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Hijo’s Substack · Jul 26, 2026

Una Odisea entre el asombro y la indiferencia

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Hijo del Doblete · Hijo’s Substack

El pasado fin de semana, como forma de matar el nerviosismo previo a la final de la Copa del Mundo, me metí en una sala dispuesto a hipotecar casi tres horas de mi tiempo para ver La Odisea.

Me sigue enervando esa necesidad contemporánea de que una película te encante o te parezca una basura, no siempre por verdadera convicción, sino por poder exhibir después una opinión contundente en las redes sociales. El telefonino les ha dejado la cabeza frita a muchos: ya no basta con que algo esté bien. Todo tiene que ser una obra maestra o un desastre.

Por eso adelanto desde el principio mi conclusión: La Odisea me entretuvo bastante, tiene momentos extraordinarios y demuestra una vez más el enorme talento visual de Christopher Nolan. Sin embargo, no salí del cine con la sensación de haber visto una de sus mejores películas ni una aventura épica capaz de dejarme la huella de otras producciones recientes, como la segunda parte de Dune. Salí pensando que estaba bien. Pero no mucho más.

Uno de los primeros problemas de la película es que Nolan parece confiar en que el espectador no haya leído la obra de Homero. No lo digo porque su adaptación traicione necesariamente el original ni porque el enfoque escogido sea decepcionante por sí mismo. Esa sería otra discusión. El problema es que una parte importante del montaje inicial se construye alrededor de una revelación que, para quien conoce la historia, no tiene nada de sorprendente.

Sé perfectamente dónde está Odiseo. Sé perfectamente quién es esa mujer. Ya lo sé.

Esto es inevitable hasta cierto punto en cualquier adaptación, pero resulta más llamativo cuando se apuesta por un montaje concebido para producir sorpresa, parecido al que Nolan utilizó, con mucha más eficacia, en Oppenheimer. Gastar esa bala tan pronto me provocó una pequeña mueca. En cualquier caso, la película acababa de empezar y todavía había que concederle tiempo.

La historia se divide en dos grandes tramas: la política en Ítaca y el viaje de regreso de Odiseo. La película comienza con la primera, centrada en Telémaco, los pretendientes y la ausencia del rey. Durante esos primeros veinte minutos me mantuve algo frío, mirando la pantalla sin sentir que la película hubiese arrancado de verdad. La trama tiene interés y el plano final de Telémaco partiendo hacia Esparta es precioso, pero emocionalmente seguía fuera de la historia.

Entonces llega Odiseo.

Llega Troya.

Vemos el caballo, el asalto de las puertas y a Agamenón entrando en la ciudad. En ese momento tuve por fin la sensación de que la película comenzaba después de una introducción demasiado larga. La caída de Troya está extraordinariamente rodada, aunque haya que esperar hasta el final de la película para contemplarla al completo. La cantidad de recursos desplegados y ese recorrido por la ciudad hasta la decapitación de la estatua de Atenea ofrecen algunas de las imágenes más espectaculares de toda la película.

Después de que Nolan incurra en una de sus habituales noladas -explicar con demasiado detalle por qué Odiseo y sus hombres no siguieron a Agamenón-, la expedición llega a la isla de Polifemo. Y ahí la película crece.

El episodio del cíclope es un extraordinario momento de cine de terror. Nolan, que siempre ha sido bastante cuidadoso con la sangre y las vísceras, muestra a una criatura monstruosa masticando torpemente el cuerpo de uno de los griegos. Fue la primera vez durante la proyección que pensé: «Wow».

La secuencia funciona incluso aunque se elimine el famoso engaño de Nadie. Tiene la duración necesaria, crea tensión, aprovecha la oscuridad y permite disfrutar de una de las partes más reconocibles de la obra original. Durante esos minutos volví a entrar plenamente en la película.

Sin embargo, resulta paradójico que una producción tan larga comience de pronto a tener prisa. Tras dedicar el espacio necesario a Polifemo, Nolan despacha otros episodios de la aventura con una velocidad desconcertante.

Odiseo llega a una isla, una especie de crío se ríe de ellos y, de la nada, aparecen los lestrigones para partir por la mitad a sus hombres. Todo sucede con tan poco contexto que apenas hay tiempo para comprender lo que estamos viendo. Da la impresión de que Nolan utiliza este episodio más para introducir un mensaje concreto que para integrarlo de forma orgánica en el viaje.

Después llegan Circe, el Hades, las sirenas, Escila y Caribdis. He leído críticas sobre la decisión de no mostrar con claridad a Escila, pero, en este caso, me parece acertada. Muchas veces la magia de los monstruos en el cine consiste precisamente en no enseñarlos del todo y permitir que la imaginación del espectador complete el horror.

Tras sacrificar el ganado de Helios, Odiseo asume el destino de sus hombres y termina llegando a Calipso. Toda esta parte del viaje fue probablemente la que más disfruté. Aunque Nolan ofrece su propia interpretación de cada prueba, consigue aproximadamente una hora de cine muy entretenida, visualmente poderosa y sostenida por los medios que una producción de esta escala necesita.

Con el paso de los días, incluso me ha quedado la sensación de que debería haber dedicado más tiempo a esta parte. Es la que mejor funciona y la que sale mejor parada en comparación con la trama política. Nolan quiso mostrar a un Odiseo que desafiaba a los dioses, aunque estos fueran prácticamente inexistentes durante toda la película. Sin embargo, no pudo resistirse a regresar cuanto antes a la trama política.

Cuando regresamos a Ítaca, Telémaco continúa buscando información sobre su padre, pero su recorrido sigue sin despertarme demasiado interés. Es entonces cuando Nolan empieza a mostrar con mayor claridad su interpretación de La Odisea, una lectura que irá repitiendo hasta que Odiseo termine explicitándola en un monólogo completamente fuera de contexto, coronado por el hilarante: «Nuestra Edad de Bronce llega a su fin».

La idea de Nolan parece clara: Odiseo es una especie de veterano de Irak y su regreso a Ítaca constituye el castigo por las atrocidades cometidas durante la guerra de Troya. La epopeya deja de ser únicamente una historia de aventuras para convertirse en un relato construido con el propósito de embellecer o justificar las barbaridades cometidas por los griegos durante el saqueo y la destrucción de la ciudad.

No me parece una interpretación ilegítima. El problema es que Nolan no confía en haberla transmitido mediante las imágenes, los personajes y el desarrollo de la historia. Necesita repetirla y, finalmente, ponerla en boca del protagonista. Cuando tienes que ser tan explícito para asegurarte de que el espectador comprenda lo que quieres decir, probablemente algo haya fallado en la ejecución.

Además, esta reflexión recuerda demasiado al mensaje de Oppenheimer: el hombre que libera una fuerza destructiva termina atormentado por las consecuencias de sus propios actos. No es exactamente la misma historia, pero sí una variación demasiado reconocible de una obsesión reciente del director.

El otro gran problema es que nunca llegué a conectar emocionalmente con los personajes de la trama política. Por eso, lo que sucede al final funciona para mí más como un ejercicio de entretenimiento que como el clímax emocional anunciado por el «con todo» de Odiseo. La resolución tiene fuerza visual, pero no el peso dramático que parece buscar.

En ese sentido, la película también produce a veces la impresión de que Nolan no solo está adaptando a Homero, sino presentando una candidatura. Como si quisiera disipar cualquier duda sobre qué director merece recibir doscientos millones de dólares para levantar una gran producción. Hay escenarios gigantescos, batallas, criaturas, barcos, estrellas y una ambición técnica difícilmente discutible.

Y, sin embargo, esa capacidad de producción no siempre se transforma en emoción.

Tampoco quiero olvidarme del reparto. Aunque está plagado de estrellas, muchos de sus integrantes parecen más preocupados por poder decir que han participado en una película de Nolan que por ofrecer una interpretación memorable. Es probablemente uno de los aspectos más flojos de la obra.

Pasado ya un tiempo desde que la vi, mi impresión continúa siendo parecida a la que tuve al salir de la sala. La Odisea es una película entretenida, con momentos de enorme cine y una parte central que justifica por sí sola la entrada. Probablemente se disfrute más si no se ha leído la obra original y se puede participar en los juegos de revelación que propone Nolan.

Después, cada espectador decidirá si está ante una mala película, una buena película o algo extraordinario. Yo salí del cine pensando que estaba bien.

Pero no más.

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