¡Hola!
Todos somos un poco patéticos, pero no todos lo somos en el mismo grado ni de la misma forma. Javi y yo sabíamos que no nos arrepentiríamos de ver Un poeta de Simón Mesa Soto, pero hasta hace dos domingos no nos decidimos a hacerlo. No sé si tardamos porque nos daba pereza taparnos con una manta de tristeza en una de las pocas tardes libres de la semana en la que nos podemos permitir estar juntos de verdad, no solo cerca, y tumbados en el sofá sin remordimientos, o si nos daba miedo que ese hombrecillo melancólico que a duras penas se mantiene de pie en medio de un cartel rojo nos hiciese de espejo de nuestros propios límites y delirios.
Todas esas excusas procrastinadoras se disiparon en cuanto conocimos a Óscar Restrepo, un personaje que no podría sentir más alejado de mí y al que entiendo perfectamente. Su actitud es injusta, da rabia, desespera, pero a todos nos gustaría ser así de inocentes e idealistas de vez en cuando. Ahora que ya la hemos visto, me alegro de haber esperado, porque esta historia llegó a mí justo cuando la necesitaba. Annie Ernaux dice algo así de los libros, que el “momento justo” para leerlos no se cuenta en días ni en años, sino en circunstancias vitales. Lo que me pasó con los personajes y las historias de esta película fue justo eso, una conexión de circunstancias, un solapamiento de las escenas con mis propios pensamientos intrusivos.
Un poeta me recordó que todos somos un poco patéticos. Que no hay nada que nos iguale más a todas las personas que esta cualidad tan vergonzante. Y que, dentro del espectro del patetismo, lo que más nos diferencia entre nosotros es si somos capaces de reírnos de ello o si, por el contrario, ni siquiera somos lo suficientemente valientes para reconocerlo. Esto lo sé por mi propia experiencia procurando ser siempre del primer grupo, pero sabiendo que vengo del segundo. “Creo que el problema es que te tomas demasiado en serio”. Me gustan las personas que saben decir verdades sin pestañear, aunque a veces escuezan. Esto me lo dijo alguien querido en un andén del metro de Barcelona. Cada vez que me lo repito mentalmente, oigo de fondo unas ruedas chirriantes restregándose contra unas vías de acero.
Vivo mucho más tranquila desde que he asumido que mi lado más penoso (el que no interfiere con la vida de los demás ni con mi día a día) también se merece existir a la vista de todos y no hago esfuerzos por ocultarla ni eliminarla. Ha sido y es un proceso de aceptación y autocuidado que se ha visto acelerado por la escritura y que ha hecho que me fije mucho en el tipo de penosidad que habita cada persona con la que me cruzo. Me parece una buena forma de delimitar el grado de confianza que vas a poder establecer con alguien. Cualquiera que se cite a sí mismo sin darse un poco de risa o de reparo nos debería hacer dudar de con quién estamos hablando realmente. Ojalá haberlo sabido esto antes, pero mejor tarde que nunca.
Hace unos meses, tras una conversación con amigas sobre una persona un tanto despreciable, una frase se me quedó grabada en la frente. Me la repetía una y otra vez, como el pimiento asado que decide insistir y hacerte visitas fantasmales a través del esófago. La frase se convirtió en un personaje y el personaje en una persona que no se iba a callar hasta que le dejase decir lo suyo. Al final me tuve que rendir. Será la primera y la última vez que este tío hable aquí, os lo prometo. Pido perdón por adelantado.
El calvo se ha puesto bueno. Y ahora ya nadie puede ignorarlo. No puede parar de pensar en cómo lloraría su ex de rabia si se lo encontrase por la calle. Ahora tiene la sartén por el mango, ya nadie le chantajea. Y menos una tía. De eso nada. Porque el calvo ahora tiene el trabajo que todo el mundo quiere tener. Es el currito de un tío top, un crack, un pavo con mogollón de seguidores, muy famoso, famosísimo. Lo hace por cuatro perras y diez toneladas de visibilidad.
Ahora al calvo ya nadie le haría un calvo, porque le ha salido una flor. En la calva. Es una margarita que cuando se deshoja, siempre da por respuesta la misma palabra: éxito. 40 añitos, toda la vida por delante para que descubran su talento. Y una calva lisa y brillante en la que se reflejan todos sus premios. Los que todavía no han llegado. Pero llegarán, seguro. Porque ahora el calvo se ha puesto bueno. Y a los tíos que están buenos siempre les dan premios.
El otro día su jefe el top le dijo hola al llegar a la oficina. Otro triunfo para el calvo. Está a una sola victoria de que estar calvo se ponga de moda. Todos los tíos rapados al cero, maquillándose el cráneo para que no se les vea la sombrilla oscura. El calvo es un capo. Se lo dice a su colega, para que su colega se lo diga a todo el mundo. Que lo sepan todas. Que lo sepa ella, joder, que ahora el calvo se ha puesto bueno y es un caramelito.
El calvo paga su piso con los aplausos de su público y la pensión de sus padres. Está en su mejor momento. Abre el chat de WhatsApp de su ex y la ve en línea. Está claro que ya lo sabe. Ella sabe que la ha cagado, porque ahora el calvo está bueno, pero ya no está interesado en ella. Ahora ya solo le interesan las tías que le besan la calva. Que se la chupan. La calva. Que le rezan y se encomiendan a ella. El calvo se duerme en el sofá. La luz del chat de su ex es su lamparita de noche. Qué pena que ella no pueda ver que se ha puesto bueno. Es una verdadera pena, pero es lo que hay. A veces se calva y a veces se pierde.
Todo mi respeto a los calvos del mundo. A todos, menos a este.
Hoy os traigo a una señora que establece una curiosa relación con un pato. Es una pequeña historia de Lalo Tenorio. Y este era el momento justo para que estuviese aquí.
El domingo 26 de julio saldrá el último Fauna Local de la temporada. Y a partir de otoño habrá más, pero no llegarán cada dos domingos, sino el domingo que se pueda. Vamos a echarle un puñadito de anarquía a este formato, por el bien de mi salud mental. Lo bueno es que cuando os llegue una Fauna Local, la sorpresa será mayor. De nada.
Yo creía que el último avistamiento del verano saldría el 31 de julio, pero ha pasado algo muy bueno que me trastoca los planes: voy a estar cubriendo el Atlàntida Mallorca Film Fest del 24 de julio al 2 de agosto para después escribir sobre ello por aquí. Es uno de mis momentos favoritos del verano, así que imaginaos la ilusión que me hace. Y con esto sobre la mesa, os puedo ofrecer una incógnita y dos verdades.
La incógnita: ¿el 31 de julio habrá avistamiento? ¿lo sabéis vosotros? Yo tampoco.
Primera verdad: voy a pillar un empacho de películas buenas y conciertos divertidos, así que la semana de después seré una persona insoportable.
Segunda verdad: que la semana de después cogeré toda esa insoportabilidad y escribiré un avistamiento para que, aunque no hayáis estado en el Atlàntida, podáis estar.
Espero que estas semanas no tengáis que trabajar mucho, que tengáis un río, un lago o una playa cerca y que tengáis a mano abanicos, ventiladores, aires acondicionados y muchos cubitos de hielo. ¡Hasta pronto!
Muchísimas gracias por leer. Y por reconocer vuestro lado patético.
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¡Nos vemos en el próximo avistamiento!

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