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IcariaCap · Jul 31, 2026

La escalera que ya no se sube a pie

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IcariaCap · IcariaCap

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Hoy no os voy a contar lo que hizo el mercado. Os voy a contar la época en la que vivimos, que es otra cosa.

Empiezo por un chico de veinticinco años. Se llama Leopold Aschenbrenner, no había operado en un mercado en su vida, y esta semana ha tenido que llamar a medianoche a uno de los hombres más temidos de Wall Street para venderle su cartera entera antes de que se la llevara por delante el mercado. No es el guion de una serie.

Aschenbrenner salió de OpenAI en 2024 y escribió un ensayo de ciento sesenta y cinco páginas sobre cómo la inteligencia artificial iba a reescribir el mundo. El ensayo se hizo viral. Y con la fama recién estrenada montó un hedge fund, sin experiencia previa, respaldado nada menos que por los fundadores de Stripe y por el ex jefe de GitHub. La prensa empezó a llamarle el Nostradamus de la IA. Sus números durante un tiempo le dieron la razón; una rentabilidad en torno al 1.500% desde que arrancó, y más de un 400% solo en el primer semestre de este año. Cifras que no parecen de este mundo porque, en cierto sentido, no lo eran.

Detrás de esos números estaba el denominador común de todo este tipo de tragedias, el apalancamiento. Cuatro veces. Es decir, por cada dólar propio, tres prestados, todos apostados a los ganadores de la IA. Mientras el viento sopló a favor, magia. Cuando el viento cambió estas últimas semanas, la misma palanca que multiplicó las ganancias multiplicó el desastre. Llegaron las llamadas de sus bancos pidiendo garantías, Goldman, JPMorgan, Bank of America, y de repente el Nostradamus se convirtió en un hombre vendiendo lo que podía para tapar agujeros.

Cuando Intel presentó buenos resultados y aun así su acción cayó, alguien estaba vendiendo con fuerza contra el mercado. Ese alguien era él, tratando de recuperar pérdidas. Basta con decir que días antes, el veinticuatro de julio, había mandado una carta a sus inversores presumiendo de rentabilidades y diciendo que la caída era un momento estupendo para meter más dinero. Un momento estupendo. Poco después llamaba uno por uno a esos mismos inversores para pedir capital fresco, ofreciendo un trato distinto a cada uno. El final llegó de madrugada, al teléfono con Ken Griffin, que se quedó con el grueso de su cartera cotizada en una de las operaciones más rápidas y grandes que se recuerdan.

Todos andan siempre buscando al próximo fondo o guru que les haga ricos, y no para de pasar.

No para de pasar. Ahí está la clave, y por eso hoy escribo esto. Porque no hablamos de un caso raro, sino de un patrón. La misma película, los mismos gurús jóvenes y brillantes, el mismo relato de que esta vez es distinto. Y siempre lo mismo debajo, una tesis convertida en una apuesta de la que no puedes permitirte estar equivocado. Tener una idea sobre el futuro es legítimo, hasta necesario. Apostar tu supervivencia a que esa idea se cumpla en un plazo concreto no es visión. Es otra cosa, y ya la vimos en 2008, y en 2022, y la volveremos a ver.

Cambio de escena, mismo tema. Corea.

Hace tres días os contaba el drama de los pequeños inversores coreanos, arruinados con fondos apalancados sobre Samsung y SK Hynix, escribiendo en los foros que su vida se había acabado. Pues hoy, tres sesiones después, el Kospi ha subido casi un veinte por ciento en un solo día. La mayor subida diaria de su historia. SK Hynix se disparó un treinta por ciento. Los mismos aficionados que el miércoles lo perdían todo, el viernes vuelven a entrar en tromba, no vaya a ser que se pierdan el rebote. Del pánico a la euforia en cuarenta y ocho horas, con las mismas caras y las mismas acciones.

¿Y el detonante del optimismo? El presidente de SK compró en torno a tres millones de dólares en acciones de su propia empresa y el mercado lo leyó como un voto de confianza. Así es como se siente estar dentro de un casino. No por las cifras, sino por la velocidad a la que la certeza absoluta de que todo se hunde se convierte en la certeza absoluta de que todo sube. Nada ha cambiado en la realidad de esas empresas en tres días. Lo único que ha cambiado es el estado de ánimo, que en estos tiempos pesa más que los balances.

La pregunta de verdad no es por qué un chico de veinticinco años se apalanca cuatro veces, ni por qué un jubilado coreano compra ETFs que no entiende. La pregunta es por qué lo hacemos tantos, y por qué cada vez más.

Hoy con el café leía un artículo muy interesante en el que se hablaba sobre que hemos pasado de un mundo del ingreso a un mundo de la riqueza. Desde los años noventa, el patrimonio de la familia mediana en países como Reino Unido, Estados Unidos o Alemania se ha multiplicado más o menos por dos en términos reales. Los salarios, en el mismo periodo, han subido apenas un treinta por ciento. Lo que tienes ha corrido mucho más rápido que lo que ganas.

Hace una generación, subir del cuarto más pobre al cuarto más rico de la escala de riqueza costaba en torno a veinte años de ahorro de un salario normal. Hoy cuesta cuarenta. En los noventa mandaba lo que ganabas. Ahora manda lo que tienes.

Cuando entiendes esto, la especulación deja de parecer un vicio y empieza a parecer una respuesta casi lógica. Si trabajar y ahorrar ya no te sube por la escalera, pero un billete de lotería en la acción correcta sí puede, ¿de verdad nos extraña que medio mundo compre el billete? El coreano apalancado y los inversores que le confiaron miles de millones a un veinteañero no son idiotas. Son gente respondiendo, cada uno a su manera, a un mundo que les ha dicho que el esfuerzo lento ya no basta. No lo justifico. Pero entenderlo es la única forma de no caer en ello.

De ahí sale también, dicho sea de paso, buena parte del resentimiento de nuestra época hacia los de arriba. Cuando la riqueza se hereda o se gana durmiendo mientras el sueldo no llega, la figura del multimillonario escuece de otra manera. Ya escribí sobre esto hace unos días, sobre la manía europea de mirar al de al lado.

¿Y dónde me deja todo esto a mí, que gestiono una carteras aburridas y sin una gota de apalancamiento? No por encima de nadie, para empezar. Vivo en el mismo mundo, siento el mismo tirón, leo las mismas rentabilidades del niño de oro y también a mí me susurran por dentro. La diferencia no es que yo sea más listo ni más frío. Es que he visto cómo termina esta historia las veces suficientes como para haber decidido, conscientemente, no jugarla. Mi cartera no está diseñada para subir la escalera de golpe. Está diseñada para que, cuando la escalera se caiga, yo pueda seguir en pie.

En definitiva, vivimos tiempos donde el que no especula parece tonto y el que especula parece rico, hasta que un miércoles a medianoche deja de parecerlo. Aschenbrenner, por cierto, no lo perdió todo. Se quedó con una participación que no cotiza, ilíquida, imposible de vender en pánico: sus acciones de Anthropic. Su apuesta más paciente, la única que no podía tocar cuando el miedo apretaba, fue justo la que sobrevivió. Hay una lección ahí que va en contra de la narrativa de los últimos meses, ahí lo dejo.

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