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IcariaCap · Aug 5, 2026

Newton, Buffett y el arte de aguantar

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IcariaCap · IcariaCap

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La semana pasada os he contado dos historias que representan el contexto exacto en el que vivimos.

Una, la del gestor de veinticinco años al que llamaban el Nostradamus de la inteligencia artificial y que tuvo que vender medio fondo de madrugada cuando sus bancos le pidieron garantías que no tenía. La otra, la de los pequeños inversores coreanos, con la bolsa cayendo un cuarenta por ciento y volviendo a subir casi un veinte en una sola sesión días después. Ya hablamos de ellas con detalle, por lo que hoy solo las uso como puerta de entrada. Porque cuando las pones una al lado de la otra, la tentación es pensar que esto es cosa de nuestro tiempo. De la IA, del apalancamiento, del dinero fácil de 2026.

No lo es. Es una de las cosas más viejas del mundo.

En 1929 los americanos compraban acciones poniendo solo el diez por ciento y pidiendo prestado el resto. Cuando el mercado se dio la vuelta, quien iba apalancado tuvo que vender para responder a sus deudas, y esas ventas forzadas provocaban más caídas, que a su vez obligaban a vender más. Una espiral. La bolsa llegó a perder cerca de un noventa por ciento desde máximos, y lo más duro fue que tardó veinticinco años en recuperar ese nivel.

Japón conoció su propia versión a finales de los ochenta, esta vez con el crédito bancario como combustible. Su bolsa tocó techo en 1989 y no volvió a ver esos niveles hasta 2024. Hablamos de treinta y cinco años, la travesía más larga que ha sufrido un mercado importante, más aún que la del 29. En la burbuja de internet el índice tecnológico americano se dejó un setenta y ocho por ciento entre 2000 y 2002, y el que compró en lo alto tardó quince años en recuperarse. Y en 2008 el problema no estuvo en los particulares, sino en los propios bancos, que llegaron a operar con treinta veces su capital. Cambian los protagonistas. El guion es el mismo.

Podemos irnos incluso más atrás, hasta 1720, y la historia se pone interesante. Ese año la burbuja de la South Sea Company arruinó a media aristocracia inglesa, y entre los arruinados había un nombre que no esperarías: Isaac Newton. Fíjate bien en lo que hizo, porque es la clave de todo lo que viene después. Newton había comprado, vio que aquello se desbocaba, vendió con un beneficio enorme y se apartó. Hasta ahí, impecable. Pero después no soportó ver cómo la acción seguía subiendo sin él, volvió a entrar mucho más arriba y lo perdió casi todo. Suya es la frase de que podía calcular el movimiento de los astros, pero no la locura de la gente. Prohibió que se mencionara la South Sea en su presencia el resto de su vida.

Y que nadie piense que esto es cosa de aficionados ingenuos. En 1998 quebró un fondo llamado LTCM que tenía en su consejo a dos premios Nobel de Economía. Operaba apalancado unas veintiséis veces y desapareció en cuestión de semanas, hasta el punto de que la Reserva Federal tuvo que sentar a catorce bancos en una mesa para organizar un rescate y evitar que se llevara por delante al sistema entero. Más cerca en el tiempo, en 2021, el fondo de un gestor llamado Bill Hwang se deshizo en dos días y les dejó un agujero cercano a los diez mil millones de dólares a los bancos que lo financiaban. Es decir, ni la inteligencia ni los títulos te salvan.

Siempre los mismos ingredientes. Mucho apalancamiento, mucha concentración en una sola apuesta, mucho entusiasmo y esa vocecita que susurra que esta vez es diferente. Y siempre, sin excepción, el mismo final.

Pero la historia que de verdad quería contarte es otra, porque es la que enseña dónde está la dificultad real. Ver la burbuja no es lo difícil. Lo difícil es aguantar.

Volvamos al año 2000, con internet en plena efervescencia. Warren Buffett llevaba tiempo fuera de las tecnológicas, repitiendo que no entendía esas valoraciones y que prefería quedarse al margen. El mercado lo humilló por ello. Sus acciones cayeron en torno a un veinte por ciento en 1999 mientras la bolsa americana subía un veintiuno, y la prensa lo dio por acabado. La revista Barron’s le dedicó una portada que se ha hecho célebre, titulada sencillamente “¿Qué te pasa, Warren?”, insinuando que el viejo ya no entendía la nueva economía. Buffett no movió un dedo. Un año después la burbuja estalló, el mercado perdió cerca de un cuarenta por ciento en los tres ejercicios siguientes, y él ganó dinero mientras casi todos lo perdían. Tenía razón. Y, sobre todo, aguantó hasta que el mercado se la dio.

Ahora el reverso, que es el caso que más me interesa porque es el más humano de los dos. Stanley Druckenmiller está entre los mejores gestores que ha dado este oficio, y por entonces dirigía el fondo de George Soros. Él también había visto la burbuja. También se había mantenido fuera. También tenía razón. La diferencia con Buffett es que no aguantó. Mes tras mes veía a gestores mucho más jóvenes y con mucha menos experiencia ganar fortunas comprando exactamente lo que él evitaba, y el mercado parecía repetirle a diario que el equivocado era él. En marzo de 2000, después de meses viendo cómo el mercado premiaba precisamente aquello de lo que él se había apartado por prudencia, y ya incapaz de soportarlo un día más, hizo justo lo único que sabía con total certeza que no debía hacer. Metió miles de millones en las mismas tecnológicas de la burbuja, muy cerca del punto más alto.

En seis semanas perdió en torno a tres mil millones de dólares y poco después dejó el fondo. Lo mejor es cómo lo explicó él, sin coartadas. Dijo que compró el techo del mercado en un ataque emocional, porque no aguantaba ver que aquello seguía subiendo sin él. Y cuando le preguntaron qué había aprendido, respondió que nada, porque ya sabía perfectamente que no debía hacerlo. Solo que no pudo evitarlo. No fue un fallo de análisis. Fue un fallo de aguante.

¿Está haciendo Terry Smith en la actualidad lo mismo que Druck en los 2000? Todo parece indicar que sí. Solo hay que leer la carta de Fundsmith para ver claras señales de claudicación, lo insoportable que es ver las acciones momentum subir mientra que Fundsmith permanecía plano o en pérdidas. Hablamos de Fundsmith que ahora no resuena entre los fondos favoritos, pero ha sido el fondo número 1 durante una década, llegando casi a los 30.000 millones bajo gestión.

¿Os acordáis de Newton vendiendo con beneficio y volviendo a comprar más arriba porque no soportaba verlo subir sin él? Pues eso. Doscientos ochenta años separan a un físico genial de uno de los mejores especuladores de la historia, y los dos tropezaron exactamente con la misma piedra. No con un número, con una emoción.

Por eso escribo esto hoy, y es lo que más me importa que os llevéis. Tener razón no basta. Hay que ser capaz de aguantar, emocionalmente, hasta que el mercado te dé la razón, y eso es muchísimo más difícil de lo que parece cuando lo lees en frío. Buffett aguantó y Druckenmiller no, y los dos estaban entre los mejores del mundo. Si a ellos les costó semejante esfuerzo, imaginad al resto. Hay una frase que suele atribuirse a Keynes y que lo resume mejor que yo. El mercado puede permanecer irracional más tiempo del que tú puedes permanecer solvente.

Hoy vuelve a pasar lo de siempre. Hay un apetito enorme por especular, por apalancarse, por no quedarse fuera de la historia de moda. De hecho, cada vez que alguien te enseñe una rentabilidad deslumbrante conseguida así, la pregunta correcta no es cuánto ha ganado. Es cuánto tiene prestado y qué le ocurre el día que el mercado se gire.

En definitiva, por eso construyo la cartera como la construyo. Sin apalancamiento, sin jugármelo todo a una sola idea, combinando activos que suben y bajan por motivos distintos. No es la manera de ir más rápido cuando todo sube, y lo asumo sin problema. Es la manera de no tener que vender nada cuando todo baja, y de no acabar comprando el techo por no soportar quedarme fuera. Al final, invertir bien no va solo de acertar. Va de construir algo con lo que puedas dormir tranquilo, incluso las noches en las que parece que todo el mundo se está haciendo rico menos tú.

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