Parte I: Rabia (Parte I)
—¿Dónde está?
—En la UCI.
—Soy su esposo, dígame dónde está.
Juan intentó insistir, pero un empujón lo lanzó contra la pared.
—¿Dónde hostias estabas?
Juan levantó la vista. Su hijo Pedro estaba frente a él, con los ojos ardiendo de furia. Era una mirada desconocida y aterradora.
—¿Has visto a tu madre? —preguntó Juan, recomponiéndose.
—¡Que me digas dónde estabas! —gritó Pedro, con la voz quebrada por el aire que le faltaba.
—¿Cómo está tu madre?
—¿Con quién estabas?
España, 2032
Pedro se despertó de golpe, bañado en sudor. Otra vez el mismo sueño. Esa noche en el hospital seguía apareciendo, como un fantasma que no lo dejaba en paz. Se frotó la cara y, al abrir los ojos, notó que estaba en el sofá. Frente a él, su madre lo observaba desde el sillón.
—Sigues quedándote dormido como cuando eras pequeño.
—Siempre he sido de sueño fácil.
—A veces te veo tan plácido que me dan ganas de hacerte una maldad para despertarte.
Pedro soltó una risa suave mientras se incorporaba.
—Depende de lo que esté soñando. ¿Qué hora es?
—Las ocho. Iba a dejarte dormir otro poco antes de levantarte para ir a trabajar.
—Gracias, mamá. Pero ya me pongo en pie.
Pedro se concedió una larga ducha y se vistió para ir al trabajo. Llevaba un par de semanas en las que estaba meditando qué hacer con su vida. Tras su enfrentamiento con Augusto, había recibido algo más de 5.000 euros de donaciones de usuarios, más de la que había ahorrado en toda su vida. El máster de cuidados que tenía en mente desde hace tiempo se le había puesto a tiro con esa cantidad. Podría dejar el trabajo y ponerse a estudiar, dado que el Gobierno permitía compatibilizar el ingreso mínimo juvenil con los estudios.
Se había vuelto a conectar a Infinity un par de veces, y había conseguido alguna felicitación de los usuarios que se encontraban. El video de su discusión acumulaba dos millones de visitas, y había generado reacciones principalmente favorables hacia él. Incluso Luis le había preguntado cuánto dinero había recibido, aunque Pedro había rebajado la cantidad ante la sospecha de que este le pidiese dinero. Aunque lo considerase un amigo, tampoco se sentía con ganas de compartir el botín con él.
Aún así Pedro había notado que Luis tardaba más en responder a sus mensajes últimamente. "Oye, tío, ¿todo bien?" había preguntado ayer, solo para recibir un escueto: "Sí, de lujo". Aunque no era raro que Luis se cerrara en banda, algo en esa respuesta había sonado diferente, casi mecánico.
Antes de salir, se acercó a despedirse de su madre, que tomaba un vaso de leche en el sillón.
—¿Llegarás tarde? —preguntó ella.
—Depende. —Se inclinó para darle un beso en la frente.
—Perdona, sé que soy una pesada —dijo ella con voz apenada—. Pero no sé si te digo suficiente que te quiero.
—Lo dices cada semana.
—Espero que no lo olvides cielo. Nadie me ha cuidado como tú.
Pedro se quedó en silencio un momento, buscando una respuesta que no sonara vacía.
—Luego te veo.
En la parada del autobús, Pedro dejó que el frío matinal se filtrara por los resquicios de su abrigo. Aunque los 5.000 euros le ofrecían nuevas opciones, no podía evitar sentirse atrapado. ¿De verdad un máster cambiaría algo?
El autobús llegó, y Pedro tomó asiento junto a la ventana. Mientras el paisaje pasaba fugazmente, recordó la escena en Infinity: la humillación de Cristina, su propia rabia, el instante en que había hablado. Por primera vez en mucho tiempo, se había sentido importante. Pero, ¿era eso suficiente para sentirse a gusto consigo mismo?
Su teléfono vibró. Era un mensaje de Luis:
—¿Te conectas esta noche? Quiero mostrarte algo en Infinity.
Pedro suspiró y guardó el teléfono sin responder.
El día en el restaurante transcurrió lento, como siempre. Pocas personas entraron, y las máquinas funcionaban correctamente. Mientras se distraía buscando información sobre el máster, alguien interrumpió sus pensamientos.
—Perdona, ¿me ayudas con el pedido?
Pedro levantó la vista. Una chica le sonreía desde la máquina. Llevaba una sudadera de la Universidad Colón, un nuevo centro privado que se había inaugurado recientemente. La chica debía tener unos veinte años, y debajo de sus pecas asomaba una divertida sonrisa.
—Sí, claro.
Ella señaló la pantalla.
—Estoy intentando meter una promoción y no me la coge—indicó la chica con el dedo.
—Probablemente esté caducada. —Pedro se encogió de hombros—. Pasa a menudo, estos descuentos suelen morir en el día que llegan. Intenta con este código. —Le mostró su teléfono.
—Qué amable, muchas gracias.
—No sé si te hago un favor dejando que pidas algo aquí.
—¿Y eso?
—La comida de aquí es mierda. Rica, pero mierda.
—No pareces un gran empleado —respondió ella riendo.
—Tranquila soy el único que curra aquí, así que siempre soy el empleado del mes. Bueno una vez me adelantó el water.
Ella soltó una carcajada.
—Me llamo Carla.
—Pedro —contestó estrechándole la mano.
—¿Llevas mucho aquí?
—¿Esto es ahora una entrevista?
—Puede—sonrió la muchacha—. Estudio periodismo y tengo un pequeño canal.
Carla sonrió, pero había algo en su mirada que no encajaba del todo con su actitud relajada.
—¿Sabes?—dijo, como si intentara cambiar de tema—yo también odio trabajar con máquinas. Te hacen sentir reemplazable, como si lo que yo pudiera aportar no sirviese de nada al lado de la eficiencia de la máquina. Prácticamente todos mis trabajos han consistido en revisar artículos escritos previamente por inteligencia artificial.
Pedro iba a responder cuando un hombre tambaleante entró al restaurante. Ambos se giraron al escuchar sus gemidos. Apenas podía sostenerse.
—Qué asco —murmuró Pedro.
—¿Está colocado con Voluptas? —preguntó Carla.
—Probablemente. ¿Sabes cómo funciona?
—Dicen que te transporta a tus recuerdos más felices, como si revivieras toda tu vida justo antes de morir.
Pedro la miró con curiosidad.
—¿Y si no tienes recuerdos felices?
—Supongo que la película es corta.
Carla recibió su pedido y sonrió antes de despedirse.
—Gracias por tu ayuda, Pedro. Hasta luego.
Mientras la veía salir, Pedro volvió la vista al hombre colocado. "Recuerdos felices," pensó. ¿Cuáles serían los suyos? Ese encuentro aligeró su jornada, y antes de lo esperado pudo colgar su ropa en el armario. Cuándo iba a salir, el yonqui seguía consumiendo los restos de su hamburguesa.
—Hemos cerrado señor.
—Netchup.
—¿Perdón?—preguntó Pedro.
—Letkup.
—Creo que quieres decir Ketchup, pero tengo que cerrar.
—Septum.
—El que te voy a hacer como no te largues.
Pedro levantó al hombre suavemente y lo condujo a la puerta. Finalmente, lo empujó fuera del restaurante.
—Septchup—murmuró el hombre, mirándolo como si esperara algo.
—Vete a tomar por culo—Pedro cerró la puerta sin mirarlo a los ojos.
Regresó al interior y suspiró. El día había sido largo, pero la breve interacción con Carla lo había hecho más llevadero. "Pocas veces aparece alguien que no sea un problema," pensó mientras apagaba las luces. Estaba más acostumbrado a lidiar con casos como el yonqui: clientes que, al igual que él, parecían atrapados en un ciclo de monotonía y decadencia.
De camino a casa, la conversación con Carla volvió a su mente. Había algo en su actitud que lo había desconcertado, algo diferente al típico intercambio mecánico con los clientes. Quizá era la forma en que se rio, o simplemente el hecho de que lo escuchara como si lo que dijera realmente importara.
"¿Recuerdos felices?" La frase resonó en su cabeza mientras subía al autobús. No recordaba la última vez que algo lo había hecho sentir genuinamente bien. Su infancia estaba llena de fragmentos borrosos; su adolescencia, empañada por la frustración y el resentimiento. Incluso ahora, con el dinero ganado en Infinity, sentía que todo seguía igual.
Al llegar a casa, su madre estaba viendo un programa de tertulia política, los cuáles Pedro detestaba porque pensaba que servían para que el espectador no aprendiera nada realmente. Al verlo entrar, bajó el volumen de la televisión.
—¿Cómo te fue hoy?
Pedro colgó su abrigo sin responder de inmediato. Finalmente, se dejó caer en el sillón junto a ella.
—Nada fuera de lo común. Aunque... conocí a alguien interesante.
—¿Una chica?
Pedro dejó escapar una risa leve.
—Algo así.
La madre sonrió, pero no insistió. Sabía que Pedro hablaba cuando estaba listo, y solo si tenía ganas. Mientras ella volvía su atención a la pantalla, Pedro miró hacia la ventana. La noche era fría y silenciosa. Por un momento, dejó que su mente divagara de nuevo, pensando en Carla, en el yonqui, y en la promesa de un cambio que aún no sabía cómo perseguir. De repente un mensaje apareció en su teléfono. Era Luis.
—Necesito hablar contigo, en la zona libre tres a las diez. No faltes por favor.
Pedro resopló, pero el tono del mensaje le hizo pensar que debía ser importante. Una vez dejo a su madre recostada en el sillón con su serie favorita, entro en su cuarto y se puso las gafas.
—Iniciar Infinity.
Pedro vio cómo el universo se cargaba y su avatar se hizo realidad. Se dirigió a la zona especificada por Luis, no sin antes pararse a hablar con algunos usuarios que reconocían su nickname. Aunque nunca hubiese sido su deseo, humildemente reconocía que aquellos halagos le reconfortaban. Sentir que te dan la razón ante un gilipollas es algo fantástico.
Un avatar de una chica se dirigió a él.
—Hola guapo, he visto que recientemente has generado nuevos ingresos, ¿quieres pasar un buen rato en mi sala?
Pedro sonrió sin mirarla mucho, pues entendía que era un bot de una sala sexual. En la última actualización se había introducido una nueva modalidad en la que podías follar con la chica que generases, pagando un extra por la experiencia sensorial. Había tenido mucho éxito entre hombres casados, que recurrían a ella para evitar una infidelidad real en su matrimonio. Si bien es cierto que la vida sexual de Pedro era más bien escasa, no es que le llamase la atención.
Llegó a la zona indicada para encontrarse con una zona urbana que había sido inspirada en las películas de Blade Runner. A Pedro nunca le gustó la primera parte, aunque entendía el impacto que había generado en su momento.
Pasaron unos minutos y abrió el chat impaciente.
—Luis, ¿dónde estás?
Mientras se giraba para observar a su alrededor, un destello lo cegó.
—¡BIENVENIDOS A MÁSCARAS, VUESTRO STREAM FAVORITO DE INFINITY!
Pedro observó cómo, delante suyo, una pantalla enorme se encendía. Un hombre apareció en ella. Pedro entendió entonces que estaba viendo a Martín Gutierrez, un usuario que se dedicaba a hacer reportajes sobre otros usuarios de Infinity. Había visto un par de programas suyos, y había sacado algo de entretenimiento. Lo había sentido como un pequeño pecado culpable, como un fast food con el que saciar su aburrimiento. Sin embargo, verse como protagonista de un programa no era la cosa que más le apeteciese.
—Un cordial saludo al invitado sorpresa de hoy. El hombre que le plantó cara a Augusto.
—Esto es una broma, ¿no? —suspiró Pedro.
—Amigos, parece que tenemos al primer famoso tímido de Infinity.
Pedro observó cómo, a la derecha de Martín, un chat mostraba diferentes mensajes y emojis de usuarios conectados al directo. En total, dos mil quinientas personas.
—¿Es esto necesario?-dijo Pedro abriendo los brazos.
—Si quieres puedes salirte del stream, pero luego igual te arrepientes.
—¿A qué te refieres? —preguntó Pedro.
—Ya lo verás —contestó Martín con una sonrisa—. Cuéntale al chat, ¿cómo describirías a la persona que está detrás de la cuenta del momento?
—Alguien a quien estos jueguitos le aburren-mintió Pedro
—Vamos, Pedro, ponle un poco más de ganas al asunto. Además, he visto que has visto alguno de sus programas
Pedro no supo qué contestar. ¿Cómo había llegado a su nombre?
—¿Crees que es tan complicado encontrar la identidad de alguien más allá de esta red? Si quieres privacidad, cúrratelo más, amigo.
El chat empezó a llenarse de caras con signos de sorpresa, y algún mensaje de pago decía: "¡Buena cazada!".
—Sí, vale, sabes quién soy. Y ahora, ¿qué? ¿Me invitas a cenar?
—No te preocupes, Pedro, nunca revelo el apellido de los usuarios. Todo lo que mostremos hoy es accesible al público.
Pedro entendió que quizás era mejor quedarse en ese stream para averiguar qué conocía ese tío sobre él.
—Está bien, venga, te cuento algo de mí —dijo Pedro, dubitativo—. Soy una persona normal. Tengo trabajo, pero ando pensando en cambiarme.
—No seas tan soso —respondió Martín—. Parecías más interesante cuando apareciste en el evento de Augusto.
—Puede ser, pero me pillas sin ganas. Una lástima.
—Cuéntanos algo más, anda. Vayamos a tu trabajo. ¿De qué curras?
—No te importa, ni es algo excitante —contestó Pedro.
—Me da a mí que el olor a fritanga te fastidia la memoria.
Pedro sintió esta vez un nudo en el estómago.
—Visto que no contestas, te ayudo —dijo Martín—. Aquí podéis ver a nuestro amigo, en su día a día.
La pantalla devolvió una imagen de Pedro entrando a su trabajo. El chat explotó en mensajes; uno incluso decía: "¡Es el local de la calle Alenza!".
—Un auténtico currante, amigos —dijo Martín.
La cabeza de Pedro iba y venía, pero sabía que debía mantener cierta calma.
—Se hace lo que se puede. Me da para tirar, y no hago daño a nadie.
—¿Y por qué no se lo contaste a tu amigo Luis?
Antes de que Pedro pudiera contestar, Martín puso un vídeo en la pantalla en el que se veía al avatar de Luis mirando un vídeo de Pedro trabajando en el local. Tras terminar, Martín aparecía preguntando a Luis:
—¿Qué te dijo que hacía Pedro?
—Que trabajaba en una tienda familiar.
—¿Y por qué crees que decía eso?
—Siento que para hacerme sentir inferior —respondió Luis—. Yo llevo unos años preparando una oposición y es muy duro no poder llevar dinero a casa. Cada vez que me contaba lo que hacía en la tienda, me sentía un completo inútil. Yo nunca le habría hecho eso a un amigo.
El video se detuvo y Pedro sintió cómo el malestar lo invadía. No le había dicho a Luis a qué se dedicaba por vergüenza de confesarle dónde trabajaba, pero nunca con el fin de hacerle sentir menos.
—¿Entiendes que Luis se sienta decepcionado?
—Imagino que está dolido, pero no era mi intención hacerle sentir mal por ello.
—Eso será algo que tendrás que hablar con él, si es que quiere volver a hablar contigo —contestó Martín—. Para el chat, quiero informar que con los ingresos de este stream vamos a ayudar a Luis a continuar con sus estudios.
Ese comentario transformó su malestar en rabia. Pedro empezó a encajar las piezas. Era Luis quien lo había citado allí con insistencia a lo largo del día. ¿Le habrían pagado por dar pistas sobre quién era o por decir esas cosas? No sabía su apellido, pero con su primer nombre podrían haber rebuscado en su historial pasado y encontrarle.
Su mente era un torbellino de pensamientos. El chat empezaba a reflejar comentarios en su contra, y Martín, con esa sonrisa falsa, parecía disfrutar cada segundo. "Mantén la calma", pensó. Pero las palabras de Luis y la burla de Martín le quemaban por dentro.
—Qué conveniente que hayáis decidido pagarle los estudios. ¿Eso lo decidisteis antes o después de que me vendiera? —espetó Pedro, con la voz cargada de rabia contenida.
Martín arqueó una ceja, fingiendo sorpresa.
—Vaya, parece que nuestra estrella tiene una teoría interesante. ¿Acusas a tu amigo?
El chat se llenó de mensajes, muchos criticando a Pedro: "Qué rata", "Pobre Luis, seguro que este tipo lo manipuló", "Típico de alguien que desprecia a los demás".
—Joder, Pedro, vas cogiendo carrerilla. Y dime, ¿te consideras un buen trabajador?
Pedro soltó un bufido:
—No tengo mucho trabajo, pero intento ser profesional.
—¿Ah sí? Veamos a Pedro siendo profesional.
La pantalla se iluminó y Pedro sintió que esta vez lo que se removía era su cuerpo físico. Ahora veía desde el punto de vista de una chica la entrada del yonqui en el local aquella mañana. La cámara se giró y enfocó su rostro, justo cuando murmuró: "Qué asco".
—Señores, sabemos que la pandemia de la droga Voluptas está siendo terrible, y aquí tienen a Pedro compadeciéndose de uno de esos yonquis.
Pedro entendió que Martín había enviado a Carla a grabarle aquella mañana, y probablemente le hubieran pagado algo al yonqui para que entrara en el local a pedir algo de comer. Le habían utilizado y engañado para sacar ese video editado.
Fue a contestar, pero se quedó mirando cómo en la siguiente escena se veía el momento en el que echaba al yonqui del local. Carla debía haberse quedado esperando para poder filmar el momento. Instintivamente movió la boca simulando las palabras que sabía que iba a escuchar.
—Vete a tomar por culo.
Pedro observó su propio rostro en la pantalla, congelado en el momento exacto en que echaba al yonqui del restaurante. ¿Qué era lo que realmente le molestaba? ¿El juicio de los demás o el hecho de que, por primera vez, se veía a sí mismo como ellos lo veían?
El chat hervía, y Pedro encontraba cada vez menos comentarios a su favor, pero ya no le importaba. Aquello le había dolido de verdad, no solo por la humillación que suponía que todo el mundo lo viera así, sino porque nada de aquella interacción había sido auténtico. La muchacha había sido amable con él solo para poder grabarlo, probablemente la primera persona que lo había tratado bien en meses.
—No sé vosotros, seguidores, pero a mí lo que me da asco es la poca compasión que mostró por ese pobre hombre —dijo Martín con tono sarcástico.
—Desgasta mucho encontrarte con ellos cada día —dijo Pedro casi sin ganas.
¿Qué pasa? ¿Los yonquis te molestan? Qué irónico viniendo de alguien con un historial como el tuyo.
Pedro tardó un segundo en comprender que lo que le recorría la espalda era un escalofrío. No quería pensar que su idea iba bien encaminada, pero al levantar la mirada, la sonrisa de Martín le confirmó su presentimiento.
Pedro miró de reojo el panel de su avatar. El contacto de Luis seguía bloqueado, lo que no hacía más que reafirmar sus sospechas.
—¿De verdad quieres contar eso? —preguntó Pedro con cierta levedad.
—La gente lo merece —contestó Martín.
Aunque Pedro esperaba lo que se mostró a continuación en la pantalla, nada lo habría preparado para ello: diferentes imágenes de él en fiestas aparecían, con cocaína, porros, y su mirada perdida invadiendo la pantalla.
—Para odiar a los yonquis, parece que te divierte la droga.
Pedro se imaginaba que Martín había contactado con algún excompañero de la universidad y comprado esas fotos. Reconoció su mirada sin rumbo, sujetando una copa, y alguna cara conocida en las imágenes, incluido su propio reflejo cuando era otra persona. Sentía auténtico odio por la persona que había sido.
—¿Qué quieres de mí, Martín? —preguntó finalmente, su voz fría y dura.
—De ti, nada, Pedro. Tú ya lo has dado todo: un espectáculo, una historia. Ahora, el resto es cosa del público —Martín hizo una pausa dramática y añadió con cinismo—: Aunque podrías limpiar un poco tu imagen.
—¿Limpiarla? —Pedro soltó una carcajada amarga—. ¿Para qué? A gente como tú no le importa la verdad, solo el drama.
El chat se llenó de emojis de risa y aplausos. Martín sonrió, pero sus ojos brillaban con malicia.
—No suelo decir estas cosas en directo, pero detesto a la gente como tú—añadió Martin agitándose el pelo—. Os tomáis las redes sociales como un mero videojuego en el que elegís un personaje y pensáis que lo decís no tiene consecuencias. Puedes juzgar a otra persona que da la cara, mientras ocultas a los demás tu mierda. La satisfacción al señalar a alguien es como la de superar un nivel, sin importar que al otro lado haya una persona. El otro día mismamente, te pareció de puta madre exponer algunos asuntos del pasado de Augusto, mientras tú no enseñabas los tuyos. Ahora con todas las cartas sobre la mesa, quizás la gente cambie su percepción de lo que vio el otro día. Yo tengo claro que eres un cobarde.
Pedro miró fijamente la pantalla. Las imágenes de su pasado seguían allí, proyectadas para miles de espectadores. Por un momento, sintió que las paredes del metaverso se cerraban a su alrededor.
—¿Es esto todo lo que tienes? —preguntó con voz firme, aunque su interior temblaba.
Martín sonrió con suficiencia.
—¿Te parece poco? La audiencia ya tiene suficiente para odiarte, Pedro. Pero si quieres, siempre podemos seguir buscando. Seguro que hay más de ti escondido en algún rincón.
El chat seguía rugiendo con comentarios que iban desde insultos hasta burlas. Pedro cerró los ojos un segundo, intentando calmarse. Cuando los abrió, habló:
—Eres bueno para el espectáculo, Martín. Pero al final, esto no es sobre mí, ¿verdad? Es sobre ti. Todo esto lo haces porque necesitas que la gente te vea, que te admire por destruir a otros.
—¿Es lo que la gente quiere?
—La gente se entretiene con esto, mientras que al otro lado de la pantalla conviven con sus problemas del día a día, ¿cuántos de los que ahora ven esto tienen un curro de mierda? ¿cuántos piensan que los generadores de opinión son meros gilipollas con un altavoz? ¿por qué en vez de tratar de joder la vida a la gente no hablas de lo jodidas que son sus vidas?
—Mira el panel del chat, doy a la gente lo que quiere.
—Puede ser que quieran mierda entretenida, pero como has dicho, esto es como un videojuego. Hoy me lo harás a mí, y mañana a otro, no dejas de ser otro imbécil intentando pasar por encima del resto. Y lo harías con cualquiera que esté viendo esto
—Estás muy confundido si aún piensas que esto no va sobre ti —respondió Martín manteniendo su sonrisa—, y creo que hay una persona que ahora puede aportar al debate.
Pedro vio cómo un avatar se asomaba al otro lado del terreno y lo reconoció con facilidad: Augusto avanzaba hacia él.
—Buenas tardes, chat —dijo Augusto saludando a la pantalla de Martín—. Gracias por la invitación.
—¿Debo entender que tú has montado todo esto? —preguntó Pedro, sabiendo ya la respuesta.
—No, Pedro, me han invitado a unirme y me he visto conmovido por lo que contaba Martín. Quizás la gente quiera saber que nos conocemos de toda la vida.
—Sí, Augusto. Para mi desgracia.
—Yo pensaba que te caía bien, pero tras el malentendido del otro día, veo que no. Me da pena que hayas acumulado todos estos años tanta rabia hacia mí.
—Tu existencia no me ha merecido más atención que los diez minutos del otro día.
—Sigues igual de simpático —respondió Augusto dando vueltas a su alrededor—. Como hoy puede ser una tarde de redención, quiero disculparme si en algún momento se malinterpretó mi comentario con Cristina. El sobrepeso es un problema de salud, y por eso insistí, aunque admito que quizás me excedí. Por ello, he aumentado el premio que recibió el otro día Cristina, la cuál me lo ha agradecido.
El chat rompió en aplausos, mientras Pedro no podía creer lo burdo del truco.
—Cualquiera que te conozca sabría que solo puedes usar el dinero para tapar tus vergüenzas.
—Pedro, intento ser constructivo contigo, de verdad —dijo Augusto, llevando la mano de su avatar al hombro de Pedro.
—No me toques.
—Entiendo tu rabia, Pedro, en serio —dijo Augusto, alejándose—. Yo también la tendría si mi padre se hubiera portado con mi madre como lo hizo el tuyo.
Pedro sintió que si hubiera estado delante de Augusto, le habría reventado el cráneo con los puños.
—¡¿Qué cojones has dicho?! —gritó Pedro.
Se hizo un silencio en la sala, e incluso Martín pareció sorprendido por la intensidad del grito.
—Wow —respondió Augusto con una sonrisa de falsa calma—. Sí que estás mal. No sabía que te hubiera afectado tanto. Amigos, quiero que entendáis algo más al pobre Pedro: su madre sufrió un ictus que la dejó inválida, y a los pocos meses, su esposo pidió el divorcio y se fue del hogar. Fue algo comentado en el barrio, y todo el mundo sintió lástima por ella.
—Si vuelves a hablar de mi madre, te arranco la cabeza —contestó Pedro, apretando los puños en su cama.
—Siento lástima por ella, Pedro: primero su marido se va, y luego su hijo entra en una espiral de desenfreno y drogadicción. Debo decir que te entiendo. Yo quizás habría caído en lo mismo si estuviera en tu lugar. Salir corriendo de esa casa y no querer ver lo que había allí.
Pedro se quedó bloqueado, incapaz de moverse. Quería gritar lo que sentía, pero algo le impedía liberarse. Sabía que lo que más le dolía no era lo que Augusto decía, sino aquello que nunca había compartido con nadie. Recordó aquel día: llegar del colegio, encontrar la puerta sin cerrojo, oír risas en el dormitorio de sus padres. Y luego, el pasillo, la blusa desconocida, su padre besando a una mujer que no era su madre. Había acallado aquel recuerdo amargo, dejando que su madre cargara con culpas que no le pertenecían, mientras el peso de su propio silencio lo asfixiaba. El origen de su rabia, de su espiral de evasión, de todo.
—¿No quieres contestar? —preguntó Augusto, fingiendo empatía—. Te estoy dando la oportunidad de explicarte, como yo he hecho antes. Incluso podrías disculparte por el malentendido del otro día. Yo no soy la persona que dijiste que era, igual que los demás ahora quizá puedan ver que tú no eres esa persona que han visto en esa pantalla.
Infinity había alcanzado un nivel de desarrollo elevado, pero Pedro agradeció que no reflejara las angustia que brotaba de su rostro.
—Ese no soy yo ya —pudo responder Pedro, a duras penas.
—¿Y yo sigo siendo aquello que me echaste en cara el otro día? —respondió Augusto con sorna—. Si el pasado es una mochila para mí, también debe serlo para ti.
Augusto continuó dando círculos a su alrededor.
—Tiempo atrás quizás podrías haber hecho que esa vida desapareciera para el resto pero hoy en día no es posible. La gente sube y comparte su vida, sin ningún tipo de límite al mundo, porque desea cierto reconocimiento. Cuelgas una foto de viaje porque quieres que la gente sepa que puedes pagártelo; muestras una foto con tu pareja para que se vea que no estás solo; enseñas un vídeo de fiesta para mostrar que tu vida es excitante. Y eso amigo, es lo único que se está compartiendo hoy: la huella que internet muestra de ti.
Augusto paro de moverse mirando fijamente a Pedro
—La realidad es que parece que finalmente te importaba que alguien descubriera quién eras.
Ya llevaba un rato dándole vueltas, pero Pedro entendió que Augusto había montado todo eso para humillarle públicamente. Había sido él el que había sobornado a Luis, contrato a Martín y montado todo ese show para devolverle el golpe. Y en una cosa tenía razón, a Pedro no le agradaba que el mundo supiera quién era.
—Augusto, creo que eres muy bueno con él —interrumpió Martín—. Al hilo de lo que comentas, querría que viéramos un último video al que hemos tenido acceso exclusivo.
Pedro reconoció el video en cuanto comenzó. Se veía a sí mismo en un coche, sujetando una copa en una mano y un porro detrás de la oreja. Sabía exactamente de qué noche era.
—¡Hostia! —decía Pedro en el video, con una risa estridente—. Me he llevado la cartera de mi madre.
Las risas estallaron en el coche, y alguien añadió “¡Puto notas!”
—¿Volvemos? —dijo alguien de la parte de atrás del vehículo.
—Va, me la pela. La tía no se entera de nada nunca, así que me pido una copita a su lado.
La pantalla se congeló en el rostro de Pedro, sonriendo de forma borracha e inconsciente.
La vergüenza de Pedro alcanzó niveles insoportables. Apenas pudo susurrar:
—Desconectar Infinity.
De vuelta en su cama, Pedro golpeó la almohada con la fuerza de quien quisiera atravesar dimensiones. "Joder", murmuró con los dientes apretados, mientras las lágrimas seguían cayendo. Cerró los ojos, pero las imágenes seguían allí: su madre en la pantalla, la traición de Luis, las risas de Augusto. Y aquel video.
"Rabia. Solo rabia", pensó. Pero al abrir los ojos, y mirarse en el reflejo de la ventana, lo único que vio fue cansancio.
Se dejó caer de nuevo en el colchón, con el sudor frío pegado a la frente. Por un segundo, pensó en volver a Infinity, en devolver el golpe. Pero una pequeña voz dentro de él, apenas un murmullo, lo detuvo.
“¿Para qué?” murmuró, dejando que el eco de su propia voz se perdiera en el silencio. Esta vez, el vacío no ofreció respuesta.
Parte III: Rabia (Parte III)
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