La Reflexión
En 1814, Pierre-Simon Laplace imaginó una inteligencia capaz de conocer todas las fuerzas que actúan en la naturaleza y la posición exacta de cada una de las cosas que componen el universo. Si su capacidad de análisis fuera suficientemente poderosa, podría reunir todos esos datos en una única fórmula. Ante sus ojos, escribió, el futuro y el pasado estarían igualmente presentes y nada le resultaría incierto.
La imagen ha pasado a la historia bajo el nombre del «demonio de Laplace», aunque Laplace nunca habló de demonios. Escribió, sencillamente, «una inteligencia». El añadido demoníaco llegaría después, quizá porque algo turbador se desprende de una criatura para la que no existe la duda. Un ser que lo sabe todo inspira más zozobra que confianza. Nos recuerda demasiado a algunas personas que conocemos.
Para la inteligencia de Laplace, el tiempo sería una superficie completamente desdoblada. Nosotros avanzamos por él como quien camina de noche con una linterna, iluminando apenas unos metros por delante y dejando que el camino recorrido vuelva a oscurecerse detrás. La inteligencia de Laplace contemplaría el camino entero desde las alturas. Vería cada cruce, cada accidente y cada titubeo. También este momento en el que escribo y aquel, todavía futuro para mí, en el que decida que el texto está terminado.
En el universo laplaciano, toda incertidumbre procede de la ignorancia. Llamamos azar a aquello cuyas causas desconocemos. Una moneda lanzada al aire no tendría dos futuros posibles. Su caída estaría determinada por la fuerza del lanzamiento, la inclinación de la mano, el peso de la moneda, la resistencia del aire y una multitud de factores que no somos capaces de medir. La probabilidad sería la elegancia con la que ponemos orden en nuestra penuria.
Ciento cuarenta años después, John McCarthy, Marvin Minsky, Nathaniel Rochester y Claude Shannon redactaron una propuesta para reunir a diez investigadores durante dos meses en Dartmouth College. El encuentro tendría lugar al año siguiente, en 1956, y estaría dedicado al estudio de un campo para el que propusieron un nombre todavía insólito: inteligencia artificial.
La hipótesis de partida parecía continuar el sueño de Laplace. «Cada aspecto del aprendizaje o cualquier otra característica de la inteligencia», escribieron, podía describirse con tanta precisión que una máquina llegara a simularlo. El pensamiento, la abstracción, el lenguaje o la creatividad dejaban de aparecer como dones arcanos. Eran fenómenos susceptibles de descripción. Y todo aquello que puede describirse con precisión empieza a parecer programable.
Sin embargo, si uno profundiza en la lectura de la propuesta de Dartmouth, ocurre algo interesante. La inteligencia que aquellos investigadores deseaban construir se parecía cada vez menos a la criatura omnisciente de Laplace. La máquina de Dartmouth no dispone de todos los datos del universo. Tampoco conoce de antemano las consecuencias de sus acciones. Tiene que aprender, probar, abstraer, formular conjeturas y corregirse. Debe construir una representación interna de su entorno para ensayar posibles soluciones antes de actuar sobre el mundo. Es una inteligencia que, como nosotros, está situada en la escasez.
Los autores hablan de máquinas capaces de aprender mediante ensayo y error, de sistemas que desarrollen conceptos a partir de los datos sensoriales y de programas que puedan mejorar su propio funcionamiento. Se preguntan cómo lograr que una computadora use el lenguaje, formule generalizaciones y resuelva problemas hasta entonces reservados a los seres humanos. Y en el apartado siete del texto aparece algo maravilloso. Aparece la creatividad. Ahí se propone que la diferencia entre el pensamiento creativo y el pensamiento meramente competente podría encontrarse en la introducción de cierta aleatoriedad. No bastaría con producir ruido. El azar tendría que estar guiado por la intuición. La ocurrencia, la duda, el presentimiento y la desviación inesperada respecto al camino conocido serían formas de un azar controlado dentro de un pensamiento ordenado.
Laplace había imaginado una inteligencia para la que el azar desaparecería por completo. En Dartmouth, el azar vuelve a entrar por la puerta de la creatividad. Ya no representa únicamente nuestra incapacidad para conocer las causas. También puede convertirse en una herramienta para descubrir aquello que un procedimiento demasiado ordenado nunca encontraría. La inteligencia empieza así a dejar de identificarse con la posesión absoluta del conocimiento y se aproxima a la capacidad de orientarse cuando el conocimiento falta. Pensar consiste en actuar sin disponer del mapa completo, construir modelos provisionales, anticipar consecuencias y revisar las propias conjeturas al tropezar con el mundo. Es, desde luego, una definición más modesta de inteligencia y también, curiosamente, más cercana a la humana.
Una inteligencia que conociera todos los estados futuros del universo no tendría necesidad de deliberar. No tendría que imaginar, apostar o arrepentirse. Tampoco conocería la sorpresa. El mero acto de decidir algo resultaría extraño para ella, pues decidir implica que algo permanece abierto y que nuestra acción participa en su desenlace. Mienras que la inteligencia de Laplace sabe, la de Dartmouth aprende. Mientras una contempla el universo terminado, aunque todavía no haya sucedido para nosotros, la otra avanza a tientas y modifica su conducta según los resultados que obtiene.
Esa es la dicotomía con la que convivimos en la inteligencia artificial actual. Esperamos de las máquinas una seguridad laplaciana y, al mismo tiempo, las construimos mediante métodos probabilísticos. Les exigimos exactitud y acceso inmediato a la verdad, aunque operen identificando patrones y produciendo la continuación más plausible. Queremos que sean el demonio de Laplace, pero las hemos educado en la conjetura. De ahí procede parte de nuestro desencanto ante sus errores. Cuando un modelo de lenguaje inventa una referencia o responde con una seguridad inmerecida, sentimos que ha incumplido una promesa. Una promesa que nosotros mismos hemos depositado en ella: la antigua esperanza determinista de que una inteligencia suficientemente poderosa terminaría por eliminar la duda.
Toda época construye sus máquinas a imagen de sus deseos. Laplace vivió en un tiempo cautivado por la capacidad de la astronomía para predecir el movimiento de los cuerpos. Los investigadores de Dartmouth vieron en las primeras computadoras algo más que instrumentos de cálculo. Imaginaron máquinas capaces de manipular símbolos, aprender de la experiencia y producir comportamientos originales. Nosotros hemos recibido ambos sueños. Queremos control y creatividad, certeza y sorpresa, obediencia y autonomía. Pretendemos que la inteligencia artificial repita fielmente lo conocido y que, además, descubra aquello que ninguno de nosotros había pensado. Esta tensión no está en las máquinas, sino en nosotros.
Entre Laplace y Dartmouth se nos abre una pregunta: ¿Sería más inteligente quien pudiera conocerlo todo o quien, sabiendo que nunca podrá hacerlo, aprende a decidir con prudencia?
El demonio de Laplace ni dudaba ni necesitaba aprender. Y aun siendo un sabelotodo, no estoy seguro de que fuese verdaderamente inteligente.
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Se despide con una sonrisa honesta, Máximo, diseñador, aprendiz de newslettero y hoy toca ir al cine y no es para ver la Odisea.

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