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Hijo’s Substack · Jan 25, 2025

Rabia (Parte III)

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Hijo del Doblete · Hijo’s Substack

Parte II: Rabia (Parte II)

—¿No te da vergüenza?

Pedro evitó la mirada de su padre, sabiendo que sus ojos delatarían el porro que había fumado antes de subir a casa. Al otro lado de la mesa, su padre, Juan, y su nueva pareja, Cata, lo observaban en silencio.

—Te he dicho que me contestes. ¿Te parece normal venir a cenar en este estado? Mejor me ahorro la pregunta: no tienes vergüenza.

—Quizás esas cosas se heredan —replicó Pedro sin levantar la voz.

Juan reaccionó de inmediato. Se levantó de golpe, haciendo que Cata se sobresaltara.

—¿Qué has dicho?

—Ya me has oído —contestó Pedro mientras saboreaba un trozo del pincho de tortilla.

—¿Sabe tu madre que llegas así a casa?

—¿Sabe mi madre que te follabas a esa guarra mientras estabas con ella?

El tortazo que recibió lo tiró de la silla. Sin tiempo para procesar lo ocurrido, Pedro se incorporó y empujó a su padre contra la pared con más fuerza de la que él mismo habría imaginado. Había crecido mucho, y Juan ya no estaba en su mejor forma física.

—No vuelvas a tocarme.

—No tengo intención de hacerlo.

—Genial —dijo Pedro recogiendo su chaqueta de la silla—. Creo que lo mejor será no volver poraquí.

—Me parece bien. Estoy harto de que vengas drogado cada día.

—Vengo porque mi madre me lo pide, pero creo que a partir de ahora me lo ahorraré.

—Es un buen trato.

Pedro se giró hacia Cata mientras se ponía la chaqueta.

—¿No podías haber empezado a chupársela después del divorcio?

No llegó a oír la respuesta. Un puñetazo lo tiró al suelo, esta vez sintiendo el sabor metálico de la sangre en su labio.

—¡No la hables así! —gritó Juan con el puño aún cerrado.

—Tienes razón —Pedro se limpió la boca con la manga—. Ella no tiene la culpa de que tú hayas envejecido tan mal.

—Te crees muy listo, niñato. Me gustaría verte en un matrimonio infeliz. Tu madre es una mujer maravillosa, pero no fuimos capaces de hacernos felices. Fue mejor divorciarnos y seguir caminos separados.

—Supongo que para ti el camino ya había terminado antes de salirte de él.

Cata rompió a llorar. Juan se acercó para consolarla.

—Perdona, cariño, esto no va contigo. Cata no tiene la culpa de haber comenzado a quererme cuando yo no sabía cómo salir de aquel matrimonio sin hacer daño a tu madre. No estoy orgulloso de cómo actué, pero tampoco me arrepiento de haber empezado una nueva vida. Tendrás que aceptarlo.

Pedro asintió, aparentando comprensión, aunque en realidad era otro sentimiento el que le devoraba.

—Yo también lo siento, Cata —dijo mientras comprobaba que llevaba todo consigo—. Siento que estés con un cobarde que aprovechó un ictus para dejar a su esposa.

—¿Me llamas cobarde?

—Tú lo has dicho.

Juan dejó escapar una sonrisa burlona.

—Si tan malo crees que soy, ¿por qué nunca le dijiste a tu madre lo que viste aquella mañana?

Pedro se quedó paralizado, las llaves en la mano.

—Ah, ya veo. Te lo has callado todo este tiempo y no has revelado nada, ¿verdad?

El silencio de Pedro era prueba suficiente.

—¿Sabes cómo se llama eso, hijo? —dijo Juan acercándose lentamente—. Cobardía. Quizás esas cosas sí se heredan.

España 2032

Pedro no supo cómo pudo vencer la pereza para levantarse aquella mañana. Quizás sería su incapacidad para conciliar correctamente el sueño o la luz que se filtraba por la ventana, pero tras algunas dudas se convenció de que ir a trabajar era lo adecuado. Había tenido mucha suerte al encontrar un nuevo trabajo tan pronto.

Había tenido suerte de encontrar un nuevo empleo tan pronto. Después de que el video donde echaba al yonqui del local se hiciera viral, los responsables de comunicación del restaurante no tardaron en despedirlo. No era buena publicidad tener a un empleado insultando a un mendigo. Al principio la indiferencia de Pedro le hizo llevar bien la falta de empleo, pero el Estado no estaba en condiciones de mantener a jóvenes desempleados. En menos de una semana, le asignaron un nuevo trabajo como paseador de ancianos.

Aunque el puesto no le entusiasmaba, agradecía que los ancianos, en general, no lo reconocieran como los transeúntes de la calle. Prefería los insultos a las risas. Los insultos, al menos, solían ser directos y breves; las miradas prolongadas y los murmullos eran mucho más insoportables. No es que le enfurecieran; lo que dolía era que no podía ofenderse, porque sentía que tenían razón.

No había querido saber nada de Luis, quien tampoco se había esforzado en escribirle. Con el tiempo, Pedro se dio cuenta de lo superficial de aquella amistad. Tal vez ambos se habían tratado como meros avatares de videojuego, sin profundizar realmente el uno en el otro. Ahora, dividido entre el resentimiento y la lástima, Pedro ya no veía forma de reparar ese vínculo. En el fondo, daba igual.

Días después de su enfrentamiento en Infinity, Augusto le envió un mensaje privado invitándolo a participar en un nuevo debate público. Aseguraba que esta vez sería más didáctico, pero Pedro sospechaba que solo buscaba generar otra reacción viral. Desde aquel escándalo, Augusto había ganado más de ciento cincuenta mil seguidores, mientras que Pedro sentía pánico ante la idea de volver a exponerse.

Salió al salón, donde su madre lo esperaba con el desayuno listo.

—Hijo, he preparado algo especial para los dos. Usé un poco del jamón que teníamos guardado —dijo ella con emoción contenida.

—No tengo hambre, mamá —respondió Pedro, fingiendo indiferencia—. Creo que me sentó mal la cena.

Pedro evitó girarse, sabiendo que el rostro de su madre reflejaría la decepción. Desde que había vuelto a ver el video en el que se burlaba de su madre, era como si todo lo que habían logrado reconstruir juntos se hubiese desmoronado. La quería, y por eso le dolía tanto recordar cuánto tiempo le había costado darle la atención que merecía. Aunque intentaba pasar página, su pasado no era una etapa superada, sino una cadena que le seguía atando.

A pesar de su desinterés, Pedro no había podido evitar ojer las novedades en Infinity. Augusto no solo había recuperado su reputación tras el enfrentamiento, sino que ahora se mostraba ayudando a personas sin hogar, lo que mejoró aún más su imagen pública. Pedro pensaba que lo había destruido, pero en realidad solo lo había impulsado más.

Antes de salir, se obligó a terminar el café que le había preparado su madre. El aroma del jamón recién cortado llenaba el comedor, pero para Pedro, no era más que un recordatorio de la pesadez de sus pensamientos. Cada gesto amable de su madre era una pequeña puñalada, un recordatorio constante de todo lo que había fallado en su relación con ella.

Al salir al frío de la mañana, se enfundó el abrigo y comenzó su caminata hacia el lugar donde recogería a su primer cliente del día. Era una rutina monótona, pero eso era precisamente lo que agradecía. Nadie le exigía más de lo que podía dar. Los ancianos que paseaba tenían las expectativas bajas; algunos ni siquiera hablaban, solo caminaban a su lado en un silencio pesado, casi meditativo.

El frío de la mañana le golpeó el rostro al salir a la calle. Se ajustó el abrigo y comenzó su caminata hasta el lugar donde recogería a su primer cliente del día. Al llegar al portal indicado, una mujer latina esperaba sosteniendo una silla de ruedas. El anciano que ocupaba la silla parecía aferrarse a ella como si fuera a caerse, aunque en su rostro había una placidez inesperada. Pedro fingió una sonrisa.

—Hola.

—Buenos días —respondió la cuidadora, soltando las manos de la silla—. Tráelo de vuelta en veinte minutos, que tengo que darle de comer.

—De acuerdo.

Pedro dirigió su atención al anciano.

—Buenos días, Gustavo.

—Hola, muchacho.

Comenzó a empujar la silla hacia el parque cercano, como era habitual. Le habían dicho poco sobre Gustavo, aparte de que sus articulaciones estaban atrofiadas por los años. Lo que más incomodaba a Pedro era la sonrisa perpetua del anciano; pensaba que tal vez sufría algún tipo de deterioro cognitivo.

—Qué buen día hace, ¿no crees? —dijo Gustavo, rompiendo el silencio.

—Claro.

—Yo me crie en Teruel. Estas mañanas me recuerdan cuándo acompañaba a mi madre a por pan caliente. Siempre volvía a casa abrazado a la barra.

—Puede que yo esté malacostumbrado entonces.

Entraron al parque y avanzaron por el paseo arbolado. Entre semana, el parque se llenaba de personas mayores que salían a pasear, o como en el caso de Gustavo eran sacados a pasear.

—Ese de ahí se nos ha cruzado sin poner el intermitente —bromeó Gustavo, señalando a otro paseador—. Hoy en día le regalan el carnet a cualquiera.

Pedro dejó escapar una risa breve, aunque claramente sin ganas.

—Muchacho, tienes un humor más agrio que un limón pocho.

—Lo siento si en el catálogo no venía un paseador con sentido del humor.

Pedro se arrepintió de inmediato por su tono cortante, pero Gustavo soltó una carcajada.

—No te preocupes. Esto es equidad intergeneracional: tú me paseas, y encima aguantas mis bromas.

—Puede ser, pero no era mi intención ofenderle —dijo Pedro, algo agobiado.

—Chico, tengo setenta y cinco años. Si no hubiera aprendido a llevar el humor a esta edad, lo mejor sería que tuviera atrofiada la cabeza y no las piernas.

Pedro sonrió por primera vez de forma sincera.

—Y dime, chico, ¿a qué te dedicas? —preguntó Gustavo.

—A aguantar a ancianos curiosos —contestó Pedro.

—Bien, bien —replicó Gustavo con una sonrisa—. Por fin sigues la conversación. Pero dime, aparte de pasear a ancianos, ¿qué has estudiado?

—Un par de años en la universidad, pero nada más.

—Mejor —dijo Gustavo con rotundidad—. Hay toda una generación de frustrados que pensaron que les iban a regalar el mundo y nunca entendieron que no habían nacido en el momento ni en el lugar adecuados para esperar recibir cosas sin más.

—¿Crees que ha sido un problema de expectativas?

—Siempre son las expectativas, chico —respondió Gustavo con calma—. El hombre más rico puede sentirse desgraciado si no alcanza la fortuna que cree merecer. El mayor genio puede sentirse imbécil si su obra no alcanza la brillantez que aspira. Incluso el que tiene la mejor familia puede querer abandonarla si no encuentra el amor que esperaba.

Pedro no sabía cómo digerir esa última frase, aunque finalmente logró responder.

—No creo que todo se reduzca a las expectativas.

—Tu generación es la que peor las ha manejado, aunque no lo haya tenido fácil —continuó Gustavo—. Eso se ve claramente en las puñeteras redes sociales. Creéis que son una vía de escape, pero solo amplifican la frustración de las expectativas rotas. Te venden una vida que nadie tiene.

—¿Tú crees? —preguntó Pedro con escepticismo.

—Claro que sí. Mira, cuando yo era joven, tenía una moto fantástica y paseaba por el barrio todos los días. Una mañana, vi que Manolo, uno de mis vecinos, se había comprado un coche de última generación, como los que salían en las películas americanas. Durante un tiempo, me avergoncé de mi moto, aunque hasta ese día había sido feliz con ella.

Pedro arqueó una ceja.

—No entiendo a dónde quieres llegar.

—A que mi comparación, aunque absurda, se limitaba a lo que veía cerca. Ahora, vosotros veis lo que hace todo el mundo, en todo momento, y no podéis evitar despreciar lo que ya tenéis. La comparación es la condena de las expectativas, y vuestra generación ha comparado como nadie.

—Es un punto de vista interesante —reconoció Pedro.

—Tampoco te creas que soy un erudito —dijo Gustavo, acomodándose en la silla—. Paremos un rato delante de esa fuente.

Pedro aparcó la silla al lado de la fuente y se sentó en el borde de esta.

—¿Tienes hijos? —preguntó Pedro.

—Sí, una hija, Martina. Trabaja en Francia de doctora.

—Imagino que para ganar más dinero.

—Sí, media Europa se pelea por los médicos. España se ha quedado mal parada en ese juego.

—Como en tantas otras cosas—dijo Pedro mordiéndose el labio.

—En mi hija es en quién más he notado el problema de la comparación constante. Cuando le pregunto si ha conocido a alguien, siempre hay un chico; cuándo vuelvo a las dos semanas me decía que era demasiado aburrido, pero que ha encontrado otro que le hace más gracia; más tarde, pasa a uno más pero con mejor trabajo. Alguna vez espero que me diga que simplemente ha encontrado a alguien que la hace feliz, y solo mire eso.

Los pocos amigos que Pedro tenía hace años también había decidido marcharse a otros lugares. Él también se planteó hacerlo, pero suficientemente mal se sentía por no haber atendido bien a su madre durante años como para encima dejarla sola.

—¿No me preguntas por mi esposa? —interrumpió Gustavo.

—Disculpa—dijo Pedro con nervios—. En estas edades uno no sabe si preguntarlo.

—No soy tan mayor chico, solo tengo los músculos como un papel arrugado.

—Bueno, ¿y tu esposa? —preguntó Pedro.

—En el hospital—respondió Gustavo—. Una operación de cadera, nada serio. Ella tiene mejor diagnostico que yo.

—¿Mejor diagnostico?

—Estoy tan hablador porque necesito evadirme un poco chico, perdóname. Me hicieron recientemente un análisis genético y parece que en los próximos años debería empezar a manifestarse el Alzheimer.

—Lo lamento mucho—contestó Pedro.

—Es lo que hay muchacho, agradezco que aún no se haya manifestado—resopló Gustavo—. Por suerte parece que dentro de poco habrá un tratamiento que lo minimice, lo que desconozco es si yo alcanzaré a disfrutarlo. La ventaja de que haya más gente mayor es que cada vez hay más enfermos, y cuántos más enfermos más interés tienen las farmacéuticas en vender tratamientos. Imagino que tu envejecerás viendo el Alzheimer como una pequeña molestia.

Gustavo bajo la mirada e intentó ajustarse su abrigo.

—Sabes Pedro, estoy aterrado de olvidar—dijo Gustavo.

—Yo a veces lo agradecería—replicó Pedro.

—¿Y eso por qué? —preguntó enérgicamente Gustavo.

—Uno puede querer olvidar los momentos en los que la cagó o piensa que no estuvo a la altura—dijo Pedro con lástima—. Esos momentos que aparecen nada más levantarte por la mañana y que te hacen desear seguir durmiendo.

—¿Y qué clase de persona serías sin esos recuerdos? —preguntó Gustavo.

—Alguien que vive más tranquilo.

—Muchacho, la vida nunca es tranquila, y no creo que ninguna persona que haya habitado este planeta haya vivido siempre a gusto con lo que hizo. Pero créeme, a la tranquilidad no se llega olvidando.

—¿Nunca has querido borrar aquello que no te deja en paz?

—¡Eso es lo que te define!—dijo Gustavo con entusiasmo—. Si no supieses distinguir lo que te hace sentir bien o mal, no tendrías la capacidad de definir quién eres y quién quieres ser. Y más en tu caso, que aún tienes tiempo.

—¿Tiempo?

—Sí, joder, lo que menos valoras hasta que empiezas a verlo como una bendición. Eres joven, si algo te deja intranquilo tienes que pensar si está en tu mano paliar o resolver esa situaci’on.

—No sé cómo se pueden resolver ciertos problemas —confesó Pedro, bajando la mirada.

—Tienes todo el tiempo del mundo para intentarlo —respondió Gustavo con calma—. Siempre estás a tiempo de hacer lo necesario para volver a levantarte en paz. Olvidar es un engaño, porque todo vuelve tarde o temprano. Ningún hombre alcanzó nada olvidando, solo arriesgándose a mejorar.

Pedro levantó la vista hacia el cielo, donde un par de pájaros cruzaban el azul frío de la mañana.

—Dime, ¿qué espera usted de su vida? —preguntó Gustavo con un tono más sereno.

—¿Y a ti qué te importa? —replicó Pedro con una sonrisa burlona.

—Parece que he tocado un punto sensible. ¿Crees que merece más de lo que tiene ahora?

—Me da igual.

—Eso es mentira, muchacho. Todo joven piensa que merece más.

—Quizás a su edad ya no se cruce con muchos jóvenes, pero los de hoy no esperamos nada.

—He cruzado suficientes miradas como la tuya para saber que hablas desde la rabia.

Pedro lo miró con más atención esta vez, sorprendido por la precisión de las palabras de Gustavo.

—¿Hablas conmigo veinte minutos y crees conocerme?

—Fui trabajador social. Y de los que realmente se interesaban, no de esos que están deseando salir a las cinco. He visto miradas como la tuya en otros rostros, y todas decían lo mismo —explicó Gustavo. Ahora dime, ¿hay algo que te gustaría hacer?

Pedro titubeó antes de responder.

—Hay un máster… —admitió finalmente—. Para cuidados de ancianos y personas enfermas. Como sabes, es algo muy demandado.

—Así que soy tu primera práctica —rio Gustavo—. ¿Qué haces aquí perdiendo el tiempo conmigo en vez de estudiando?

—Tengo el dinero —agregó Pedro, mirando al suelo—, pero siempre que intento algo nuevo, sale mal. Hace poco pensé que estaba empezando a hacer algo distinto, pero me di una hostia tan grande que ahora no sé qué hacer.

—¿Y cuál es tu plan?

—Por ahora, intentar que me compatibilicen el ingreso mínimo juvenil con trabajos como este. No está tan mal.

—Ah, sí, la ayuda esa para que parezca que el Gobierno hace algo por vosotros. Es acojonante cómo os han dejado tan solos que agradecéis las migajas. No paran de anunciarte nuevos parches para problemas que antes no existían, y hay gente que aplaude por ello.

Pedro lo miró con una mezcla de incredulidad y respeto.

—¿Siempre hablas así con tus paseadores? —preguntó, intentando ocultar que las palabras de Gustavo le habían afectado.

—Solo con los que lo necesitan —respondió Gustavo con una sonrisa tranquila—. Por lo que veo, en tus ojos hay algo más que rabia. Hay miedo.

Pedro frunció el ceño.

—¿Miedo de qué?

—De fracasar. De que la vida siga igual o, peor aún, de que empeore. Pero te voy a decir algo, chico: si algo me ha enseñado esta silla es que puedes seguir vivo incluso cuando todo se va al carajo. Solo tienes que decidir si te quedas mirando las ruinas o buscas algo que valga la pena entre ellas.

Pedro tragó saliva, sus palabras le habían impactado más de lo que quería admitir.

—Pero el miedo y la rabia son inevitables —dijo Pedro, casi en un susurro—. No podemos librarnos de ellos.

—Son inevitables, sí. Y necesarias, también —reconoció Gustavo, ajustándose en la silla—. Pero no pueden gobernarte. Si lo permites, acabarás en un bucle donde no arriesgarás por miedo a fracasar, mientras una rabia silenciosa te consume por no haber intentado nada. Rompe el círculo, muchacho.

Gustavo cerró los ojos por un momento y respiró profundamente. Pedro lo observó en silencio, procesando las palabras que acababa de escuchar. Lejos de sentirse enfadado, estaba extrañamente a gusto hablando con ese hombre que, en apenas unos minutos, le había dado mucho en qué pensar.

—Perdona que esté tan callado, pero no estoy acostumbrado a que me hablen con tanta franqueza.

—Es mi agradecimiento por el paseo —respondió Gustavo con una sonrisa amable—. Creo que ya podemos volver a casa, hace un poco de frío.

—Desde luego.

El aire frío del parque había calado en Pedro más de lo que esperaba. Mientras empujaba la silla de Gustavo de regreso al portal, las palabras del anciano seguían resonando en su cabeza: "El miedo y la rabia son inevitables, pero no pueden gobernarte". Pedro no podía dejar de pensar en lo sencillo que parecía dicho en voz alta, y lo complicado que resultaba aplicarlo en la vida real.

Al llegar al portal, la cuidadora ya estaba esperando con expresión impaciente.

—¿Todo bien? —preguntó sin esperar respuesta.

—Sí, ningún problema —respondió Pedro mientras acomodaba la silla con cuidado.

—Gracias.

La mujer tomó la silla, y Gustavo alzó la mano para despedirse.

—Oye, chico, no lo olvides: el tiempo no espera por nadie.

Pedro asintió, y cuando estaba a punto de girarse para marcharse, Gustavo añadió con una sonrisa:

—Por cierto, deberías aplicar a ese máster. Aunque sea solo para demostrarte que puedes.

Pedro fingió no escuchar, pero mientras caminaba de regreso a casa, el consejo pesaba tanto como un abrigo mojado. Sabía que Gustavo tenía razón, pero enfrentarse a esa posibilidad también significaba admitir algo que lo aterraba: su miedo al fracaso.

Pedro tomó el autobús de regreso a casa y se acomodó en un asiento junto a la ventana. Mientras el paisaje urbano pasaba a toda velocidad, su mente volvía una y otra vez a la conversación con Gustavo. A pesar de todas las sensaciones que lo recorrían, sintió que, por primera vez en mucho tiempo, alguien realmente le había enseñado algo valioso. No quería admitirlo, pero en el fondo imaginaba que así debía sentirse una charla sincera con un padre.

Al llegar a casa, Pedro abrió la puerta con la cabeza llena de pensamientos. Sin embargo, algo los borró de inmediato. Desde el pasillo pudo oír los lamentos de su madre. Se apresuró hacia el salón y encontró a Lucía acostada en el sofá, con Paula, la vecina de enfrente, sosteniéndole la mano.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Pedro, visiblemente preocupado.

—Es mi prima Marieta —respondió Lucía entre sollozos—. Ha muerto.

El chico se detuvo en seco. La prima Marieta había sido casi como una hermana para su madre. Habían compartido infancia, risas y recuerdos de tiempos mejores. Aunque Pedro no había tenido mucha relación con ella recientemente, la consideraba lo más cercano a una tía que había tenido.

—Lo siento mucho, mamá —dijo Pedro mientras se apresuraba a abrazarla.

—No sé por qué no viniste antes —interrumpió Paula, con ese tono pasivo-agresivo que Pedro conocía tan bien.

Se dio la vuelta y reprimió un suspiro. Siempre había considerado que Paula era lo más cercano a una infección persistente en su vida. Una mujer de cincuenta y cuatro años que, tras su divorcio, parecía haber dedicado su vida a inmiscuirse en los problemas ajenos.

—Estaba trabajando —replicó Pedro mientras seguía abrazando a su madre.

—No te preocupes, hijo —lloró Lucía, acariciando el cabello de Pedro—. No quise llamarte para no interrumpir tu jornada.

—Voy a prepararte algo de comer, mamá.

—Sí, haz algo —intervino Paula, condescendiente.

Pedro lanzó una mirada cargada de desprecio hacia Paula, quien se limitó a devolverla con orgullo. Al llegar a la cocina, sacó el pollo que tenían en la nevera y comenzó a aderezarlo con manos firmes, pero tensas. Mientras encendía los fogones, escuchaba la conversación entre su madre y Paula desde el salón.

—Lucía, es ley de vida —decía Paula.

—No puedo creerlo —respondió Lucía entre lágrimas—. Hablé con ella hace unos días y habíamos quedado en vernos. La vida no me ha dejado ni despedirme.

—Nadie espera un infarto, pero esas cosas no se eligen —contestó Paula, adoptando un aire de superioridad.

—No entiendo por qué la vida me hace esto —lamentó Lucía, hundida en un nuevo llanto.

—A mí se me murió el perro hace poco —dijo Paula con falsa tristeza—. Nadie elige esas cosas tampoco. Ahora tienes que seguir adelante como hice yo.

Pedro apretó con tanta fuerza el cuchillo contra el pollo que casi rompió la bandeja en la que lo preparaba.

—Para mí, mi Donete era como un hijo —continuó Paula—. Su vacío ha sido muy duro. Por eso tuve que comprar otro perro, aunque nunca podrá reemplazarlo. Fue como perder un hijo.

—No era mi intención ofenderte —dijo Lucía, con voz frágil.

—Tú no lo entiendes. Donete era único para mí. Siempre estaba cerca, dándome cariño sin preguntar. Un amor incondicional e inmediato. ¿Cuánto tiempo llevabas sin ver a tu prima?

—Un año.

—Eso lo hace más fácil.

Pedro sintió que algo dentro de él se rompía. Salió de la cocina con la bandeja de pollo en la mano, su mirada clavada en Paula como si quisiera aplastarla.

—¿Puedes dejar de ser tan zorra?

Lucía lo miró con una mezcla de desconcierto y tristeza, mientras Paula dibujaba una mirada ofendida en su rostro.

—Pedro, pídele perdón ahora mismo —ordenó con una voz que, aunque frágil, no dejaba lugar a dudas.

—Mamá, siempre hace lo mismo. Te escucha un rato y luego gira la conversación hacia sus propios problemas.

—¡Yo solo intento ayudar! —replicó Paula, llevándose la mano al pecho como si hubiera recibido una herida mortal—. No tienes derecho a hablarme así.

—Desde el momento en que intentas minimizar el dolor de mi madre, no es que tenga derecho, es que tengo la obligación de mandarte a tomar por culo.

—¿Quién te has creído? —gritó Paula, indignada.

—¡Pedro, basta! —suplicó Lucía, pero Pedro ignoró su ruego.

—Esta mujer nunca ha querido ayudarte, mamá. Viene aquí porque está sola y necesita que alguien escuche sus desgracias. Si eso significa minimizar las tuyas, le da igual.

Paula se incorporó, furiosa.

—¿Cómo te atreves a juzgarme después de lo que has hecho pasar a tu madre? —dijo con veneno en cada palabra.

Pedro, sorprendido por el comentario, no supo qué responder.

—No tengo hijos, pero sí sobrinos —continuó Paula, alzando su móvil—. El otro día me reenvió una serie de vídeos de un canal de estos que ven los jóvenes porque reconoció a tu hijo. He visto cómo trataste a tu madre y a otras personas.

Lucía lo miró, confundida.

—¿De qué está hablando? —preguntó, temblando.

Paula no perdió el tiempo. Levantó su móvil y reprodujo entero el encuentro con Marín del otro día, mostrando su encuentro con el yonquie y su vídeo en el coche. Pedro sintió como si el suelo se abriera bajo sus pies mientras las palabras y las imágenes del pasado lo aplastaban nuevamente.

—¿Esto es verdad, hijo? —preguntó Lucía, sin mirarlo.

—Sí, mamá —admitió Pedro, avergonzado.

—¿Tuviste la poca vergüenza de decir que habías dimitido del trabajo? —insistió Paula, sin soltar su expresión de victoria.

—¿Por qué me mentiste? —preguntó Lucía, aún sin levantar la mirada hacia él.

—No quería que lo vieras, mamá. No quería que supieras cómo me había comportado.

Lucía cerró los ojos, dejando que un suspiro tembloroso escapara de sus labios. Paula, mientras tanto, aprovechaba el momento para echar más leña al fuego.

—Tratar así a un pobre mendigo... No es tu culpa, Lucía. Creo que tu hijo no está bien, incluso puede que siga drogándose. ¿Has comprobado si te roba dinero?, no sé si estás en las mejores manos.

Lucía apartó la mano de Paula con un gesto repentino que hizo que la vecina se detuviera.

—No te atrevas a decir eso —respondió Lucía con una firmeza inesperada.

—No es buena persona, Lucía —insistió Paula, sin ceder.

—Vuelve a decir eso y te arrastro a la puerta con las pocas fuerzas que me quedan —amenazó Lucía, alzando la voz de una manera que Pedro nunca había escuchado antes.

Paula se quedó boquiabierta, desconcertada por el cambio de actitud de su vecina.

—Mamá… —intervino Pedro, inseguro.

—Calla —dijo Lucía, levantando un dedo para detenerlo—. Paula, creo que mi hijo tiene razón. Así que lárgate de mi casa.

—¿Pero, Lucía? —Paula trató de protestar, pero Lucía no le dio opción.

—¡Lárgate! —gritó, dejando caer su peso en el sillón por el esfuerzo.

Paula se levantó, recogiendo sus cosas con dignidad fingida.

—Tú misma. Siento que hayas visto al hombre que has criado.

Lucía la miró con una mezcla de cansancio y decisión.

—No vuelvas.

Paula soltó un bufido, dio un portazo al salir, y Pedro se quedó congelado en el lugar, aun sosteniendo la bandeja de pollo. No se movió hasta que su madre hizo un gesto para que se acercara.

Pedro dejó la bandeja en la mesa del salón y se sentó en el sofá. Sentía un peso insoportable en el pecho, como si todo lo ocurrido hubiese reavivado la culpa que tanto había tratado de enterrar.

—Mamá… siento lo de Paula. No debería haber hablado así.

Lucía negó lentamente con la cabeza, manteniendo su mirada fija en el suelo.

—No tienes que disculparte por protegerme, hijo. Tienes que disculparte por mentirme. ¿Por qué no me contaste lo que pasó en el trabajo y en Infinity?

—Por vergüenza… y porque no quería preocuparte.

Lucía alzó la vista hacia él, con los ojos llenos de una mezcla de tristeza y comprensión.

—Estoy enferma, hijo, pero eso no significa que no me dé cuenta de lo que pasa. Llevas dos semanas evadiéndote de todo, incluso de mí.

—No quería que me vieras así, ni que supieras lo que fui durante tantos años. No me he portado bien contigo, mamá.

Lucía alargó una mano para acariciar el rostro de Pedro.

—Hijo, sabía perfectamente lo que hacías. Nunca dije nada porque entendí que no llevaste bien lo que pasó en casa tras mi ictus. Sé que muchas veces me lamenté por no haber seguido con tu padre, pero eso no era más que mi forma de exteriorizar el miedo de que nuestra vida no fuese suficiente para ti. Pero quiero que sepas algo: eres un buen chico.

Pedro sintió que el nudo que había bloqueado su lengua durante años finalmente se deshacía.

—Mamá, necesito contarte algo.

Por primera vez en mucho tiempo, Pedro confesó lo que había visto aquella mañana: a su padre con Cata, la traición, y el miedo que sintió al pensar en cómo podría herir a su madre si se lo contaba. Admitió cómo el peso de ese secreto lo había consumido, llevándolo a odiar tanto a su padre como a sí mismo por no haber sido capaz de hablar.

Lucía escuchó todo en silencio, con una calma que contrastaba con las lágrimas que rodaban por sus mejillas. Cuando Pedro terminó, ella tomó su mano con suavidad.

—Hijo mío, siempre sospeché que tu padre me engañaba. Años antes del ictus, ya notaba que sus caricias cesaban; que sus besos eran más un compromiso que un deseo; que su amor por mí solo vivía en las fotos de nuestra juventud. Cuando me enteré de que, a los pocos meses de la separación, estaba con otra mujer, comprendí mi fracaso.

—¿Fracaso? —preguntó Pedro, incrédulo.

—Intenté salvar nuestro matrimonio por ti. Quería que crecieras feliz, sin preocuparte por las maldiciones que rondan la vida adulta.

—No debiste hacerlo por mí, mamá.

Lucía le sonrió, aunque sus ojos seguían húmedos.

—Tú eres lo más bonito que he creado nunca. Si mañana muriera, lo único que perduraría de mi vida serías tú.

Pedro se quedó en silencio, asimilando sus palabras. Por primera vez en años, sintió que podía respirar sin el peso de una culpa constante. Su madre había derribado las murallas que él mismo había construido dentro de sí, pero ahora era su responsabilidad decidir qué hacer con los escombros.

—Mamá… quiero que sepas que voy a intentar hacer las cosas bien. Contigo, conmigo, con todo —dijo Pedro, su voz casi quebrada.

Lucía lo abrazó con fuerza, dejando que las lágrimas de ambos se mezclaran en un silencio lleno de promesas no dichas.Lucía sonrió débilmente, como si entendiera que las palabras eran solo el principio de un largo camino.

—Pedro, creo que has estado cargando muchos años con algo que no te correspondía. El único cobarde de esta historia fue tu padre, que lejos de terminar la relación, ocultó la verdad e incluso la uso para chantajearte. Un hijo no debe cargar con los pecados de sus padres.

—Nunca lo percibí así—susurró Pedro.

—No deberías haber vivido eso hijo mío—dijo Lucia abrazando a su hijo.

El frío de las manos de su madre le transmitió un perdón tan dulce como inesperado

—Siempre voy a estar aquí para escucharte mi vida—dijo su madre besando su frente.

—Lo sé madre.

—Hay una última cosa que quiero preguntarte, ¿por qué te molestó lo que te dijeron aquellos idiotas en Infinity?

Pedro se echó para atrás reflejando una pequeña incomprensión.

—No lo entiendo.

—Debes aprender a creer en ti mismo, y a saber qué opiniones te deben importar. No quiero ser como Paula, pero quiero que veas mi punto de vista: durante años, supe que en el barrio y en tu colegio, todo el mundo me veía como la pobre enferma a la que el marido había dejado tirada. Durante un tiempo me molestó, y me empezó a afectar. Sin embargo, cuándo empezaste a estar más conmigo y a cuidarme con más cariño, dejo de importarme.

Su madre soltó un sollozó entonces y se secó la cara con su mano.

—Tras mucho tiempo, me di cuenta que la única cosa que temía era decepcionar a la gente que me quería. El resto del mundo no va a saber nunca como eres, ni podrá juzgar tus acciones sabiendo toda la historia, pero tu familia o amigos que quieres sí. Aprendí que solo nos debe importar satisfacer a quién nos quiere.

—Tienes razón, mamá. Durante años me preocupé más por lo que pensaban otros que por lo que pensaba yo. Y creo que, en el fondo, eso fue lo que me llevó a… ya sabes, las drogas, las fiestas, todo eso. Era más fácil escapar que enfrentarme.

Lucía le acarició el rostro con una dulzura que contrastaba con la fuerza de sus palabras.

—Hijo, todos huimos de algo en algún momento. Pero no puedes dejar que tu pasado te defina. Lo que importa es lo que decides hacer ahora.

Pedro sintió un peso diferente en su pecho, menos opresivo. Se levantó del sofá y se dirigió hacia la ventana, mirando la ciudad oscura y silenciosa.

—¿Crees que aún puedo cambiar, mamá? —preguntó, sin girarse.

Lucía se levantó con dificultad y se acercó, poniéndole una mano en el hombro.

—Cambiar no significa borrar lo que has sido, sino aprender de ello y convertirte en alguien mejor. Siempre tendrás el poder de decidir qué camino tomar. Con lo que has dicho ahora, ya has cambiado.

Pedro se giró hacia ella y sonrió con timidez.

—Gracias, mamá. Por todo.

Lucía lo abrazó una vez más, y por primera vez en mucho tiempo, Pedro sintió que las piezas rotas dentro de él empezaban a encajar.

Dos meses más tarde

Pedro salió de casa con prisas. Aunque los parciales estaban a la vuelta de la esquina, apenas había tenido tiempo para estudiar. Sabía que perder esa mañana no supondría mucho, pero aun así, la sensación de responsabilidad lo apremiaba. Antes de salir, besó a su madre tras preparar el desayuno y se dirigió al parque.

Cuando llegó a la fuente, distinguió a un hombre envuelto en mantas en su silla de ruedas. La cuidadora, Marcela, fumaba despreocupada mientras lo esperaba.

—Te lo dejo a tu cargo —dijo Marcela, expulsando una nube de humo.

—Lo dejas en malas manos —bromeó Pedro, fingiendo seriedad.

—Lo sé —respondió Marcela con una sonrisa—. Nos vemos luego, Gustavo.

El anciano giró la cabeza hacia Pedro.

—¡Por favor! Este chico puede andar, pero su sentido del humor está tan atrofiado como mis piernas. Yo aún no sé quién de los dos es más inválido.

Marcela soltó una carcajada y se despidió con la mano, dejándolos solos. Pedro empujó la silla de Gustavo mientras avanzaban por el parque.

—¿Qué tal el máster, chico? —preguntó Gustavo, rompiendo el silencio.

—Interesante. Difícil, pero me gusta. Con suerte, dentro de poco podré hacer caballitos con los ancianos que saque a pasear.

—Primero asegúrate de no aburrirlos —respondió Gustavo con una sonrisa burlona—. ¿Has hecho amiguitos en el máster?

—Algunas amigas. Soy de los pocos hombres en clase.

—Espero que les repartan un papel donde les adviertan que no eres el mejor pretendiente.

—Vengo a verte un día que debería estar estudiando, ¿y así me pagas?

—El que no me pagas ya eres tú.

Pedro dejó escapar una risa sincera.

—¿Por qué sigues pidiéndome que venga? Llevas semanas gastando mi tiempo.

Gustavo lo miró con una sonrisa apacible.

—¿En qué piensas, chico?

—En Infinity —respondió Pedro tras un breve silencio.

Gustavo arqueó una ceja, curioso.

—Ah, el jueguito de los avatares. Pensé que ya lo habías dejado atrás.

—Eso pensé yo también, pero hace unos días volví.

Gustavo guardó silencio, esperando que Pedro continuara.

—Decidí entrar con mi nombre real. Sin avatares, sin máscaras. Escribí un mensaje corto: “Me llamo Pedro y no pienso dar más explicaciones a nadie”. Y luego me desconecté.

Gustavo soltó una carcajada profunda y sincera.

—¿Y qué esperabas con eso? ¿Redimirte? ¿Reclamar algo?

Pedro negó con la cabeza, esbozando una leve sonrisa.

—No esperaba nada, la verdad. Solo me di cuenta de algo: toda esa gente que busca atención humillando o señalando a otros... No merecen explicaciones. No merecen ni siquiera mi tiempo. Y, sobre todo, entendí que yo tampoco tengo que explicarme ante nadie. No soy perfecto, pero mi vida no le pertenece a un público anónimo que se alimenta del drama ajeno.

—Sabia decisión, chico —asintió Gustavo, con una chispa de aprobación en los ojos—. No está mal dar una lección a un idiota de vez en cuando. Al fin y al cabo, no guiarte por la furia no significa que tengas que ser indolente. Aunque debo decirte algo: creo que la mayor parte del público no esperaba explicaciones. Querían entretenimiento.

Pedro asintió, reconociendo la verdad en las palabras de Gustavo. Se había dado cuenta por la experiencia vivida, que antes de solucionar el mundo uno debe intentar arreglar lo que está roto dentro de uno. Valoraba los consejos de su madre, pero la presencia de Gustavo había acelerado un proceso de introspección que nunca antes había experimentado. Por eso seguía visitándolo sin cobrarle un céntimo.

—Lo sé. Pero ya no quiero jugar ese juego. Si alguien quiere saber quién soy de verdad, que lo haga hablando conmigo, no juzgándome desde una pantalla. Me he conectado un par de veces y he visto como Augusto o Martín han intentado invadir mi sesión. He ignorado todas esas interacciones y diría que se han acabado cansando.

—Igual si subimos un vídeo tuyo paseando a un anciano recuperas algo tu estatus.

—Con el aspecto que gastas igual se piensan que te quiero robar la pasta.

Gustavo lo miró con una sonrisa que denotaba respeto.

—Parece que has aprendido algo importante. ¿Y ahora qué?

—Parece que has aprendido algo importante. ¿Y ahora qué?

Pedro respiró hondo, dejando que el aire fresco llenara sus pulmones.

—Ahora me toca aprender a vivir sin esa rabia, sin ese miedo. Intentar disfrutar de las cosas simples, como empujar tu silla por el parque y escuchar tus bromas malas. Aunque no sea fácil.

—Vaya, qué honor el mío —bromeó Gustavo—. Aunque, si me lo permites, chico, creo que has dejado algo más atrás. No solo el miedo o la rabia. También has dejado de creer que la vida no podía ofrecerte más, y no debías arriesgar. Y la verdad es que nadie se sintió satisfecho sin haberlo intentado antes.

—Puede que no te lo haya dicho antes, pero quizás he empezado a respetarte —dijo Pedro mientras salían del parque.

—Gracias, chico. Espero no olvidarlo pronto.

Pedro se detuvo, mirándolo con curiosidad.

—¿Qué quiere decir?

—Los médicos dicen que la enfermedad avanzará antes de lo esperado. Lo malo de los diagnósticos modernos es que las malas noticias ya no tienen sorpresa. Tranquilo, seguimos hablando de años, solo que algunos menos.

—Lo siento mucho, Gustavo.

—Con suerte, lo primero que olvidaré serán tus quejas.

—Quizás sea lo último que olvides, ya sería mala suerte.

—Desde luego, voy a ponerte una mala puntuación como paseador —bromeó Gustavo, haciendo reír a Pedro.

—¿Tu hija vendrá pronto? —preguntó Pedro, intentando cambiar de tema.

—Sí, y sigue en pie la idea de invitarte a comer. Aunque como intentes algo con ella, le cuento lo del yonqui.

—Esa historia es mucho más interesante que decir que hablo de ella con ancianos en un parque.

Ambos rieron por última vez antes de llegar al portal. Cuando llegó el momento de despedirse, Gustavo alzó la vista hacia Pedro con una expresión más seria.

—Recuerda, Pedro: la redención no se consigue quedándote donde estás. A veces, solo es cuestión de ponerse a caminar.

Pedro le devolvió la sonrisa y levantó una mano en señal de despedida. Mientras caminaba de regreso, se dio cuenta de algo: llevaba semanas sin pensar en lo que había ocurrido el día anterior. Por primera vez en mucho tiempo, se levantaba en paz.

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