Cuando un gobierno se empeña en cambiar los nombres del pasado, debe preguntarse qué quiere que dejemos de mirar en el presente. El cambio de “Paso de Cortés” por “Paso de los Pueblos Indígenas” no es un homenaje a nadie, sino propaganda que reescribe la historia para tapar el fracaso de quien gobierna.
El 9 de agosto de 2026, Día Internacional de los Pueblos Indígenas, durante la Jornada Nacional de Reforestación en San Nicolás de los Ranchos, Puebla, Claudia Sheinbaum propuso dejar de llamar “Paso de Cortés” al puerto de montaña entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, y renombrarlo “Paso de los Pueblos Indígenas”. El argumento fue que por ahí pasaron los pueblos originarios antes que el conquistador.
La del “paso” no es una ocurrencia suelta de Sheinbaum. Forma parte de una política de memoria que el obradorato practica desde 2018: la exigencia de disculpas a España, el cambio de “Puente de Alvarado” por “Calzada México-Tenochtitlan”, la sustitución de la “Noche Triste” por la “Noche Victoriosa”, la petición de dejar de conmemorar el 12 de octubre. Y no es una interpretación ajena al discurso de Morena: el propio gobierno le puso nombre al mecanismo. López Obrador creó la Coordinación Nacional de Memoria Histórica y Cultural de México, cuyo Consejo Asesor Honorario presidió Beatriz Gutiérrez Müller, hasta que en enero de 2023 sus funciones pasaron al Archivo General de la Nación. El Estado no oculta que quiere intervenir en la memoria pública. Lo declara con el mayor cinismo posible.
Al día siguiente, ante las críticas, Sheinbaum respondió con una frase que la delata: “el nombre de las calles, los monumentos, las referencias que tenemos hablan de la sociedad, reflejan a quién veneramos y a quién no. Y quien se molesta, venera a Cortés”.
El argumento es una trampa lógica, y de las más burdas. Plantea un falso dilema: o veneras a Cortés o veneras a los pueblos indígenas, sin tercera salida. Pero reconocer que Cortés pasó por ese sitio —lo hizo, camino a Tenochtitlan, en 1519, tras la matanza de Cholula— no es un acto de culto, sino el registro de un hecho. El topónimo “Paso de Cortés” no honra al conquistador; señala por dónde cruzó, igual que “Puente de Alvarado” nombra por dónde huyó Alvarado y el “árbol de la Noche Triste” recuerda dónde lloró Cortés su derrota. Son referencias a acontecimientos verificables, no altares.
Y hay algo que Sheinbaum concedió sin darse cuenta. Si nombrar es venerar, como ella misma afirmó, entonces poner “Paso de los Pueblos Indígenas” tampoco reconoce: venera. Ella define el nombramiento como acto de culto y luego pretende que el suyo es neutro, un mero “reconocimiento”. Patrañas. Cae en su propia trampa. Uno puede no rendir culto a Cortés ni a una abstracción llamada “pueblos indígenas”, y quedarse con el hecho histórico.

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