—Hijo, ven aquí.
El joven dio dos pasos hacia adelante.
—No la mires a ella, mírame a mí.
—Vale, papá.
—¿Qué te he dicho siempre que somos tú y yo?
—Amigos, papá.
—Entonces, recuerda que los amigos se ayudan siempre, ¿vale? Aunque sea difícil.
España, 2032
—Faltan las patatas.
—No veo en su ticket que haya pedido patatas.
—Faltan las patatas.
—Señor, va a tener que ir a pedirlas de nuevo a la maquina.
—Okey Einstein.
Pedro estaba cansado, aunque no había trabajado mucho ese día. Pocos clientes habían entrado al local ese día. A veces, Pedro salía a atenderlos, pero la mayoría se iba rápido o estaba demasiado borracho o drogado para hablar con coherencia. Su trabajo era simple: vigilar que las máquinas funcionaran correctamente. Sin embargo, agradecía cualquier oportunidad de conversación.
Llevaba un año en ese empleo, siendo el único empleado de aquel restaurante que había sido condicionado para su automatización. El Gobierno había decretado que estos establecimientos debían contar con al menos un trabajador humano, y él había sido el “afortunado” que habían contratado. El sueldo era bajo, pero se complementaba con una ayuda estatal para los perceptores del Ingreso Mínimo juvenil que aceptaban estos puestos. No se quejaba mucho; sentía que no tenía derecho. Después de todo, no se veía como alguien destinado a logros extraordinarios. Sin embargo, como cualquier persona, deseaba algo más.
Antes de que pudiera servirse otro vaso de agua, el reloj indicó que su turno había terminado. Tiró el delantal en la lavadora y salió del local. El día era frío y agradeció que el autobús llegara pronto a la parada. Mientras viajaba, miraba a su alrededor: gente dormida en los asientos, otros absortos en sus móviles. Pedro, por su parte, se entretenía observando a los demás.
Bajó en su parada y se dirigió al supermercado a comprar algo para la cena. Cogió un par de filetes de pollo sintético, y se dirigió a la maquina a pagar. Mientras metía las cosas en la bolsa, sintió vibrar su móvil. Al sacarlo del bolsillo, vio que tenía un mensaje: era Luis.
—¿Cómo estás, tío? —leyó en la pantalla.
Después de guardar la compra, Pedro grabó un audio:
—Hola, Luis. Bien, comprando algo para la cena.
Cuando salía del supermercado, su móvil vibró de nuevo: era otro mensaje de Luis.
—¿Te veo esta noche?
Pedro se quedó parado por un momento antes de responder:
—Sí, claro.
La respuesta no tardó en llegar:
—¡Genial! Nos vemos luego.
Guardó el móvil y caminó despacio por la calle, reflexionando sobre sus años recientes. La verdad era que Pedro había pasado por una época complicada. Había empezado una carrera universitaria sin entusiasmo, pero la abandonó tras sumergirse en un periodo marcado por el alcohol y las drogas. Finalmente, se había rendido y había comenzado a aceptar trabajos pequeños para ganar algo de dinero. Sabía poco de sus antiguos compañeros, esparcidos por otras ciudades o en situaciones que prefería no conocer.
Estaba ya cerca de su casa cuando escucho un golpe. Un hombre y una mujer tropezaron en la avenida; ella salió disparada, y él dejó caer las cosas que llevaba. Comenzaron a discutir en voz alta, pero manteniendo la distancia.
Pedro se detuvo a observar la escena. Se gritaban cada vez más alto, pero mantenían la distancia. Pasaron unos segundos antes de que se dieran cuenta de que Pedro los miraba.
—¿Qué miras? —preguntó el hombre, lanzándole una mirada furiosa.
—Solo quiero pasar —contestó Pedro con calma.
Ambos se apartaron y él continuó su camino sin mirar atrás, mientras los gritos reanudaban. No le gustaban las peleas, en las que se había visto envuelto tiempo atrás. Las drogas solo calman la rabia mientras surten efecto, si es que no la potencian.
Se metió en el ascensor y vio un cartel que decía “¿Has pensado en vender esta casa? Puedes ser rico”. Un grupo inmobiliario llevaba varios meses intentando comprar el bloque para reformar las casas y hacer nuevas viviendas de protección oficial. Pedro no deseaba vender esa casa, puesto que se encontraba en un lugar céntrico y la casa la había heredado su madre. Es verdad que podría ser una ayuda en casa, pero no era una bala que quisiera gastar. Abrió la puerta de su casa y saludó.
—Hola, mamá.
Pedro avanzó al salón y vio a su madre tumbada en el sillón. La asistenta la debía haber dejado ahí, y dormitaba con la tele encendida. En el segundo en el que apagó el televisor, su madre reaccionó.
—Hijo, ¿ya estás aquí?
—Son las siete de la tarde, madre.
—Ah, cierto, perdona. Marcela me ha dejado aquí reposando después de la comida.
Tras sufrir un ictus, su madre había tenido que dejar de trabajar, a pesar de que el Gobierno le insistía en ofrecerle un trabajo compatible con su condición. Habían conseguido mandarle una cuidadora unas horas para prepararle la comida y limpiar la casa mientras él trabajaba, aunque entre la pensión y su sueldo les daba para lo justo cada mes. Tras invitarla a sentarse en el comedor, Pedro escuchó las diferentes aventuras que su madre había tenido durante aquella mañana; el cotilleo en televisión; lo mal que Marcela limpiaba; el recuerdo de un momento mejor que le había venido a la mente pero al que le faltaban detalles. Era una rutina que había adoptado su madre ante la imposibilidad de salir de aquel ambiente, y que Pedro, por compasión, había aceptado.
Pedro agradecía que su madre no hubiera mencionado por ahora a su padre. Pasado un año del ictus, sus padres se divorciaron y él se quedó con su madre. Su madre lo echaba de menos, y solía lamentar que el ictus hubiese puesto tan difícil la vida y su matrimonio. Pedro no hablaba de él: lo detestaba.
Encendió el fuego y puso los filetes a cocinar. El sonido del aceite chisporroteando era uno de los pocos momentos en los que podía desconectar. Mientras servía la comida, su móvil vibró en el bolsillo de su pantalón. Lo sacó y vio que era otro mensaje de Luis:
—¿Dónde nos vemos? ¿En la zona privada o en el mundo abierto?
Pedro dejó el teléfono sobre la encimera sin contestar. Miró a su madre, que continuaba hablando de una novela que estaba viendo en la televisión. Le encantaba ver historias de amor que terminaban bien, relatando cada historia que veía a Pedro. A Pedro no le gustaban esas historias, puesto que las consideraba una proyección de lo que la gente creía que era el amor, pero no algo real. De hecho, no consideraba que el amor fuese algo del todo real, solo otro autoengaño.
Pedro cerró los ojos un segundo, pensando si realmente quería conectarse esa noche.
—Pedro, ¿me escuchas? —preguntó su madre de repente, sacándolo de sus pensamientos.
—Sí, mamá, claro que te escucho —respondió él, esforzándose por sonar atento mientras retiraba los filetes del fuego.
—Perdona hijo, es la costumbre. Marcela finge que me escucha, pero esa señora parece más preocupada de cobrar e irse que de atenderme.
—Intenta hacer su trabajo, madre.
—Ya lo sé, pero estoy tan sola que agradecería que me diera más conversación. ¿Sabes que la vecina se ha comprado otro perro?
—Siempre le han gustado.
—Tiene cincuenta y cuatro años, así tiene algo con lo que entretenerse.
—No sé, siempre me dio algo de lástima-dijo su madre con un suspiro— No tiene más familia más allá de esa.
—Una familia es complicada; guarda secretos; se hace daño; se separa. Un perro te recibe cada día y proporciona un cariño que nos parece honesto, aunque solamente sea respeto por alimentarlo. Tenemos la sensación de que alguien está pendiente de nosotros, y a su vez tenemos algo que nos agradece el cuidado que le damos. Está ahí cada vez que llegas a casa y te sigue fielmente a dónde vayas. Ocurra lo que ocurra.
Pedro vio que su madre bajaba la mirada con tristeza.
—Pero no puede prepararte unos filetes de pollo ni darte conversación, ¿verdad?
Su madre esbozó una leve pero tierna sonrisa.
—Eso es verdad.
Su madre terminó de cenar, y Pedro la ayudó a ir a la cama. Puso el programa que veía todas las noches para dormirse a los diez minutos como hacía siempre. Cuando Pedro comprobó que se había dormido, volvió al salón. Se tumbó en el sofá y notó de nuevo que le vibraba el móvil.
—¿Pedro?
Pedro suspiró y contestó: nos vemos en el mundo abierto. Se dio una ducha y fue a su cuarto buscando sus gafas. Las enchufó y tras tumbarse dijo:
—Iniciar Infinity.
Todo se hizo blanco unos segundos y Pedro se vio en el mundo abierto. Los avatares iban de un lado a otro, mientras él elegía el rostro y el atuendo para la ocasión. Utilizaba un nombre anónimo para navegar por aquel lugar en el que llevaba dos años de usuario. En ese metaverso podras crear un avatar que iba desde un reflejo logrado de ti hasta un perfil retro del Wii Sports. A lo lejos, pudo ver un avatar que se acercaba reconociendo el nombre de usuario de Luis.
—Pensaba que no venías —dijo este alzando su mano.
—La pereza casi me puede, pero te había dicho que vendría.
—Merecerá la pena, hoy hay un evento en la zona A35.
Pedro avanzó por el metaverso, siguiendo a Luis hacia la zona A35, una de las pequeñas ciudades que se había construido en el mundo hispano. Mientras caminaba, observaba cómo otros avatares pasaban a su lado, algunos inmersos en conversaciones; otros simplemente deambulando; cada uno con una apariencia más extravagante que la anterior. Era extraño cómo en este mundo todos parecían más vivos que en el real. Allí, las máscaras y disfraces ocultaban la rutina y el tedio de la existencia diaria.
Al llegar a la zona A35, Luis sonrió y señaló un gran escenario flotante donde un DJ virtual pinchaba en lo que parecía ser un evento multitudinario. Colores vibrantes, luces que se movían al ritmo de la música, y una multitud de avatares bailando. Pedro no pudo evitar sentirse algo desconectado del entusiasmo general. Había algo inquietante en todo aquello, como si fuera una gran distracción para olvidar lo que ocurría afuera.
—Tío, este evento va a ser legendario —dijo Luis, emocionado—. Van a sortear donaciones, ¿te imaginas lo que podrías conseguir si logras una?
Pedro asintió, aunque las pocas donaciones que había obtenido hasta entonces eran modestas, y provenían de su actuación en algún debate público. En aquel momento, las redes sociales habían sido consumidas por la interacción entre avatares de aquel lugar, muchas veces recompensadas por donaciones de otros usuarios. Pedro alguna vez había obtenido alguna, pero nunca nada que pudiera haber supuesto una alegría en las finanzas de su casa.
—Y todo esto porque Augusto García ha decidido celebrar que va a alcanzar los cien mil seguidores.
Pedro sabía perfectamente quién era Augusto García, aunque no de la forma en que muchos otros lo hiciesen. Augusto era un chico que se había criado en un colegio cercano al suyo y con el que coincidía en un parque a beber de vez en cuando. Con él siempre había resultado simpático, aunque no soportaba su soberbia. Se juntó unos años con gente de su grupo hasta que le perdió la pista en la Universidad. Se hizo un hueco invitando a la gente a alcohol y se quedó tras labrarse una fama de bullying de otros. Pedro lo había terminado detestando.
Al igual que hizo en su juventud, había utilizado el dinero familiar para granjearse una fama en Infinity, y sus eventos eran bastante conocidos dentro de la red de la ciudad. Luis desconocía estos detalles, no por desconfianza de Pedro, sino porque nunca había profundizado con Luis más allá de su trabajo y su vida diaria. Su vida del pasado no tenía ningún interés y temía generar rechazo en uno de los pocos amigos que había encontrado en aquel lugar por lo monótona e irrelevante que podía resultarle.
—¿Cómo fue el examen de la oposición? —preguntó Pedro queriendo cambiar de tema.
—No muy bien —contestó Luis con dudas—. Siendo sincero, lo suspendí.
—Lo siento, tío.
—Necesito ese puesto. Solamente de esa forma podré tener suficiente pasta para dejar de vivir de trapicheos y donaciones por aquí.
—Deberías intentar buscar otras alternativas.
—¿Cómo cuáles? Para ti es fácil con ese trabajo en la tienda de tu familia. La única salida sería probar en otro país de Europa, pero no dejaría de ser un poco l mismo.
Pedro y Luis nunca se habían conocido en persona, y eso le había evitado a Pedro reconocer que su jornada laboral terminaba con un olor intenso a hamburguesa frita. No es que hubiera dicho que trabajaba en algo memorable, pero ciertamente prefería evitar dar a conocer toda su realidad. Era la única forma con la que había conseguido encontrar amigos por allí.
—Puedes intentar hacer un curso de cuidados sanitarios. Desde que rebajaron las condiciones, no es una mala salida.
—Lo sé—contestó Luis con un suspiro—. Pero prefiero agotar mis balas antes de verme condenado a estar dando de comer a ancianos en una residencia.
Se adentraron en la multitud de avatares que se arremolina alrededor del escenario flotante. A medida que avanzan, Pedro nota que la energía de los asistentes está en su punto máximo: avatares de formas imposibles, con colores fluorescentes y atuendos extravagantes, bailan sincronizados con los golpes del bajo. Las luces neón del evento reflejan un espectáculo de colores vibrantes, creando una atmósfera de euforia. Sin embargo, Pedro sigue sintiendo una desconexión interna. Aunque todo a su alrededor es dinámico y vivo, él se siente ajeno, como si su presencia en ese lugar no significara nada.
Luis, sin embargo, estaba completamente inmerso. Sonreía, emocionado por el ambiente, y se movió hacia la parte delantera donde se espera que el anfitrión del evento hiciese su aparición.
—Mira, ahí está el tipo —dijo Luis, señalando una figura en el centro del escenario.
Pedro vio a Augusto subido a una plataforma en la mitad de una plaza. La gente aplaudía y gritaba, mientras que Pedro procuraba posicionarse con Luis en un lugar con buena visión.
—Buenas tardes a todos, amigos míos —dijo Augusto exultante—. Espero que todos estéis tan alegres como yo de atender a este evento.
La multitud rompió en aplausos mientras la música retumbaba.
—No todos los días uno celebra los cien mil seguidores, pero qué coño, ¡vamos a pasárnoslo bien!
Pedro observó como Luis saltaba junto al resto.
—¿Tan fan eres?
—Es un tío cojonudo.
—No sé yo si lo consideraría un tío cojonudo. Sus vídeos y publicaciones se resumen en soltar gilipolleces que pretenden explicar el mundo, y que nadie refuta porque dice lo que sus seguidores desean oír. Además, realmente se hizo viral por comenzar a vejar a otros usuarios en directo. Su fama proviene del acoso y burla más primario, ni siquiera es original en eso.
—Es divertido, no me jodas.
—Sí, si no es tu amigo al que destroza en directo.
Luis miró al suelo antes de volver a sumarse al griterío. Pedro no le juzgaba, todos elegíamos una crueldad de la que disfrutar.
—Bueno, he visto vuestra multitud de solicitudes. Y ya sabéis que para mí lo sois todo, pero hoy solo uno de vosotros podrá disfrutar de lo que vamos a repartir.
—Subnormal —susurró Pedro, que se había puesto mientras a mirar otra cosa en su pantalla. Lo bueno de Infinity es que siempre podías mirar a otro lado.
—En unos segundos, el algoritmo nos revelará quién ha sido el ganador del sorteo. Mientras, podemos reírnos con algunos de los mejores momentos del canal.
Pedro observó de reojo como los vídeos aparecían en una enorme pantalla detrás de Augusto. La gente reía con algunas de las humillaciones que la pantalla reflejaba. Aquellos pobres solamente buscaban sentirse mejor viendo a alguien en una peor situación que ellos. Gente llena de rabia por sentir que hay personas mejores que ellos, y que esto demostraba de alguna forma que ellos eran mejores al no haber caído en ese juego. Un poco lo que le ocurría a Augusto.
—¡Y aquí la tenemos! —gritó Augusto—. ¿Está Cristinagz por aquí?
—¡Aquí!
Pedro se giró y vio como el avatar de una chica saltaba a lo lejos. Una chica rubia y delgada saltaba llena de emoción, mientras se abrazaba con los usuarios a su alrededor. Se hizo un hueco entre los asistentes y fue corriendo a la plataforma con Augusto que levantó su brazo en signo de victoria.
—Una ganadora, señores, ¿cómo te encuentras?
—Emocionada y expectante de conocer el premio.
—Pues no te hago esperar más, giremos la carta —contestó Augusto señalando a la pantalla.
Un sobre comenzó a girar y dar vueltas, con un contador: 3, 2, 1… 20.000€
La chica estalló de alegría y con ella el público.
—Bueno, esto es lo mínimo que os merecéis. Cuéntame, Cristina, bueno, ¿es ese tu nombre?
—Sí, es Cristina.
—Pues Cristina, ¿qué vas a querer hacer con el dinero?
—No sé, tengo que pensarlo.
—Venga mujer, algo querrás hacer con tanto dinero. Dinos algo más de ti.
—No sé —dijo Cristina con dudas—. Quizás acceder a un máster que tenía planteado desde hace tiempo. Te consiguen un empleo al acabar y…
—Aburrido —contestó Augusto.
El público rio mientras Pedro volvía a suspirar.
—Me piro —dijo volviéndose a Luis.
—Venga hombre, quédate otro poco —respondió Luis.
—Ya he visto suficiente —replicó Pedro—. Si te toca algo me avisas.
Pedro empezó a avanzar entre el mar de avatares mientras el espectáculo continuaba.
—Cristina, tiene que haber algo mejor —insistió Augusto—. Si quieres te doy ideas.
—Muchas gracias, Augusto, pero ya has hecho hoy suficiente. No querría aburrirte.
—Tranquila que algo conseguiremos sacar. Si quieres vemos tu perfil de Instagram y encontramos algo.
—No, de veras, no hace falta.
—Tarde, mi equipo lo va a proyectar justo… ¡ahora!
Pedro empezó a escuchar risas y giró la cabeza para mirar: una chica gordita y con granos aparecía en la pantalla sonriendo en París.
—Pero bueno, qué monada eres, Cristina —dijo Augusto con una carcajada—. Aunque no te pareces a tu avatar de aquí.
La chica se quedó callada unos segundos hasta que soltó una risa que Pedro categorizó como falsa.
—Esa es una foto de hace años, no de ahora.
—Ya me han dicho, no te preocupes, veamos alguna más reciente.
La pantalla devolvió una nueva imagen: Cristina aparecía en una playa en bikini, más mayor, sin granos, y con algunos kilos menos.
—¡Te ves genial! —dijo Augusto.
—¿Ah sí? —dijo Cristina algo más relajada.
—Siendo honestos, se puede mejorar bastante, aunque partimos desde un lugar mejor que antes.
El público empezó a aplaudir mientras Pedro no entendía qué le movía a no abandonar aquel lugar.
—Lo intento, pero con el trabajo no tengo mucho tiempo —respondió Cristina.
—Hagamos una cosa, ¿qué te parece si conseguimos un precio especial a Cristina de parte de nuestro patrocinador Beauty? Podríamos financiar un tratamiento antigrasa. Ya sabes, los parches que elimina cualquier imperfección relacionada con el peso.
—De verdad, no hace falta.
—Creo que a Cristina le faltan unos pocos ánimos, venga gritad conmigo —dijo Augusto mientras alzaba las manos—. ¡Cristina, Cristina!
El público comenzó a gritar el nombre de Cristina, que se encogía de hombros. Pedro se dio la vuelta y empezó a avanzar entre la multitud. Cuando se encontraba en mitad del escenario, activó su altavoz y dijo:
—¿Por qué no te metes el parche por el culo, Augusto?
Configuró el mensaje como un bucle, mientras veía como el resto de los usuarios a su alrededor comenzaban a callarse. Pedro se percató de que Augusto lo había escuchado y había parado de gritar. Avanzó unos pasos hasta dar unos pasos.
—¿Tenemos a alguien molesto por no haberse llevado un premio?—preguntó Augusto poniendo los brazos en jarro—. Ese no es motivo para ser un maleducado.
Pedro se quedó en silencio unos segundos mirando fijamente a Augusto. Sentía una determinación que nunca antes había experimentado.
—¿Ya no quieres hablar?—insistió a Augusto—. Lo estábamos pasando bien, así que si no te gusta puedes irte a otro lado.
—Lo pasas bien tú, mientras el resto vienen a ver si les cae algo—respondió por fin Pedro—. Repites lo mismo en cada sesión, salvo cuándo te aprovechas de alguien de tu público para hacer escarnio de él. Exactamente lo que andabas haciendo ahora con esa pobre chica.
Cristina dio un paso hacia atrás, en lo que Pedro entendió como un reflejo de vergüenza.
—Ella ha venido por su propia voluntad.
—Ha venido por la pasta—repitió Pedro, que avanzó un par de pasos—. No sé si alguno se ha cruzado alguna vez con este sujeto en el mundo real, pero ha sido toda su vida igual.
—Tú no me conoces de nada – contestó Augusto.
—Oh créeme, que sí— dijo Pedro levanto el dedo—. Este farsante fue a un colegio pequeño donde nadie lo soportaba. Sin amigos, intentó atraer a gente de otros institutos ofreciéndoles fiestas en su casa para que jugaran con él. Cuándo se dio cuenta que seguían metiéndose con él, cambio de estrategia: empezó a buscar gente más débil que él para que los abusones se olvidarán de él y fuesen a por otros.
—Eso no es cierto— dijo Augusto con cierto titubeo.
—¡Claro que lo es saco de mierda!—respondió con rabia Pedro—. Es lo que estabas intentando hacer con esa pobre chica. Seguramente sabías quién había ganado el sorteo y te dedicaste a investigarla. Puede que seas mezquino pero también eres astuto. Viste una brecha de debilidad que explotar para tu propio bombo.
—Parece que me conoces bien.
—A la gente como tú se os ve venir. Nunca has soportado sentirte menos entre los que consideras tus iguales, así que bajas de lo que tú consideras tu escalón para reírte de sus desgracias.
—¿Quién eres?—respondió Augusto.
—Alguien que te conoce— dijo Pedro girándose al resto de usuarios— ¿Sabéis porque le obsesionan esos dichosos parches antigrasa? Porque de pequeño le llamaban Augustus Glup.
En el público se escuchó alguna carcajada, y Augusto lanzó su mirada al público.
—¿Quién ha sido?, ¿quién se ha reído?
—Jode, ¿verdad? —dijo Pedro—. Darte cuenta de que a pesar del personaje que has creado aquí, nunca podrás dejar atrás esa rabia que sentías cuándo nadie te hacia caso.
—¡Cállate!— grito Augusto.
Un murmullo empezó a extenderse entre la multitud. Algunos usuarios desconectaron sus avatares en señal de disgusto, mientras otros grababan la escena, tal vez listos para difundirla. Cristina permaneció inmóvil, con los ojos clavados en Augusto.
—Sigues siendo aquel chaval que no consigue ningún tipo de validación más allá de la humillación del contrario; una bolsa de rencor que solamente se libera al hablar; un producto de una sociedad que ha concebido las redes sociales como un videojuego; eres mierda Augusto.
—Bien dicho—dijo alguien entre el público.
—¿Quién ha sido?—grito Augusto—. Un idiota viene a reventar una fiesta y, ¿os parece bien?
—Ahí está amigos, lo que Augusto siempre ha buscado toda su puta vida: atención—dijo Luis dejando ver una sonrisa en la boca—. La droga de este lugar, la puta atención. Y creo que nuestro amigo va a sufrir la resaca de esta cuándo mire de vuelta el contador.
Augusto se giró para comprobar como el umbral de seguidores había descendido a 98.000.
—¡Hijo de perra!—gritó Augusto—¡Dime quién eres!
—Alguien que te conoce. Solamente me has tocado lo suficiente la pelotas como para querer que el resto también lo hiciera. En otra ocasión habría dejado pasar esto, pero estoy harto de gentuza como tú. Os aprovecháis de gente que solamente desea su nuevo contenido con el que rellenar las horas del día. Unos ignorantes que solamente captaron la atención de infelices que se sientan atraídos por tus recompensas o humillaciones. Una mierda que por suerte tuvo de techo la barrera de cienmil personas en un mundo de ocho mil millones. Y puede que hoy, más gente también lo vea.
Pedro llevaba unos segundos intentando que lo que estaba viendo en la parte de arriba de su panel no le distrajera: estaba acumulando muchas donaciones anónimas de otros usuarios, y la cifra comenzaba a darle vértigo.
—¡Te voy a encontrar!—seguía gritando Augusto.
—Ese es el problema, Augusto—dijo Pedro antes de desconectarse—. No me importa.
Pedro se levantó en su cama, y se quitó las gafas. Se frotó los ojos varias veces en una mezcla de cansancio e incredulidad. Aún resonaba en su cabeza la humillación de Cristina. ¿Por qué le había dolido tanto?
“Diosss…” — murmuró, llevándose las manos a la boca.
Parte II: Rabia (Parte II)
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