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Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI · Aug 15, 2026

El síndrome del rehén agradecido a Milei

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Federico Gonzalez · Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI

Hay una escena que se repite en las farmacias del conurbano y nadie filma. Una señora de setenta y tres años deja el mostrador con la mitad de la receta. La otra mitad la deja ahí, sobre el vidrio, con la vergüenza de quien devuelve algo que ya había tocado. Detrás de ella, en la fila, un pibe de veintidós mira la escena con una calma perfecta, casi litúrgica, y después sube a su celular un chiste sobre los jubilados que “se la pasaron viviendo del Estado”. El pibe no tiene trabajo. El pibe tampoco tiene obra social. El pibe la está pasando peor que hace dos años y lo sabe con exactitud aritmética.

Y sin embargo, el pibe lo banca.

Ahí está el enigma argentino de esta hora. No en la economía, que se explica con una planilla. En la cabeza.

En agosto de 1973, cuatro empleados de un banco de Estocolmo pasaron seis días encerrados con dos ladrones en la bóveda del Kreditbanken. Cuando la policía finalmente los liberó, ocurrió lo impensado: los rehenes se negaron a declarar contra sus captores, juntaron plata para su defensa y una de ellas terminó considerando al secuestrador un amigo. El psiquiatra Nils Bejerot bautizó aquello con el nombre de la ciudad, y el mundo tuvo por fin una palabra para una experiencia vieja como el poder.

Acaso sea pertinente aclarar algo que suele omitirse: el síndrome de Estocolmo no figura en ningún manual diagnóstico serio. No es una enfermedad. Es algo peor. Es una estrategia de supervivencia perfectamente racional que la mente ejecuta sin pedir permiso. Cuando alguien tiene poder absoluto sobre vos y no podés huir, odiarlo es un lujo que no te podés pagar. Entonces el aparato psíquico hace lo único que le queda: lo quiere.

Anna Freud le puso nombre técnico a la maniobra en 1936. La llamó identificación con el agresor. El que no puede vencer al que le pega, se transforma en él. Adopta sus gestos, su vocabulario, su desprecio. Y descubre, con alivio inmenso, que desde adentro del bando del que golpea ya no duele.

Digámoslo sin eufemismos: una porción considerable de la sociedad argentina no está engañada. Está identificada.

En 1938 el dramaturgo Patrick Hamilton estrenó una obra donde un marido bajaba disimuladamente las lámparas de gas de la casa y después le juraba a su mujer que la luz estaba igual que siempre. El objetivo no era robarle joyas. Era robarle el criterio. Que ella dejara de confiar en sus propios ojos y necesitara los de él para saber si había luz.

De esa obra viene la palabra que hoy se usa hasta el hartazgo y se entiende poco: gaslighting.

En la Argentina de estos años el procedimiento alcanzó una elegancia notable. Al ciudadano le suben la luz —la de verdad, la de la boleta— y le explican que ahora ve mejor. Le muestran que el peso vale menos y le dicen que se apreció. Le cuentan que la inflación bajó mientras él observa que el changuito está más caro. Y cuando el tipo señala la evidencia con el dedo, no le discuten el dato: le discuten la salud mental. Es un zurdo. Es un ensobrado. Es un mandril. Es un termo. Es un kuka. Es un kuka zombie. Tiene el cerebro roto.

En el barrio lo diríamos sin vueltas: no te dicen que mentís, te dicen que estás loco. Y es mucho más eficaz, porque contra la mentira se puede argumentar y contra el diagnóstico psiquiátrico no.

Leon Festinger tuvo, en 1954, una idea de una audacia que hoy sería inimaginable: se infiltró con su equipo en una secta que anunciaba el fin del mundo para una fecha precisa. Quería ver qué pasaba con la fe el día después del fin del mundo que no llegó.

Lo que encontró funda toda la psicología social moderna. Los seguidores tibios se fueron. Pero los que habían vendido la casa, renunciado al trabajo y roto con la familia no solo no abandonaron: salieron a proselitizar con un fervor que jamás habían tenido. La profecía fallada no destruyó la creencia. La blindó.

Festinger lo llamó disonancia cognitiva. Traducido al criollo: cuando la realidad contradice lo que creímos, es más barato retocar la realidad que reconocer que nos equivocamos.

Confieso que quien escribe estas líneas anticipó este vínculo en los albores de 2023, cuando todavía la mayoría de los analistas discutía si el fenómeno era una anécdota de televisión o un voto bronca pasajero. La razón explicativa se formulaba entonces de manera minimalista, casi telegráfica: Milei podía ganar porque no era, en esencia, un fenómeno económico ni partidario, sino un fenómeno religioso. Y a una religión no se le gana con planillas, ni con moderación, ni con buenos modales institucionales. El refrán popular lo dice con elocuencia: un clavo saca a otro clavo. La única forma de erradicar de cuajo una religión es creando otra.

Se cumplió. Y ahora estamos viviendo la parte que viene después de toda conversión colectiva: el día en que la profecía no se cumple y los fieles, en vez de irse, cantan más fuerte.

Y acá hay que decir algo incómodo, porque es la clave de todo: cuanto más caro pagaste la entrada, más te cuesta admitir que el espectáculo es malo. Elliot Aronson lo demostró en laboratorio en 1959 —cuanto más humillante la iniciación, más quiere el iniciado a su club—, y Carol Tavris junto al propio Aronson lo llevaron después a su forma más luminosa con la imagen de la pirámide de la elección: dos personas casi idénticas paradas en la cúspide, una decisión mínima que las manda a laderas opuestas, y al pie de la montaña ya no se reconocen, ya no se hablan, ya no pueden ni imaginar cómo era estar del otro lado.

El argentino que resignó la obra social, el viaje, el asado del domingo y la dignidad del sueldo no puede permitirse pensar que fue en vano. Porque si fue en vano, el estafado no es el país. Es él.

Y no hay dolor más insoportable que el de la propia complicidad.

El psiquiatra Robert Jay Lifton estudió a los prisioneros norteamericanos sometidos a reeducación en la China de los años cincuenta y salió de ahí con ocho criterios para reconocer el pensamiento totalitario. Dos alcanzan para nuestro asunto.

El primero lo llamó loading the language: el lenguaje cargado. El grupo fabrica un vocabulario propio, cerrado, de fórmulas que reemplazan el pensamiento. Palabras-clausura que no explican nada pero terminan toda conversación. El que las pronuncia siente que entendió el mundo entero en tres sílabas, y el que las escucha entiende que discutir ya no tiene sentido.

El segundo criterio es más devastador y merece explicarse despacio, porque es el que hace toda la diferencia. Lifton lo llamó doctrine over person: la doctrina por encima de la persona. Funciona así. Todo grupo cerrado tiene una teoría sobre cómo es el mundo. Y todo integrante tiene, además, una vida: lo que ve, lo que le pasa en el cuerpo, lo que registra en su propia casa. Mientras las dos cosas coinciden, no hay conflicto. El problema empieza cuando lo que la persona experimenta no coincide con lo que la doctrina promete.

En una mente libre, gana la experiencia: si la teoría dice que el remedio cura y el enfermo empeora, se cambia el remedio. En una mente capturada ocurre exactamente lo inverso: la teoría es intocable y lo que se declara defectuoso es el testimonio del propio sujeto. Su percepción pasa a ser un error de él. Su malestar, una falla de comprensión. Su duda, una impureza a corregir.

Traducido a la cocina de una casa argentina: vos no estás peor, vos creés que estás peor. Lo que te falta no es plata, es perspectiva. No mires el changuito, mirá el proceso. Y el individuo, para seguir perteneciendo, hace lo único que puede hacer: deja de creerle a su propia vida.

Ese es el mecanismo. No te obligan a negar la realidad. Te convencen de que tu experiencia de la realidad no es un dato válido.

Ahí ocurre lo que quien escribe estas líneas se permite llamar vampirismo mental. El vampiro clásico no te mata: te vacía y te deja caminando. El vampirismo político no te quita la sangre, te quita el juicio propio, esa facultad módica y decisiva de mirar la góndola y sacar tu propia conclusión. Y te deja andando por la calle, hablando fuerte, seguro de todo, alimentando con tu vitalidad una figura que jamás va a devolverte nada.

El refrán de la esquina lo resume mejor que Lifton: el que paga por adelantado siempre come pescado podrido.

Aldous Huxley publicó Un mundo feliz en 1932 y cometió el mayor acto de anticipación política del siglo. Mientras Orwell imaginaba una bota, Huxley imaginó algo infinitamente más difícil de resistir: una pastilla. El soma no reprime al súbdito. Lo entretiene. Lo deja contento adentro de su servidumbre.

Neil Postman formuló esa diferencia con una precisión brutal en 1985: Orwell temía a los que prohibieran los libros; Huxley temía que no hiciera falta prohibirlos, porque nadie iba a querer leerlos.

Nuestro soma tiene formato de pantalla. Es el número del riesgo país celebrado como gol de visitante por gente que no tiene un bono. Es el tuit de madrugada que produce en el militante una descarga de dopamina exactamente equivalente a la de un like. Es la denuncia diaria de un enemigo nuevo, que llega puntual como el noticiero y cumple la misma función que la merienda: ordena el día, calma la angustia, promete que mañana también va a haber.

No resulta desatinado suponer que buena parte del apoyo que hoy se mide en encuestas no es adhesión a un programa económico. Es dependencia de una emoción cotidiana.

Hegel escribió en 1807 unas páginas que todavía no terminamos de digerir. Dos conciencias se enfrentan, una arriesga la vida y la otra prefiere vivir: nace el señor y nace el siervo. Pero el giro genial de la Fenomenología es que el siervo, trabajando la materia, se vuelve el que sabe hacer, mientras el señor se degrada en la dependencia de lo que le traen.

Nuestra versión criolla es más triste que la alemana, porque le falta el trabajo. Acá el siervo no transforma nada: solo sostiene la escena del amo. Le presta el aplauso, el algoritmo, la garganta.

En diciembre de 1969, en la Universidad de Vincennes, unos estudiantes muy revolucionarios le hicieron un escrache a Jacques Lacan. Él los escuchó con paciencia y les lanzó una frase que quedó registrada para siempre: lo que ustedes aspiran, como revolucionarios, es a un amo. Lo van a tener.

Cincuenta y seis años después, en un país del sur, una generación entera de pibes que se cree la más libre de la historia argentina —la más antisistema, la más irreverente, la que no le rinde cuentas a nadie— eligió con entusiasmo genuino a un señor que les ordena a quién odiar, con qué palabras, en qué horario y con qué tono de voz. Le pidieron un amo. Lo tuvieron.

Y acá conviene ser preciso, porque el vínculo tiene una estructura reconocible. Gilles Deleuze advirtió en 1967 que el sadismo y el masoquismo no son complementarios, que no forman una pareja, que cada uno tiene su propio universo. Tenía razón clínicamente. Pero la política argentina se dio el lujo de firmar el contrato igual. De un lado, un goce declarado en la humillación del otro, en la topadora, en el insulto como método de gobierno. Del otro, un electorado que encuentra en el propio ajuste una forma de purificación: si duele, es porque está funcionando. Si no duele, es porque no es de verdad.

Es la teología del dolor útil. La más peligrosa de todas, porque convierte cada empeoramiento en una prueba más de que se va bien.

Lacan sostuvo hacia el final de su vida que nacemos en un malentendido, que el malentendido no es un accidente de la comunicación sino su condición de posibilidad. Uno dice, el otro escucha otra cosa, y de ese desencuentro está hecha la vida entera.

El voto de 2023 fue un malentendido monumental. Millones escucharon “que se vaya la casta” y llegó otra cosa. Millones escucharon “no vas a pagar el costo vos” y lo pagaron ellos. Hasta ahí, nada extraordinario: la historia está tejida de malentendidos.

Lo extraordinario es lo que vino después. Porque frente a un malentendido hay dos caminos: reconocerlo, que es incómodo y liberador, o resignificarlo hacia atrás, que es cómodo y letal. El votante que resignifica no dice “me equivoqué”. Dice: “esto es exactamente lo que yo quería”. Reescribe su deseo original para que coincida con el resultado obtenido.

Jean-Paul Sartre le puso nombre a esa operación en 1943 y sigue sin haber uno mejor: mala fe. Su rareza —lo que la vuelve fascinante— es que se trata de una mentira sin mentiroso externo. Soy yo el que engaña y yo el que es engañado, en el mismo acto, con plena conciencia y sin ninguna. El autoengaño consciente, esa pequeña obra maestra de la voluntad humana.

Martin Heidegger, por su parte, ya había descripto en 1927 el modo de existencia donde eso florece: el reino de el uno, ese sujeto que no es nadie y es todos, el que sostiene que “se dice”, que “todos saben”, que “está claro que”. Lo llamó habladuría, y no era un insulto: era el diagnóstico de la existencia inauténtica, la vida vivida con opiniones prestadas.

En castellano de todos los días: la pasión por tener razón es más fuerte que el interés por estar bien. Preferimos tener razón y perder plata que perder la discusión y ganar el país. Y no es estupidez individual: es que retractarse, en la Argentina, se percibe como una derrota moral y no como un acto de inteligencia.

Marvin Minsky nos legó en 1986 una idea que reordena todo: la mente no es una unidad, es una sociedad. Está hecha de agentes minúsculos, cada uno tan tonto que por sí solo no piensa nada, y de la interacción entre esos agentes sin mente emerge eso que llamamos yo.

Quien escribe estas líneas se permitió, hace ya un tiempo, una extensión de esa hipótesis. Esos agentes monopropositales adquieren ecoautonomía: se independizan. Un agente que fue creado para cumplir una función acotada dentro del conjunto empieza a funcionar por su cuenta, deja de servir al todo y pasa a servirse a sí mismo. Se vuelve un feudo dentro del yo.

Ahí está la pieza que faltaba.

En millones de argentinos existe un agente que se llama no vuelven más. Nació legítimamente, con motivos abundantes: doce años de decadencia administrada, la mística de la carencia convertida en política de Estado, la autonomía ciudadana degradada a clientela. Ese agente tenía una función y la cumplió.

Pero adquirió ecoautonomía. Y hoy corre solo, desconectado del resto del sistema, evaluando cada hecho de la realidad con un único criterio: ¿esto se parece a lo anterior? Si no se parece, está bien. Aunque duela. Aunque no funcione. Aunque destruya lo que había que cuidar.

Ese agente es un anestésico, y ahí está su perversión más fina. El horror del pasado anestesia frente al desamparo del presente. La memoria del robo te vuelve insensible al abandono. Y como todo anestésico, se cobra su precio en pérdida de sensibilidad: no sentís el dolor, pero tampoco sentís nada más.

Es la necedad hecha organismo. Un odio que se volvió autónomo, que ya no protege de nada y sigue corroyendo por dentro, como esos anticuerpos que un día se confunden y empiezan a atacar el cuerpo que juraron defender.

El refrán lo dijo antes que la inmunología: más vale malo conocido que bueno por conocer. Es la frase más argentina y más suicida de nuestro repertorio.

Y acá aparece la paradoja más incómoda de todas, la que nadie quiere escuchar porque toca el nervio.

Durante años, una parte enorme de la Argentina se burló —con razones sobradas— de un fenómeno preciso: la reverencia incondicional a una líder. El acto donde se lloraba. El militante que repetía la consigna sin haberla pensado nunca. La incapacidad estructural de admitir un solo error del conductor. La conversión del adversario en enemigo moral. La palabra “amor” usada como categoría política. Se lo señaló con acierto: eso no era militancia, era culto.

Bien. Miremos ahora el espejo, y miremos con honestidad.

El acto donde se llora. El seguidor que repite la consigna sin haberla pensado nunca. La incapacidad estructural de admitir un solo error del conductor. La conversión del adversario en enemigo moral. Y una palabra usada como categoría política, aunque esta vez la palabra sea “libertad” en lugar de “amor”.

La estructura es idéntica. Cambió el nombre del santo, no cambió la liturgia. Cambiaron los símbolos, no cambió la posición del sujeto respecto del amo. Y el que hoy grita contra el fanatismo ajeno lo hace con la voz exacta, el tono exacto y la ceguera exacta del fanatismo que denuncia.

Freud nos invita a pensar en el narcisismo de las pequeñas diferencias: los grupos más parecidos son los que más furiosamente necesitan diferenciarse, precisamente porque la semejanza los amenaza. Dos multitudes que rezan igual, que odian igual, que no toleran igual la duda, y que se reconocen mutuamente como el mal absoluto porque reconocerse como semejantes sería insoportable.

Digámoslo sin eufemismos: al que idolatra le da lo mismo el ídolo. Lo que necesita no es ese líder en particular. Lo que necesita es no tener que pensar solo.

Paul Watzlawick nos enseñó que el remedio aplicado con la misma lógica del problema no lo resuelve, lo profundiza: eso es un cambio de tipo uno, mucho ruido y ninguna transformación. La Argentina no salió del culto. Se mudó de templo.

Existe una tradición intelectual escasamente frecuentada y absolutamente indispensable: la historia de la estupidez humana. Erasmo la inauguró en 1511 con su Elogio de la locura. Walter Pitkin escribió su breve introducción en 1932. Paul Tabori intentó la historia natural completa en 1959.

Pero la formulación decisiva es la del historiador económico Carlo Cipolla, que definió al estúpido con una precisión que da escalofríos: no es el malvado —el malvado te perjudica para beneficiarse—, sino aquel que te perjudica a vos y se perjudica a sí mismo al mismo tiempo, sin ganancia para nadie. Por eso Cipolla sostenía que el estúpido es más peligroso que el bandido: con el bandido se puede negociar, porque tiene intereses. Con el estúpido no hay negociación posible, porque no persigue ningún interés reconocible.

Dietrich Bonhoeffer, escribiendo desde una cárcel nazi, agregó la vuelta de tuerca que nos incumbe: la estupidez no es un defecto intelectual sino moral, y no es una condición individual sino un estado en el que las personas caen cuando quedan bajo el hechizo de una consigna y de un poder ascendente. Contra la maldad, decía, se puede protestar. Contra la estupidez no hay defensa, porque el estúpido está satisfecho.

Gente inteligente. Profesionales, técnicos, universitarios, comerciantes, cuentapropistas laboriosos. Gente que hace bien su trabajo y ama a su familia, tomando durante un lapso decisiones que los perjudican a ellos y perjudican al de al lado, sin beneficio para nadie salvo para el sostenimiento de una escena.

Y entre todos ellos, el caso más desconcertante de nuestra hora: el empresario.

Conviene precisar de inmediato de quién hablamos, porque generalizar acá no sería solo injusto: sería un error de diagnóstico. No hablamos del universo empresario entero. Hablamos de un subgrupo. Y ese subgrupo, curiosamente, no es el de las pymes.

El pyme argentino está demasiado pegado a lo real como para pagar el peaje de la fantasía. El que levanta la persiana a las siete, el que firma los cheques de puño y letra, el que conoce por el nombre a los once empleados que tiene y sabe con exactitud cuánto entró ayer por la caja, no puede compensar una pérdida material con una ilusión de pertenencia. La realidad lo visita todas las mañanas y no le acepta pagos simbólicos. Por eso —y no es casualidad— el mundo pyme es hoy uno de los sectores más críticos y menos hipnotizados del país: no porque sea más lúcido, sino porque está más cerca del hueso.

El fenómeno que describo es el de más arriba. El del empresario con espalda suficiente para que la caída no lo mate, con patrimonio que le permite aguantar el chubasco, con distancia entre su vida cotidiana y el mostrador donde el daño ocurre. No el que reclama subsidios, ojo, porque ese cuento ya lo conocemos y no es el que nos ocupa. Hablo del que fabrica, del que vende, del que factura, y hoy tiene el galpón a media máquina, los vendedores mirando el techo, el salón vacío un sábado a la tarde. Y no porque el Estado le haya quitado una teta —esa es la explicación cómoda—, sino por algo mucho más paradójico: porque el gobierno pulverizó el mercado de consumo. Le licuó al cliente el poder adquisitivo con una eficacia técnica notable, y cuando desaparece el que compra, desaparece el que vende. Es la aritmética más simple del capitalismo, la que aprende cualquier almacenero antes de los treinta.

El empresario lo sabe. Lo tiene en la planilla, en el flujo de caja, en la cara del contador. Y sin embargo lo banca. No a pesar de eso: en cierto modo, por eso.

Acaso sea pertinente traer acá al economista Thorstein Veblen, que a fines del siglo XIX describió un fenómeno que la teoría clásica no podía explicar: bienes cuya demanda sube cuando sube el precio, porque lo que el comprador adquiere no es el objeto sino el signo. No compra el reloj: compra la pertenencia a la clase que puede comprarlo.

Ahí está la paradoja de estos años, y quien escribe estas líneas confiesa que le costó bastante nombrarla. El empresario de ese subgrupo no está comprando un objeto caro. Está comprando —con facturación real, con capital de trabajo, con patrimonio construido a lo largo de cuarenta años— un bien estrictamente simbólico: la certificación de que por fin pertenece a la liga de los capitalistas en serio. Los de verdad. Los del mundo. Los que compiten a cara de perro y no le lloran a nadie.

Porque el destrozo se hizo en nombre del capitalismo, y esa es la clave de bóveda del asunto. Si el mercado se hubiera derrumbado por un cepo, sería una tragedia. Como se derrumbó invocando la palabra sagrada, es un sacramento. La misma caída de ventas, leída bajo otra liturgia, cambia de signo: deja de ser una pérdida y pasa a ser una prueba de fe superada.

Digámoslo con la brutalidad que el asunto merece: hoy ganan menos, valen menos y venden menos, pero se sienten definitivamente más ricos en capital simbólico. Se empobrecieron en pesos para enriquecerse en pertenencia. Financiaron con su propia empresa la fantasía de ser el hombre que su empresa ya no le permite ser.

Cipolla no llegó a conocer esta variante. Le habría encantado.

Y hay un último ingrediente que casi nadie se anima a nombrar, porque nombrarlo suena a desprecio generacional y no lo es.

Buena parte del fenómeno tuvo la forma exacta de una estudiantina de quinto año. La joda del último año del secundario tiene reglas conocidas: la irreverencia por la irreverencia misma, el profesor como blanco, el bardo como identidad, la certeza de que romper algo equivale a crear algo. Es un rito de pasaje precioso y necesario, y dura lo que tiene que durar: un año.

El problema aparece cuando la estudiantina se muda a la Casa Rosada. Cuando la motosierra es cotillón, cuando la peluca es disfraz de egresados, cuando el cántico contra la maestra se transforma en política de Estado y el aula que se rompe es el país.

Lo que ahí opera no es rebeldía: es esnobismo iconoclasta. El snob no elige por convicción, elige por distinción. Necesita que su gesto lo separe de la masa. Y en un país donde durante décadas lo correcto fue reclamar derechos, el gesto más distinguido pasó a ser burlarse de los derechos. No hay pensamiento en eso. Hay moda. Y la moda, para decirlo con brutalidad de vestuario, es lo primero que pasa de moda.

Una milei-manía grotesca, con estética de recital y contenido de cotillón, sostenida por pibes que confunden el escándalo con la libertad y la burla con la inteligencia.

Jacques Monod nos enseñó en 1970 algo que la política nunca terminó de aprender: toda novedad viene del azar, pero lo que se conserva lo elige la necesidad. La mutación es ciega; la selección no.

La historia también tiene su autonomía, su deriva, su capacidad de producir accidentes. Y hay accidentes que se fijan porque llegan en el momento exacto en que un organismo desesperado acepta cualquier cosa con tal de que sea distinta.

A modo de provocación operativa sentenciaré: Javier Milei no es un proyecto, es un error de la autonomía de la historia. Una mutación azarosa que encontró un país tan agotado, tan defraudado, tan sin épica disponible, que le prestó el cuerpo entero.

Los errores de la historia no son eternos. Son episodios. Pero mientras duran, se sienten como destino.

Va a llegar un día. No sabemos cuándo —acaso más cerca de lo que suponen los que gobiernan, acaso más lejos de lo que desean los que sufren—, pero va a llegar.

Alguien se va a despertar una mañana sin bronca. Así, sin más. Va a mirar la casa, el trabajo que no volvió, el padre que no se pudo operar, el hijo que se fue a Madrid, el vecino que dejó de saludarlo por una discusión que ninguno de los dos recuerda bien. Va a levantar la vista hacia la cocina donde durante dos años gritó a la pantalla con una convicción de la que no encuentra ya ni el rastro.

Y se va a hacer la pregunta que hacen todos los rehenes cuando por fin salen de la bóveda:

¿Qué hicimos?

Esa pregunta va a doler más que el ajuste, porque el ajuste lo hicieron otros y esa pregunta la hizo uno.

Quien escribe estas líneas no tiene ningún interés en llegar a ese día para decir “yo avisé”. El “yo avisé” es el consuelo de los que nunca construyeron nada. Lo que hace falta para ese día no es un reproche: es un lugar adonde ir. Un país que vuelva a fabricar, a investigar, a educar para crear, a exportar algo más que jóvenes talentosos. Un Estado que no sea ni el dueño de todo ni el ausente de todo, sino el que articula, el que enciende la máquina y se corre. Eso es el Desarrollismo Inteligente, y no es una consigna: es un plan, con nombres, con instrumentos y con plazos.

Porque el problema no fue que los argentinos eligieran un amo.

El problema es que no les ofrecimos un proyecto, y donde no hay proyecto siempre, invariablemente, aparece alguien ofreciendo un dueño.

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Read the original on federico531.substack.com

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