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Hijo de Circe · Aug 3, 2026

Soy inmenso, contengo multitudes

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Pablo María Pineda · Hijo de Circe

¿Qué me contradigo? Bien, me contradigo.

Soy inmenso, contengo multitudes

-Walt Whitman

Que el hombre era uno y muchos al mismo tiempo ya lo sabía Homero, muchos siglos antes que cualquier poeta moderno. Al Ulises de la Odisea lo llaman en griego polytropos: el de muchos senderos, el de muchas tretas, el de múltiple ingenio.

Si la Odisea sigue importándonos tres mil años después, es porque encapsula la esencia más íntima de lo humano: la unidad y la contradicción de ser una criatura racional e irracional al mismo tiempo, capaz de mesura y de desmesura, que llora, que ríe, que calcula con frialdad y se deja arrastrar por la pasión y el delirio. El ser humano es esa criatura que sabe que existe la muerte y sin embargo no logra creer del todo en ella.

Odiseo está hecho de ese material. No encarna un solo ideal, como Aquiles encarnaría la fuerza o la ira, sino muchos: facetas de un mismo yo que va mostrando y ocultando según la situación y la etapa a la que se enfrenta, exactamente como hacemos todos nosotros. Es el mayor aventurero de la literatura, un modelo para figuras posteriores como el mismísimo Don Quijote, y, como él, es también el mayor nostálgico.

La nostalgia viene del griego nostos, regreso, y algos, sufrimiento: no es un sentimiento bonito, sino un dolor dulce, el que viene de saber que no se puede volver del todo a un sitio al que ansías volver. Ulises se aferra a Ítaca sabiendo, en el fondo, que aquello a lo que se aferra no es más que un recuerdo que el tiempo ya ha reescrito. El mito no habla, en realidad, de un rey que quiere recuperar su trono, sino de la tensión entre el deseo de pertenecer a un lugar, a una historia, y la conciencia de que ese lugar solo puede alcanzarse ya transformado, nunca tal y como lo recordábamos.

La Odisea es un espejo exacto de la vida precisamente porque está hecha de nostalgias. Vivir es deambular, como hace Ulises, naufragar, perder el rumbo, palidecer, acontecer, perder, y sin embargo regresar. Pero regresar distinto. Porque el que vuelve nunca es el que partió.

Desde una lectura psicológica, podríamos situar a Ulises atrapado entre cuatro mujeres que personifican otros tantos elementos: Calipso, el agua que fluye; Circe, el fuego de la pasión; Nausícaa, el ideal etéreo e inalcanzable; y Penélope, la tierra firme. El conflicto entre estas tentaciones no sería moral, sino más bien una lucha entre la diversidad —el querer ser varios al mismo tiempo— y la unidad. Los monstruos que Ulises enfrenta, como Polifemo o las sirenas, no serían sino proyecciones de esa misma lucha interna, hasta que la unidad triunfa, por fin, con el regreso a Ítaca.

Desde una lectura arquetípica, el viaje de Ulises sería una variante de ese cuento universal del trotamundos que debe pelear por recuperar la vida que dejó atrás; y en sus monstruos y hechiceras se haría visible el mismo conflicto: la seducción de lo nuevo frente al deseo de estabilidad.

Y claro que la Odisea es también un relato sobre la función paterna. Ulises es, por un lado, ese padre ausente cuyo regreso espera un hijo que empieza a valerse por sí mismo. Por otro, es también un hijo frente a Zeus y Poseidón, ante los que sigue teniendo que negociar su propio lugar. Ninguna de estas lecturas agota al héroe. Y quizás sea precisamente por eso —porque nunca se deja encerrar del todo en una sola interpretación— por lo que Ulises sigue siendo, dos mil quinientos años después, una figura con la que la cultura contemporánea vuelve a medirse una y otra vez.

La Odisea empieza en el Olimpo, con los dioses reunidos en asamblea. Y ya en ese primer fragmento se nos señala uno de los temas centrales del poema: la responsabilidad humana. Dice Zeus que los hombres no dejan de lamentarse por los males que les envían los dioses, cuando son ellos mismos quienes se causan buena parte de sus propias desdichas por su ineptitud. Aunque parezca que los dioses toman partido en todo momento, en realidad no hacen más que reaccionar a los actos de los seres humanos.

Los dioses aman la justicia y aman la belleza, y ese amor divino se convierte, en el terreno humano, en norma sagrada: la xenia, la hospitalidad. Todo aquel que acogía a un huésped estaba obligado a alimentarlo, vestirlo y tratarlo con dignidad, porque todo extraño venía protegido por Zeus, y romper ese mandato era romper el amor de Zeus por la justicia. Nada de lo que les ocurre a los personajes griegos es puro capricho divino: Poseidón persigue a Ulises porque este cegó a su hijo Polifemo; Atenea lo protege por razones que se remontan a la propia guerra de Troya. Los dioses parecen tener un destino trazado para cada uno de nosotros —y en realidad lo tienen—, pero dentro de ese destino, cada personaje sigue teniendo que decidir, una y otra vez, cómo actuar. La Odisea no es la historia de un hombre al que los dioses arrastran sin más, sino la historia de alguien que, incluso dentro de un destino que no controla del todo, sigue eligiendo quién quiere ser.

Y esa es, en el fondo, la pregunta que me ha perseguido estos últimos meses. Llevo seis, siete, ocho meses obsesionado con trabajar, con cumplir metas, con lograr objetivos, y si echo la vista atrás, estoy seguro de que si mi yo de hace un año viera dónde estoy hoy, se sorprendería. Y sin embargo me siento tan insatisfecho como el primer día.

¿Cuándo voy a llegar a mi Ítaca? ¿Dónde está el punto exacto en el que por fin pueda decir “he llegado a donde quería llegar”? Quizás la pregunta que de verdad importa no es esa, sino otra: ¿dónde está tu Ítaca? Pregúntatelo tú también. Por qué estás remando tanto, perdiendo a tantos hombres en tu tripulación, demorándote tanto en tantas islas, luchando tan ferozmente contra monstruos que quizás ni siquiera existen fuera de ti.

Ahora mismo estoy en Grecia, navegando el mismo mar que cruzó Ulises, isla a isla, en los lugares exactos donde la tradición sitúa los últimos episodios de su travesía.

Quiero contaros, desde allí, la filosofía y las reflexiones que laten bajo cada canto, bajo cada episodio, ya no solo desde los textos, sino desde la piedra y el agua donde ocurrieron —o donde la memoria de los hombres decidió que ocurrieron, que a veces es lo mismo.

Si os apetece acompañarme en este viaje, os espero en @hijodecirce, donde iré compartiendo cada tramo de la travesía. Y si queréis leer la Odisea conmigo mientras estoy navegando, en el Taller de Circe estaremos comentándola con calma, canto a canto, todo el verano.

Nos vemos en Ítaca.

Read the original on hijodecirce.substack.com

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