Hace unos días estuve en el cabo Ducato, también conocido como el Salto de Safo, en el mar Jónico. Cuenta la leyenda que Venus, llorando la muerte de su amado Adonis, pidió ayuda a Apolo, y este le aconsejó que se lanzara al vacío desde ese mismo acantilado. Venus saltó, y al salir del agua se sintió, por fin, consolada.
Desde entonces, el salto se convirtió en cura infalible para el mal de amores, y hasta el Ducato llegaban enamorados desesperados desde los lugares más lejanos. Antes de lanzarse debían ofrecer sacrificios a Apolo, que velaba por que sobrevivieran y emergieran de las aguas curados y felices. Pero el salto era tan arriesgado que, de todos los hombres que lo intentaron, solo se sabe de uno que sobrevivió, el poeta Nicóstrato; y de todas las mujeres, no se conoce ninguna que saliera con vida.
La muerte más famosa de ese acantilado fue la de la poeta Safo, enamorada sin esperanza de Faón, que se arrojó desde el peñasco para aliviar su mal y desapareció para siempre bajo las aguas.
Se suele pensar que el amor, o el deseo, en la Odisea, es solo un obstáculo más en el camino de vuelta a casa. Porque cuando este deseo se retuerce, cuando no encuentra un camino de vuelta, se convierte en un abismo ante el que puedes saltar.
Ulises se enfrenta dos veces a ese abismo del deseo.
Circe y Calipso son diosas menores que habitan islas remotas, lejos del Olimpo, y ninguna de las dos necesita, como sí les ocurre a otros dioses, disfrazarse de hombre o de animal para tratar con los mortales: se muestran a Ulises tal como son.
Las dos oscilan entre la amenaza y la ayuda. Al principio, ambas representan un peligro real —Calipso lo retiene contra su voluntad, Circe convierte a sus hombres en cerdos—, pero terminan acogiéndolo, alimentándolo, bañándolo, aconsejándolo y enviándolo de vuelta al mar. Sin embargo, ninguna de las dos pierde del todo su filo: por eso, cuando pasan de enemigas a aliadas, Ulises les exige jurar por la Estigia, el río más sagrado y temido incluso por los propios dioses, que no le harán ningún daño.
Este tipo de mujer —que no es mortal e inofensiva como Nausícaa o Penélope, ni tampoco una diosa olímpica plena— despierta siempre la misma inquietud: pertenece a un territorio intermedio, el de la fantasía que roza lo humano. Penélope y Nausícaa habitan un mundo real, aunque idealizado. Circe y Calipso habitan el mundo de la fantasía, aunque con algo profundamente humano dentro. Es esa ambigüedad lo que las hace tan temibles y tan necesarias a la vez: solo ellas pueden ofrecerle a Ulises algo que ninguna mujer mortal podría darle. Algo que Ulises necesita ahora, en su viaje.
Circe está tejiendo cuando los hombres de Ulises llegan a su palacio. Tejer, como ya sabemos de Penélope, es el arte que este mundo asigna a lo femenino. Los hombres entran confiados, sin sospechar nada. Circe los recibe con amabilidad, les ofrece un brebaje, y estos se convierten en cerdos.
Por el camino hacia el palacio, decidido a rescatarlos, Ulises se encuentra con el dios Hermes, que le entrega una hierba capaz de anular cualquier hechizo. Hermes le explica, palabra por palabra, cómo debe actuar: Circe le preparará una poción, pero no podrá hechizarlo gracias al brebaje que él le ha dado; cuando ella intente conducirlo con su varita, Ulises debe sacar la espada y lanzarse contra ella; entonces, por miedo, ella lo invitará a su lecho, y no debe rechazarlo, a fin de que suelte a sus compañeros; pero antes debe exigirle que jure que no tramará contra él ninguna maldad, ni lo hará “cobarde y poco hombre” cuando esté desnudo.
Hay algo revelador en esta última advertencia, que remite a un miedo de castración por parte de Ulises. Asegurar la propia virilidad, aquí, equivale exactamente a asegurar la propia identidad. Como diría siglos después Georges Bataille, la acción erótica disuelve a los seres que se comprometen en ella y revela su continuidad, recordando la de las aguas tumultuosas. Es precisamente esa disolución, ese miedo a dejar de ser uno mismo dentro del cuerpo de otro, lo que Ulises tiene que aprender a vencer antes de poder amar sin perderse. Su victoria sobre Circe no está solo en la espada que desenvaina, sino en haber convertido su propio deseo en la herramienta que lo mantiene, incluso en el lecho de una diosa, siendo él mismo.
Circe, vencida, se transforma. Homero empieza a llamarla “la noble diosa” y recomienda a Ulises descanso, alimento, olvido. Él acepta, y lo que iba a ser una escala se convierte en una estancia de un año entero. La transformación de sus hombres en cerdos es, según se cuenta, la primera magia propiamente dicha de toda la literatura occidental: el origen remoto de una larga tradición de hechiceras que llegará, siglos después, hasta las brujas de la tragedia romana. Los lobos y los leones que rodean su palacio no son un adorno: son animales nocturnos, asociados a la muerte y a lo oculto, y su docilidad forzada es la prueba visible del dominio de Circe sobre las fuerzas más salvajes de la naturaleza.
En el fondo, esta escena reúne un puñado de miedos muy antiguos: el amor entre un mortal y una diosa, que siempre entraña peligro; el héroe que ataca a una divinidad maligna y la obliga a suplicar clemencia; la promesa de placer que esa divinidad ofrece a quien ha logrado doblegarla. Circe pertenece a un tipo de hechicera que se repite en muchas culturas mucho antes que Homero: no la bruja monstruosa que devora sin más al viajero, sino la maga hermosa que seduce y, si no se la vence a tiempo, termina convirtiendo a sus amantes en animales.
El segundo abismo tiene el nombre de Calipso. En su isla, Ulises no pasará un año, sino siete. Ella lo ama de verdad, hasta el punto de ofrecerle algo que ninguna otra figura de esta historia se atreve a ofrecerle: la inmortalidad. Sin embargo, cada día, mientras vive rodeado de todas las comodidades que una diosa puede dar, Ulises se sienta en la misma roca de la misma playa y llora mirando hacia un mar que ya casi no recuerda con exactitud. Ni la eternidad ni la belleza de Calipso logran apagar esa nostalgia por su hogar. Es, quizás, la prueba más dura de todo el poema: no un monstruo, no una tempestad, sino una vida perfecta que, sencillamente, no es la suya.
Con Circe, el peligro era animal y agresivo: convertirse en bestia, ser sometido, quedar reducido a la mera animalidad. Con Calipso el peligro es otro, vegetal y hermoso, disfrazado de regalo: la inmortalidad misma. Pero la realidad, bajo esa apariencia dulce, es igual de amarga. Ulises no puede salir de la isla. Se consume lentamente entre lágrimas, mientras Calipso intenta encantarlo para que olvide todo lo que fue antes de llegar a ella. Lo que está en juego, en el fondo, no es solo su cuerpo, sino su identidad social entera: el rey que es en su tierra, el señor que es en su casa, el humo del hogar que solo él puede mantener encendido, el marido que es de una mujer que lo espera. Aceptar la inmortalidad de Calipso sería, en el fondo, aceptar dejar de ser todas esas cosas para siempre.
Circe y Calipso son, así, las dos caras de un mismo peligro: convertirse en algo inferior al hombre —un animal, sometido y despojado— o en algo superior a él —un dios, apartado para siempre del tiempo y de los suyos—. Toda esta parte del viaje está sembrada de imágenes que hablan de ese mismo miedo bajo formas distintas: la cueva cóncava donde Ulises queda retenido, en una isla que el propio poema llama “el ombligo del mar”; o Escila, el monstruo que aguarda agazapado en su gruta con sus seis largos cuellos y sus fauces de tres filas de dientes, chillando como un cachorro mientras devora, una por una, a las víctimas que pasan a su alcance. Frente a estas imágenes, Calipso y el monstruo Caribdis representan el mismo temor bajo otra forma: no el ataque, sino la absorción y la perdición.
Ulises logra escapar de ambos peligros, no por la fuerza bruta, sino convirtiendo su propio deseo en un arma: con Circe, aceptando el lecho solo después de haberla desarmado; con Calipso, resistiendo siete años el mismo lecho hasta que los propios dioses intervienen para liberarlo. En los dos casos, lo que triunfa no es la espada, sino la voluntad de seguir siendo quien era antes de llegar a esa isla.
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Gracias por tu apoyo ♡ Te dejo con una ilustración de Odiseo y su perro Argos. Pero esa es otra historia.
Para este artículo he usado las siguientes fuentes:
Varela Rodríguez, S. (2020). Personajes femeninos en los poemas homéricos [Trabajo de Fin de Grado, Universidad del País Vasco]. Departamento de Estudios Clásicos.
Wulff Alonso, F. (1985). Circe y Odiseo, diosas y hombres. Baetica: Estudios de Arte, Geografía e Historia, 8, 269–279.
Wulff Alonso, F. (1987). Calipso y Odiseo: Diosas y hombres. Baetica: Estudios de Arte, Geografía e Historia, 10, 247–259.

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