
¿Cómo retoma uno el pulso de una escritura que lleva cuarenta días detenida? ¿Dónde encuentra uno el ánimo para que las manos se suelten y tecleen con el color y el brillo con que lo hacían en otro tiempo? Aquellas instrucciones para escribir una newsletter que publiqué hace cuatro años no contemplaban el acontecimiento que es ver morir a una madre.

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