Se suele contar la Odisea como la historia de un solo hombre, pero basta leerla superficialmente para darse cuenta de que está gobernada de principio a fin por mujeres que van diciendo, en cada tramo del viaje, si Ulises avanza o se queda para aprender algo nuevo.
Mientras que la Ilíada es el poema de los hombres, de la búsqueda de la gloria, de la actividad y de los valores masculinos y marciales, la Odisea es el recogimiento hacia lo femenino: la reflexión, en el seno de un mar que crea y destruye. Ya tengo un artículo hablando de lo sagrado femenino, su fuerza de creación y destrucción. El héroe Odiseo despliega su viaje del héroe, de autorrealización y autodescubrimiento, cambio, caída y progreso, a través de ese seno materno, y por supuesto, las figuras clave de cada etapa clave son mujeres poderosas.
En el imaginario homérico, el encuentro entre un hombre y una diosa no es un idilio, sino un conflicto de jerarquías. El hombre es superior en tanto varón, pero inferior por mortal; la diosa es superior en tanto divinidad, pero inferior por ser hembra. De esa contradicción sin resolver nace el peligro, encarnado de forma literal por Circe, que convierte a los compañeros de Ulises en cerdos.
Si hay una figura que encarna, casi al pie de la letra, lo que Jung llamó el ánima —esa personificación femenina de todo lo que un hombre no conoce de sí mismo—, esa figura es Circe: seductora, hospitalaria, sincera cuando por fin decide serlo, envuelta siempre en un halo de misterio. Es hija del sol y de las aguas del océano, del fuego y del agua, los dos elementos más incompatibles entre sí, su poder no domina la naturaleza desde fuera, como un dios olímpico: la desnaturaliza desde dentro, la obliga a dejar de comportarse como se espera de ella. Es el terror más antiguo frente a la bruja: no que nos mate, sino que sepa exactamente cómo deshacer y rehacer la forma de las cosas vivas. Circe convierte a los compañeros de Odiseo en cerdos: los reduce a su animalidad, a su parte más baja, sin que pierdan la conciencia de ello.
Si Circe amenaza con transformar, Calipso lo hace reteniendo en su isla, ofreciendo a Ulises lo que ningún mortal pensaría en rechazar: una existencia inmortal junto a una bella diosa, sin preocupaciones.
En griego, ninfa —nymphe— significa a la vez “recién casada” y “muñeca”. Para Jung, lo ninfático pertenece a los estadios más bajos del proceso de individuación: está ligado a la tentación, a lo transitorio, a la disolución de los límites de uno mismo dentro de otro. Calipso vive rodeada de un paisaje hecho a medida de ese estado: bosques de cipreses, fuentes de agua dulce, una viña siempre en flor. Es un edén, y precisamente por eso resulta insoportable para Ulises: porque un edén no tiene historia.
La situación de Ulises en Ogigia tiene toda la forma de un exilio, de una muerte simbólica: siete años —más el octavo de la partida— coinciden con los ciclos rituales de purificación que otros héroes griegos cumplen tras ofender a un dios.
Ulises no está simplemente varado: está pagando, en los términos del mito, una deuda, la deuda de la guerra de Troya.
Cuando Calipso le tienta, tanto con su cuerpo como con la inmortalidad, Ulises la rechaza. Sabe que su esposa Penélope no es más hermosa que la ninfa, pero la prefiere de todos modos. Porque lo que busca no es la belleza en abstracto, ideal, intercambiable, que todo hombre desearía. Lo que desea Ulises es una mujer concreta y una casa concreta en una isla concreta: la primacía de lo particular sobre lo perfecto.
A su mujer. La del hombre Ulises concreto.
Por eso el hombre “magnánimo”, como lo llama Homero una y otra vez, puede llorar sin consuelo en un paraíso capaz de saciar cualquier deseo humano en abstracto, y sin embargo incapaz de saciar el suyo, que es exactamente el de ese hombre, en ese momento, ningún otro.
Mientras todo esto ocurre, en Ítaca, Penélope sostiene sola, durante veinte años, la posibilidad misma de que ese regreso a la unidad familiar tenga sentido. Su margen de poder es mínimo: solo puede esperar la llegada del rey. Y sostener esa espera, sin garantía ninguna de que sirva para algo, puede ser la forma de amor más difícil de todas las que aparecen en la obra.
Penélope es el arquetipo de la fidelidad, aunque no conviene reducirla a eso: su astucia —destejer de noche lo que teje de día— es, en el fondo, la misma inteligencia estratégica (metis) que hace grande a Ulises. Ella protege su libertad de elección durante años enteros mediante el engaño, exactamente igual que su marido sobrevive gracias a la mentira y el disfraz.
Es revelador que el propio poema use a Clitemnestra como advertencia constante frente a Penélope: la mujer que traiciona frente a la que espera. Como si solo hubiera dos destinos posibles para una mujer en la Odisea: la fidelidad que redime su condición, o la traición que condena.
Entre esos polos, están Circe y Calipso, que no encajan del todo en ningún extremo, y precisamente por eso resultan perturbadoras, algo que el hombre no puede controlar: no son ni fieles ni traidoras, son poderosas, y ese poder —divino, sexual, doméstico— es lo que el poema no sabe cómo nombrar sin convertirlo en una amenaza para el viajero. Una amenaza que, sin embargo, puede tornarse en apoyo y conocimiento.
Hay, además, algo trágico y hermoso a la vez en el propio cuerpo de Penélope: toda su belleza tenía un único sentido, ser de Ulises, ser para Ulises. Y cuando ese sentido desaparece con la partida del esposo, no es solo el ánimo lo que se marchita: es la forma entera de una vida que se queda sin la plenitud que solo un fin concreto puede darle. Por eso se niega, durante años, a embellecerse: hacerlo sería mentir sobre lo que de verdad siente.
Cada una de estas mujeres representa una estación distinta de la misma travesía: la que retiene, la que transforma y la que espera. El mar, en la Odisea, no es solo el obstáculo que separa a Ulises de su casa, sino el territorio de estas mujeres de las cuales el héroe ha de aprender algo antes de alcanzar la unidad deseada.
Para este artículo he usado las siguientes fuentes:
Varela Rodríguez, S. (2020). Personajes femeninos en los poemas homéricos [Trabajo de Fin de Grado, Universidad del País Vasco]. Departamento de Estudios Clásicos.
Wulff Alonso, F. (1985). Circe y Odiseo, diosas y hombres. Baetica: Estudios de Arte, Geografía e Historia, 8, 269–279.
Wulff Alonso, F. (1987). Calipso y Odiseo: Diosas y hombres. Baetica: Estudios de Arte, Geografía e Historia, 10, 247–259.
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