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Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI · Aug 15, 2026

MILEIMANÍA: ¿POR QUÉ QUIENES VIVEN PEOR TODAVÍA DEFIENDEN A MILEI?

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Federico Gonzalez · Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI

Una jubilada parte una pastilla para que dure dos días. Un comerciante abre el negocio sin saber si podrá reponer la mercadería. Un investigador mira cómo se desarma el laboratorio en el que trabajó durante veinte años. Un joven encadena empleos precarios mientras posterga, otra vez, la idea de irse a vivir solo.

Sin embargo, cuando alguien les pregunta por el Gobierno, algunos responden casi con orgullo:

—Hay que aguantar. Por lo menos Milei está haciendo lo que había que hacer.

La frase merece ser escuchada. No para burlarse de quien la pronuncia, sino para comprender el nudo psicológico que contiene. Porque una cosa es apoyar un programa cuyos costos se padecen a cambio de resultados verificables. Otra, mucho más inquietante, es transformar el propio padecimiento en prueba de que el programa funciona.

Allí comienza este artículo.

No en una crítica rutinaria al capitalismo. Tampoco en la comodidad de explicar todo mediante corporaciones, imperios, medios de comunicación o conspiraciones geopolíticas. La Argentina necesita capital, inversión, empresas, innovación, emprendedores y mercados. Lo que no necesita es una sociedad mentalmente capturada, obligada a llamar libertad a su impotencia y éxito al deterioro de su propia vida.

La pregunta, entonces, no es solamente económica. Es psicológica, social, cultural y, en el sentido más profundo, política:

¿Por qué una parte de la sociedad defiende con tanta pasión a quien la daña?

La Argentina no cabe entera dentro de una consigna. No todos los votantes de Milei viven peor. La inflación descendió —aunque el salario mínimo real perdió 39% de su poder adquisitivo entre noviembre de 2023 y marzo de 2026—, algunos sectores recuperaron actividad y ciertas personas experimentaron mejoras concretas. La baja estadística de la pobreza que exhibe el Gobierno como logro, en cambio, es discutible: una medición monetaria no alcanza a registrar por sí sola el deterioro del empleo, el consumo, la salud, la vivienda, el endeudamiento y otras dimensiones concretas del bienestar. Al mismo tiempo, el desempleo, la fragilidad del empleo registrado, la industria y la confianza del consumidor muestran una realidad mucho más desigual. Los datos no describen un milagro ni un derrumbe uniforme: describen ganadores, perdedores y una sociedad partida.

Tampoco el respaldo a Milei conserva la amplitud inicial. En julio de 2026, una medición de AtlasIntel para Bloomberg ubicó su aprobación en 37,1% y su desaprobación en 62,4%; el Índice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella cayó 6,5% mensual. La Mileimanía se erosiona. Pero el núcleo que persiste sigue siendo demasiado importante como para despacharlo con un insulto.

Este texto no habla de todos los argentinos ni de todos los votantes libertarios. Habla de una contradicción específica: la de quienes fueron materialmente perjudicados, lo saben, lo sienten cada día y, aun así, convierten la defensa del líder en una defensa de sí mismos.

El llamado síndrome de Estocolmo no es un diagnóstico reconocido por los grandes manuales internacionales de psiquiatría. Su consistencia científica es discutida. Se utiliza para describir el vínculo paradójico que algunas víctimas pueden desarrollar con quien las mantiene cautivas, especialmente cuando el agresor controla la amenaza, administra pequeños alivios y se presenta, al mismo tiempo, como el único protector posible.

Por eso lo uso aquí como metáfora política, no como diagnóstico clínico de un electorado.

Milei no es literalmente un secuestrador ni sus votantes son rehenes literales. Pero existe algo que podríamos llamar síndrome de Estocolmo electoral: una captura narrativa en la cual la misma fuerza que produce sufrimiento logra presentarse como la única capaz de evitar un sufrimiento todavía mayor.

El mecanismo requiere cuatro operaciones.

La primera consiste en construir un pasado absolutamente horroroso. No un pasado con fracasos, corrupción, inflación, decadencia y responsabilidades reales, sino un infierno total, compacto, sin matices. Cuanto más monstruoso sea lo anterior, más tolerable parecerá cualquier daño presente.

La segunda operación consiste en presentar al líder como única salida. No como una opción entre otras, sino como el último muro antes del abismo. Si Milei fracasa, se dice, no fracasa Milei: vuelve “la casta”, el comunismo, el kirchnerismo o la Argentina inviable.

La tercera consiste en convertir el dolor en tratamiento. Si el salario no alcanza, la medicina está actuando. Si una empresa cierra, el mercado se está sincerando. Si se destruye una capacidad científica, se está eliminando un privilegio. Si el sufrimiento aumenta, no se revisa la dosis: se afirma que el veneno todavía no fue administrado con suficiente firmeza.

La cuarta operación consiste en agradecer cada pequeño alivio. El poder quita diez, devuelve uno y exige gratitud por su generosidad. Es la lógica del refuerzo intermitente: alternar castigo y recompensa para volver más intensa la dependencia. Una baja mensual de la inflación, un dólar momentáneamente quieto, una humillación televisiva al enemigo o un anuncio financiero funcionan como migas emocionales capaces de renovar la esperanza.

El captor decisivo, por lo tanto, no es solamente una persona. Es un relato cerrado.

Un relato que dice: “Yo te lastimo porque te estoy salvando. Si dudás de mí, ayudás a quienes quieren destruirte. Y si todavía estás peor, es porque no me dejaron lastimarte lo suficiente”.

Cuando hablamos de pensamiento sectario imaginamos un templo, un gurú y un grupo aislado del mundo. Las sectas políticas del siglo XXI son más sofisticadas: pueden organizarse mediante redes sociales, transmisiones en vivo, memes, economistas de streaming y ejércitos digitales.

No necesitan aislar físicamente a sus miembros. Les alcanza con aislarlos semánticamente: controlar el significado de las palabras.

La crítica se convierte en “operación”. El periodista, en “ensobrado”. El científico, en “parásito”. El adversario, en “zurdo”. La solidaridad, en “robo”. El Estado, en “organización criminal”. La crueldad, en “sinceramiento”.

Robert Jay Lifton, al estudiar los procesos de reforma del pensamiento, mostró que la captura mental requiere un lenguaje cargado, una doctrina situada por encima de la experiencia y una división tajante entre puros e impuros. Irving Janis llamó groupthink —pensamiento grupal— al proceso por el cual un grupo cohesionado castiga la duda, sobreestima su moralidad y pierde capacidad para evaluar alternativas.

La secta no exige que nadie deje de pensar. Exige algo más eficaz: que piense solamente dentro de un perímetro autorizado.

Se puede discutir la velocidad del ajuste, pero no su sentido. Se puede objetar una medida, pero nunca la identidad del salvador. Se puede admitir que la vida empeoró, siempre que se agregue inmediatamente que la culpa es de quienes gobernaron antes.

Así se produce el gaslighting político: la experiencia concreta del ciudadano es desmentida por el relato que supuestamente viene a explicarla. Si no llegás a fin de mes, no es que el modelo te perjudica: todavía no comprendiste sus beneficios. Si perdiste el trabajo, no sos una víctima de la política económica: eras parte de una actividad artificial. Si te duele, el problema es tu resistencia al cambio.

“Psicología oscura” no es el nombre de una disciplina científica consolidada. Es una etiqueta popular para reunir técnicas de manipulación, sometimiento y explotación de vulnerabilidades humanas. No hace falta imaginar una logia secreta diseñando cada palabra presidencial. Los mecanismos pueden operar sin un titiritero omnipotente, porque son conocidos, repetibles y políticamente rentables.

La fórmula combina amenaza, humillación, simplificación, repetición y pertenencia.

Primero se activa el miedo. Después se identifica un enemigo. Luego se ofrece una identidad heroica al seguidor: no sos una víctima del ajuste, sos un guerrero de la libertad. Finalmente se castiga toda evidencia que contradiga el relato.

La manipulación alcanza su perfección cuando ya no necesita mentir desde afuera, porque el propio ciudadano comienza a mentirse desde adentro.

Allí aparece el vampirismo mental político. El líder ocupa la conversación interior de sus seguidores, les presta un vocabulario, administra sus enemigos, organiza su indignación diaria y se alimenta de su atención. El ciudadano cree que habla; muchas veces, el eslogan habla a través de él.

No le han robado solamente una parte del ingreso. Le han colonizado la capacidad de nombrar lo que le ocurre.

George Orwell imaginó una dominación sostenida principalmente por el miedo. Aldous Huxley vio algo quizá más perturbador: la posibilidad de que las personas amaran aquello que las sometía, siempre que el sometimiento viniera acompañado de placer, entretenimiento y condicionamiento.

La Mileimanía tiene algo de ese Mundo feliz adaptado a la cultura algorítmica.

El ajuste llega envuelto en memes. La humillación se convierte en espectáculo. La agresión verbal produce clips compartibles. La motosierra deja de ser una herramienta y se vuelve cotillón. El dolor social se procesa como contenido.

Una parte de los jóvenes no votó solamente un programa económico. Votó una transgresión. La política adoptó la algarabía de una estudiantina de quinto año: el placer de ocupar el colegio, romper el protocolo, burlarse de los profesores y convertir el acto solemne en una gran travesura colectiva.

Esa energía puede ser vital, creativa y necesaria cuando desafía instituciones fosilizadas. Pero se vuelve grotesca cuando confunde gobernar con hacer una broma pesada y libertad con disfrutar el dolor ajeno. Entonces la estudiantina adquiere una tonalidad casi sociopática —no como diagnóstico de una generación, sino como descripción de una escena política—: incendiar el aula para festejar que por fin nadie dicta la clase.

Llamo esnobismo iconoclasta al goce de sentirse superior por el solo hecho de destruir lo que otros respetaban. No importa si aquello destruido era una universidad, un organismo científico, una industria estratégica o una capacidad estatal valiosa. Romper se vuelve prueba de inteligencia. La irreverencia reemplaza al pensamiento. La provocación se disfraza de lucidez.

Así nació una absurda y grotesca Mileimanía: una mezcla de recital, culto digital, rebelión adolescente y obediencia disfrazada de insurrección.

En diciembre de 1969, frente a estudiantes revolucionarios de Vincennes, Jacques Lacan lanzó una frase que conserva una ferocidad intacta: “Como revolucionarios, ustedes aspiran a un amo. Lo tendrán”.

La advertencia parece escrita para ciertos jóvenes libertarios. Creyeron rebelarse contra toda autoridad y terminaron celebrando una autoridad más brutal. Quisieron matar al padre y adoptaron un amo. Confundieron el grito con la autonomía, la insolencia con la libertad y la obediencia al líder con la emancipación individual.

La dialéctica del amo y el esclavo de Hegel agrega otra vuelta. El amo parece todopoderoso, pero depende del reconocimiento del subordinado. Sin la mirada, el trabajo y la obediencia del otro, no es amo de nadie.

Milei no produjo solo la Mileimanía. La produjeron también quienes convirtieron cada agravio en una medalla, cada exabrupto en una prueba de autenticidad y cada castigo recibido en una ofrenda al líder.

La relación posee, además, una gramática sadomasoquista en el sentido político que Erich Fromm exploró en El miedo a la libertad. No estoy hablando de sexualidad ni diagnosticando personas. Hablo de una estructura autoritaria: arriba, el goce escénico de humillar, someter y castigar; abajo, la conversión del sufrimiento propio en sacrificio virtuoso y la descarga de la agresión sobre alguien todavía más débil.

El ciudadano soporta el golpe y, para no sentirse humillado, se identifica con quien golpea. Luego reproduce el desprecio hacia el jubilado, el empleado público, el pobre, el discapacitado, el docente o el científico. Ser víctima resulta intolerable; sentirse parte del verdugo parece devolver poder.

Ese es uno de los secretos más oscuros de la obediencia: a veces el sometido no pide que cese la crueldad. Pide participar simbólicamente de ella.

Leon Festinger llamó disonancia cognitiva a la tensión que aparece cuando nuestras creencias chocan con la realidad. Cuanto más importante es una convicción para nuestra identidad, más difícil resulta modificarla.

Quien defendió a Milei en la mesa familiar, discutió con amigos, insultó adversarios en las redes, justificó sacrificios y puso en juego su autoestima no debe reconocer solamente que una política falló. Debe admitir que él pudo haberse equivocado.

Y ese costo puede resultar más doloroso que la pérdida económica.

Entonces aparece la justificación del esfuerzo: “Si sufrimos tanto, tiene que haber valido la pena”. Se suma la falacia del costo hundido: “Después de todo lo que pagamos, no podemos abandonar ahora”. Y finalmente llega la huida hacia adelante: “Hay que darle más poder para que termine lo que empezó”.

La pasión por tener razón suele presentarse como amor a la verdad. En realidad, muchas veces es el guardaespaldas de la autoestima.

Por eso algunas personas no corrigen su creencia para adecuarla a los hechos. Corrigen los hechos para proteger la creencia.

Jean-Paul Sartre llamó mala fe a esa forma singular de autoengaño en la que el sujeto es, al mismo tiempo, engañador y engañado. No ignora completamente la verdad. La entrevé, pero organiza su conciencia para no asumir las consecuencias de saberla.

El comerciante sabe que vende menos. El trabajador sabe que perdió capacidad de compra. El padre sabe que su hijo no encuentra futuro. Pero todos pueden repetir que “estamos mejor” porque la frase los protege de una conclusión devastadora: tal vez entregaron esperanza a una maquinaria que convirtió su dolor en combustible.

Martin Heidegger habló de la inautenticidad como la vida gobernada por el se: se dice, se piensa, se comenta, se supone. En nuestro tiempo podríamos agregar: se tuitea. El sujeto se refugia en la voz anónima de la tribu para no responder por su propio juicio.

La autenticidad política comienza en un gesto sencillo y dificilísimo: poder decir “me equivoqué” sin sentir que uno deja de existir.

Lacan, por su parte, colocó el malentendido en el corazón de la condición humana. El lenguaje no transporta significados como un camión lleva mercadería. Cada palabra llega atravesada por deseos, fantasmas e historias. “Libertad” puede significar autonomía para uno, revancha para otro y permiso para desentenderse del prójimo para un tercero.

El malentendido ayuda a explicar el voto, pero no lo absuelve para siempre. Comprender que fuimos capturados por una palabra es el primer paso para recuperar su significado.

Marvin Minsky propuso en La sociedad de la mente que aquello que llamamos “yo” no es un monarca central, sino una organización de múltiples agentes relativamente simples. Cada agente cumple funciones limitadas; la inteligencia emerge de sus acuerdos, conflictos y coaliciones.

Partiendo de Minsky, vengo trabajando una idea complementaria: somos una pluralidad de agentes mentales monopropósito, partes del yo que pueden adquirir cuasiautonomía. Existe un agente que busca pertenecer, otro que quiere castigar, otro que teme perder, otro que necesita tener razón, otro que conserva esperanza y otro que observa críticamente.

Milei no necesitó convencer a una persona completa y coherente. Le alcanzó con construir una coalición entre algunos de sus agentes: el agente del hartazgo, el agente punitivo, el agente del miedo al pasado, el agente de la pertenencia tribal y el agente narcisista que necesita sentirse más lúcido que “la manada”.

Cuando esa coalición conquista el gobierno interior, los demás agentes quedan subordinados. El que registra el deterioro económico habla, pero es silenciado. El que siente compasión protesta, pero es acusado de débil. El que duda es expulsado como traidor.

El fenómeno más peligroso aparece cuando el agente del odio retrospectivo adquiere autonomía. Tiene una sola misión: impedir el regreso de lo anterior. No evalúa el presente, no compara alternativas, no calcula consecuencias. Ante cada daño actual, reproduce una imagen del pasado y grita: “Pero antes era peor”.

Ese agente puede terminar protegiendo exactamente aquello que perjudica al conjunto de la persona.

La mente, como un país, también puede ser capturada por una minoría intensa y organizada.

La palabra “estupidez” debe utilizarse con cuidado. Si sirve para insultar al votante, no explica nada y además fortalece su encierro. La estupidez política no equivale a falta de inteligencia individual. Personas cultas, informadas y brillantes pueden participar de decisiones colectivamente estúpidas.

Erasmo mostró que la necedad suele presentarse vestida de sabiduría. Robert Musil advirtió sobre una estupidez sofisticada, capaz de utilizar la inteligencia para justificar pasiones e intereses. Barbara Tuchman llamó “marcha de la locura” a la insistencia de los gobiernos en políticas contrarias a sus propios intereses, aun cuando existían alternativas disponibles. Carlo Cipolla definió como estúpida la acción que perjudica a otros sin beneficiar verdaderamente a quien la realiza, e incluso dañándolo. Dietrich Bonhoeffer intuyó algo todavía más perturbador: bajo ciertas formas de poder, la estupidez se vuelve menos un defecto intelectual que una renuncia social a la autonomía.

Todas estas versiones convergen en un punto: la gran estupidez histórica no siempre grita “soy ignorante”. A menudo proclama “yo entendí lo que los demás no comprenden”.

La necedad mileísta no consiste solamente en creer cosas falsas. Consiste en volver incuestionable el mecanismo que las produce. Es una estupidez blindada por autoestima, identidad, odio y pertenencia. Una estupidez cuasiagéntica: ya no necesita pensar porque tiene una respuesta automática para cada objeción.

El gobierno anterior fracasó en cuestiones fundamentales. Negarlo sería intelectualmente deshonesto y políticamente suicida. Hubo inflación, pobreza, corrupción, degradación institucional, privilegios, discursos vacíos y un Estado que demasiadas veces fue bobo, derrochador e insolvente.

Milei no inventó el hartazgo. Lo encontró, lo nombró y lo convirtió en energía política.

Pero el hartazgo puede emancipar o envenenar.

Cuando el odio a lo anterior se vuelve un agente autónomo, comienza a corroer la inteligencia desde adentro. Ya no permite juzgar cada gobierno por sus actos. Obliga a comparar toda crueldad presente con el peor recuerdo disponible.

Llamo anestesia retrospectiva de la crueldad a este mecanismo: el horror anterior se utiliza como analgésico frente al daño actual.

—¿Destruyeron una capacidad científica? Sí, pero antes robaban.

—¿Cerró una fábrica? Sí, pero antes había inflación.

—¿El jubilado no puede comprar remedios? Sí, pero antes gobernaba Cristina.

La respuesta no refuta el daño. Apenas lo narcotiza.

Así, el pasado sigue gobernando desde su tumba. Cada fracaso anterior extiende un certificado de impunidad al presente. Milei obtiene absolución no por lo que hace, sino por el espanto que todavía provocan quienes lo precedieron.

El odio se vuelve entonces un veneno de doble efecto: corroe la capacidad de pensar y anestesia la capacidad de sentir.

Milei no cayó de un plato volador. Es hijo de fracasos argentinos acumulados: de la inflación crónica, la corrupción, el Estado inútil, la dirigencia ensimismada, la oposición sin proyecto, el progresismo que confundió superioridad moral con eficacia y una economía incapaz de ofrecer futuro.

Pero ser explicable no lo vuelve inevitable. Y haber sido elegido no convierte un rumbo en correcto.

Milei puede terminar siendo un error y una anomalía de la historia argentina: uno de esos momentos en que una sociedad agotada confunde al exorcista con el médico, la demolición con la reforma y la furia con la inteligencia.

La historia, sin embargo, no posee piloto automático. No corrige sus errores por sí sola. Los corrigen —o los profundizan— las sociedades.

Algún día, cuando la burbuja hipnótica termine de romperse, muchos argentinos mirarán hacia atrás. Verán la motosierra convertida en souvenir, los insultos celebrados como ideas, el sufrimiento ofrecido como programa y la crueldad aplaudida en nombre de la libertad.

Y se harán una pregunta tan breve como insoportable:

¿Qué hicimos?

Esa pregunta puede abrir dos caminos. La vergüenza puede endurecer la negación y buscar un nuevo culpable. O puede transformarse en aprendizaje político.

Para que ocurra lo segundo, no alcanza con esperar la caída de la hipnosis. Hay que construir desde ahora una salida.

No se libera a una persona capturada llamándola idiota. El desprecio refuerza el cerco sectario: confirma que afuera solo existen enemigos. Tampoco se la libera proponiéndole regresar al mismo orden que produjo su desesperación.

La alternativa a Milei no puede ser la restauración de lo anterior. Debe reconocer la verdad que hizo posible su ascenso —la Argentina necesitaba orden, eficiencia, responsabilidad fiscal, fin de los privilegios y una transformación profunda— y separar esa verdad de la crueldad, el dogmatismo y la demolición.

Este no es un manifiesto contra el capitalismo. Por el contrario: la Argentina necesita un capitalismo más productivo, innovador, emprendedor, competitivo y extendido. Necesita socializar el capitalismo: no repartir pobreza, sino ampliar la capacidad de producir riqueza; no dar solamente el pescado, sino democratizar la caña, el conocimiento, el crédito, la tecnología y el acceso a los mercados.

El Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI propone pasar de la demolición a la construcción: educación, ciencia, tecnología, industria, emprendimiento, inversión y trabajo conectados dentro de una estrategia nacional. Orden fiscal con inversión estratégica. Productividad con inclusión. Firmeza sin crueldad.

Ni Estado elefante ni Estado desertor: Estado capaz. Pequeño en grasa y grande en cerebro.

La verdadera rebeldía juvenil no consiste en aplaudir a un adulto que insulta. Consiste en negarse a heredar una Argentina condenada a elegir entre el Estado bobo y el Estado ausente. La verdadera iconoclastia no rompe por placer: derriba lo inútil para construir algo superior.

Salir del síndrome de Estocolmo electoral exige recuperar tres libertades más profundas que cualquier consigna: la libertad de dudar, la libertad de reconocer un error y la libertad de imaginar una alternativa.

Una sociedad adulta no necesita un amo que la castigue ni un padre que la engañe. Necesita instituciones que funcionen, dirigentes que rindan cuentas y ciudadanos capaces de pensar aun cuando pensar duela.

El día después de la hipnosis, la Argentina no necesitará otro amo.

Necesitará volver a ser autora de sí misma.

Síndrome de Estocolmo electoral: metáfora política de la adhesión al poder que provoca daño cuando ese mismo poder se presenta como única protección frente a un mal mayor.

Captura narrativa: clausura del juicio dentro de un relato que redefine todo costo como tratamiento, toda duda como traición y todo fracaso como razón para insistir.

Vampirismo mental político: ocupación de la conversación interior del ciudadano por el lenguaje, los enemigos y el calendario emocional del líder.

Esnobismo iconoclasta: sentimiento de superioridad basado en destruir símbolos, instituciones o capacidades valoradas, confundiendo irreverencia con inteligencia.

Agente del odio retrospectivo: parte cuasiautónoma del yo cuya misión excluyente es impedir el regreso del pasado y que, por ello, justifica cualquier daño presente.

Anestesia retrospectiva de la crueldad: uso del horror anterior como analgésico moral que reduce la sensibilidad frente al sufrimiento provocado en el presente.

INDEC: pobreza e indigencia

INDEC: mercado de trabajo, primer trimestre de 2026

IIEP UBA-CONICET: pérdida del poder adquisitivo del salario mínimo

Secretaría de Trabajo: situación y evolución del trabajo registrado

Universidad Torcuato Di Tella: confianza en el Gobierno, julio de 2026

Universidad Torcuato Di Tella: confianza del consumidor, julio de 2026

AtlasIntel/Bloomberg: aprobación y desaprobación de Milei, julio de 2026

Revisión científica sobre el llamado síndrome de Estocolmo

Referencia académica al intercambio de Lacan en Vincennes

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