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EN LA MIRA · Aug 26, 2026

El poder que fabrica enemigos

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Oscar Constantino Gutiérrez · EN LA MIRA

Hace dos días, Arturo Herrera escribió que el escarnio del régimen no somete al difamado, lo libera. Tiene razón. Quiero ir un paso más allá y explicar por qué, en términos de teoría del poder, esa liberación es un error de cálculo que Maquiavelo ya había diagnosticado. Lo hago, además, desde adentro de la lista negra en la que el obradorato me incluyó.

La estrategia ya es conocida. Cuando alguien critica al gobierno, la respuesta rara vez consiste en discutir lo que dijo. Hay que averiguar quién es, dónde escribe, con quién se relaciona, para quién trabajó, qué publicó hace diez años y qué pecado político puede imputársele. Después vienen las etiquetas: conservador, ultraderechista, mercenario, desinformador. Desde Palacio Nacional se han presentado incluso mapas del supuesto «ecosistema» de la derecha, con nombres y rostros de quienes lo integran.

El propósito es burdo y evidente: destruir la reputación del crítico para no tener que ocuparse de la crítica.

Tiene un problema lógico. Si un canalla afirma que dos más dos son cuatro, la suma no deja de ser correcta por venir de un canalla. Puedes demostrar que quien formula una acusación es un extremista, un corrupto o un imbécil; todavía tienes que demostrar que su acusación es falsa. La falacia ad hominem no desaparece por pronunciarse desde un atril oficial.

Hay además un problema práctico. Puedes arruinar la reputación de un periodista, un académico, un columnista. Pero si aquello que denunció es cierto, aparecerá otro. Y después otro. Para acabar con las críticas habría que corregir lo que las causa, o silenciar sin descanso a todos los que las señalen.

Existe un tercer problema, más peligroso para el poder, y es el que Maquiavelo habría visto de inmediato.

El florentino aconsejaba al príncipe evitar por encima de todo ser odiado, y observaba que los hombres perdonan antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio. No hablaba de reputación, desde luego, pero el principio político conserva su efecto: no conviene infligir a alguien un daño grave y dejarlo con capacidad y motivos para devolvértelo.

El escarnio puede intimidar a algunos. Ésos se callarán. En los demás produce algo que el poder no calculó: un cambio de incentivos.

Quien todavía tiene una reputación que cuidar, se modera. Quien teme perder clientes, relaciones, publicaciones o prestigio, esquiva ciertas batallas. Pero cuando es el propio gobierno el que se empeña en quitarte todo eso, va rebajando también el precio de enfrentarlo.

Un difamado a quien ya se le imputó todo pierde aquello que disciplina al resto: la reputación que cuidar, el patrimonio que arriesgar, la carrera que proteger. El poder que se lo quita no lo silencia; lo emancipa. Se queda sin palancas para presionarlo, justo cuando le ha dado los mejores motivos para usarlas en su contra.

Peor aún: acaba de convertir a un crítico ocasional en alguien con motivos personales para estudiarlo durante años.

Y de paso le enseñó el método. Buscar relaciones, financiamientos, propiedades, contradicciones, conflictos de interés. Con una diferencia que al régimen le conviene ignorar: hurgar la vida de un columnista por escribir es hostigamiento, pero pedir cuentas a un funcionario que administra dinero público es la definición misma del oficio. Las herramientas se parecen; la legitimidad, no. Y esa segunda, la legítima, también está del lado de enfrente.

Ésa es la paradoja. El obradorato cree que con el escarnio reduce la crítica. Puede estar logrando lo contrario: seleccionar a los críticos más difíciles de intimidar, quitarles las razones para moderarse y, encima, enseñarles cómo responder.

Maquiavelo habría entendido el problema.

El poder inteligente evita multiplicar enemigos. El poder estúpido los fabrica.

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Read the original on enlamira.substack.com

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