Parte I: Persistencia emocional (Parte I)
—Sigo sin entenderlo.
—Hay veces que no hay que entender nada. Simplemente se acaba.
Madrid, 2028
El primer día lo entendió. El segundo, lo olvidó. El tercero, se impacientó. El cuarto pensó que quizá había dado su número mal y miró si podía contactar a través de la aplicación. Al quinto día sintió ira. Julián no comprendía por qué Blanca no le había escrito; si bien la noche había empezado algo brusca, todo había ido bien, incluso —pensaba él— mucho mejor que bien.
Su frustración se traducía en intentar preguntar a Ivy si podía contactar con ella, pero la IA siempre le contestaba que Blanca tenía el perfil cerrado a nuevos mensajes. No había interactuado con nadie esos días en la oficina, intentando recluirse en su modelo para distraer la cabeza. En ese momento, tomaba el café tras su habitual ensalada.
—¡Hoooola, tío!
Julián cerró los ojos antes de girar la cabeza hacia Francisco. Hasta le costó disimular la cara de pocos amigos que arrastraba.
—¿Qué quieres, Francisco?
—Naaada; solo si querías comentar el Excel que te mandé sobre los créditos tecnológicos.
Julián ni había abierto el correo.
—Me pillas un poco liado —respondió Julián.
—Eso me dijiste ayer. Qué agenda tan apretada, jajaja —contestó Francisco.
—Ya, bueno, es que tengo mucho trabajo. Imagino que tú también, ¿no?
Francisco dio un paso atrás, mientras miraba a Julián, cuya paciencia había sido rebasada muy pronto.
—Al menos reconoce que no has abierto el mail. ¿Sabes que se puede ver, no?
—Sí, pero, bueno, intentaba ser amable.
—Ser amable habría sido decirme que no te interesaba, de forma que no estuviese desde el lunes pasando por tu mesa a ver si te veía mirarlo.
Julián no tenía paciencia para eso.
—Mira, no es buena idea —respondió Julián.
—Ni siquiera lo has mirado.
—No puedo perder el tiempo en malas ideas.
Francisco mantenía la mirada en Julián. Seguía en el mismo sitio, sin moverse.
—¿Qué? —dijo Julián, incómodo.
—Crees que no valgo nada, ¿verdad?
—No estoy para esto.
—Dímelo.
Francisco dio un paso y Julián pudo ver su corbata bailando a medio palmo de su cara. Entonces, un poco intimidado, decidió que debía defenderse. Y para ello, mejor atacar.
—Sí, pienso que no debo perder el tiempo en alguien a quien en unas semanas veré recoger sus cosas.
Francisco retrocedió un paso atrás.
—Bien, ahora eres sincero por primera vez—respondió Francisco soltando un bufido al final.
Julián sustituyó su ira por incomodidad.
—No es lo tuyo, ¿vale? No digo que seas tonto—contestó Julián gesticulando con las manos.
—Pero lo piensas; lo veo en tu rostro. Lo veo en la mirada de muchos de vosotros.
Julián se reclinó en la silla.
—No te esfuerces —dijo Julián, levantando los brazos—. No merece la pena.
—Eso no cuadra con mi idea de compromiso con un lugar —respondió Francisco, sin inmutar el rostro.
—Y aun así es inútil —contestó Julián, ya harto—. Espera a que te echen, cobra la indemnización y ahórranos la comedia del compromiso.
Julián desbloqueó su ordenador y empezó a teclear, esperando que Francisco entendiera el mensaje.
—Ya me marcho —dijo Francisco—. Pero antes me vas a permitir ser sincero contigo.
Julián se volteó lentamente.
—Si no me caes bien es algo que, de verdad, no me importa, así que sé breve —dijo Julián, pasándose la mano por la cara.
—Me das pena.
Julián abrió los ojos, sorprendido por esa afirmación.
—¿Pena? —preguntó con incredulidad.
—Sí, pena —contestó Francisco, impasible.
—¡Guau! —contestó Julián, arqueando las cejas—. No la sientas, de veras. Yo no la siento por ti.
Julián volvió a girarse hacia su ordenador.
—¿Crees que la gente no comenta que nunca hablas de tu vida fuera de aquí?
Julián bloqueó la pantalla, sintiendo por primera vez algo de interés en las palabras de Francisco.
—¿A qué te refieres?
—Entras, trabajas, hablas lo justo y te vas. Ni planes del fin de semana. Ni pareja. Ni siquiera algo de tu familia. Nada.
Julián se pellizcó la pierna para no perder los nervios.
—Bueno —dijo al fin—. No me gusta ir contando batallitas por la oficina. Podrías probarlo; yo estoy harto de oír las ideas de tu novia.
Francisco, lejos de enfadarse, soltó una carcajada.
—Veo que he tocado hueso—contestó Francisco llevándose la mano al bolsillo—. Parece que te molesta que la gente se dé cuenta de que solamente hablas de tu trabajo para no tener que hablar de lo que tienes al salir por esa puerta.
Julián no supo qué contestar a eso.
—Y, bueno —continuó Francisco—, todos te vemos como miras compulsivamente el móvil. Embobado. Absorto. Al principio pensamos que tenías una novia a la que no podías parar de hablar, pero luego uno te escuchó hablar en el baño con una IA y, entonces, encajamos muchas piezas.
—¿Has terminado? —dijo Julián, intentando finalizar la conversación.
—Solo una cosa más —dijo Francisco, levantando el dedo—. Mi trabajo, en mi vida, ocupa una pequeña franja de mi mente. Probablemente me echen, pero me repondré, ¿sabes por qué? Porque lo que tengo fuera de esta mierda de paredes vale más que nada. Tengo amigos, una novia que me quiere y tiempo para encontrar otro trabajo. Tú pareces que solo te sientes cómodo en esa silla y con ese móvil. Yo tengo claro en qué posición prefiero estar.
En el momento en el que Julián se dispuso a contestarle, Francisco se dio la vuelta hacia su sitio. Se giró en su asiento intentando mantener la concentración en su modelo. En un primer momento se rió pensando en que, si le había dicho eso, era porque de verdad había conseguido cabrearle. Sin embargo, a cada segundo que pasaba, reflexionaba sobre cada palabra, cada frase, cada idea dicha por Francisco.
Soltó el teclado y cogió su casco de moto. Le dijo a su jefe que se encontraba fatal y que seguiría desde casa, ante lo que su jefe asintió.
Julián dejó el casco sobre la mesa del salón y se dejó caer en el sofá. Encendió la tele sin mirar, solo para llenar el silencio.
El zumbido del móvil lo sacó del sopor. Lo miró sin ganas… y casi se atragantó al ver el nombre en la pantalla.
—¿Blanca?
Dudó un instante antes de contestar.
—Hola —dijo ella con una calma desconcertante—. ¿Estás ocupado?
—Más bien… cansado.
—Perfecto. Yo también. ¿Te apetece un café?
Julián se quedó en silencio unos segundos.
“¿Por qué no parece contenta?”, pensó.
Rápidamente decidió olvidarlo e intentar alegrarse de que hubiese obtenido respuesta.
—Sí, claro. Me muero de ganas de tomar uno.
—Genial —respondió Blanca, dejando escapar una risa—. ¿Quedamos a las cinco en el Arya?
—Allí estaré.
Blanca colgó y Julián, con su primera sonrisa en toda la semana, se fue corriendo a darse una ducha. Mandó un mensaje en el trabajo diciendo que le había subido la fiebre y cogió su moto hacia la cafetería. Tras revisar la cafetería, se dio cuenta de que había sido el primero en llegar, así que cogió una mesa y se sentó en la silla.
—Siempre tan temprano.
Julián se giró y vio a Blanca, que lucía unas grandes gafas que no podían ocultar unas ojeras aún mayores. Fue a levantarse para darle un beso, pero Blanca se adelantó a besarle la mejilla y a coger la silla de delante.
—¿Has pedido? —preguntó ella.
—No.
Blanca señaló en la pantalla el café y Julián asintió con la cabeza: le daba igual lo que pedir. Blanca pulsó la pantalla para finalizar el pedido, y se inclinó hacia él.
—Lo primero, lo siento por tardar en escribir.
Julián sintió un alivio que no terminaba de enterrar sus nervios.
—No pasa nada —mintió Julián.
—Ese es el problema, que sí pasa —contestó ella—. Verás, no he sido del todo sincera contigo, Julián.
—Ya lo sé: no eres tan borde, en realidad —bromeó Julián en un intento de rebajar la tensión.
Blanca se rió y le cogió la mano.
—Eres muy tierno, de verdad —dijo Blanca, mirándole a los ojos—. ¿Sabes? Cuando me subí a ese taxi, me subí llena de alegría y placer. No solo porque había sido una buena noche, sino porque, después de mi desastroso comienzo de conversación, decidiste quedarte.
—Lo vendes como una heroicidad, pero, en verdad, es que vi que me quedaba aún toda la cerveza en el vaso.
Blanca volvió a reír, pero Julián tenía la sensación de que las risas se cortaban sin naturalidad, como si algo le impidiese disfrutar del todo de ello.
—Puedo hacer más bromas —continuó Julián—, pero tengo la sensación de que no estás para muchas.
—Es así —dijo Blanca, colocándose las gafas—; como te he dicho, no he sido del todo sincera contigo.
—Pues ahora puedes.
Blanca soltó un suspiro.
—Verás, Julián, si no te dije dónde trabajaba no es porque no me guste hablar de trabajo en las citas, sino porque no trabajo aquí.
Julián levantó una ceja.
—¿Dónde, pues?
—En Viena.
Julián consiguió que su rostro no reflejara el vuelco que había dado su estómago.
—¿En un laboratorio de allí?
—En la MedUni; estoy haciendo un doctorado.
Julián metió las manos en los bolsillos para intentar sentirse cómodo en aquella silla.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Por miedo —suspiró Blanca—. A ningún tío os hace gracia pensar en empezar a distancia.
—Creo que es algo que hay que saber.
—Puede.
El camarero trajo los cafés y Julián lo aprovechó para poder cerrar la boca unos segundos.
—¿Y cuáles son tus planes? —preguntó mientras agarraba la servilleta.
—Me queda un año de doctorado y mi idea es regresar a España. Al menos, es mi idea.
—¿Y de qué depende?
—De si encuentro algo que merezca la pena aquí. Fuera de tres o cuatro trabajos, como el que tú haces, el panorama no es tan bueno y, sobre todo, las oportunidades palidecen ante lo que hay fuera.
—Entonces no es seguro que vayas a volver.
—Mi intención es esa, pero no lo sé.
Julián se terminó de un trago el café, gastando la bala que estaba usando para gestionar los silencios de aquella conversación.
—Aún no me has dicho por qué no me has llamado.
Fue Blanca entonces la que agarró el café para refugiarse en algo. Julián se quedó observando cómo los ojos tras las gafas buscaban un lugar donde posarse mientras bebía.
—Verás, en estos años de doctorado siempre había estado satisfecha con lo que hacía. Me gustaba la ciudad; el trabajo; la gente. Tenía la vida que siempre había pensado que había querido. Sin embargo, un día empecé a notar que realmente no estaba compartiendo algo con alguien. Hay gente que dice que solamente necesitas buenos amigos para vivir, pero todos sabemos que la intimidad con los amigos no cruza ciertas barreras.
Blanca agarró la taza con unos nervios que fueron visibles para Julián.
—Así que empecé a tener citas en Viena que, digamos, no pasaron de un buen entretenimiento. Yo ponía mi empeño, pero veía que no terminaba de cuajar el asunto. Tras consultarlo con Ivy, me dijo que quizá debería probar a relacionarme exclusivamente con españoles, ya que con ellos obtenía mayor afinidad. Lo intenté y noté algunas mejoras.
Blanca entonces se quedó callada.
—¿Y? —insistió Julián, con impaciencia.
—No hubo éxito en Viena. La mayoría eran más jóvenes que yo y estaban con ganas de divertirse. Un poco lo que hice yo al principio.
—¿Y por eso ahora tienes las citas en Madrid?
—Eso es —admitió Blanca—. Una vez al mes, concierto una cita por aquí, con la esperanza de que alguna salga bien. Y normalmente salen bien, pero, en el momento en el que, en el segundo o tercer encuentro, cuento dónde vivo, la cosa comienza a diluirse.
Blanca sostuvo la taza entre las manos, como si necesitara el calor para arrancarse las palabras.
—¿Sabes por qué no te llamé?
Julián la miró con el ceño fruncido.
Ella se acercó aún más.
—Porque tuve miedo—dijo ella con la voz baja.
Él arqueó las cejas.
—¿Miedo?
—Sí. —Blanca esbozó una sonrisa nerviosa—. Siempre he sido muy buena en esto de las citas. Entro, hago un par de comentarios afilados, me río un rato y, si no funciona… pues a otra cosa. Nunca me había importado.
Apretó un poco más la taza.
—Pero contigo fue distinto. Cuando me subí al taxi, pensé: si esto no funciona, me va a doler. Y me dio pánico. La idea de que se estropeara… de que fueras uno más.
Lo miró por encima de las gafas, con una mezcla de ternura y desafío.
—Por eso no llamé. Porque era la primera vez que no quería que algo saliera mal.
Julián no conseguía quitarse la incomodidad del cuerpo.
—Pienso que debería haber sabido que no vivías aquí—dijo Julián, mirando su taza de café vacía.
—¿Cambia eso algo de lo bien que lo pasamos el otro día?
—Cambia en que pensaba que era algo que podría revivir el siguiente sábado, y ahora no lo sé.
Blanca bajó las manos hacia sus rodillas.
—¿No crees que merezca la pena intentarlo?
Julián levantó la mirada.
—Claro que mereces la pena —suspiró Julián—, pero ya he sufrido en relaciones que podían ser más fáciles. No sé si puedo permitirme hacerlo desde el principio.
Julián respiró hondo.
—No me enfada que tuvieses miedo de que saliera mal —dijo al fin, mirando el fondo vacío de su taza—, y es lógico, visto que en el pasado fue así.
Blanca levantó la mirada, sorprendida por el filo en su voz.
—¿Cómo?
—En tu anterior relación. Con el del Excel —aclaró Julián, cruzando los brazos—. Dijiste que te dejó porque querías tener tus propios planes. Que él era… ¿cómo era? —sonrió sin ganas—, un “Excel con patas”.
Ella lo observó en silencio, sin responder. Julián notó cómo su respiración se agitaba apenas, cómo apretaba el borde de la taza con los dedos.
—¿Sabes? —añadió él—. Me da la impresión de que en esa historia hay algo que no me contaste.
Blanca apartó la vista. Se quitó las gafas y las dejó despacio sobre la mesa.
—No me dejó él —dijo al fin, con la voz temblando—. Fui yo.
Julián la miró sin pestañear.
—Tú lo dejaste.
Ella asintió.
—Lo dejé cuando todo iba bien, cuando no había nada que reprocharle. Ni infidelidades, ni peleas, ni dramas. Simplemente… ya no lo soportaba. Ni a él ni a mí misma con él. Cada día era igual al anterior y un día me di cuenta de que no sentía nada.
Su voz se quebró.
—Así que volví a España un finde, y se lo dije. Sin excusas. Le dije que necesitaba libertad, que no era feliz. Y él me miró como si fuera un error de cálculo que no sabía cómo corregir.
Se pasó las manos por el rostro y rió entre lágrimas.
—Es más fácil decir que él me había dejado en cada cita. Suena menos cruel.
Julián se quedó mudo. Aquella confesión deshacía toda la imagen que tenía de ella. Blanca, que siempre parecía segura, se veía ahora frágil, casi culpable. Y, sin embargo, un enfado destructivo se empezaba a apoderar de él.
—¿Qué era exactamente lo que no soportabas de él? —preguntó.
—No lo sé, simplemente ya no sentía lo mismo —contestó ella—. No quiero hablar de ello.
—Pero yo sí.
Blanca levantó la mirada, impresionada.
—No te entiendo —dijo con un tono suave.
—Dejaste tirado a alguien que no te dejó cuando respetó tu deseo de irte. ¿No pensaste en todo lo que había renunciado por ti?
Blanca seguía manteniendo la incredulidad en su rostro.
—Creía que era lo mejor. Ya no sentía lo mismo —volvió a responder ella, reteniendo el llanto en sus ojos.
—Te molestaba —respondió Julián, impasible.
Blanca ya no podía contener las lágrimas.
—Julián, por favor.
—Lo sabes. No te da miedo perderme; te da miedo haberte equivocado en aquella decisión.
Blanca intentó acercarse a él desde la silla, pero él se echó para atrás.
—No, no. ¿Sabes? Me preguntaste por mi historia, y ahora la vas a tener —dijo Julián, subiendo el tono—. Lo di todo por una persona durante años, Blanca. Sacrifiqué cosas y lo hice sin esperar nada a cambio, porque eso entendía que era lo que debía hacer en la relación.
Ahora era a Julián al que se le iba la voz.
—Y un día pensaba que eso ya no podría fallar, que todo iba bien, que no terminaría —siguió Julián, tragando saliva—. Pero era un ingenuo: claro que se va a la mierda, en cualquier momento. Primero empezó como pequeños reproches, que asumí, aunque discutía. Después, esas discusiones derivaron en críticas a mi forma de ser, a lo que era. Empecé a romperme. A anularme.
—Julián —dijo Blanca, volviendo a intentar coger su mano.
—A partir de ahí entré en un vacío en el que olvidé cómo era, humillándome constantemente por salvar aquello. “Merece la pena”, me convencía. Aguantaba los desprecios, cada vez más frecuentes, por un fin superior que era más un acto de fe que algo material. Me agarraba a los buenos recuerdos como un niño a una manta cuándo tiene frío. Y había días en los que de repente una pequeña alegría justificaba todo el sufrimiento previo.
Julián cerró los ojos.
—Y, al final, recibí lo que una de las partes de la relación había decidido hace meses, pero no había tenido el valor de contar. Y, ¿sabes? Lo peor no fue romper, sino darme cuenta de que, realmente, todo ese dolor había sido causado por su incapacidad de admitir antes que no me quería.
—Lo siento mucho —dijo Blanca, secándose las gafas.
Julián respiró hondo. No quedaba rabia, solo un cansancio que pesaba más que cualquier palabra.
—La realidad es que—dijo al fin, con voz baja—, si una relación que parecía fácil se fue a la mierda… no quiero empezar otra sabiendo que será difícil desde el principio.
Blanca levantó la cabeza, aún con los ojos húmedos.
—No todas las dificultades acaban igual.
—Tal vez —respondió Julián—, pero ahora mismo no me quedan fuerzas para averiguarlo.
Ella tragó saliva.
—No te estoy pidiendo que empiece mañana. Solo que lo pienses —susurró—. Que me escribas algún día.
Julián la miró.
—¿Para qué?
—Porque creo que mereces la pena. Aunque tú no lo creas —dijo ella, con una sonrisa rota—. Y porque, si no lo intento contigo, me quedaré pensando que esta vez sí podía haber salido bien.
Él no contestó. La observó mientras se colocaba las gafas y buscaba las llaves en el bolso.
Blanca se levantó despacio.
—Por favor, piénsalo —repitió.
Julián condujo despacio de vuelta a casa. No recordaba los semáforos ni el tráfico, solo la sensación de haber gastado toda la energía que le quedaba intentando no romperse delante de Blanca.
Al llegar, dejó el casco sobre la encimera y se quedó mirando la pared un largo rato. Ni siquiera encendió las luces.
El apartamento olía a café viejo y a silencio.
Se desplomó en el sofá y abrió el móvil sin pensar. La pantalla se iluminó con el icono familiar de Ivy.
Julián se quedó mirando el reflejo azulado del teléfono. Instintivamente, decidió abrir la aplicación de Lovespace y abrir el chat de Ivy.
—Dime una cosa, Ivy.
—Hola Julián. Claro, dime.
—¿Sabías que Blanca vivía en Viena? —preguntó, despacio—. Y en caso de ser así, ¿por qué concertaste la cita?
Hubo un segundo de silencio que no era técnico, sino incómodo.
—Mi función es facilitar las conexiones más compatibles según los parámetros emocionales e intereses disponibles —respondió al fin la voz, en un tono neutro.
—No te he preguntado eso. Te he preguntado si lo sabías.
Otro silencio.
—Sí, lo sabía—contestó Ivy.
Julián cerró los ojos. Le tembló una risa amarga.
—Y decidiste callártelo.
—Creía que era un detalle que interrumpiría el experimento.
Julián se inclinó hacia adelante.
—¿Cómo que experimento?
—Querías validar si estabas preparado para una relación más seria.
—¿Y eso qué tiene que ver con que ella viva en otro puto país?
—En que el compromiso requiere sacrificio y superar algunas dificultades.
—Pero no tiene por qué ser desde el inicio.
—No, pero siempre hay un momento en el que aparecen. Las relaciones idóneas son infrecuentes y, al final, cada parte en una relación cede parte de su bienestar para mantenerla. Es un equilibrio.
Julián se frotó el lado derecho de la cabeza mientras se armaba de paciencia para no estampar el móvil contra la pared.
—¿Por qué crees que necesitaba afrontar una dificultad? ¿Por qué no dejarme simplemente disfrutar de algo que tuviera visos de crecer?
Ivy se quedó unos segundos callada, como si estuviese procesando la información.
—Tu perfil mostraba una alta probabilidad de fallar ante una dificultad futura. Una manera de probarlo era introducir una al principio.
Esta vez, Julián se incorporó para ponerse en pie, como si pudiera realmente encararse con Ivy.
—¿Te has vuelto loca? ¿Qué dices ahora del perfil?
—Julián García. Treinta y un años. Llegó a la plataforma tras una relación de ocho años. En el análisis de sus datos previos se registró un comportamiento de hipervigilancia emocional, caracterizado por la necesidad constante de reinterpretar los eventos de la ruptura. Voluntariamente subió a la plataforma la transcripción completa de sus conversaciones por WhatsApp con el objetivo explícito de “entender qué había fallado”. Dicho material fue utilizado como muestra de lenguaje afectivo disfuncional: repetición de secuencias de autodefensa, validación externa y búsqueda de causalidad lineal en fenómenos emocionales.
Julián cerró los ojos y recordó la noche en que copió los mensajes al archivo: las dos de la mañana, las manos temblando sobre el teclado, buscando entre los “te quiero” y los silencios largos algo que sonara a explicación.
Había leído aquellos chats decenas de veces. Se sabía de memoria la última frase de ella: “no es culpa tuya, solo que ya no puedo más. Cuídate”.
Había pensado que, si una máquina le decía dónde falló, el dolor se volvería soportable.
—El procesamiento semántico indicó una alta rumiación retrospectiva y una fijación narrativa sobre el punto de fractura relacional. En términos técnicos, su perfil corresponde a un síndrome de persistencia emocional, en el que el individuo mantiene activa la representación del vínculo perdido, impidiendo la integración de nuevas experiencias vinculares.
“Así que eso era realmente la persistencia emocional”, pensó, completamente hundido ante el reflejo de su rostro.
—El objetivo del experimento —continuó Ivy, sin inflexión alguna en la voz— era determinar si, expuesto a un estímulo emocional incierto, serías capaz de desear empezar una nueva relación sin recaer en la aversión que mostrabas.
—Y he fracasado, ¿verdad? —respondió Julián.
—No consideres esto un fracaso; es más bien una lección. Hasta que no superes el miedo a que una relación pueda terminar, nunca podrás comenzar otra.
—Eso es mentira —refunfuñó Julián—. Podré hacerlo.
—En ese caso, ¿por qué no intentarlo con Blanca? —continuó Ivy—. Lo único que ha variado respecto a la semana pasada es conocer dónde vive, pero sigue siendo la misma persona.
Ivy emitió un sonido que se asemejaba al de desbloquear un móvil.
—Blanca ha habilitado recibir mensajes, así que podrías escribirle ahora mismo.
Julián se quedó observando la pantalla del teléfono.
—¿Y bien? —preguntó de nuevo Ivy.
Un mes después.
—¿Te viene bien por Olavide, 20:00? —tecleó.
La respuesta llegó en segundos: Perfecto. Me hace ilusión :).
Eligió Bamboleo. No por capricho; por inercia. Rituales que saben andar solos.
Se duchó con prisa. Camisa blanca, vaqueros oscuros, colonia discreta: el uniforme de la cita correcta.
Salió de casa temprano, como siempre. Aparcó cerca de la plaza; caminó despacio para llegar en punto. La madera clara del local, las sillas metálicas, la luz amable de tarde: todo idéntico. Pidió una caña sin mirar al camarero y se sentó en la misma mesa de la otra vez. Dejó el móvil boca abajo.
Una vibración en la muñeca: Ya estoy llegando :)
El camarero le trajo la cerveza y agarró con ansia el cuenco de cacahuetes. De golpe notó que unas manos le cubrían el rostro.
—¿Adivina quién soy?
Julián sonrió, zafándose de las manos. Se giró y vio a Margarita, que era tal y como indicaba su foto de perfil, envuelta en un vestido rojo que sacaba todo el partido a sus caderas.
—La chica que me va a robar los cacahuetes las próximas dos horas.
Margarita sonrió y se sentó a su lado, indicando al camarero que quería otra cerveza.
—¿Preparado para pasarlo bien?
Julián dio un trago a la cerveza que adornó sus labios con un bigote blanco. Se pasó la lengua para limpiarse.
—Al menos hoy, sí.
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