Hoy desperté, tomé mi café y, en ese círculo casi vicioso de ser productiva y encontrar mi camino aquí, abrí Instagram. Qué extraño, pensé. El algoritmo sabe que ya no estoy en la ciudad donde viví cuatro años, pero insiste en mostrarme su gente, sus calles, sus planes. Al mismo tiempo, me ofrece contenido de aquí, como si supiera que mi cuerpo regresó, pero que mi corazón todavía no termina de hacerlo.
Mis redes se volvieron espejo. Me preguntan todos los días lo mismo que yo me pregunto en silencio: ¿de dónde eres ahora? ¿Qué es hogar? Si extrañaste tanto tus montañas y tu gente, ¿por qué te duele también estar aquí? En esa conversación constante entre mi mente y mi emoción entendí algo que casi nunca se dice: volver no es tan sencillo como parece. Volver también desordena. Volver también duele.
Hablamos mucho de irse. Del miedo, de la ansiedad, del choque cultural. Nos preparamos — si es que alguien puede prepararse — para cruzar fronteras. Sabemos que migrar transforma, que estar lejos implica reinventarse. Pero casi nadie habla del regreso. Del golpe silencioso que implica volver.
Hay quienes regresan porque lo eligen, porque el ciclo terminó, porque desean sembrar en su tierra lo aprendido afuera. Otros vuelven porque las circunstancias los empujan: una visa que se vence, un trabajo que se pierde, una crisis que obliga a replantearlo todo. Pero en ambos casos hay un quiebre. La migración produce una fractura permanente. Quien migra no pertenece completamente ni aquí ni allá. El retorno no repara esa grieta; la hace más visible. El lugar al que vuelves cambió. Las personas cambiaron. Y tú, inevitablemente, también.
Irse transforma. Estar lejos te obliga a mirarte diferente. Dejas de ser “parte del montón” y te conviertes en extranjera. Si tienes ojos curiosos, comienzas a observar el mundo como lo hacen las infancias: con asombro, con torpeza, imitando un poco, apropiándote de algunas cosas, construyendo otra versión de ti. Ese proceso tan personal te cambia la vida.
Y entonces vuelves.
Vuelves con la expectativa de recuperar lo que dejaste intacto. La tierrita, la comida, los abrazos; la sensación de hogar. Caminas las mismas calles con emoción. Escuchas el mismo acento y se te eriza la piel. Te prometes aprovechar cada instante que no pudiste vivir estando lejos.
Pero el regreso no es un museo. Nada estaba congelado esperándote. Las dinámicas siguieron. Los afectos se transformaron. El territorio se movió. Y tú llegas con ojos de extranjera, mirando con asombro lo que antes era cotidiano.
Ahí comienza otra curva emocional: asombro, extrañeza, adaptación. Empiezas a sentir que estás empezando de nuevo en tu propio lugar. Buscas tu espacio en tu propio espacio. Y al mismo tiempo, aparece una segunda nostalgia, empiezas a extrañar la vida que construiste afuera. A tus otros míos. A las rutinas que también fueron hogar.
Migrar cambia el ser de manera irreversible. Pensé que al volver recuperaría las partes de mí que se quedaron cuando partí. Pero entendí que esos pedazos no estaban guardados en ningún rincón, estaban en otro tiempo.
Hoy miro lo mío con otros ojos. Me emociono con lo que antes parecía cotidiano. Me reconozco en los míos. Pero también extraño. Extraño a quienes se volvieron familia lejos. Extraño la versión de mí que aprendió a florecer en otro lugar.
Volver no es retroceder. No es fracaso. No es rendición. Es volver a empezar con nuevas herramientas; es integrar lo aprendido sin renunciar a la raíz. Es aceptar que la identidad ya no cabe en un solo territorio. Quizás volver no sea regresar al punto de partida, sino aceptar que las ramas pueden crecer lejos, mientras las raíces siguen recordándonos de dónde viene la semilla.
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