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ENFOQUE DE ORIENTE · Mar 10, 2026

Entre hortensias, memorias y ríos: un viaje por las resistencias campesinas del Páramo

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ENFOQUE DE ORIENTE · ENFOQUE DE ORIENTE

El rugido del motor del autobús nos avisa que la marcha está próxima a iniciar. Seis horas de carreteras accidentadas puede parecer una eternidad, pero para mí, que llevo cerca de un año viajando con relativa frecuencia, no es más que parte de una rutina que se tambalea entre la familiaridad y la fascinación. Pero algo es diferente esta vez. En este viaje no habrá entrevistas, talleres o recorridos: mi investigación culminó, y con ella, la presión por dar cumplimiento a los tiempos de la academia. Persiste mi curiosidad, por supuesto, y cierto interés genuino por seguir aprendiendo; pero, por sobre todo está la motivación del reencuentro con amigos, de la juntanza.

La primera parte del trayecto es tranquila: una ligera siesta para mitigar el cansancio, algo de música para dispersar y una mirada atenta a las transformaciones del paisaje, que alternan el auge inmobiliario de los municipios colindantes a Medellín con los grandes sembradíos de los municipios de La Unión y Sonsón.

Al abrirse ante mi vista los muchos cultivos de hortensias, recuerdo el testimonio de un grupo de mujeres campesinas con quienes hablé en cierta ocasión: “Cuando llegó la pandemia con sus limitaciones y no teníamos productos para el autoconsumo y abastecimiento, nos dimos cuenta de que no nos podíamos comer las hortensias. Creíamos que éramos ricos, pero realmente éramos pobres”. Una frase poderosa, que muestra la fragilidad de un sistema económico que prioriza la acumulación de capitales por sobre la satisfacción de las necesidades elementales. A partir de allí, pude constatar tiempo después, muchas campesinas decidieron adelantar proyectos de soberanía alimentaria que les permitiesen garantizar la autosuficiencia y el consumo de productos de origen conocido.

“¿Pero por qué es tan importante conocer ese origen?” Me pregunta mi compañero de viaje, y entonces me doy cuenta de que expresé mis pensamientos en voz alta. Dejo que la pregunta flote en el aire, pero al tomar la vía hacia Sonsón y aproximarnos a las plantaciones de aguacate, le señalo algunos puntos secos, donde la yerba luce marchita y la tierra oxidada; y no se ven rastros de vegetación: “Es importante”, le digo, “porque en muchos sembrados —especialmente de monocultivos— se utilizan agroquímicos, o como algunos campesinos acostumbran llamarlos, agrotóxicos, por el impacto que generan en el suelo y en la salud humana”. A esto habría que sumar el desconocimiento de las prácticas en las cuales se producen estos alimentos y el daño que puede causar al medio ambiente y a las fuentes hídricas. Por eso, organizaciones campesinas han alzado su voz en espacios como los Festivales del Agua en contra de estas prácticas y con la intención de promover una producción más consciente.

El viaje continúa y, antes de darnos cuenta, estamos en lo alto del páramo, observando la niebla por detrás de las ventanas y a uno que otro peregrino que sube a la pequeña capilla que allí se dispuso para honrar su tradición religiosa. Más abajo se encuentra La Quiebra, donde la vía se bifurca por un lado hacia el municipio de Argelia y por el otro hacia Nariño. Pasar por allí me produce escalofríos, pues recuerdo que en ese punto solía existir una escuela que fue cerrada luego de que un grupo armado asesinase a una profesora en plena jornada escolar. En su lugar, ahora se ve una estructura en ruinas donde a duras penas es posible identificar lo que solían ser los salones.

“Pobre gente, todo lo que les tocó vivir”, dice mi acompañante, a quien previamente le hablé sobre lo ocurrido. Ciertamente, lo sucedido en esta subregión —que, con sus particularidades y todo, no se diferencia mucho de lo que ocurrió en todo el país— genera en quienes se aproximan a estas historias la más profunda empatía. Sin embargo, a mí, que llevo un año escuchando testimonios al respecto, me genera otro sentimiento con igual intensidad: admiración. En efecto, contrario al relato que se ha construido en no pocas ocasiones frente a territorios “apartados” como estos, la población campesina no fue un actor pasivo frente a la presencia y control de los grupos armados.

Con esos pensamientos en mente, y mientras el bus toma el camino de la derecha y continúa el descenso, me dejo llevar por los elementos del paisaje para mostrarle a mi compañero. Lo primero que llama nuestra atención es una estatua de una virgen (una más, de las muchas que tiene la ruta), que me recuerda cómo espacios tradicionales, como la misa o los cenáculos religiosos, se convirtieron en momentos de apoyo emocional y de intercambio de provisiones para los campesinos en las épocas más difíciles. Luego, al ver una finca abandonada, recuerdo que un hombre del corregimiento de San Andrés me contó cómo, habiendo sido desplazado de su vereda, ofreció su finca a quienes la necesitaran con la única condición de que mantuviesen sus cultivos y cuidasen sus animales.

Así se nos va el camino y, sin darnos cuenta, ya alcanzamos a ver la iglesia del pueblo a lo lejos, lo cual me lleva a terminar mi intervención de forma apresurada, contándole sobre el manto de la memoria que tejieron las mujeres de la Asociación de Víctimas municipal y cómo representaba, con gran detalle, el territorio que soñaban luego de superar el conflicto armado.

Llegamos justos de tiempo para abordar la chiva de las 2 p.m. Exhausto después del acaloramiento de la conversación, me recuesto en mi asiento y dejo que mis pensamientos divaguen. A lo lejos, mientras descendemos, escucho la corriente del río San Pedro y me dejo llevar por su imponencia. Entonces, con la energía que aún me queda, continúo: “Pero las amenazas a los territorios campesinos continúan, y por ende, también las resistencias”, le digo. Me refiero a los proyectos hidroenergéticos que, luego de la expulsión de los grupos armados, han intentado implementarse allí, muchas veces sin medir el impacto a la población local o consultarlo con los campesinos.

“Pero esta gente no se rinde”, remato, y le cuento de la Asociación Campesina de Antioquia, de Guardianes del Agua y de otros procesos comunitarios encaminados a defender el territorio campesino en toda la extensión de la palabra: como prácticas de vida, como conocimientos ancestrales y como bienes comunes.

Mi interlocutor me mira sorprendido y me expresa su sorpresa ante su desconocimiento. No lo culpo. “Poco a poco”, le digo, “estamos entendiendo que es mucho lo que podemos aprender de los campesinos. Esperemos que no sea muy tarde”. Y por fin el San Pedro se abre ante nuestros ojos.

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Read the original on enfoquedeoriente.substack.com

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