Vamos a imaginar un escenario ficticio tan ridículo que no podría ser real, pero que tal vez se sienta cercano. Cualquier parecido con la realidad, no es una coincidencia.
Todos sabemos que en nuestro país hay personas que pasan hambre y sufren desnutrición. Por fortuna, el gobierno de Claudia Sheinbaum decide tomar cartas en el asunto y anuncia en una conferencia mañanera la solución a este problema: combatir el hambre con la construcción del Megarestaurante del Bienestar.
El proyecto consta de un solo edificio gigante en la Ciudad de México, capaz de alimentar a cualquier persona en cualquier rincón del país con comida nutritiva y saludable. Un restaurante tan grande que, según el discurso oficial, podría almacenar desde pozole hasta sushi, desde tortas de tamal hasta pizzas con piña. Todo en cantidades razonables, todo disponible para quien lo necesite, todo listo para enviarse a cualquier hogar mexicano.
El Megarestaurante sería presentado como la gran solución al hambre. No más familias sin comida, no más niños sin desayunar, no más adultos mayores esperando apoyos que no llegan. Bastaría con marcar un número, llenar un formulario o levantar una solicitud en una app gubernamental para recibir un plato de comida caliente y gratuita en cualquier parte del país.
Por supuesto, habría críticas al proyecto. Muchos expertos en restaurantes saldrían a señalar que la idea es ridícula, ya que es imposible llevar, desde un edificio en la Ciudad de México, unos chilaquiles hasta Tijuana o unos huevos revueltos hasta Veracruz. La presidenta les respondería con una frase impecable: “Si Rappi, Didi y Uber Eats pueden llevarte comida a la puerta de tu casa, nosotros también.” Su lógica parece perfecta… siempre y cuando uno no piense demasiado.
Es muy atractiva la narrativa de un país donde nadie pasa hambre gracias a un solo edificio. Sin embargo, la realidad sería menos épica. Pocos meses después de la inauguración, un reportaje revelaría lo inevitable: el Megarestaurante del Bienestar está casi vacío. No hay repartidores y casi no tiene pedidos. Resulta que, para los proveedores, es costoso y problemático mandar todos sus productos a nivel nacional a una sola dirección. Casi siempre esto implica perder tiempo y hacer traslados extra.
Los entusiastas del proyecto no encuentran una explicación al fracaso. ¿Por qué las empresas privadas pueden llevar refrescos y papitas a todos los rincones del país, pero el gobierno no puede llevar de manera eficiente sopas nutritivas y tacos de cochinita? Los expertos en alimentos y en logística señalan las razones, pero el gobierno y sus paleros no las quieren escuchar.
Las excusas oficiales serían predecibles: “Estamos en fase de pruebas”, “los medios exageran” y “es un ataque político.” Pero el país seguiría con familias sin comida, comunidades sin apoyo y ahora, con un Megarestaurante que costó muchísimo dinero, pero sirve menos platillos que cualquier fondita de barrio.
El Megarestaurante es una parodia tan absurda que parece una exageración. La idea de resolver un problema nacional desde un solo edificio centralizado es tan absurda, que solo se le puede ocurrir a alguien que no tiene la más mínima noción de qué es la logística o de cómo funciona. Hay que ser muy torpe para creer que el tamaño de un edificio puede compensar la ausencia de estrategia.
Afortunadamente, este es un caso ficticio. Cualquiera puede entender, o por lo menos intuir, porque un Megarestaurante es una pésima idea. Centralizar la distribución en un megaedificio implica pagar fletes extra y perder tiempo. Si hablamos de bienes perecederos como la comida o los medicamentos, pueden caducar en el camino. Pero la realidad supera a esta ficción. A López Obrador sí se le ocurrió construir una Megafarmacia. Por supuesto, ya está casi abandonada.

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.