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Vista de Pájara · Jul 3, 2026

#66 Madre hay más de una

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Inés Masip Rojas · Vista de Pájara

Ilustración de Maggie Stephenson

¡Hola!

He aquí un hilo de pensamiento que se repite en mi cabeza desde hace años. Se me ha ocurrido que quizá, si lo convierto en texto y os lo envío en una carta, me podré librar de él. No tengo ninguna garantía, pero lo voy a intentar.

Mientras escribía este texto, lo he leído tantas veces en voz alta, que he decidido leerlo en voz alta para la carta también. Estoy intentando no pensar mucho en esto, porque como lo piense un segundo más, os dejo sin el audio.

(Aviso: el Cosas de pájaras del final no está incluido en el audio. Eso sí que te lo vas a tener que leer y que mirar. Fin del comunicado.)

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Hace algún tiempo, estuve en una presentación de un libro en la que pasó algo que se me quedó tatuado en el cerebro. Cada vez elijo con más cuidado las presentaciones a las que voy y las que no, porque cuando me gusta mucho lo que ha escrito una persona, tiendo a idealizarla de una forma tan exagerada fangirl adolescente, que hay muchísimas probabilidades de que en las distancias cortas me sienta decepcionada con ella. Y en la mayoría de los casos no es culpa de la escritora o escritor en cuestión, sino de todas las historias que yo he ido repitiendo en mi cabeza sobre cómo sería sentarme a tomar un café con ella.

A veces veo seres mitológicos donde solo hay personas intentando sostener su vida lo mejor que pueden y que han sabido sacarle el máximo partido al procesador de texto de su ordenador. Así que, en conocimiento de mi tendencia a la telenovela mental, llegué a esa presentación con los deberes hechos: con los sueños interiores al mínimo volumen y con la máxima neutralidad mental que pude albergar en este cuerpo mío, en el que las emociones se mueven como las piedrecitas de una maraca. Y nada más sentarme, me di cuenta de que había un peligro más que no había tenido en cuenta: el presentador.

No sé si fue cosa de los nervios o si realmente era una persona completamente fuera de sí. Lo que sé es que ese señor tenía entre sus manos un libro cargado de sensibilidad, de intimidad y de humanidad y decidió usar todos los turnos de pregunta que tuvo para simplificar la experiencia de lectura a unas máximas en las que ningún ser humano y, por ende, ningún libro, es capaz de encajar. Mi sensación fue que el escritor estaba haciendo un esfuerzo titánico por ser educado y evitar cualquier tipo de fricción, pero que tenía unas ganas de salir corriendo de ahí que no se aguantaba. No le culpo. Yo en su lugar hubiese estado igual, pero peor, porque se me hubiese notado muchísimo en la cara.

Tras varios intentos fallidos de sacar un titular sentencioso, llegó el punto de partido: el presentador se aventura a definir a dos de los personajes más importantes del libro con una palabra. Y cómo no: le sale mal. La declaración exacta fue: “en esta historia, el padre es la justicia y la madre… hace de madre”. Al escritor casi se le caen los ojos al suelo. Con una agilidad y una contención envidiables, le afeó la frase al presentador y le dijo que si había sido capaz de definir al padre con una palabra tan grande como justicia, habría que hacer lo mismo con la madre, porque era igual de importante en la trama. Si no recuerdo mal (la vergüenza ajena que me provocó esa situación me sacó de la conversación durante varios segundos) habló de equilibrio y de sentido. Me había parecido tan mal esa afirmación y tan buena la réplica, que casi me levanto a aplaudir, pero tampoco era cuestión de echar más leña al fuego.

La madre hace de madre. La madre de ese libro es un personaje interesantísimo, lleno de matices, con unos puntos de mala leche y de humor que no te pueden dejar indiferente. Pero según ese tío (que acto seguido intentó disculparse, a su manera), es lo que le toca, porque hace de madre. Vale. Tomo nota. Porque si es así, creo que no quiero ser madre. Si ser una persona admirable todo el rato es hacer de madre, no tengo nada claro que yo vaya a saber hacer de madre. Qué va. No sabré hacerlo. Ni siquiera sé si sabré fingirlo. De repente, estaba volviendo a tejer una vez más ese pensamiento que llevo haciendo y deshaciendo desde hace años, con el mismo tedio que Penélope se sacaba de encima a los babosos que la pretendían. Hacer de madre. Ni siquiera sé si la maternidad es algo que se pueda hacer, así, sin pretenderlo.

Llevo varias semanas intentando escribir unos personajes que sean capaces de sostener un universo que ahora mismo solo existe en mi cabeza. Y el personaje que más incertidumbres me genera es la madre. Me he dado cuenta de que me da miedo escribir a una madre. Creo, de hecho, que no sé escribir madres, porque para mí, las madres no existen. No como un todo, como una idea absoluta que siempre se reproduce de la misma forma. Yo en las madres nunca veo solo madres, porque ninguna persona es solo una cosa, así que mucho menos lo es una madre.

Me alegra ver a mis amigas siendo madres y a la vez, me asusta que se olviden de todo lo demás que también son. Críticas de cine en casa, estilistas de moda por chat, comentaristas de terraza, profesionales como la copa de un pino, mis tertulianas del corazón, mis folclóricas favoritas, las mejores recomendadoras de libros, narradoras de las mil maravillas y de algunas miserias, ceramistas efímeras, guionistas de citas, animadoras, desquiciadas, pacificadoras y sin duda, entrevistadoras mucho más agudas que el señor de mi anécdota. Me da miedo llegar a verlo en ellas y mucho más que algún día me pase a mí. Y cuando manifiesto esta inquietud en voz alta, algunas personas me dicen que no soy capaz de entenderlo porque no lo he vivido. Pero entonces, si no puedo entenderlo, cómo seré capaz de escribir a una madre o de llegar a serlo alguna vez.

El telar empieza a deshacerse cuando me decido a leer madres. A ver madres. A escucharlas. A toparme con ellas por todas partes. Cada una siéndolo a su manera. Y no todas siéndolo a gusto. No todas intentando entrar en el libro de las madres ilustres. Algunas atravesando incluso sus momentos más oscuros. Pienso en madres que no dejan salir a sus hijas del yugo, como Aurora, la madre de Dulcenombre, novela de Marina Arrabal. En madres que no están seguras de desear la existencia de sus hijos, como Maria, la protagonista de Salve María, dirigida por Mar Coll. En madres que ya solo saben comunicarse cantando canciones de Patty Bravo, como la de Leche cruda de Ángelo Néstore. En madres con sabidurías ancestrales, capaces de sanar cuerpos con plantas y manos, como Agnes en Hamnet, de Maggie O’Farrell.

Madres que hacen de gestoras, de confesoras, de abogadas del diablo y que también tienen deslices y rabian, como las madres de Cinco lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa. Madres que solo son un recuerdo y en las que los años de ausencia se llenan con ideas distorsionadas del deber y madres que en realidad son tías, como las de Los domingos, de Alauda también. Madres que cantan sus pesares a través de sus hijas en bachatas como la de Amaia y otras que pasan por fases en las que solo les pueden escribir canciones de amor a sus hijos, como Rigoberta Bandini. Y por supuesto, las madres que no han parido, pero que, como dice Alana S. Portero, llevan toda la vida preparándose para ser las mejores madres que pueden ser y a las que ser queer les ha dado la oportunidad de ser madres, hijas, hijos, hermanas y hermanos, todo en el mismo día y para la misma persona.

Ser madre no es nada y lo es todo a la vez. Todo depende de cuánto te pese la palabra en el pecho y de con qué energía la deposites en tus ojos, en tus brazos, en tus manos. Así que supongo que escribir a una madre consiste en entender que el amor y la vida nos atraviesan a todos de formas distintas y nos permiten ser las personas que podemos en cada circunstancia. Supongo que, si algún día me toca presentar a una escritora o a un escritor, no intentaré definir a los personajes que escriben con una sola palabra, porque nadie cabe en tan pocas letras. Y supongo que no debería tener tanto miedo, porque yo ya soy un poco madre, aunque no lo sea.

Seguimos con el archivo visual de cosas de pájaras. Y seguimos con otra de mis adquisiciones del Tropicana Dreams, la feria de autoedición gráfica de la que ya os hablé en el último avistamiento. Esta es una pequeña postal que le compré a Francesca Corso, una ilustradora veronesa que vive en Barcelona y que sería capaz de enternecer hasta el corazón del hombre más gris del Fondo Monetario Internacional con cualquiera de sus ilustraciones. El pájaro es un mirlo y el pequeñín azul que lo observa desde el extremo de la rama es Blublú, un personaje que creó para una colección de cartas pensadas para que los peques descubran las transformaciones de la naturaleza. COSA DIVENTA? (en español, ¿En qué se convierte?) incluye las ilustraciones de Francesca y las canciones de Elisa Mazzoli. Si os metéis en su instagram, encontraréis este y muchos otros proyectos, todos súper tiernos, y muchísimos pájaros de todos los tipos y colores. Una fantasía. Este es el tipo de cosas por el que sí dan ganas de ser madre: compartir mi predilección por los personajitos pequeñitos de colores y las ilustraciones de pájaros. Aunque como comprenderéis, no me parece motivo suficiente para serlo. Los adultos también podemos (y deberíamos) leer cuentos.

Muchísimas gracias por leer. Y por dejar que las personas sean todo lo que son.

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