RSS Amplifier

Hijo’s Substack · Jan 31, 2026

Visibles

0
Sign in to vote or save

Hijo del Doblete · Hijo’s Substack

Relatos recomendables de leer previamente:

Alumbrados

España 2050

Ignacio apoyó las manos en la mesa mientras los Alumbrados entraban en el aula. Este grupo formaba parte de la generación de 2034 y pertenecía a la Casa del Estado VII. Tan educados como siempre, y a su vez, tan ajenos al ruido que corre por las calles. Por su culpa.

Ignacio llevaba varios años impartiendo clases en aquel lugar bajo la supervisión de Mellado, el director del centro. Él era cercano y comprensivo. Mellado estricto, pero respetado. Una combinación perfecta.

Los últimos días estaban siendo tensos. La cronificación del conflicto en África, y los nuevos recortes anunciados por el Gobierno para sufragar el gasto en defensa, habían terminado por romper la paciencia de una parte de la sociedad. Por ello, Mellado había solicitado a Ignacio que informara a los Alumbrados de la situación.

Tras comprobar que todos estaban sentados, Ignacio decidió que era momento de comenzar.

—Bien, podemos comenzar. El director Mellado considera que debo informaros y precaveros ante cualquier salida al exterior.

Los alumbrados le observaban, y decidió bajar del atril para mostrarles cierta complicidad.

—No es mi deseo preocuparos, pero el conflicto en África ha empeorado. Las tropas del general Ankube atacaron ayer otra de las refinerías de plasma, concretamente, una china. La destrucción de la refinería ha provocado una reducción del ritmo de nacimiento de alumbrados. El gobierno chino ha anunciado un aumento de efectivos en la zona para evitar más pérdidas.

Ignacio entrelazó las manos para que no se notase su nerviosismo.

—Este hecho también ha generado una reacción en Occidente, y los gobiernos han anunciado un nuevo aumento del gasto en defensa, para defenderse de posibles ataques. Este aumento del gasto será compensado con una reducción del subsidio para los parados mayores de sesenta años.

Uno de los alumbrados, Tomás, levantó la mano. Ignacio le miró.

—Dime, Tomás.

—Profesor, ¿tan complicado es acabar con la revuelta en África?

—Así es, Tomás. El conflicto estalló hace dos años y parece enquistado. Las tropas del general ganan cada vez más adeptos, y los gobiernos aliados no controlan todo el territorio. La población está descontenta por los recursos que utilizan las plantas. Era algo previsible, pero nunca se imaginó que la revuelta se extendería tanto.

En ese momento, otra de las alumbradas, Carlota, levantó la mano. Ignacio le concedió la palabra.

—¿Por qué no intervienen los países? Quiero decir, combatir directamente a los rebeldes.

—Es probable que ocurra, pero por el momento es algo demasiado impopular —contestó Ignacio—. Los gobiernos han concedido armas a los ejércitos locales y apoyo con tropas en la retaguardia, pero no parece que estén resultando eficaces. Como he dicho, Ankube cada vez cosecha más afectos.

Ignacio vio otra mano levantada, pero no quería desviarse del tema.

—Luego podéis volver a preguntar —indicó—, pero quiero que tengáis cuidado si decidís salir a la calle. La cosa está tensa, y ayer un alumbrado fue atacado por un manifestante. Por suerte, no fue grave, pero debéis tener cuidado.

Una de las alumbradas rompió entonces a llorar. Ignacio se acercó rápidamente a socorrerla.

—¿Qué te ocurre, querida? —preguntó, agachándose hacia ella.

—No entiendo por qué nos odian —respondió sollozando.

—No os odian —contestó Ignacio.

—Sí lo hacen.

Del fondo de la sala salió una voz que Ignacio reconocía. Era Abel.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Ignacio, incorporándose.

—Piensan que somos inútiles, y que les estamos robando lo que es suyo.

—Solo una pequeña parte de la población lo piensa, Abel —contestó Ignacio.

—No es tan pequeña, y tienen miedo por su futuro —replicó Abel—. Usted siempre dice que el hombre ha demostrado ser irracional ante lo que considera una amenaza. En este caso, amenazado por algo que él mismo ha decidido poner en marcha.

Ignacio resopló, consciente de que, si bien no le faltaba razón a Abel, aquellas palabras no eran las más tranquilizadoras.

—Las consecuencias del invierno demográfico siguen muy presentes y nadie quiere seguir así. Una vez la inmigración fue descartada como opción viable, solamente quedáis vosotros como esperanza de poder resolver el problema. Se adaptarán.

—Pero eso no implica que haya gente a la que no le importe que no se solucione —replicó Abel.

—Abel, no levantes la voz —ordenó Ignacio con rostro serio.

Abel asintió con la cabeza.

—Lo siento —se disculpó—. Leo internet, foros, redes sociales. Nos llaman abominaciones, y dicen que se nos ha priorizado frente a ellos. Consideran injusto que nos eduquen, que nos vendan como su salvación e incluso que gocemos por nacimiento de mejor salud. Leí el otro día en un artículo que somos el cruel reflejo de su insignificancia.

—Sois necesarios —suspiró Ignacio.

—”Necesarios” —repitió Abel—. Eso no deja de ser una justificación. No somos queridos, o bienvenidos. Solo necesarios.

Ignacio fue a contestar cuando una piedra atravesó la ventana.

* * *

A unas manzanas de allí, Miguel estampó la notificación contra la pared de su portal. “AJUSTE EN PRESTACIONES POR DESEMPLEO. Nuevos requisitos para mayores de 60 años. Reducción: 340€/mes. Efectivo a partir de hoy.” Trescientos cuarenta euros. Miguel arrugó el papel con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas. Sesenta y un años. Treinta y cinco cotizados. Y ahora esto.

Oyó la voz de Daniel desde el salón:

—¿Vienes a comer o qué? Que se enfría.

Miguel cerró los ojos.

Vivía en la habitación de invitados de Daniel, un octogenario retirado. Compartía baño. Pedía permiso para usar la cocina. Y mientras tanto, veía cómo los Alumbrados tenían casas enteras para ellos. Educación gratuita. Trabajo garantizado. Salud perfecta. Apretó el puño.

—Voy —confirmó a regañadientes.

Daniel estaba frente a la encimera cuando Miguel entró, cortando el pan con calma. A sus ochenta y tantos años, conservaba una postura erguida, con la piel tersa gracias a tratamientos que Miguel solo conocía por anuncios.

—Hoy han vuelto a subir el precio de la medicación —dijo sin mirarlo—. Pero bueno, ya sabes, merece la pena pagarlo.

Miguel asintió. Daniel hablaba con la serenidad de quien siempre había llegado a fin de mes. Jubilación completa. Vivienda en propiedad. Todo lo que él pensaba que algún día tendría, pero que ya era imposible. Él, en cambio, se había ido al paro tras un programa de reajuste dirigido por una consultora de eficiencia empresarial. No tardó en ser seleccionado para el despido con su edad.

—Hay cosas peores —respondió mientras agarraba un cuscurro de pan.

—Desde luego. Fue peor cuando subieron la cuota de la Viagra.

No contestó.

—Qué agrios sois los de tu generación. No sabéis ni disfrutar una broma.

—No ha sido mi mejor día —respondió poniéndose la servilleta en las piernas.

—Los malos días son parte de la vida, ¿ponemos la tele a ver si a alguien le ha ido peor que a ti?

Miguel asintió mientras sorbía la sopa.

El telediario resonó en el salón. El informativo abrió con un vídeo de una Casa del Estado siendo rodeada por manifestantes. La presentadora comentaba que la policía estaba impidiendo que los protestantes asaltaran el lugar.

—Qué barbaridad —exclamó Daniel—. ¿Qué han hecho esos chavales para merecer esto?

—¿Los llamas chavales? —contestó Miguel con sorna.

Daniel se reclinó en la silla.

—¿Y cómo debería llamarles?

—Nada, déjalo.

—No entiendo tanto drama —dijo Daniel sin apartar la vista del televisor—. Siempre ha habido protestas. Y esos chicos son importantes.

Miguel se quedó un momento en silencio, meditando qué contestar.

—Tengo que ver cómo a esos niños de probeta se les da algo, mientras a mí me recortan el subsidio. A ti no te ha tocado pagar esa factura.

Daniel giró la cabeza despacio.

—¿Cómo qué no?

—Dímelo tú —respondió Miguel—. A ti te suben unos pocos euros un medicamento que no evita que te mueras, y es lo primero de lo que te quejas al verme.

Daniel frunció el ceño, lo que hizo ver a Miguel que no iba a encontrar su complicidad.

—Eso es porque me lo he ganado. Yo hice lo que tenía que hacer.

Miguel soltó una risa breve, sin humor.

—Claro.

—No me mires así —dijo Daniel—. Yo también pasé lo mío. Empecé desde abajo.

—¿Desde abajo de qué? —preguntó Miguel—. ¿Con trabajo fijo? ¿Con casa antes de los cuarenta?

Daniel dejó el mando sobre la mesa.

—No todo fue fácil.

—Pero fue posible.

El silencio se estiró entre los dos. En la pantalla, el informativo cambió de plano. Un rótulo rojo apareció en la parte inferior.

ÚLTIMA HORA.

La presentadora hablaba con dificultad, rodeada de ruido.

—Un nuevo grupo de manifestantes avanza en estos momentos hacia la Casa del Estado número VII…

Miguel dejó la cuchara dentro del plato.

—Otra —murmuró.

Daniel entrecerró los ojos.

—Mira tú. Si es que se calientan todos a la mínima.

La cámara mostró una calle abarrotada. Pancartas. Gritos. Sirenas.

—Eso está a dos barrios de aquí —dijo Miguel.

—Bah —respondió Daniel—. Luego no pasa nada, pero menudo susto debe ser ver eso.

Miguel señaló la pantalla.

—Antes decías que no entendías el drama.

—Y no lo entiendo —replicó Daniel—. ¿Qué culpa tienen esos chavales? Bastante hacen con existir para ayudarnos.

—Exacto —dijo Miguel—. Bastante hacen con existir.

Daniel suspiró.

—Porque hacen falta. Ya te lo he dicho. Sin ellos este país no tiene futuro.

—¿Y ese futuro va a venir a pedradas? —preguntó Miguel.

En la imagen, una ventana apareció con un impacto oscuro. La cámara se sacudió.

—La gente está muy quemada —dijo Daniel—. Pero eso no lo justifica.

—No —respondió Miguel—. Pero lo explica.

—Pues vete a esa manifestación.

—Quizás lo haga.

Daniel lo miró con severidad.

—No empieces.

—No estoy empezando —dijo Miguel—. Estoy mirando la tele.

En la televisión, la reportera gritó algo fuera de plano. Un golpe seco. La imagen se fue a negro durante unos segundos.

—Joder… —murmuró Daniel.

Miguel no apartó la vista de la pantalla cuando volvió la señal.

—Dices que el país los necesita —dijo—. Y yo en cambio he sentido toda mi vida que sobré.

Daniel abrió la boca, dudó.

—Eso no es así.

—Entonces dime qué soy ahora.

Daniel no respondió. Subió un poco el volumen del televisor.

Miguel se levantó despacio.

—No hace falta —refunfuñó—. Ya lo sé.

Se fue directo a su cuarto. Dio un portazo, deseando que Daniel lo escuchara. No obtuvo respuesta, pero sabía que Daniel lo había oído y que eso le habría cabreado. Sonrió.

Tirado en la cama, sacó su móvil y comenzó a ver noticias sobre la manifestación que cercaba la Casa del Estado VII. Era multitudinaria. Al observar los rostros, imaginó que la mayoría eran personas de su edad. Y no solo de su edad, sino conocidas. Amplió la imagen y reconoció a Manuel, ex compañero suyo del trabajo.

Rápidamente, le envió un mensaje: “¿Estás en la manifestación?”

No tuvo que esperar mucho para obtener respuesta: “Sí. ¿Tú?”

Miguel escribió un “No” pero no llegó a mandar el mensaje. La manifestación estaba solo a un par de calles.

“No, pero voy para allá”

Cogió su sudadera y volvió a dar un portazo al salir. Al ir a cerrar la puerta de la casa, creyó oír un gruñido desde el salón. Esta puerta también la cerró con rabia.

No tuvo dificultad en encontrarla, porque se escuchaba nada más salir a la calle. En pocos minutos, se vio rodeado de gente y mezclado completamente en la protesta. Algunos gritaban consignas: “Nosotros también importamos”, “No podemos tener futuro sin mirar el presente”, “Existimos”.

Mientras observaba el tumulto, una mano le agarró el hombro.

—Me alegro de verte —saludó Manuel.

Miguel sonrió y le correspondió con un abrazo.

—¿Qué tal te va, Manuel?

—Jodido —admitió Manuel—. Llevo cinco meses sin curro y cabreado por el recorte del subsidio.

—Ya somos dos —replicó Miguel.

—Vamos, un poco más cerca. Te presentaré a alguien.

Manuel fue atravesando la manifestación y llevó a Miguel a la cabeza del grupo. Ahí, una mujer con un megáfono gritaba insultos contra el Gobierno.

—Hola, Estefanía, te presento a Miguel —dijo Manuel señalándolo.

—Encantada, Miguel —La mujer estiró la mano.

—Buenas, Estefanía.

—A él le jodieron igual que a mí en la última ronda de despidos de ‘Gestiona’ —dijo Manuel.

—Una putada gorda os hicieron —suspiró Estefanía—. Esos putos eficientadores solo saben mejorar los números de esta manera.

—Es una buena mierda.

Estefanía hizo un chasquido con los dedos.

—Tengo una idea —anunció abriendo las manos—. ¿Os importaría que os presentase?

—Me da bastante igual —contestó Miguel—. Además, esto igual cabrea a mi casero.

Manuel hizo un gesto con la cabeza para indicar su aceptación.

Estefanía los condujo hasta las vallas de la Casa del Estado. Allí, los manifestantes forcejeaban con las fuerzas del orden, que eran bastante inferiores en número.

Estefanía los llevó a una plataforma y gesticuló pidiendo silencio. Los manifestantes fueron reduciendo la voz, hasta que una suerte de silencio se hizo alrededor.

Estefanía levantó el megáfono y señaló a los dos.

—Un momento —dijo—. Antes de seguir, quiero que escuchéis a dos personas que están aquí delante. No son políticos. No son expertos. Son como muchos de vosotros.

Algunos murmullos recorrieron la primera fila.

—Manuel y Miguel trabajaban en Gestiona —continuó—. En la última ronda de despidos los echaron a los dos. Sin explicaciones. Sin alternativa. Y ahora, además, les han recortado el subsidio.

Estefanía le tendió el megáfono a Manuel.

—Di lo que quieras —le dijo—. Lo que te salga.

Manuel lo cogió con torpeza. Se aclaró la garganta.

—Yo… —empezó—. Bueno, yo llevo cinco meses sin trabajo. Tengo dos críos y…

Se detuvo. Miró a la gente. Demasiados ojos. Bajó un poco el megáfono.

—No sé —murmuró—. Esto se me da fatal.

Hubo algunas risas nerviosas. Nadie gritó.

Miguel dio un paso al frente.

—Déjame —dijo en voz baja.

Manuel dudó un segundo y le tendió el megáfono.

Miguel sostuvo el megáfono. El silencio se alargó más de lo que habría querido. Cuando habló, su voz sonó más ronca de lo esperado.

—Me llamo Miguel. Tengo sesenta y un años.

Algunos asentimientos. Nadie aplaudió.

—Treinta y cinco cotizados. Nunca pensé que tendría que decir esto delante de nadie.

Se oyó un murmullo más denso.

—Ayer me bajaron la prestación. Trescientos cuarenta euros menos al mes. De golpe. Sin aviso.

Miguel tragó saliva.

—Vivo en la habitación de invitados de un señor de ochenta y tantos. Le pido permiso para usar la cocina. Para encender la calefacción. La realidad es que no he podido formar una familia. No encontré a nadie para hacerlo, y aunque lo hubiera hecho, nunca he tenido una situación laboral ni económica lo suficientemente estable para ello.

Un par de personas bajaron la mirada.

—No vengo a pedir nada —continuó—. No sé ni qué pedir. He llegado al final de mi vida sin nada entre las manos, pero lo que me asusta es la sensación de que ahora ya es tarde. Solo quiero que sepáis que existo. Que no me he ido a ningún sitio. Que sigo aquí.

Se escuchó un “eso” desde el fondo.

Miguel apretó el megáfono con fuerza.

—Y estoy cansado de que me digan que tenga paciencia. De que espere. De que entienda que otros son más necesarios que yo. Llevo esperando toda mi puta vida, y siempre alguien se ha colado delante de mí a recibir ayuda.

Hizo una pausa.

—Porque yo también lo fui.

El silencio fue absoluto.

Miguel devolvió el megáfono a Estefanía sin mirarla. Manuel le apoyó una mano en la espalda.

Desde algún punto de la multitud, alguien empezó a aplaudir. Luego otro. Y otro. Al final, algunos de los manifestantes comenzaron a zarandear algunas de las vallas custodiadas por la policía.

Miguel dio un paso atrás.

Estefanía volvió a tomar el megáfono. Esperó a que el ruido bajara.

—Vale —dijo—. Vale. Escuchadme un segundo.

Los aplausos se fueron apagando poco a poco.

—Esto que está pasando aquí es importante —continuó—. Pero no podemos perder el control. Estamos aquí para exigir respuestas, no para darles la excusa que están buscando.

Hubo algunas cabezas que asentían. También murmullos.

—La policía está nerviosa —añadió—. Si avanzamos más, si cruzamos las vallas, esto se va a torcer. Y no podemos permitirlo. Tenemos que mantener esto pacífico.

Miguel levantó la cabeza.

—¿Pacífico? —repitió, sin megáfono, pero lo bastante alto para que varios lo oyeran.

Estefanía lo miró.

—Sí —respondió—. Pacífico. Es la única forma de que esto sirva de algo.

Miguel dio un paso al frente.

—¿Servir para quién?

Estefanía dudó un instante.

—Para todos.

Miguel negó despacio con la cabeza.

—Eso llevamos haciendo toda la vida —dijo—. Portarnos bien. Esperar. No molestar demasiado.

Algunas personas empezaron a prestar atención.

—Nos echan, nos recortan, nos dicen que tengamos paciencia… y ahora también tenemos que pedirlo por favor.

Estefanía bajó el megáfono.

—Miguel, no es así.

—Sí lo es —replicó—. Míralos.

Señaló la Casa del Estado.

—Ahí dentro están protegidos. Con policías. Con muros. Con calefacción. Y nosotros aquí fuera, esperando la próxima putada para seguir favoreciéndoles.

Un murmullo recorrió la multitud.

—No son culpables —dijo Estefanía con firmeza—. No han elegido esto.

—Nadie elige nada —respondió Miguel—. Pero algunos pagan y otros no.

Manuel se acercó un poco.

—Miguel… —murmuró.

Miguel no le hizo caso.

—¿Cuánto tiempo más? —preguntó en voz alta—. ¿Cuántas cartas más? ¿Cuántos recortes más?

La tensión era palpable. Un par de manifestantes se empujaron sin querer.

—Esto se nos va de las manos —advirtió Estefanía—. No es lo que queremos.

Miguel miró las vallas. Luego a la policía. Luego a la gente a su alrededor.

—Pues igual es lo que hace falta.

Se hizo un silencio seco.

—Si no nos oyen —continuó—, tendremos que llamar más fuerte.

Estefanía dio un paso hacia él.

—No —dijo—. Así no.

Miguel apretó los puños.

—Así sí —respondió—. Porque así es como se consiguen las cosas.

Alguien gritó desde atrás:

—¡Abrid!

Otro gritó:

—¡Que salgan!

Miguel no gritó. Caminó. Un paso. Luego otro.

La multitud dudó un segundo. Y después avanzó.

Miguel llegó a las vallas y las agarró con las manos mientras uno de los agentes le observaba. Y empujó.

No fue un empujón violento, ni siquiera consciente. Fue un paso más hacia delante, el cuerpo avanzando antes de que la cabeza pudiera frenarlo. El contacto fue suficiente.

—Eh —protestó uno de los agentes, levantando el escudo.

Miguel volvió a empujar, esta vez con más fuerza. Notó la resistencia dura del plástico, el ruido seco. Alguien detrás de él chocó. Otro tropezó. El espacio se comprimió.

—¡Quietos! —gritó otro agente—. ¡Retrocedan!

Nadie retrocedió.

Un golpe de porra contra el escudo resonó como una señal de advertencia. Eso encendió más a la gente. Un manifestante cayó al suelo ante la llegada de más gente. Otro intentó ayudarle y recibió un empujón. Los gritos se volvieron más agudos. Más cercanos.

—¡Nos están dando! —gritó alguien.

El cordón policial empezó a moverse. Escudos avanzando. Porras levantándose. El ruido se volvió confuso: metal, plástico, carne.

Miguel levantó los brazos por instinto. Sintió un golpe en el antebrazo. Dolió más de lo que esperaba.

—¡Basta! —oyó a Estefanía, ya sin megáfono—. ¡Parad!

Nadie la escuchaba.

Una botella pasó volando por encima de su cabeza y estalló contra el suelo. Un casco se giró. Un agente avanzó dos pasos más.

Miguel retrocedió un palmo. Luego volvió a avanzar.

No pensaba. No gritaba. Solo estaba ahí, empujando junto a otros cuerpos que ya no distinguía.

Entonces alguien gritó:

—¡Ahí!

Miguel giró la cabeza.

Un hombre, no mucho mayor que él, se agachó junto al bordillo. Cogió una piedra. Pesada. Sucia.

La sostuvo un segundo en la mano.

Miguel lo vio todo con una claridad extraña. Pensó en la carta. En la discusión durante la comida.

La piedra voló, cruzó el aire con un silbido corto y seco, y rompió una ventana.

* * *

En el aula, el estruendo del cristal interrumpió la frase de Ignacio. Los alumnos gritaron. Algunos se levantaron de golpe.

Un trozo de vidrio cayó sobre el suelo, todavía vibrando.

Ignacio se giró hacia la ventana rota, con el corazón acelerado.

Afuera se oían gritos, y los manifestantes empezaban a hacer retroceder a la policía.

—¡Todos fuera! —ordenó Ignacio con una voz que no parecía la suya—. ¡Ahora!

Durante un segundo nadie se movió. Luego el pánico se propagó de golpe.

Las sillas chirriaron al arrastrarse. Algunos Alumbrados se levantaron de un salto, otros buscaron con la mirada a sus compañeros. Ignacio se colocó junto a la puerta, indicando la salida con el brazo extendido.

—Tranquilos —repetía—. En fila. Sin correr.

La seguridad apareció casi de inmediato. Dos hombres con chalecos oscuros entraron al aula.

—Por aquí no —dijo uno—. Salid por la parte trasera. La calle principal no es segura.

Guiaron al grupo por un pasillo estrecho. El ruido de la calle llegaba amortiguado, pero creciente. Gritos. Golpes. Sirenas.

Cuando la puerta trasera se abrió, el aire frío los golpeó de lleno.

—Rápido —indicó el guardia—. Sin detenerse.

Los primeros Alumbrados echaron a correr. No habían avanzado ni veinte metros cuando los vieron. Un grupo de manifestantes irrumpía por la calle lateral, desbordando el cordón policial. Venían desordenados, excitados, empujándose unos a otros. Algunos gritaban consignas. Otros solo avanzaban.

Miguel iba entre ellos y se detuvo al verlos. Los reconoció al instante. La ropa uniforme. Las caras jóvenes. Demasiado jóvenes.

—¡Eh! —gritó alguien desde atrás—. ¡Por ahí!

El caos se cerró sobre sí mismo. Los Alumbrados intentaron retroceder, pero detrás venían más. Los guardias levantaron los brazos, inútiles.

—¡Quietos! —gritó Ignacio desde el fondo—. ¡Son chavales!

Miguel no escuchó.

El ruido era demasiado. El cuerpo le latía en los oídos. Vio a uno de ellos tropezar. Vio miedo. Vio huida.

Miró al suelo. Había piedras por todas partes. Se agachó casi sin pensarlo. Cerró la mano alrededor de una. Era más pesada de lo que esperaba.

Durante una fracción de segundo dudó. Hasta que la lanzó.

La piedra impactó contra un alumbrado en la cara. El sonido fue seco, irreparable. El chico cayó hacia atrás, sin gritar, como si el cuerpo hubiera decidido rendirse de golpe.

Un alarido atravesó la calle.

Abel fue el primero en llegar hasta él. Se arrodilló, le sostuvo la cabeza con las manos temblorosas. La sangre le empapó los dedos.

—¡Ayuda! —gritó—. ¡Por favor!

Miguel dio un paso atrás.

Abel levantó la vista y lo vio. Sin decir nada, se levantó de golpe y lo empujó con todas sus fuerzas. Perdió el equilibrio y cayó de espaldas contra el asfalto. El aire se le escapó de los pulmones.

Cuando logró incorporarse, vio al Alumbrado en el suelo. El rostro desfigurado por la sangre. Los ojos abiertos, perdidos.

Su vista se vio interrumpida por un golpe en su cabeza. No sabía qué había sido, pero lo había devuelto al suelo. Durante un segundo no oyó nada más.

Luego sintió las manos sobre los hombros.

—¡Al suelo! —gritó una voz.

Miguel no se resistió.

Mientras lo inmovilizaban, su mirada seguía clavada en el chico. Pensó en que ahora sabrían que existía.

* * *

Unas horas después.

El despacho del director Mellado estaba intacto. Demasiado intacto. Los cristales eran nuevos. El mobiliario, sobrio. En la pared, una pantalla mostraba gráficos que se actualizaban en tiempo real. Ignacio permanecía de pie frente a la mesa, con las manos apoyadas en el respaldo de una silla.

—Esto no puede volver a pasar —dijo—. Hoy hemos tenido suerte. Mañana puede que no.

Mellado no levantó la vista del informe que estaba revisando.

—Nadie ha muerto —respondió—. Con eso vale.

Ignacio apretó la mandíbula.

—Un alumno ha acabado en el hospital. Otro ha tenido que interponerse para que no lo remataran. ¿Te parece aceptable?

Mellado dejó el documento sobre la mesa y entrelazó los dedos.

—Ignacio, tenemos que ser prudentes con las palabras. Lo ocurrido es grave, sí. Pero también es… útil.

Ignacio frunció el ceño.

—¿Útil?

Mellado pulsó un botón y la pantalla cambió. Apareció una imagen fija: el alumbrado herido en el suelo, el rostro cubierto de sangre. A su lado, otro chico inclinado sobre él, protegiéndolo con el cuerpo.

—Esta imagen está en todos los medios —dijo Mellado—. Redes, informativos, editoriales. La gente no habla de la guerra. Habla de esto.

Ignacio apartó la mirada.

—Habla de que casi los matan.

—Habla de que sangran —corrigió Mellado—. Y de que se cuidan entre ellos. Que son chavales.

Ignacio dio un paso adelante.

—¿Te estás oyendo?

—Perfectamente —respondió Mellado con calma—. Llevamos años intentando que la sociedad los vea como algo más que una solución técnica. Hoy, por primera vez, los han visto como chicos asustados. Como amigos. Como personas.

—A costa de ponerlos en peligro —replicó Ignacio—. La seguridad era insuficiente. Lo advertí. Salieron por una calle sin control.

Mellado asintió despacio.

—Tomamos una decisión con la información que teníamos.

—Tomasteis un riesgo —dijo Ignacio—. Con alumnos bajo nuestra responsabilidad.

Mellado se levantó y caminó hasta la ventana. Desde allí se veía el patio, vacío.

—Ignacio —dijo sin volverse—, este proyecto no puede avanzar sin fricción. Lo sabes. Siempre lo has sabido.

Ignacio bajó la voz.

—No son un proyecto.

—Sí, lo son —concedió Mellado—. Y hoy, gracias a lo ocurrido, mucha gente ha visto algo que llevábamos tiempo intentando mostrar. Que no son alumbrados, son personas.

Mellado se giró por fin hacia Ignacio.

—Camaradería. Lealtad. Instinto de protección —dijo poniendo el dedo en el pecho de Ignacio—. Cualidades humanas que no se programan.

Ignacio recordó a Abel arrodillado en el suelo, con las manos manchadas de sangre.

—No debería hacer falta que les rompan la cara para demostrar que son humanos.

—No debería —admitió Mellado—. Pero ha pasado. Y ahora debemos gestionar lo que tenemos.

Ignacio negó con la cabeza.

—Gestionar… —repitió—. ¿Así llamas a esto?

—Así se llama —respondió Mellado—. Ahora toca seguir adelante.

—Refuerza la seguridad —exigió Ignacio—. No como gesto. Como obligación.

Mellado sostuvo su mirada.

—Lo haremos.

Ignacio no supo si creerle.

—Una última cosa antes de irme. ¿Se sabe quién es el agresor?

—Sí —respondió Mellado—. Un hombre de sesenta y un años. Miguel Sánchez. Se ve que estaba enfadado por el recorte del subsidio.

Ignacio cerró los ojos un segundo.

—¿Y?

—Los medios están haciendo su trabajo —dijo Mellado—. Un resentido. Un violento. Alguien que eligió la rabia como escape.

—¿Y los recortes?

—Se harán algunos anuncios —contestó Mellado—. Pequeños ajustes. Lo justo para evitar que se convierta en un mártir. Luego se dejará reposar el tema. En un mes, nadie se acordará de ese hombre.

Ignacio asintió despacio.

—Pero se acordarán de Abel.

—Exacto —dijo Mellado—. Se acordarán de Abel.

Al salir del despacho, Ignacio se dirigió hacia la enfermería. Necesitaba ver a Mateo. Necesitaba asegurarse de que estaba bien.

Pero cuando llegó al pasillo, se detuvo en seco.

La puerta de la enfermería estaba abierta de par en par. Una horda de periodistas bloqueaba el paso. Cámaras. Flashes. Micrófonos. El ruido era ensordecedor.

Ignacio se abrió paso a empujones.

—¿Por qué les has dejado entrar? —gritó al enfermero cuando lo encontró.

El enfermero se encogió de hombros.

—Han dicho que tenían el permiso de Mellado.

Claro. Por supuesto que tenían permiso.

Ignacio se asomó por la puerta y entró. En el centro de la habitación, bajo las luces de las cámaras, estaba Mateo. La mitad del rostro vendado. Una sonrisa forzada en los labios. A su lado, Abel, respondiendo preguntas con voz firme.

—¿Qué sentiste al ver a tu amigo en el suelo? —preguntó una periodista.

—Me asusté mucho —respondió Abel—. Creía que se había muerto.

—Y aun así te pusiste en medio. Eso es muy valiente.

Ignacio reconoció la voz. Era la de Saúl Gutiérrez, uno de los periodistas más famosos del país.

—¡Yo le conozco! —exclamó Abel con entusiasmo—. Leo todas sus crónicas sobre el conflicto en África.

Saúl sonrió.

—Así es —dijo—. Pero hoy los protagonistas sois vosotros. El director Mellado llamó hace un rato al periódico para ver si podía acercarme a veros y haceros unas preguntas para la portada de mañana.

Por supuesto que lo hizo, pensó Ignacio.

—No sé si es muy temprano para eso. Mateo debería descansar.

Mateo lo miró. El ojo que no tenía vendado brillaba con algo parecido a la emoción.

—No se preocupe, profesor. El doctor dice que solo ha visto una brecha fea.

Saúl se giró hacia Ignacio.

—Déjeles divertirse, profesor —dijo con una sonrisa profesional—. Seguro que les viene bien para despejar la cabeza.

Ignacio apretó los puños. Quería sacarlos a todos a patadas. Pero no podía. No sin hacer un escándalo. No sin contradecir a Mellado.

Asintió con la cabeza y salió de la enfermería.

Desde el pasillo, los observó durante diez minutos. Las preguntas. Las respuestas ensayadas. Las fotos cuidadosamente compuestas. Abel con la mano en el hombro de Mateo. Mateo sonriendo a pesar del vendaje.

Todo perfecto. Todo calculado.

Saúl se acercó a Abel.

—¿Tienes miedo de que vuelva a ocurrir?

Abel dudó un segundo.

—No —dijo al fin—. Creo que la mayoría de la gente es buena. Y creo que hoy mucha gente ha visto que nosotros también lo somos.

Flashes. Sonrisas. Aprobación.

Ignacio sintió náuseas. No porque Abel estuviera mintiendo, sino porque probablemente creía cada palabra que decía.

Anochecía ya cuando los periodistas empezaron a retirarse. Sus voces se fueron apagando por el pasillo, como una marea cansada.

Mateo dormía al fin. Abel seguía sentado a su lado, con la espalda encorvada, las manos aún manchadas de sangre seca. Ignacio indicó al enfermero que le preparase otra cama a Abel y se marchó a su casa.

Tras llevar todo el día encerrado en el edificio, prefirió caminar. La calle ya estaba tranquila, aunque pudo vislumbrar algunos restos que evidenciaban el paso de la manifestación.

Se detuvo en un semáforo en rojo. A su lado, dos mujeres hablaban en voz baja.

—¿Viste las fotos? —decía una.

—Sí —respondió la otra—. Pobres. Son solo niños.

Ignacio se fijó en que una de ellas sostenía el móvil. En la pantalla, la foto congelada de Abel protegiendo a Mateo.

—Lo que hizo su amigo fue muy valiente —añadió la primera mujer—. Ponerse en medio así.

—Sí —dijo la otra—. Mi hija tiene su edad. No sé qué haría si le pasara algo así.

El semáforo cambió a verde. Las mujeres cruzaron, todavía hablando.

Ignacio exhaló despacio. Comprendió, con una mezcla de alivio y miedo, que quizá ahora ya no eran solo necesarios. Quizá, al fin, empezaban a ser vistos.

No posts

Read the original on hijodeldoblete.substack.com

Comments

Nothing yet. Say the first thing.

    Sign in to join the conversation.