Una colina. Necesita alegría. La ha visto durante tres días. Tan ligera. Tan sonriente. Tan guapa.
España, 2048
El sonido del despertador perforó el silencio de la habitación. Javier abrió los ojos con una pesadez insoportable, como si despertara de un sueño profundo pero lejano. Su mente tardó unos segundos en ubicarse en el presente. Era lunes. Otra semana más.
Giró la cabeza y vio que Clara seguía dormida, con el rostro plácido entre las sábanas. Durante un segundo, sintió que todo estaba en su sitio. Su esposa. Su hogar. Su vida.
—¿Estás hoy madrugador? —dijo Clara con una sonrisa—. Esto es nuevo.
Javier estiró las piernas mientras se reacomodaba en la cama.
—No lo tomes como una costumbre —respondió Javier frotándose los ojos.
—¿Hoy tampoco me acompañas a correr? —dijo Clara incorporándose de la cama.
—Otro día, cariño —dijo Javier—. He tenido un mal sueño.
—Siempre encuentras una excusa —dijo Clara mientras se cambiaba—. ¿Qué pasaba en el sueño?
Las imágenes aún se aferraban a su mente como un parásito. No era él. En el sueño, era otro hombre. Sus manos no eran las suyas, su voz sonaba distinta, su piel se sentía extraña. No recordaba el rostro, pero la sensación de ser alguien más lo carcomía. Y, sobre todo, la sensación de estar a punto de querer hacer algo terrible.
—Nada, chorradas —contestó Javier.
—Ya que estás despierto —dijo Clara—, aprovecha y da de desayunar a Cristina.
Clara dio un beso a su marido en la cabeza y se marchó. Javier venció la pereza y se dio una ducha. Ese día, como cada mañana, él se quedaría en casa teletrabajando mientras su mujer y su hija abandonaban el hogar. Hasta la tarde no vería a su hija, y hasta la noche a su mujer, que trabajaba como directiva de una empresa. Al principio de su matrimonio, él era el que tenía grandes expectativas laborales, pero al final la realidad impuso que fuese Clara la que mantuviese realmente su nivel de vida.
Él llevaba ya diez años en una consultora de eficiencia empresarial, un nombre que camuflaba la impopular labor de su empresa: despedir a personas. Habían desarrollado una inteligencia artificial que permitía a las grandes corporaciones identificar a las personas con menor rendimiento y, así, mejorar el personal. A los candidatos que seleccionaba se les ofrecía la posibilidad de trabajar para una empresa pública, en la que no les ofrecerían un salario muy elevado, pero podrían terminar sus años de cotización. Era una fórmula que se había encontrado para eliminar la grasa de las empresas minimizando el descontento social.
Javier era bueno en su trabajo, analizando cada mínimo detalle del trabajador para mantener a los mejores dentro de la organización. El hecho de que teletrabajara permitía que el despido pareciera más impersonal, evitando las tensiones habituales que solían surgir en esas situaciones.
Bajó al salón y preparó unas tostadas para su hija, que, atraída por el olor del pan, bajó las escaleras con su pijama de flores.
—¡Qué rico! —dijo la pequeña al llegar a la cocina.
Javier se distrajo por un segundo y, cuando miró el plato de su hija… su tostada ya estaba mordida. Le daba la sensación de que a su hija no había podido darle tiempo a sentarse y morderla.
«Debo estar más dormido de lo que pensaba», se dijo.
—Te he puesto un poco más de aceite, pero cómelas rápido antes de que lo vea tu madre —susurró Javier con complicidad a su hija.
Clara no tardó más de diez minutos en aparecer, sudorosa, por la puerta.
—El parque cada vez tiene gente más rara —afirmó Clara mientras bebía agua entre sudores.
—Ya sabes que no me gusta que salgas a correr por ahí —dijo Javier bebiendo de la taza de café—. Hay mucho yonqui de voluptas por esa zona, y a veces atacan.
—Tranquilo —respondió Clara—, yo siempre voy un paso por delante.
Javier sonrió mientras entretenía a su hija con sus burlas. Era un padre cariñoso que buscaba que su pequeña hija se criase en el mejor ambiente. Como Clara estaba la mayor parte del tiempo fuera del hogar, él era quien se encargaba de cuidarla durante la mayor parte del día. Javier y Clara habían deseado tener otro hijo, pero los óvulos de Clara se deterioraron mucho tras el parto y desistieron de la idea. Habían pensado empezar a participar como padres adoptivos en las primeras remesas de Alumbrados, pero tampoco deseaban ser de esos padres mayores que no llegan a ver a sus hijos casarse. Ambos lo habían vivido y no lo deseaban para sus hijos.
—Papá, ¿qué es un yonqui? —dijo Cristina arrastrando el dedo por el plato para chupar algo de aceite.
Javier no sabía qué decirle. Cristina tenía cinco años y, si bien pretendía que su hija no estuviera excesivamente protegida, tampoco quería introducirla demasiado pronto en las desgracias del mundo exterior.
—Pues son unos hombres que se han portado muy, muy mal. Y como se han portado muy mal, pues no pueden hablar con nadie y se quedan siempre encerrados en el parque.
—¿Entonces son malos?
—No tienen por qué —respondió Javier—. Pero ya no saben dónde encontrar la alegría. Necesitan recurrir a trampas para encontrar la felicidad. Tu madre y yo la hemos encontrado en nuestra familia.
—¿Si me porto mal seré un yonqui? —dijo su hija con aire de sorpresa.
—No, pero si algún día te portas mal, te llevo con ellos —dijo Javier mientras mordisqueaba el moflete de su hija.
Cristina estalló en carcajadas mientras su padre continuaba haciéndole cosquillas por la barriga. Sin embargo, Javier paró de repente cuando vio que un hombre lo observaba desde la ventana.
—Cristina, vete a cambiar —dijo Javier.
Su hija subió las escaleras y Javier salió de la casa. Giró la esquina, pero el hombre ya no estaba. Miró a su alrededor, pero ya no había nadie. Ese rostro le había perturbado, no porque lo estuviera mirando, sino porque creía haberlo visto antes. Entró en su casa y cerró la puerta con dudas.
Su mujer ya estaba preparada para llevar a Cristina al colegio. Él esperaría todo el día en casa hasta que su hija pequeña volviera en la ruta, y Clara llegaría más tarde al hogar. Pero, aun así, siempre las despedía con la misma sonrisa.
—Adiós, cariño —dijo Javier besando la cara de Clara para después abrazar a su hija.
—Luego me cuentas qué tal el día —respondió Clara con una caricia a su marido.
Javier las vio salir de la casa y se preparó otro café. Encendió el ordenador y preparó su discurso ante la llamada que le esperaba. Debía anunciar a un hombre de cincuenta y cinco años su reasignación laboral a una empresa pública.
Cuando llegó la hora, se encuadró frente a la pantalla y comenzó la llamada.
—Buenos días, Diego —saludó Javier.
Diego activó su cámara y Javier pudo ver a un hombre que no disimulaba la derrota en su rostro. Javier, incómodo ante la falta de respuesta, solo pudo proceder a decir:
—Diego, ¿puedes escucharme?
—Te escucho —dijo Diego.
—¿Qué tal tu día?
—Bien, al menos no llueve en el día en que me van a despedir.
Javier se quedó pensando cómo responder a ello. Era ágil para salir de situaciones incómodas, pero estaba acostumbrado a que surgieran a mitad de la conversación.
—No he venido a hablar de tu despido, Diego.
—Despido, reasignación… lo mismo —contestó este.
—Bueno, Diego, si puedo hacerte más llevadera esta conversación de alguna forma, habla.
—Si vas a actuar como un diablo, no te presentes como un ángel —dijo Diego tajantemente—. Así que, por favor, terminemos con esto rápido.
—Está bien —continuó Javier—. Diego, como sabrás, las empresas de nuestro país pasan por momentos algo complicados. Necesitan el máximo de sus trabajadores y es cierto que tu rendimiento ha bajado recientemente.
—Es la edad —contestó Diego.
—No diría eso, Diego. Eres un trabajador valioso, pero tu rendimiento ha bajado sustancialmente en los últimos años. Tú mismo, por lo que parece, lo has notado.
—He intentado mantener el ritmo, pero desde la guerra los estándares son muy altos.
—Sí, como sabes, el conflicto en África ha mermado nuestros recursos y debemos intentar todos apretar un poco.
—Ya sabes que no todos están apretando.
Javier no pensaba que estuviera equivocado. Tras el estallido de un conflicto continental, las naciones africanas se habían visto inmersas en la mayor lucha que jamás había conocido esa región del planeta. Los diferentes bloques mundiales, cada uno con un interés en un país, se habían visto obligados a mandar recursos y hombres a defender sus empresas y los recursos destinados allí. Eso había provocado que muchas partidas destinadas a los mayores se hubiesen visto reducidas y que las empresas hubiesen tenido que recortar de cualquier forma para mantener su rentabilidad. Y eso era lo que daba de comer a Javier.
—Casi todos, Javier.
—No se ha recortado nada de los putos Alumbrados —sentenció Diego con fiereza.
—Bueno, son parte del futuro.
—El futuro me da igual. Yo vivo en el presente y tú hoy vas a joderlo un poco más.
—Intentaremos que no sea así. El Gobierno te ofrece un nuevo puesto en la administración codificando y entrenando ordenadores centrales.
—¿Cuánto cobraré respecto a mi trabajo actual?
—Eso te lo diré más adelante, cuando tenga la oferta… —mintió Javier.
—Miente a tus amigos, pero no a un hombre que no conoces y al que estás dando una mala noticia —riñó Diego—. ¿Cuánto me van a reducir el sueldo?
—A la mitad —admitió Javier con vergüenza.
—Hacerle esto a un hombre de cincuenta y cinco años… Hace falta ser mamón.
—No es un consuelo, pero se te asignarán una serie de ayudas que te facilitarán afrontar los gastos. Podrás acceder al bono de transporte, a ayudas para la luz…
—Ayudas que me servirán para subsistir, pero no para vivir.
—Con lo que tengas ahorrado podrás tirar y, si la guerra mejora, igual las ayudas aumentarán.
—¿Qué cojones esperas que haya ahorrado con cómo están las cosas?
—Diego, yo no te he faltado al respeto.
Diego soltó una carcajada tan forzada que Javier se reclinó en la silla.
—¿Tú me vas a hablar de respeto? Con un trabajo como el tuyo no sé con qué cara le hablas a alguien de respeto.
—Diego, estoy intentando hacerlo por las buenas.
—¿Lo que haces te da paz? ¿Te da alegría saber que acabas de quitarle la vida a alguien, aunque sea solo su empleo?
—Cada uno hace su trabajo.
—Pues admite la realidad del tuyo. La gente como tú, ya fuera a través de un Excel o de una IA, siempre ha existido. Los últimos mierdas que se hacen relevantes intentando hacer de menos al resto. No sabes nada, no me has visto nunca en mi puesto de trabajo y te atreves a valorar con tus juguetes mi desempeño.
—Te repito que hago mi trabajo.
—Y yo te digo que, cuando llegues a cierta edad, serás el primero en estar en una lista. Y si no tienes más que añadir, vete a tomar por culo.
Diego se desconectó y Javier vio su rostro reflejado en la negra pantalla. No estaba enfadado, pero sí desconcertado ante lo que había oído.
—No es mi culpa —susurró Javier para sí mismo.
Terminó el informe y lo mandó a su superior para notificar la comunicación del cese. No solía dejar que su trabajo le afectara, pero no paraba de dar vueltas a lo que Diego le había dicho. ¿Merecería ser despedido? ¿Sería siempre útil? ¿Qué haría si algún día lo despidieran?
Miró su casa, sabiendo que todo lo que allí estaba podría peligrar si lo despedían. Él tenía ya cuarenta y pocos años y su hija era pequeña. Garantizar una buena educación y un buen porvenir en España salía caro. ¿La decepcionaría ver que su padre no hacía lo suficiente por ella? Y su esposa, la que más dinero aportaba al hogar, ¿no pensaría que su marido no se había esforzado lo necesario para cuidar de su familia?
Demasiadas preguntas se le mezclaban en la cabeza y le impedían respirar. Sabiendo que tendría una hora libre, sacó su móvil y decidió suministrarse un poco de THC mediante el parche que tenía implantado para poder dormir un rato. No tardó mucho en caer rendido en el sofá.
El sueño se parecía al de esa mañana, pero todo era más lúcido. Estaba en aquella colina y se acercaba a la chica que veía de espaldas. Iba con unos cascos y se había detenido a descansar. Él ya iba a tocarla. Al fin llegaba lo que estaba esperando.
Javier se levantó de nuevo de golpe, entre gemidos. Era como si hubiese vivido una continuación del sueño de la noche. Tan perturbador y, a la vez, familiar. Mientras se recuperaba, se le cortó la respiración al mirar por la ventana: el mismo hombre volvía a observarlo.
Tropezó al intentar incorporarse y se dirigió tambaleándose hacia la puerta. Salió a la calle y, al girar la esquina, el hombre ya no estaba.
—¡SAL DE DONDE ESTÉS! —gritó enloquecido Javier.
Miraba a su alrededor, pero no veía nada. Estaba solo y las luces de las otras casas proyectaban sombras largas en el pavimento. Su corazón aún latía con violencia.
Se llevó la mano a la cabeza. ¿Qué le estaba pasando?
Sentía la piel ardiendo, como si su cuerpo estuviera reaccionando a algo que no entendía. Las palabras de Diego seguían resonando en su mente:
«Cuando llegues a cierta edad, serás el primero en estar en una lista».
Inspiró hondo. Tenía que calmarse. Volvió a la casa y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria. Se dejó caer en el sofá y se frotó la cara con las manos. No era la primera vez que veía a ese hombre aquel día. Y ahora… estaba empezando a perder el control.
Javier encendió la tele, pero no estaba prestando atención. Su mente volvía una y otra vez a la colina, a la mujer en sus sueños, a su propia mano extendiéndose hacia ella.
Javier suspiró y miró el reloj. Cristina estaba a punto de llegar del colegio. Debía calmarse. Debía actuar normal.
El timbre sonó y Javier se levantó, aún con la cabeza llena de pensamientos. Fue hacia la puerta y la abrió. Cristina entró corriendo con la mochila colgando de un solo hombro. Era una niña inquieta, siempre con una energía desbordante.
—¡Papá! —dijo mientras dejaba caer la mochila al suelo—. ¿Qué hay de merendar?
Javier forzó una sonrisa y cerró la puerta detrás de ella.
—Lo de siempre —dijo, caminando hacia la cocina—. Pan con chocolate.
—¡Otra vez! —se quejó Cristina—. Mamá me compra galletas más ricas.
Javier no respondió de inmediato. Su cabeza aún seguía atrapada en el caos del día.
Cristina se sentó a la mesa de la cocina y empezó a balancear los pies en el aire mientras sacaba su cuaderno. Miró a su padre con curiosidad.
—Papá, ¿te pasa algo?
Javier parpadeó antes de mirarla.
—No, ¿por qué lo dices?
—Tienes cara de… no sé. De aburrido.
Javier dejó el cuchillo sobre la encimera con un ruido seco.
—No estoy aburrido, Cristina. Estoy cansado.
—Pues pareces aburrido —insistió la niña, encogiéndose de hombros.
Javier sintió un escalofrío en la espalda. Le molestó más de lo que debería.
—¿Y qué si lo estuviera? —respondió con más dureza de la necesaria—. ¿Acaso es un crimen estar cansado?
Cristina frunció el ceño y dejó el lápiz sobre la mesa.
—Solo decía.
—Pues no digas nada —replicó Javier, girándose para tomar un vaso de agua.
El silencio cayó entre los dos. Cristina no solía discutir con su padre, pero algo en el tono de Javier la hizo fruncir aún más el ceño.
—¿Por qué te enfadas?
—Porque estoy harto de que me hagas preguntas tontas.
Cristina lo miró, ofendida. Se cruzó de brazos, inflando las mejillas.
—¡No son tontas!
—Lo son si no tienen sentido.
—Mamá nunca dice que mis preguntas son tontas.
Javier giró la cabeza bruscamente. Clara. Siempre Clara.
—Bueno, pues yo sí. Y ahora deja de hablar y come tu merienda.
Cristina bajó la mirada, apretando los labios. No dijo nada más. Las lágrimas amenazaban con salir de sus ojos, pero se negó a llorar. Tomó un pedazo de pan con chocolate y le dio un mordisco sin ganas. La cocina se llenó de un silencio incómodo.
Javier suspiró y pasó una mano por su cabello. Sabía que se había pasado, pero no podía evitarlo. La ansiedad, la paranoia, los sueños… todo lo estaba consumiendo. Miró a su hija, que comía sin mirarlo. Quiso decir algo. Quiso disculparse. Pero no lo hizo.
El eco de su propia voz resonaba en su cabeza. ¿Por qué había reaccionado así? No era más que una tontería, pero ahora su hija estaba en la mesa, masticando lentamente su merienda en completo silencio.
El resto de la tarde, Javier revisó los siguientes candidatos a un despido mientras Cristina leía un libro infantil. La tensión se rompió horas más tarde con el sonido de la puerta de entrada.
—¡Mamá! —gritó Cristina, corriendo hacia el recibidor.
Javier se quedó quieto. El peso de la tarde lo oprimía.
Escuchó los pasos de Clara, su voz cálida saludando a Cristina. Sonaba normal. Sonaba lejos de él.
Clara entró en la cocina con la chaqueta colgando del brazo y dejó su bolso en la mesa.
—Hola, amor —le dijo a Javier, acercándose a darle un beso en la mejilla.
Él no se movió.
—Hola —respondió, sin devolverle el gesto.
Clara lo miró un segundo antes de girarse hacia la nevera y sacar una botella de agua.
—¿Qué tal el día?
—Bien —dijo Javier secamente.
—Papá se ha enfadado conmigo —soltó Cristina de repente.
Javier sintió cómo su estómago se encogía. Clara se giró hacia su hija con el ceño fruncido.
—¿Por qué, cariño?
Cristina le lanzó una mirada fugaz a su padre, esperando su reacción.
—Porque le he preguntado si le ocurría algo —dijo finalmente, con voz resentida.
Clara dejó la botella sobre la encimera y cruzó los brazos.
—¿Y por eso te has enfadado, Javier?
Javier sintió cómo su mandíbula se tensaba.
—No me he enfadado.
—Sí, sí te has enfadado —insistió Cristina, inflando las mejillas.
—Solo estaba cansado —dijo Javier, desviando la mirada.
Clara suspiró, apoyándose en la encimera.
—Llevas raro desde esta mañana. ¿Quieres hablar?
—No hay nada que hablar.
Clara intercambió una mirada con Cristina. La niña se encogió de hombros y se fue a su cuarto, dejando a sus padres solos.
Clara esperó unos segundos antes de hablar.
—Te noto preocupado.
—Estoy bien.
—No, no lo estás.
Javier apretó los puños, sintiendo un hormigueo en la nuca. No quería tener esta conversación.
—¿Qué quieres que diga? ¿Que tuve un mal día en el trabajo? ¿Que la gente que despido me lanza discursos moralistas como si yo tuviera la culpa?
Clara entrecerró los ojos.
—¿Es por eso?
Javier soltó una risa seca.
—Sí, Clara. Es por eso.
Ella se quedó en silencio por un momento y luego exhaló lentamente.
—Mira, si te está afectando tanto, quizás deberías hablar con alguien.
Javier bufó.
—¿Con quién? ¿Con un terapeuta del Gobierno? ¿Uno de esos que te recomiendan más pastillas para que «gestiones el estrés»?
Clara negó con la cabeza.
—No hablo de un terapeuta del Gobierno. Hablo de mí, Javier.
Él apartó la vista.
—No necesito hablar.
Clara frunció los labios, pero no insistió.
—Vamos a cenar.
Javier asintió y la siguió al salón. La mesa estaba puesta y Cristina jugaba con la comida con el tenedor. El ambiente se sentía espeso.
Javier comía lentamente, con el estómago cerrado. Cada movimiento de Clara lo irritaba sin motivo. Cada vez que Cristina hablaba, sentía que su voz se amplificaba en su cabeza.
—Hoy en el colegio la profe dijo que íbamos a hacer un proyecto sobre las familias del futuro —dijo Cristina, sin levantar la vista del plato.
—Oh, qué interesante —dijo Clara, sonriendo—. ¿Cómo será eso?
—No sé, pero dijo que algunas familias van a tener más Alumbrados que hijos normales.
Javier dejó el tenedor sobre la mesa.
—¿Más Alumbrados?
—Sí. Dijo que en el futuro casi todos los niños van a ser Alumbrados porque la gente cada vez tiene menos hijos normales.
Javier sintió cómo su piel se erizaba.
—Bueno, pero eso es solo una posibilidad, ¿no?
—No. Dijo que es lo mejor para el país.
—¿Tu profesora te dijo eso?
—Sí.
—¿Y qué más dijo?
Cristina lo miró, notando su tono más serio.
—No sé… que son más listos, que no van a tener las mismas enfermedades, que van a vivir más años.
Javier sintió una presión en el pecho.
—¿Y tú qué piensas de eso?
Cristina se encogió de hombros.
—No sé. Si todos los niños son Alumbrados, ya no habrá niños normales.
—¿Y eso te parece bien?
—No sé —repitió Cristina—. Mamá dice que no tiene nada de malo.
Javier se giró hacia Clara, que lo miró con el ceño fruncido.
—¿Tienes algún problema con eso?
Javier sintió que la sangre le hervía.
—¿Desde cuándo adoctrinan a los niños con esto en el colegio?
Clara parpadeó.
—No es adoctrinamiento, Javier. Es la realidad.
—La realidad es que cada vez nos empujan más a aceptar cosas sin cuestionarlas.
—¿Y cuál es el problema con los Alumbrados?
Javier no respondió de inmediato. No tenía una respuesta clara, solo un malestar creciente en su pecho.
—El problema es que ya no nos preguntan si queremos o no —dijo finalmente.
Clara dejó el tenedor sobre el plato con un ruido seco.
—Siempre has sido paranoico con estas cosas.
—Y tú, demasiado conformista.
Cristina los miró a ambos, incómoda.
—Mamá, ¿puedo irme a mi cuarto? —dijo en voz baja.
—Sí, hija —contestó Clara, que la siguió con la mirada y luego volvió a centrarse en Javier—. No hagas que nuestra hija piense como tú.
Javier la miró con frialdad.
—¿Y tú sí puedes hacer que piense como tú?
Clara apretó los labios y negó con la cabeza.
—No quiero discutir, Javier.
—Pues no me provoques.
Clara se levantó de la mesa, recogió su plato y se fue sin decir más. Javier se quedó sentado, con los puños cerrados. Miró hacia la ventana y, en la periferia de su visión, creyó ver una sombra inmóvil en la calle.
No necesitaba mirar para saber quién era. El hombre había vuelto.
—¿Qué te ocurre? —dijo Clara con impaciencia, volviendo al salón.
—No ha sido mi mejor día —contestó Javier, devolviéndole la mirada.
—¿Y te parece lo mejor pagarlo con nosotras?
—¿No tengo derecho a opinar?
—Lo tienes, pero no desde el rencor. Y menos con tu hija, que te adora y odia que discutamos.
—Parece que a la única que respeta es a ti, como hace todo el mundo.
Clara se quedó mirándolo con dudas.
—Javier, háblame. No des rodeos.
—Hoy me ha tocado anunciar a un hombre que sería reasignado a una empresa pública y su respuesta no ha sido nada agradable. Y lo peor es que ha dicho ciertas cosas a las que no he sido capaz de negarle la razón.
—¿Y por qué no me has escrito para hablarlo?
—Estarías ocupada. No quería molestarte.
—Para de hacerte la víctima. Soy tu esposa, no una extraña.
—Eres mejor que yo, y eso me da miedo.
La cara de Clara se relajó y se sentó al lado de su marido.
—¿Por qué dices eso?
—La mayor parte de nuestra vida, esta casa, nuestro nivel de vida… nada de esto sería posible sin ti. Yo me he quedado estancado y ya solo puedo aportar una pequeña parte de los ingresos y ocuparme algo de nuestra casa, sin tenerla tampoco en su mejor estado. Ambos sabemos que algún día me despedirán igual que hago yo con otros, y aportaré aún menos. Creo que no os merezco.
Clara cogió la mano de su marido.
—Mírame.
—Clara, ya está. Dejemos el tema.
—Mírame.
Javier alzó la mirada y la expresión de su mujer volvió a ser la de aquella mañana. La dulzura que expresaba su media sonrisa hizo que él le devolviera una mueca de satisfacción.
—Me has dado una familia fantástica y una estabilidad maravillosa. Yo también tengo dudas a veces sobre si os dedico suficiente tiempo a Cristina y a ti, pero al llegar a casa y veros juntos siento que todo lo que hago tiene sentido.
—No soy tan fuerte como tú.
—No seas ridículo. Lo das todo por esta familia, incluso aceptas un trabajo que te desagrada por el mero hecho de buscar nuestro bienestar. Es un compromiso que no todo el mundo ha estado dispuesto a asumir. Adoro tu sacrificio y constancia. Te quiero.
Clara le dio entonces un beso a Javier con una tímida pasión que hizo que todo el estrés de aquella mañana se borrase de un plumazo. Se sintió ligero y pudo por fin acariciar el rostro de su esposa con las ganas con las que lo hacía normalmente.
—Soy tan afortunado de tenerte —contestó Javier.
—No dejes que nada te desvíe de nosotras, mi vida —dijo Clara, devolviéndole un fugaz beso—. Creo que deberías subir a hablar con tu hija.
—Creo lo mismo.
Javier se levantó de la mesa y subió al cuarto de su hija. La encontró mirando unos dibujos animados en la tableta, pero, al ver a su padre, apagó la pantalla.
—Lo siento, papá. Toma el iPad.
—No te preocupes, hija. He sido un bobo contigo —respondió Javier sonriéndole—. ¿Qué estabas viendo?
—Toy Story.
—¿Te gusta Toy Story?
—Sí, papá.
—¿Sabes que se estrenó cuando yo era pequeño?
—No —contestó su hija con curiosidad—. ¿Fuiste al cine a verla?
—Lamentablemente, no. Salió cuando era muy pequeño. Me la compraron tus abuelos en VHS.
—¿Qué es un VHS?
—No importa. ¿Quieres que la veamos juntos?
—Vale.
Su hija se hizo a un lado de la cama y Javier se tumbó junto a ella. Estuvieron un rato viendo la pantalla hasta que su hija se quedó dormida. Al acabar, volvió a su cuarto, donde su mujer lo esperaba recostada en la cama. La besó e hicieron el amor hasta que ambos se quedaron dormidos.
La imagen de Javier quedó congelada en la pantalla de la sala. Su cuerpo relajado en la cama, con Clara a su lado y su hija durmiendo en el cuarto contiguo, proyectaba una ilusión de paz absoluta. Pero el aula estaba en silencio.
El profesor paseó la mirada por los estudiantes, esperando respuestas.
—Bueno, clase, hoy, en esta sesión explicativa de El Método, hablaremos de las inestabilidades que pueden surgir durante su funcionamiento. Díganme, ¿qué piensan que puede haber ocurrido aquí?
Los alumnos intercambiaron miradas. No era la primera vez que analizaban un caso de condena en simulación, pero algo en este caso les inquietaba.
Mateo, un joven de la cuarta fila, levantó la mano.
—Dinos, Mateo —dijo el profesor, señalándolo.
—Creo que ha habido un pico de estrés provocado por un recuerdo del pasado del paciente. Es muy común que los condenados que se encuentran bajo la simulación puedan desestabilizarse ante el recuerdo de su vida real.
El profesor asintió con una leve sonrisa.
—Correcto. Javier ha estado experimentando pesadillas relacionadas con su vida pasada, y eso puede provocar que asuma los recuerdos de la víctima como propios, pero sin poder reconciliarlos completamente con su subconsciente. Los diseñadores probablemente hayan tenido que aumentar la dulzura del día para conseguir relajarlo. Dicho eso, lo normal es que los cambios hayan sido mínimos y que todo lo que hemos visto hoy haya ocurrido de esa forma.
Los alumnos tomaban notas en sus dispositivos, pero algunos todavía parecían inquietos.
—¿Cuánto tiempo lleva en la simulación? —preguntó una estudiante del fondo.
El profesor miró su panel de datos.
—Tres años, seis meses y diecisiete días.
Un murmullo recorrió la sala. Era un período largo.
—¿Y cuánto le queda? —preguntó otro estudiante.
El profesor deslizó los datos en la pantalla holográfica, mostrando una línea temporal con eventos clave en la simulación de Javier.
—El sujeto está condenado a un ciclo de veinte años. Al finalizar, podrá ser reevaluado y, si cumple con los parámetros establecidos, se le permitirá su reinserción social bajo una identidad completamente nueva.
Mateo frunció el ceño.
—Pero si lleva más de tres años y aún sigue experimentando inestabilidades, ¿eso no es señal de que la simulación está fallando?
El profesor se detuvo un momento, observando la pregunta con interés.
—No necesariamente. Es usual que algunos condenados tarden más en aceptar completamente la realidad implantada. En este caso, el problema radica en la intensidad de las pesadillas.
Hizo un gesto en el aire y la imagen en la pantalla cambió. Aparecieron gráficos de actividad cerebral, oscilaciones irregulares y marcadores de estrés psicológico.
—Como pueden ver aquí, el cerebro del sujeto ha mostrado niveles anormales de respuesta al estímulo del entorno. En especial, cada vez que sueña con la colina y la mujer. El Método se apalanca en un guion previo, pero se va adaptando para hacer más natural la experiencia: el sueño no estaba dentro de los planes de la simulación y, sin embargo, esta ha sabido adaptarse a la situación. Lo importante es que los eventos considerados esenciales mantengan su sentido.
—¿Se ha detectado qué representa la mujer para él? —preguntó la estudiante del fondo.
El profesor asintió.
—Sí. La mujer de sus sueños es la víctima de su crimen. La que piensa que ahora es su mujer.
Un nuevo murmullo recorrió la sala.
—¿Entonces está recordando lo que hizo?
El profesor negó con la cabeza.
—No de forma consciente. Pero su subconsciente se aferra a la imagen de la mujer como una anomalía en la simulación. Cada vez que sueña con ella, su psique está tratando de integrar ese recuerdo sin éxito.
Mateo levantó la mano otra vez.
—Pero si sigue soñando con la víctima, ¿eso no significa que la simulación está fallando en borrar completamente su pasado?
El profesor inclinó la cabeza ligeramente.
—Buena observación. No se busca borrar su pasado.
La clase quedó en silencio.
—El objetivo de El Método no es eliminar sus recuerdos, sino hacer que viva el sufrimiento del otro. Recordemos que Javier era un yonqui de voluptas que violó y asesinó a Clara después de llevar varios días atacando a otras mujeres. La composición del voluptas provoca en los sujetos una sensación cercana a la muerte en la que pueden visualizar algunos de sus recuerdos más alegres, dejándolos en un trance de satisfacción constante. El problema es que el abuso de la sustancia afecta a la memoria y acaba deteriorando los recuerdos. Javier afirmó en el juicio que se había quedado sin recuerdos y que un impulso desmedido lo llevó a intentar buscar una satisfacción fugaz en la que poder refugiarse más adelante.
La imagen en la pantalla retrocedió hasta momentos clave de la simulación. Javier abrazando a su esposa, sintiendo culpa por su trabajo, aferrándose a su hija como si fuera lo único que le daba sentido.
—El castigo no es solo hacerle olvidar quién fue. El castigo es hacer que valore lo que una vez le arrebató.
Algunos estudiantes tomaban notas apresuradas.
—Sin embargo, en este caso estamos observando un fenómeno poco común —continuó el profesor—. Javier no solo ha adoptado la vida del hombre al que destruyó.
Mateo frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
El profesor avanzó los datos y mostró una tabla con las métricas de comportamiento del sujeto en la simulación.
—Ha empezado a actuar más como la víctima que como él mismo.
Los alumnos murmuraron entre ellos.
—Pero… ¿no es eso lo que se busca? —preguntó otra estudiante.
El profesor se cruzó de brazos.
—Hasta cierto punto. Pero, en la mayoría de los casos, el condenado vive la experiencia desde una distancia emocional, aunque crea que es real. En este caso, Javier ha internalizado el dolor del marido de la víctima hasta un nivel en que parece haberlo sustituido completamente. Cuando se levante, recordará su vida pasada, pero también toda esta experiencia, dando lugar a un hombre que habrá sabido entender el daño que provocó.
Mateo se inclinó en su asiento.
—Entonces, si se ha convertido en la víctima… ¿qué significa eso para su castigo?
El profesor sonrió levemente.
—Eso es lo que estamos analizando ahora. ¿Puede un criminal realmente redimirse si su mente lo reconfigura por completo?
Los alumnos quedaron en silencio.
—Si al final del ciclo él ya no es el mismo hombre que cometió el crimen… ¿su castigo sigue siendo justo? —añadió Mateo.
—Os falta mucho contexto —dijo el profesor—. La llegada de las redes sociales hizo que todo el mundo se sintiera partícipe de los crímenes más horrendos, y eso llevó a la opinión pública a exigir un mayor punitivismo por parte del legislador. Las realidades virtuales, como Infinity, permitieron profundizar en nuevas formas de hacer pagar a los criminales por sus crímenes, pero sin perder el deseo de rehabilitación. Cuando Javier termine su condena, habrá sufrido lo mismo que sufrió Pablo. Además, aceptar El Método le supuso a Javier una rebaja de dos años en su condena.
Una de las alumnas, Margarita, levantó la mano y el profesor le dio la palabra.
—¿Quién es el hombre de la ventana?
—El hombre de la ventana es Pablo, el verdadero marido de Clara. Se le permite visitar el escenario en el que se encuentra el condenado para observar su evolución.
—¿Y cómo es que Javier ha podido verlo?
—Diría que la inestabilidad generada por los sueños de Javier ha afectado a la protección de la simulación.
—¿Va todos los días?
—Viene frecuentemente, aunque suele elegir determinados días.
—¿En base a qué?
—Tenéis que pensar que la simulación es, en un 90 %, una recreación de los recuerdos de Pablo, por lo que probablemente él mismo vivió lo que hemos visto: la conversación con el hombre despedido y la discusión y reconciliación con su familia.
—¿Por qué querría revivir este día?
Mateo levantó entonces la mano para contestar, ante lo que el profesor le dio paso.
—Tal vez… —dijo con dudas— fuera un día en el que vio con total claridad la familia que tenía.
Margarita volvió entonces a levantar la mano.
—¿No es un poco sádico?
El profesor se quitó las gafas y se apoyó en la mesa de Margarita.
—Si alguien te arrebatase lo que más amas, ¿no desearías que cada día de su vida fuera una sombra del sufrimiento que te dejó? Dime, ¿no lo harías?
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