere todavía más importancia. Después de un mercado laboral que ha sorprendido negativamente, el IPC será determinante para saber si la Fed tiene realmente margen para empezar a relajar su política monetaria.
Además, durante la sesión de hoy conoceremos la encuesta ADP de empleo semanal y las ventas de viviendas de segunda mano de julio, cuyo consenso se sitúa en torno a 4,09 millones. No serán probablemente datos capaces de cambiar por sí solos la narrativa, pero sí contribuirán a dibujar el estado de la economía estadounidense.
Especialmente interesante será el mercado inmobiliario. Las ventas de vivienda son una de las variables más sensibles a los tipos de interés y permiten comprobar hasta qué punto el endurecimiento monetario acumulado sigue afectando a la economía real.
La reacción de Wall Street fue bastante lógica. Los principales índices estadounidenses terminaron el lunes con ligeros descensos, mientras el repunte del petróleo volvía a generar dudas sobre inflación y tipos. El movimiento más interesante se produjo dentro del sector tecnológico.
Los semiconductores estuvieron especialmente presionados, con Intel cayendo después de anunciar una ampliación de capital de 15.000 millones de dólares, mientras Nvidia también terminó la sesión en negativo.
Y esto es importante porque Nvidia representa mucho más que una compañía tecnológica. Se ha convertido prácticamente en uno de los principales símbolos de la revolución de la inteligencia artificial y, por extensión, de las expectativas que el mercado tiene sobre el crecimiento futuro de la inversión tecnológica.
Precisamente por eso resulta especialmente relevante el anuncio de su nueva alianza con seis grandes instituciones financieras: Apollo, BlackRock, Blackstone, Brookfield, Goldman Sachs y KKR.
El objetivo es movilizar más de 500.000 millones de dólares de capital privado para financiar infraestructuras relacionadas con inteligencia artificial. Nvidia podría respaldar hasta 125.000 millones, aproximadamente una cuarta parte del volumen potencial. El mensaje que hay detrás de este acuerdo es mucho más importante que la propia cifra.
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La revolución de la IA necesita cantidades enormes de capital. No estamos hablando únicamente de comprar chips. Hay que construir centros de datos, aumentar la capacidad eléctrica, desarrollar redes, sistemas de refrigeración y toda la infraestructura necesaria para mantener funcionando una nueva generación de computación.
De hecho, las grandes tecnológicas podrían superar conjuntamente los 730.000 millones de dólares de inversión en inteligencia artificial durante este año.
Y aquí aparece una de las grandes preguntas de inversión para los próximos años: ¿hasta dónde puede llegar este ciclo de inversión en IA y, sobre todo, cuándo empezará a traducirse de manera suficientemente clara en beneficios?
Por ahora, Nvidia está haciendo algo muy inteligente: no se limita a vender infraestructura, sino que está ayudando a crear los mecanismos financieros necesarios para que sus propios clientes puedan comprarla.
En cierto sentido, está intentando resolver uno de los principales cuellos de botella del próximo ciclo tecnológico: la financiación.
La sesión asiática tampoco transmite una señal especialmente clara. El MSCI Asia Pacific ex Japan cae un 0,05%, prácticamente plano. Corea del Sur consigue avanzar un 0,73%, mientras Hong Kong retrocede un 0,96%.
En China, el comportamiento es todavía más débil: el CSI 300 pierde un 0,66% y el Shanghai Composite un 0,74%.
La debilidad china vuelve a ser un elemento que merece atención. La economía asiática continúa enfrentándose a un problema de demanda interna y a unas presiones de precios muy reducidas. La falta de dinamismo del consumo y la ausencia de una recuperación suficientemente sólida siguen siendo uno de los principales obstáculos para que China vuelva a actuar como gran motor de crecimiento mundial.
Japón, por su parte, permanece cerrado por festivo, aunque la evolución del Banco de Japón sigue siendo una de las grandes variables que debemos tener en cuenta. El BoJ se encuentra en una fase completamente distinta a la Fed: mientras Estados Unidos empieza a plantearse una eventual relajación monetaria, Japón continúa valorando nuevas subidas de tipos ante el aumento de las presiones inflacionistas.
Esta divergencia entre bancos centrales puede convertirse en una fuente importante de volatilidad para las divisas y los flujos internacionales de capital.
En Gaza tampoco encontramos una solución definitiva. El plan de Trump continúa sobre la mesa, pero Netanyahu sigue rechazando una retirada de las tropas israelíes mientras Hamás no esté completamente desarmado. Washington intenta avanzar de forma gradual, con una retirada progresiva vinculada al cumplimiento de las distintas fases del acuerdo y la posibilidad de establecer una fuerza internacional de estabilización.
El problema es que cada una de estas condiciones requiere confianza entre las partes, precisamente el elemento que más escasea ahora mismo.
Desde el punto de vista de los mercados, lo importante es que el conflicto continúa conectado directamente con la cuestión energética. Mientras el riesgo geopolítico permanezca elevado, será difícil eliminar completamente la prima de riesgo incorporada al petróleo.
Y eso nos devuelve al mismo punto: Oriente Medio, inflación y bancos centrales están formando un único problema de mercado.
En mi opinión, esta es probablemente la idea más importante para interpretar el momento actual.
El mercado está intentando construir una narrativa muy concreta: la economía estadounidense se desacelera, pero no entra en recesión; la inflación continúa moderándose; la Fed empieza a recortar tipos; los beneficios empresariales permanecen fuertes y la inversión en inteligencia artificial mantiene vivo el ciclo de crecimiento.
Es un escenario perfectamente posible. Pero cada vez aparecen más variables que pueden ponerlo en cuestión.
El petróleo es una de ellas. Un Brent acercándose a los 90 dólares puede complicar la inflación. Un mercado laboral demasiado débil puede cuestionar los beneficios empresariales. Y unas valoraciones elevadas hacen que cualquier decepción tenga un impacto mayor sobre las cotizaciones.
Por eso, más que preocuparse por una caída puntual de las bolsas, creo que merece la pena vigilar la combinación de variables.
Si mañana el IPC estadounidense confirma que la inflación continúa moderándose, el repunte del petróleo puede ser asumido por el mercado como un problema temporal y la expectativa de recortes de tipos volverá a ganar fuerza.
Si, por el contrario, el IPC sorprende al alza y el petróleo continúa subiendo hacia los 90 dólares, la situación cambia. En ese caso, la Fed tendría menos margen para recortar tipos precisamente cuando el mercado laboral empieza a debilitarse.
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Al final, la apertura plana de las bolsas europeas es casi una fotografía engañosa. El mercado está esperando.
Espera al petróleo.
Espera al IPC estadounidense.
Espera nuevas señales sobre la Fed.
Y espera comprobar si Estados Unidos e Irán son capaces de desbloquear Ormuz.
Mientras tanto, la inteligencia artificial continúa funcionando como uno de los grandes pilares del mercado. El acuerdo de Nvidia con las grandes firmas financieras demuestra que el ciclo de inversión todavía tiene mucho recorrido potencial y que las necesidades de capital son enormes.
Pero el escenario empieza a exigir un equilibrio cada vez más delicado.
El mercado necesita crecimiento suficiente para justificar las valoraciones actuales, inflación suficientemente baja para permitir recortes de tipos y petróleo suficientemente estable para no volver a poner en peligro la desinflación.
Mientras esas tres condiciones se mantengan, las bolsas pueden seguir mirando hacia arriba.
Si una de ellas falla, especialmente si lo hace el petróleo y arrastra consigo a la inflación, la historia puede cambiar bastante rápido.
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